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viernes, 31 de octubre de 2014

Vale su peso en oro

Alhambra Alta, también llamada Conglomerado Alhambra.
Epicentro del oro granadino

Del oro de Granada se han contado tantas cosas y muchas de ellas con una carga legendaria tan abrupta, que hemos terminado por no creernos que un día, esta tierra dio oro. Y bastante. Los primeros en percatarse de ello fueron los romanos que explotaron las estribaciones de Sierra Nevada en dirección hacia la Colina de la Sabika. O lo que es lo mismo, el Conglomerado Alhambra, por encima de la Silla del Moro. De esta joroba de piedra, sacó el Imperio Romano nada menos que cinco toneladas de oro.


No tuvieron tanta suerte los pueblos siguientes, pero la fantasía poética de la Reconquista sirvió para que se construyera la leyenda del oro musulmán escondido. Han pasado más de cinco siglos y aún hoy, la ciudadanía apuesta por las galerías secretas y subterráneas que conducen a los tesoros de los emires granadinos, aún por descubrir. No faltará quién atestigüe que el oro y las gemas nazaríes fueron expoliadas por los franceses, o secuestradas durante la II República o simplemente hurtadas por los poderosos que desde finales del siglo XV, hicieron su particular agosto en los subsuelos de la Alhambra.


Sin visos de credibilidad, lo cierto es que uno de los tres ríos de Granada recibió por los romanos el título de Dauro, a partir del término latino aurum, luego oro. Y es que el Darro se filtra a través de aquel yacimiento de oro explotado desde el siglo I antes de Cristo y que dio más de cinco mil kilos de oro a los romanos, por lo que no es extraño que los buscadores aventureros se lanzaran a su cauce con la intención de filtrar trozos de oro de sus aguas. Así fue durante siglos, pero no tanto como esa fiebre a la manera del viejo oeste americano que se despertó en Granada durante el siglo XX, en especial, en la década de los 30 y los 40 de aquella centuria. Fueron centenares de valientes los que se apostaron en las orillas, bien en la misma ciudad, bien en las gargantas de Valparaíso, por donde el Darro entra a Granada.

Escultura en barro "El buscador de oro". 
Francisco Morales, 1885. 

Entre Jesús del Valle y Plaza Nueva, la concentración de buscadores era más que numerosa. A veces, hasta 16 buscavidas se pegaron a los cauces del Darro y se atrevieron a saltar al Genil, por si de alguna manera el oro había desembocado junto al río entero, en el hermano mayor. La jornada comenzaba a las ocho de la mañana, la hora en la que se hacían los hoyos en la cuenca del río. Progresivamente, se limpiaba la arena y aunque la mayoría de las veces el botín era escaso, se deparaban gratas alegrías y sorpresas, en forma de joyas perdidas por vecinos, bañistas y accidentados. A principios del siglo XX, un negocio de la Calle Reyes Católicos compraba el gramo de oro siete pesetas y media. Los buscadores de oro de Granada tenían lo que a día de hoy conoceríamos como trabajo temporal, pues los únicos meses que las gélidas aguas de los ríos granadinos permitían este trabajo eran entre junio a septiembre, meses en los que además el caudal era más escueto y menos impetuoso que en los meses de lluvia.

El mapa del tesoro. 

La toponimia de Granada evidencia que nuestra tierra fue una mina de oro. Literal y poéticamente hablando. El Cerro del Oro en la vecina localidad de Cenes de la Vega, el barrio granadino de Bola de Oro, la Carretera de los Filtros, o los restos de la antigua mina de oro de la Lancha del Genil de la que se dio cita el NODO en 1952, sin olvidarnos por supuesto de la Calle Albaicinera que va a morir en el mismo Darro, en la Carrera del Darro, de “Horno de Oro”. En tiempos musulmanes, los polígrafos, geógrafos y científicos de la talla de al-Razi (889-995) y Ibn Hazm (994-1063) o Ibn al-Jatib (1375) nos mencionan la existencia de extracciones de oro en la vertiente del río Genil. Y las crónicas regias nos dejaron el testimonio de que los cautivos cristianos que estaban recluidos en las mazmorras del actual Campo de los Mártires, eran empleados en la extracción del oro de la mina de Lancha.

"Vista del Darro". Juan de Sabis, 1775. 

O bien los cristianos no se enteraron, o estuvieron muy ocupados los reyes españoles haciéndose dueños del Mundo, porque desde los Reyes Católicos las extracciones de oro cesaron. Es más, quedó prohibida tal actividad que controlaron de mala gana los alcaides de la Alhambra en la figura de la familia Mondéjar. Fue tras la victoria sobre los franceses, cuando de nuevo se vivió una fiebre del oro que devolvió a Granada al ámbito de lo mítico y lo real, ambas a la vez. Y llegó 1850:


Desde el Cerro del Sol y hasta Dílar, la prensa internacional se atrevió a bautizar la zona bajo el apelativo de California granadina. Hace casi 160 años, los vecinos de la tranquila localidad de Huétor Vega vieron cómo  su Barranco de Doña Juana, recibía buscadores de todos los lugares de España. El ingeniero de minas Tomás Sabau dejó un artículo interesante: “¿Y cómo dejar de agitarse la codicia de algunos, la afición a los agios de otros, y la curiosidad de todos, al oir o leer la hiperbólica expresión de Californias de Granada?” [...] En las calles, en los paseos, en los cafés, en las casas particulares, en todas partes se oye hablar del oro”. Tal fue la cosa que en 1858 se creó la Sociedad Aurífera Granadina y desde Francia, llegó una maquinaria que ya había sido utilizada por California en 1860. Pero si alguien hubo decidido a explotar la riqueza aurífera granadina, ese fue Juan Adolfo Goupil, que entre 1875 y 1877 levantó en Lancha una ciudad del oro. Era un visionario, marchante de arte, representante de personalidades pictóricas como Mariano Fortuny o Vincent van Gogh.


En aquellos tiempos, Granada llegó a estar en la boca de los franceses más importantes. Nos atreveríamos a decir que en Francia, gobernó Granada, si tenemos en cuenta que era granadina Eugenia de Montijo, la Emperatriz consorte, o que su esposo Napoleón III, concedió a Goupil nada menos que el grado de Oficial de la Legión de Honor Francesa, y que con el emperador departía de sus negocios de oro en Granada. En cierta ocasión, Goupil le regaló a la emperatriz unos pendientes de oro, nada menos que confeccionados con el noble material extraído de las minas granadinas. Años antes, la ciudad de Granada habñia regalado un 21 de octubre de 1862 a la Reina Isabel II una corona de oro con lo extraído de las orillas del Darro y el 22 de junio de 1889, los granadinos coronaban como poeta nacional a don José Zorrilla, con una corona también de metal granadino.

El Canal de los Franceses. 

Pero esta última encierra una historia curiosa. Zorrilla murió tres años y medio después, pero absoluta y contundentemente pobre. Al parecer, en los últimos meses de vida, intentó vender en alguna joyería madrileña el preciado regalo, para hacer frente a una costosa operación que fue la causante de su muerte. Tenía un tumor cerebral, muchas estrecheces económicas y la necesidad de afrontar los elevados costes de una operación. Al intentar la venta de aquella corona, el tasador le advirtió que la presea era de plata dorada, no de oro, por lo que la cantidad que esperaba el poeta fue mucho menor. Pero unos años antes de aquello, el mismísimo Napoleón III envió a la tierra de su señora esposa al ingeniero personal de la Regia Francia, a Guillemin Tarayre, dotado nada menos que con 10 millones de francos de la época, lo que hoy superaría los 10 millones de euros. Con esa cantidad se construyó el conocido como Canal de los Franceses, dieciséis kilómetros de acueducto que traían el agua desde Sierra Nevada.


Restos de la mina de oro en Lancha. 

El caso es que hoy seguimos mirando a la Alhambra; una joya. Una joya sobre un río que ha llevado a lo largo de los últimos veinte siglos, joyas en forma de pepitas... Y no podemos dejar de pensar que en efecto, Granada vale su peso en oro... 

La ciudad del oro de Lancha del Genil. 


jueves, 30 de octubre de 2014

Reloj, no marques las horas

31 de diciembre de 2012... Amanece sobre Granada. 

Hace cuatro días los españoles, que nos hemos debido volver los humanos más débiles y frágiles del Planeta, andamos profundamente alicaídos a cuenta del cambio horario que, por otro lado, no es ninguna novedad. Las tertulias de nuestra radio dan extensa cuenta de los detractores y de los que como el que escribe, estamos encantados que al levantarnos, haya luz. Se ve que los que les gustaría ver anochecer a las 9 de la noche, tienen que madrugar poco. Sea como fuere, no es una novedad que en esta Alacena expliquemos el origen del cambio de hora, y como muestra este ejemplo que sirve a su vez de recordatorio: CAMBIO DE HORARIO

El elegantísimo reloj dieciochesco de la Real Chancillería de Granada,  hoy Tribunal Superior de Justicia. 

Lo que sin lugar a dudas es una sorpresa mayúscula, es la que se organizó en la España de 1901, que el primer día del recién estrenado año, decidió cambiar sin más aviso las horas y ajustarlas a unas nuevas normas. El cambio, drástico como pocos, fue muy mal recibido por la ciudadanía pero especialmente levantaría los desaires de la prensa granadina que no ahorró una coma en describir al Gobierno presidido por Marcelo de Azcárraga Palmero (un efímero presidente que explica la inestabilidad española tras el desastre del 98. Lo fue del 23 de octubre de 1900 al 6 de marzo de 1901) y que había ya apuntillado Francisco Silvela Le Vielleuze. Pero antes de explicar la “indignación de los granadinos”, expliquemos cómo daban las horas los relojes españoles hasta el inaugurado siglo XX:

El meridiano de Madrid. Sobre éste, giraban las horas españolas. 

Antes de que el meridiano de Greenwich fuera tomado como epicentro de los horarios mundiales, tras las distintas conferencias internacionales llevadas a cabo desde 1884, la hora en España estaba establecida de acuerdo al meridiano de Madrid. Resumimos algo que puede ser engorroso de entender: cada provincia tenía una hora dependiendo de su situación geográfica, es decir, que dependía del meridiano local. En el siglo XIX, los ciudadanos baleares tenían una hora de diferencia con los gallegos, por ejemplo. Así las cosas, el día 1 de enero de 1901 la hora oficial española se adelantó 14 minutos y 41 segundos; poniéndonos en la misma hora que Inglaterra. Y esto, fue entendido como una invasión extranjera.

Columna de opinión "Las horas antiguas". 
Edición del 31 de diciembre de 1900 de el diario El Defensor de Granada. 

Estamos en el último día del año 1900. O lo que es lo mismo, en el fin del siglo XIX que tanta ruina dejó en la sociedad española. Nautilus, el pseudónimo de nuestro periodista local, nos cuenta lo que en unas pocas horas, va a pasar. Granada aguarda con impaciencia la medida gubernamental para que el horario de toda España se adapte a los acuerdos internacionales debatidos 16 años antes. No tuvo mejor apoyo histórico el articulista de El Defensor de Granada, que los Evangelios. Y tras dejar claro que los judíos tuvieron que trasegar con las nuevas normas horarias impuestas por Roma, nos cita para otra ocasión en la que proseguirá explicando “cómo empezó el día a dividirse en partes iguales”... La metáfora es contundente: extranjeros que imponen sus costumbres. Por cierto, a renglón seguido otro titular denuncia el derribo de una histórica casa morisca. El poco respeto por el patrimonio como vemos, es una tónica de este pueblo.

Artículo de opinión "La invasión de España".
2 de enero de 1901. 

Día dos de enero de 1901. La prensa granadina recuerda que la ciudad vivirá su histórica fiesta de la Toma, pero la atención realmente, se centra en la influencia extranjera en nuestro país. Los articulistas se ceban con el pobre reloj de la Plaza del Carmen, el que coronaba el frontispicio de nuestro remozado Ayuntamiento. Granada tenía la misma hora que Madrid, pero desde el día anterior, el desajuste horario al aceptar el huso internacional del meridiano de Greenwich, colmó la paciencia de un buen número de granadinos, como pueden leer en la imagen de arriba, extraída del Diario El defensor de Granada. Comienza con un titular rotundo: La invasión de España. Nos alerta del peligro, recuerda que los ferrocarriles españoles serán comprados por empresas internacionales, que Rusia quiere los territorios del Protectorado en torno a Ceuta, que Inglaterra ambiciona las Canarias y que, por tanto, no cabe otra cosa que hablar de “la extranjerización de España”.

No se podía pelar la pava... 
Poema publicado el 20 de enero de 1901. 

La columna de opinión, redactada casi 114 años atrás, es desde luego un valiosísimo documento histórico. Con frases como “la invasión extranjera no se ha hecho con violencia diplomática sino con dinero y que España se pliega a la influencia capitalista internacional”, termina advirtiéndonos que, desde ayer, España ha caído en las garras de la hora de los ingleses. El 20 de enero de ese mismo año (1901), la crítica a la nueva adopción horaria se hizo con una copla, 20 versos irónicos, que caricaturizaban a los pobres granadinos que tenían que lidiar con los días de 24 horas (valga recordar que hasta entonces, las trece, las catorce o las quince horas no existían en nuestro vocabulario. Simplemente se decía, las cinco de la mañana o las cinco de la tarde) y con el lío tremebundo que aquello supuso. Arriba, el poema insertado en el diario granadino.


Este reloj fue ajeno a la polémica. 
Se instaló en 1932. 

Pero pasaron las semanas, los meses, y Granada siguió viviendo su día a día. Volvió a amanecer por encima del Mulhacén y del Veleta, se volvieron a teñir de rojo las piedras de nuestra arquitectura y la vida siguió su curso. Luego, perdimos nuestro verdadero horario real y nos adaptamos al centroeuropeo. Amaneció más tarde, pusimos el horario de verano, discutimos sobre la productividad o no de nuestros trabajos en relación con la hora que disponemos... y así, un 19 de marzo de 1901, después de una decena de artículos con más o menos sorna, la prensa diaria granadina, se dio por vencida. Y las agujas del reloj catedralicio, o las de la esfera del Palacio de Bibataubín, dieron las horas, las extranjeras o las granadinas, quién sabe... 

miércoles, 29 de octubre de 2014

Bibataubín: de Castillo a Palacio

Recreación de una puerta de entrada granadina. 

Con más de ocho siglos de historia a sus espaldas, el que hoy recibe el nombre de Palacio fue una imponente construcción defensiva levantada para la protección de una entrada ciertamente arriesgada y fácil de vulnerar de aquella Granada del siglo XIII, la de la Puerta de los ladrilleros, Bab al Tawwin, posiblemente la que ofrecía mayores facilidades para que los enemigos la vulneraran y entraran a la capital del Reino.  Fue Ibn-al Hamar el que se decantó por fortificar esta zona de la ciudad en la que habían proliferado los morabitos, las ermitas en el rito musulmán que ocupaban los místicos granadinos de la corriente del sufismo, quizás la más ascética y culta de las ramas del Islam. Durante la dominación almohade, esta zona de las riberas del Genil fue extraordinariamente apreciada por los eremitas granadinos, prueba de ello, la única construcción de aquel tiempo que nos ha llegado a nuestros días, la ermita de San Sebastián.

Granada nazarí

La extraordinaria defensa granadina llego a su cénit en tiempos nazaríes. Cuando la inmensa tropa de hasta doce nacionalidades distintas que habían conseguido reunir los Reyes Católicos se apostó en los alrededores de Granada, unos y otros sabían que la única forma de vencer al contrario, sería por el asedio. Así que con la fortuna de unas capitulaciones que nos vuelven a recordar la extraordinaria sensibilidad y el acierto como gobernante del último emir, Boabdil, los monarcas castellano-aragonés entraron a una ciudad que podía presumir de ser la mejor guarecida de Europa y que, entre otras, tenía su punto flaco todavía, en este lugar, a pesar de que en tiempos nazaríes a la puerta en recodo se le sumó una segunda muralla. Pero eso no evitó que don Gonzalo, el Gran Capitán, la burlara antes de que Granada definitivamente, cayese en manos cristianas.

La fotygrafía demuestra cómo hasta el siglo XX conservó su aspecto de castillo. 
El círculo rojo destaca las almenas de su carácter defensivo. 

Aquel hecho, infundió temores en los Reyes Católicos que se dispusieron a fortificar este sitio con baluartes para artillería, encargándose de este trabajo Ramiro López, quizás el más preparado en su tiempo, autor de las singulares defensas de Santa Fe y de la propia Alhambra. Cuando se terminó la construcción, estábamos ante un verdadero castillo medieval,  con un profundo foso, un puente levadizo y torres almenadas. Lo poco que quedaba en el siglo XX, desapareció durante la década de los setenta, junto al vecino Teatro Cervantes y a tantas otras tropelías urbanísticas de la última época del franquismo, que resultó ser más dañino para Granada que la mismísima Guerra Civil.

La reforma de 1932 suprimió las particulares y personalísimas imágenes de los granaderos y el busto de Carlos III

En el siglo XVIII,  una rebelión interna era imposible y el temor a un ataque externo, improbable. Así que en 1718 se ciega el foso, se hace la suntuosa torre esquinera y se remodela la fachada al gusto barroco. Pero debajo de toda esa máscara que le dio aspecto de palacio, continua existiendo un baluarte con troneras para los cañones. Lo último en hacerse fue la portada, digna de un Palacio regio, gracias a sus airosas y solemnes columnas salomónicas, nada menos que las que se desecharon de la portada de la Iglesia del Sagrario Catedralicio, de José de Bada. Remataba el conjunto, el busto de Carlos III y la imagen de dos granaderos.
Bibataubín en 1885, cuando todavía era un cuartel. 

En 1932, el sistema defensivo nazarí, luego castillo medieval, luego palacio, se convirtió en sede de la Diputación. Se eliminó la decoración geométrica de la fachada, por ostentosa y recargada. Se suprimieron las imágenes de los granaderos por jarrones decorativos dentro de los nichos y el busto de Carlos III pasó al interior del palacio. Estábamos en tiempos republicanos y no hace falta decir que el respeto a la historia, guste o no, no ha sido precisamente el fuerte de la España de aquel tiempo.



Hoy, Bibataubín sigue ofreciendo un aspecto imponente y elegante, una desconocida joya para los granadinos que alberga  tras de sí, la historia misma de la ciudad y que desgraciadamente, pasa desapercibido para el viandante.


martes, 28 de octubre de 2014

Granada hace 750 años

El pacto entre Alfonso X el Sabio y Muhammad I (primero de los nazaríes) 
Nótese las banderas de unos y otros, en color rojo. 

La figura del imponente Rey Alfonso X será siempre objeto de agrado. Hablamos de uno de los monarcas europeos más cultos y dotados de sensibilidad que tuvo la complicada herencia de suceder a su santo y guerrero padre, el mismo que le lega una Castilla que ya dejaba ver el papel primerísimo que iba a jugar en la configuración de la Europa Medieval. Pero su hijo y sucesor, el Rey Sabio, fue un hombre de letras. La magna obra “Las cantigas de Santa María”, divididas en cuatro códices, constituyen una pieza de la literatura, la poética y la música de un valor indiscutible. Pero además, ofrece un estudio de cómo era el urbanismo de la época. En concreto, nos vamos a la cantiga 187, que a pesar de que como el resto giran en torno a la Virgen María, ésta en concreto centra su atención en la figura de Alhamar, el primer Emir de la dinastía nazarí granadina.

La Cantiga 187, del Códice de El Escorial, pieza fundamental de la historia medieval y la pintura miniada. 

En 1238 tomó el poder y fue revestido como sultán en Granada. Desde ese instante, establece toda una diplomacia eficaz con el rey Fernando III el Santo, a pesar de que un año antes, el rey castellano y el aragonés cercaban Granada. El caso es que si Alhamar  sintió un profundo respeto por la capacidad militar de Fernando III, para cuando Alfonso X sube al trono, el sultán se da cuenta que su hijo anda más preocupado en asuntos culturales que militares. Será hacia 1264, cuando los musulmanes sevillanos se alíen con el emir de los granadinos para desestabilizar el poder castellano. En 1265 el Sabio consiguió que Sevilla y Jerez fueran fieles a su causa y decidió que era hora de dejar a un lado su consejo de sabios y tomar las armas. Desde Alcalá la Real, marchó al frente de una expedición militar con el objeto de tomar Granada. Pero la ciudad del Darro y del Genil es una plaza tan bien pertrechada, que la caballería y la infantería castellana se topan con férreas fajas de murallas muy difíciles de vencer. En otra ocasión, contaremos lo que las leyendas dicen del fallido intento castellano de entrar por la Puerta Nueva, el actual Arco de las Pesas.

Imagen de Maqbarat Bab Ilbira, o la explanada anterior a la Puerta de Elvira. 
Llama la atención el color rojo y amarillo de las banderas de los nazaríes, casi un antecedente de la Bandera de España. 

Pero la cantiga 187 ofrece detalles muy precisos de aquella capital del último reino musulmán en Europa. Una ciudad cercada por doble muralla y en este caso, en torno a la explanada de la Rauda de Ibn Malik, o sea, frente a la Puerta de Elvira. Otra miniatura retrata con precisión la zona de la Bab al Unaydar, que nosotros conocemos como la Puerta de Monaita. Y además, en otra de esas sublimes pinturas que conserva el Códice de la Biblioteca de El Escorial, podemos ver algo que sabíamos perfectamente: las banderas usadas por los nazaríes eran rojas, luego cuando desafortunadamente se compuso la bandera de la ciudad de Granada, seguimos sin entender por qué se introdujo el color verde, teniendo en cuenta que JAMÁS, los musulmanes en Granada, ziríes, almorávides, almohades o nazaríes, tuvieron en su simbología el color verde.


La paz entre Alfonso X el Sabio y Alhamar. 

Las cantigas nos retratan maqbarat Bab Ilbira con perfección, el actual Campo del Triunfo. Son la perfecta explicación de una ciudad inexpugnable que durante siglos fue reforzada con firmes defensas. Pero también, la de una capital que hubo que reinventarse para poder existir, ante el continuo hostigamiento que durante casi tres siglos sufrió. Lo que sin duda, explica de alguna forma, el carácter urbano de Granada y el espíritu intimista que sigue flotando en sus ciudadanos. 

Primitiva bandera de la taifa zirí, tras la descomposición del Califato de Córdoba.

Y al respecto de la bandera, en 1980 se adopta la doble tonalidad roja y verde de la enseña granadina. Al poco la Diputación hará uso de un color verde en su totalidad para distinguir la bandera provincial. El verde, asociado al Islam, en ningún momento corresponde a colores empleados por los musulmanes en territorio granadino, ni acaso en al-Andalus. Después de rastrear las banderas y pendones de guerra de los ejércitos musulmanes en la Península Ibérica, el lector podrá comprobar cómo bajo ningún concepto ese pretendido tono verde representó jamás al Reino de Granada, ni en tiempos ziríes, ni almorávides, ni almohades ni por supuesto, nazaríes. Por el contrario, el color usado es el rojo. Rojo que por otra parte, bajo la descripción de carmesí, también correspondía a Castilla y que fue el color del Pendón que regalaron los Reyes Católicos, o el de la bandera que regala Felipe IV a la ciudad en 1621. 

Pendón almorávide recreado en el Museo del Ejército español

Así las cosas... ¿para cuándo una modificación del color verde en nuestra bandera local y la eliminación de todo lo que no tiene respuesta ni justificación histórica, y que en las mismas Cantigas de Alfonso X el Sabio queda demostrado?


Distintos pendones almohades. En ninguno de ellos, se observa el color verde. 



Bandera del Reino de Granada durante la dinastía nazarí. 



lunes, 27 de octubre de 2014

José Guerrero

Hoy nos toca de nuevo hablar de olvido. Hoy nos toca de nuevo alzar la voz y regañar con cariño de hijo a esta Granada nuestra. Hoy nos toca de nuevo rescatar del descuido y de la amnesia a uno de nuestros ilustres. Hoy nos toca de nuevo celebrar un aniversario y hoy, justo hoy, nos toca advertir que se cumplen 100 años del nacimiento de José Guerrero, el más contemporáneo de los pintores que hayan nacido en Granada, el más aplaudido fuera de nuestras fronteras y el que es toda una institución cultural en Estados Unidos o en Francia pero un perfecto desconocido en la tierra que lo vio nacer un 27 de octubre de 1914, acaso en el país que nunca dejó de estar presente en su memoria.


Podría decir el crítico que fue un granadino en la diáspora olvidadizo con su patria chica y sin embargo estaría en un error tremendo, cuando legó todo su taller y toda su propiedad intelectual a su Granada, fruto del que vino a nacer en el año 2000 el más revolucionario y contemporáneo de los Museos granadinos, el Centro que lleva su nombre y que con una arquitectura exterior respetuosa con el entorno privilegiado donde se alza (las antiguas dependencias del Diario Patria) se reformó internamente acorde con la arriesgada propuesta de este hombre.


Amigo de Picasso, trabajó con Gris y con Miró, siguió a Rothko y triunfó en Estados Unidos. Miembro de la escuela de Nueva York, máximo representante español del expresionismo abstracto, sus obras descuellan en los principales museos internacionales, desde las paredes de Chicago al Guggenheim de Nueva York, al Reina Sofía de Madrid y por supuesto, con más de 100 piezas, en su Casa, el Centro de la Calle Oficios.

A cambio, estuvimos a punto de ver cómo el museo de un pintor que en 1959 era nombrado por el Gobierno francés Caballero de las Artes, iba a cerrarse. No podemos cantar victoria y la amenaza de que el Guerrero un día, a punto de cumplir 15 años, cierre sus puertas, sigue planeando sobre el centro histórico granadino. Pero mientras quede alguien dispuesto a recordar que en el mundo del arte contemporáneo, un granadino conquistó a todos y alcanzó uno de los más distinguidos lugares, José Guerrero, 100 años después de su nacimiento en Granada, no caerá jamás en el olvido. A fin de cuentas, las historiadoras del arte Inés Vallejo y Yolanda Romero, “un artista que hizo historia en el expresionismo de Estados Unidos" y que realizó más de 1.500 obras que están en Zurich, Roma, Bruselas, Londres, Washington, Chicago, Nueva York, Estrasburgo o Alaska, por citar unos pocos destinos.


Un granadino universal... y en la desmemoria de los suyos. 

martes, 7 de octubre de 2014

El esplendor granadino

Se cumplen en este 2014, 140 años de una revolución agrícola y alimenticia de la que casi pionera en el Mundo, y primera en España, la ciudad de Granada. Para situarnos en el contexto, hay que contar que hasta esta fecha, el azúcar que se consumía en cualquier rincón del Planeta, procedía de la caña de azúcar cuyo cultivo supieron los musulmanes mimar hasta el extremo y que para la fecha de 1870, estaba en franco retroceso en nuestro país, con costes elevados para la costa granadina y con los motrileños, capital del azúcar español de caña, en pie de guerra desde mediados del siglo XIX por la dura competencia de los mercados americanos. En este momento, Granada tiene la infinita suerte de que un farmacéutico de la Calle Reyes Católicos, propietario de la elegante Farmacia que aún sigue viva pero con el nombre de Zambrano, haga de la botica y anexos, un laboratorio de investigación pionero y que serviría para transformar la economía granadina y por qué no, la propia ciudad.

La actual Facultad de Derecho acogió desde 1850 la Facultad de Farmacia de Granada. 
Aquí, estuvieron los laboratorios de Química Orgánica, Farmacia Práctica, Análisis Químico, Química Inorgánica, Zoología y un gabinete de Física.

En 1802, los prusianos (actual Alemania) habían conseguido extraer sacarosa de la remolacha. Francia y Bélgica se hicieron eco de aquel novedoso logro pero España siguió confiando en Cuba para nutrirse de azúcar. Hasta que los costes del transporte se hicieron insostenibles y el mercado nacional se hundía precipitadamente. Así que un alumno de nuestra Universidad de Granada, un onubense que desde los 25 años se quedó a vivir en la ciudad del Darro hasta su muerte, empezó en el más que céntrico corazón granadino, la Calle Reyes, a hacer pruebas sobre la remolacha. Corría 1874 y poco después, en las vegas de Granada y de Córdoba se plantaron semillas, toda  vez que nuestro hombre, seguía pensando que desde la reforma arancelaria de 1868, España no podía continuar trayendo azúcar desde Francia. Era hora de ponerse manos a la obra, y hace 140 años, el pionero nacional, desde Granada, fue don Juan López-Rubio Pérez.
Don Juan López-Rubio Pérez (1822-1913), padre del progreso económico granadino
y padre del azúcar de remolacha español. 

Llegó a Granada para estudiar Farmacia y casó con una familiar de los Rodríguez Acosta,    que pronto lo pusieron al frente de su azucarera motrileña. Empezaba un idilio entre nuestro protagonistas y el azúcar que terminaría fructificando cuando, tal día como hoy, hace 137 años, consigue que en la sede de la Calle Duquesa de la Real Sociedad de Amigos de París, se repartieran a 152 labradores de la Vega de Granada, de forma gratuita, semillas de remolacha. El proyecto, avalado por el eminente José María Jáudenes, presidente de la Diputación Provincial (entonces, con el nombre de Gobernador Civil de la Provincia), intentaba paliar el desastroso estado de la agricultura provincial, que se encontraba en uno de sus peores momentos, basado en el cáñamo con exiguos resultados.

Ingenio remolachero de la vega.

Don Juan López-Rubio Pérez comienza junto al médico Juan Creus en 1878, a probar la eficacia sacarosa de la remolacha en los pagos de la vega de Granada. Los resultados son tan excelentes, que en 1883 nacerá la fábrica de azúcar de remolacha de toda España: el Ingenio de San Juan. Podía moler diez toneladas diarias de remolacha y sirvió para que vieran la luz otras ocho más. Cuando entra el siglo XX, Granada y sus entornos ven cómo 10 ingenios remolacheros elevan al cielo sus chimeneas y revolucionan la economía local, a la vez que salvan del desempleo a millares de familias. En la década de los 20 del pasado siglo XX, Granada vive su mayor esplendor económico. Si hoy centramos la subsistencia en el turismo y la prosperidad universitaria, la remolacha fue un maná del cielo, una mina inagotable de prosperidad que no se conocía en la ciudad desde los tiempos de los grandes proyectos imperiales del siglo XVI.

Imponente arranque de la Gran Vía.
foto de Javier del Pozo Vila

De aquella época quedó como testigo una de las más trascendentales transformaciones urbanísticas, la contestada y polémica Gran Vía que fue el espejo del desarrollo burgués, del ascenso económico y social de muchas familias granadinas y de la mentalidad de la clase pudiente que pretendió transformar y renovar Granada, siguiendo el ejemplo urbanístico y constructivo del París de Haussmann y por ende, de la Europa de los felices 20. Pero también fue el tiempo de la proliferación de teatros, de un decidido apoyo a la intelectualidad y a los artistas y de una época de bonanza, que casi un siglo después, no ha vuelto a disfrutar el granadino.

Fotografía muy explicativa: azúcar, burguesía y progreso en la Granada de principios del siglo XX.

La crisis estadounidense que desata el desplome de la Bolsa de Nueva York en 1929, estuvo detrás de la hecatombe mundial que, no cabía duda, habría de arruinar también nuestro particular “oro dulce”, que era la remolacha. Esa crisis afectó a la caída de las ventas de azúcar, a la contracción económica, a un descenso inimaginable de la economía y a la ruina de agricultores y empresarios. Al poco, estallaba la Guerra Civil y al fin, la competencia del azúcar internacional y la falta de medios para lograrlo durante la posguerra española, terminaron por hacer que la remolacha, la gran fuente de prosperidad, quizás una de las mayores en los 2.700 años de historia de Granada, desapareciera.

Hoy estoy homenajeando a don Juan López-Rubio Pérez, ese granadino de adopción, que gracias a sus estudios en Granada, logra poner en marcha la que fue la mayor fuente económica comarcal y la que auguró la mejor época local. Pionero en España y descubridor nacional, consiguió logros que tanto ansiamos hoy día. López-Rubio fue Presidente de la Cámara Comercio en 1890, ideólogo y accionista de las obras de urbanización y erección de la Gran Vía, primer presidente del Colegio de Farmacéuticos de Granada, Presidente de la Diputación en 1905 y a fin de cuentas, héroe económico. Moría a los 84 años y como era de esperar, se sintió su pérdida como la de un mecenas insustituible. Tal vez por ello, su entierro fue tan populoso y vistoso, que en vez de hacer que el féretro se condujera al Cementerio por la habitual Cuesta de los Chinos, se le permitió que el cortejo atravesara los Bosques de la Alhambra. Aquel junio de 1913, los granadinos que asistieron a tan fabuloso espectáculo, eran conscientes de estar despidiendo al que sin duda alguna, hizo que Granada fuera más y de cuyas rentas sigue viviendo un siglo después.

Hoy, seguimos esperando el López-Rubio del siglo XXI. Al menos, el Ayuntamiento de la época tuvo la sensibilidad de ponerle su nombre a una calle perpendicular de Reyes Católicos, la frontera al Corral del Carbón que va a dar a Zacatín. En recuerdo, al menos, de aquella farmacia suya donde nació, hace 140 años, el “milagro de la remolacha”.


domingo, 5 de octubre de 2014

Y HEROICA


Si algo le faltaba a la España de aquella guerra civil que fueron las campañas carlistas, que agravaban la crisis de la pérdida de las colonias americanas y que a su vez, habían golpeado tras la Invasión Francesa, en 1840 sube al poder Espartero, que aprovechando la tímida regencia de la viuda del rey (en minúscula, que era Fernando VII) y la minoría de edad de la discutida Isabel II, se hace con un control de España que sin ambages, podemos catalogar de dictadura. El General Espartero impone una censura sobre los diarios e impresos de la época, pone en venta los bienes nacionales, concede una amnistía sin precedentes y termina su catastrófica gestión, destituyendo a los ministros y al presidente que actuaba en su nombre, como si él mismo fuera un rey, para al fin, disolver las cortes. Aquella dictadura militar fue contestada por tres ciudades del sur, tres pueblos que por este orden, decidieron que ya era hora de dar por concluida la regencia despótica del militar y que Isabel II fuera la Reina de todos los españoles. Fueron, de la primera a la última, Málaga, Granada y Sevilla, con apenas días de diferencia entre unas y otras.

Pendón de Castilla regalado por los Reyes Católicos. 

Entre el 25 y 26 de mayo de 1843, los granadinos se despiertan al grito de LIBERTAD. Este último día, la Capilla Real de Granada presta el Pendón de Castilla a los sublevados, que, desde la Torre de la Vela, reproduciendo la escena de un 2 de enero de 1492, gritan a favor de la Reina y de España. Los gritos de “muera Espartero” se propagan a velocidades insospechadas; pronto, una nube de polvo se acerca a la ciudad. Proviene de ¡14.000 soldados! que sitian la ciudad, la cercan y están dispuestos a entrar a sangre por las calles de Granada. El propio Espartero, desde el Palacio del Cuzco de Víznar, o Palacio de Verano del Arzobispo, manda el ataque. Enfrente, Granada, con palos, piedras y en contra de la dictadura. Y la ciudad bloqueada, como si se estuviera reviviendo su Toma, 351 años después.


Acuden demócratas e isabelinos de Málaga, de Motril y de otras partes a socorrer Granada. Los militares que encabezan la sublevación, leales a Isabel II, se hacen fuertes en la Alhambra y los 10.000 soldados de caballería y 4.000 de infantería que cercan de manera dramática las calles granadinas y especialmente el regio recinto de los Palacios de la Alhambra, no consiguen el asalto a la Torre de la Vela. Allí, en todo lo alto de la fortaleza nazarita, el Pendón que dieron y ofrecieron los Reyes Católicos a Granada, ondea majestuoso y soberbio.

Sevilla se levanta sublevada y hastiada de la dictadura. Los soldados se repliegan y van abandonando plazas, calles y viviendas usurpadas a la fuerza. Antes de que termine mayo, la libertad, la legalidad, la legitimidad y por ello, Isabel II y España, han ganado. ¡¡¡Y ha ganado Granada!!! El 23 de julio, es derrocado el tirano y sube al trono, la jovencísima Reina. En agosto, el egregio e histórico pendón es devuelto a la Capilla Real que lo custodiaba y en la Catedral, se celebra una Solemne Misa por España, por Isabel II, Y POR GRANADA.

Primer escudo de Granada, del siglo XV, conservado en el Museo del Ayuntamiento. 
Sala de Comisiones. 

Aquella gesta llegó a oídos de media España. El 14 de agosto, cuando aún no hacía ni tres semanas que Isabel II y el nuevo Gobierno se habían hecho cargo de la Nación, se publica un Real Decreto que textualmente decía: “Deseando el Gobierno inmortalizar aquellos sucesos gloriosos y recomendarlos a la admiración de las generaciones venideras, ha decretado lo siguiente:

*La ciudad de Granada añadirá a sus antiguos títulos el de HEROICA.
*En el escudo coronado de sus armas se esculpirá el símbolo de la Torre de la Vela y el Pendón de Castilla enarbolado.

El Pergamino de la Concesión. 
Foto de Antonio María Claret, 

A día de hoy, muchos pensarán que aquello es asunto baladí, que a fin de cuentas significó añadirle a nuestro escudo un cuartel más y que la nueva condecoración hizo de Granada la segunda ciudad española con mayor número de títulos de toda España. El 5 de octubre de 1843, por tanto, tal día como hoy hace 171 años, llega a Granada el primer regalo personal de la Reina Isabel II, que aparte de estos reconocimientos fundamentales, quiere agradecerle a la ciudad de la Alhambra su fidelidad y de su peculio ofrece un cuadro con el nuevo escudo granadino en oro. Meses después, un 18 de diciembre, firma de su puño y letra una carta que refrenda los títulos, indica cómo queda el nuevo escudo, que estos regalos así como la carta manuscrita de Su Majestad se expusieron en la Calle Mayor de Madrid para que la Villa y Corte conociera de primera mano el valor de los granadinos y así, manda enmarcar en un soberbio y lujoso cuadro esta nota que vino a ser conocida como el “pergamino de concesión”.


Escudo actual, con el nuevo cuartel: la TORRE DE LA VELA, símbolo de la resistencia de Granada
y emblema de la victoria frente al tirano. 

Granada era Muy Noble, era Muy Leal, era Nombrada (y en el Mundo entero), era Celebérrima, era Grande... y desde 1843, HEROICA. Para que nadie olvidara que un día los granadinos, cercados, medio prisioneros de un ejército despótico, resistieron y le hicieron frente al tirano. Así que el hecho me parece de una importancia vital, por aquello de que tal vez, Granada debe de vez en cuando volver a reproducir aquellos hechos y levantarse a favor de la verdadera y legítima España y en contra del tirano.