Visitas

jueves, 31 de julio de 2014

La Cárcel de Granada

"Cuerda de Presos" del granadino José María López Mezquita (1905)

Mucho ha cambiado la mentalidad penitenciaria de este país a lo largo de los siglos, desde la intención de la misma, entendida con efectos de “resocialización” y no de castigo hasta en el mismo trato dispensado al recluso. Hace unos días, la prensa nacional nos dejaba estupefactos al contarnos que cada preso cuesta al mes la friolera de casi 2.000 euros y sin ánimo de entrar en discusiones que se escapan al interés de esta Alacena, lo que nos vino a sugerir es cómo eran aquellas prisiones históricas que siguen presentes en la vida de una ciudad, al menos en Granada, dándole nombre a una de las arterias por excelencia, que bordea los elegantes trazados del lado de la Epístola de nuestra Catedral. He aquí el viaje, por la Cárcel que tuvo Granada.

Antes de la Reconquista de la ciudad, y formando parte del complejo de la Mezquita de la Medina, contaron los nazaríes con una edificación destinada al albergue, reposo y descanso de los mercaderes y comerciantes que venían a Granada desde tierras italianas. Por un lado esto nos advierte de la potencia comercial de la que gozó el Reino Nazarí y más si cabe, cuando conocemos el nombre de aquella alhóndiga tan especial de la que hablamos: de los genoveses. De los puertos de Almería y de Málaga salían los barcos granadinos que llevaban a Génova la seda, que incluso en tiempo cristiano, era la más apreciada del Continente. La seda nazarí no conocía rival y los genoveses se encargaban de su tráfico comercial por todo el Mediterráneo e incluso el Asia.

Pero no eran pocas las caravanas de “extranjeros” que recalaban en la ciudad y se interesaban por tan caro y lujoso artículo, de forma que el gobierno de los nazaríes estimó la necesidad de construir un edificio que los albergara durante el tiempo que pasaban en nuestra ciudad buscando el artículo de más calidad. Aquella Alhóndiga de Genoveses, fue destinada por los Reyes Católicos a prisión, contando de golpe la ciudad con dos cárceles, una albergada en la Real Chancillería y destinada a los delincuentes reales, o lo que es lo mismo, a los casos cuya competencia judicial recaía en la Corona, y la segunda, la popular, la tristemente más transitada, para los delitos menores de los que tenía competencia los tribunales locales. Robos y delitos comunes fueron llenando los viejos muros de un edificio cargad de historia y de prosapia comercial.

Cartela de la Puerta de la Cárcel de Granada, hoy en la Plaza del Padre Suárez

Poco después de la muerte de Fernando el Católico, aquella Cárcel era ya insuficiente. En 1557 se amplió tras décadas de hacinamientos y de condiciones exiguas por parte de los reclusos y se adquirieron unas casas propiedad de las monjas dominicas del Convento de Sancti Spiritu para labrar su portada y con ello, rematar la obra de remodelación y ampliación, en 1585. Aquella fue hasta 1933, la cárcel común granadina, con su entrada frontera a la Puerta del Perdón de la Catedral. Un modesto edificio cuyas celdas se distribuían a lo largo de corredores, destinándose la primera planta para los hombres y una segunda para mujeres. Se sostenía la galería alta mediante columnas de piedra de Sierra Elvira, contaba con una capilla, cocina y una enfermería y un último añadido, a manera de ático, destinado a vivienda del alcaide.

Detalle de la Puerta de la Cárcel conservada en la zona trasera del MADOC (Antigua Capitanía General)

En 1838 se planteó la posibilidad de abandonar el edificio. Desde un primer momento había sido una construcción sombría, umbría y poco adecuada. Después de la Desamortización de Mendizábal, habían quedado conventos libres como para alojar a los reclusos. Afortunadamente no se hizo, preservándose edificios históricos (o demoliéndose, cosas de los gobiernos liberales del siglo XIX en Granada) y cuando en 1896 el Ministro de Justicia de visita en Granada es conducido a la Cárcel Baja, lo único que puede exclamar es que aquello era una “inmunda pocilga”.

Interior Cárcel por Piranesi, 1760.

En 1904 la vieja cárcel está arruinada. Se han derrumbado algunas celdas del piso superior, se desaconseja el uso de este piso y el deterioro no es capaz de frenarse. Así las cosas, en 1913 los presos son trasladados a Loja pero cuando se repara mínimamente el edificio, regresan. Al fin, la nueva cárcel deja libre aquella ruina constructiva que albergaba en un sitio poco apropiado, en tan sugerente espacio histórico y administrativo, a lo peor de cada casa. En 1942, sería derruido y en su lugar se levantaría un edificio historicista que fue la sede de la Caja de Granada.

Derribo de la Cárcel en 1942. 

El único interés artístico estaba en su portada. El gran alcalde don Antonio Gallego Burín decide trasladarla y preservarla para la historia, montándola en la zona trasera de la Capitanía General, donde sigue anunciando en la Plaza del Padre Suárez que fue terminada en 1585. De todo esto, nos queda en la mente una reflexión: el poco derecho que tenemos a quejarnos hoy día, habida cuenta de los muchos progresos en todo que ha experimentado la sociedad. No hay más que ver las pésimas condiciones de los reclusos granadinos hasta 1933, cuatro siglos y medio de hacinamientos, insalubridad y falta de todo... A cambio, hoy disponen hasta de piscina climatizada.


¡Ni tanto, ni tan poco!  

miércoles, 30 de julio de 2014

El Teatro del pueblo

El Realejo desde las huertas y claustro del Convento de Comendadoras

Emilio Pérez del Pulgar fue un personaje clave en la historia cultural de esta ciudad que ideó a fines de 1863 el proyecto más renovador e interesante que por aquellos días tuvieron a bien vivir sus paisanos. Era propietario de las  huertas de Almaxarra, que un día fueron patrimonio de la Corona Nazarí y durante siglos, de la Orden de Predicadores. De su herencia familiar conservaba toda esta almunia dentro ya del casco histórico que eran las huertas de la Plaza de los Campos Eliseos, que comunicaban con su residencia, el Cuarto Real. Aquel realejeño va a protagonizar una disputa muy afortunada y provechosa para la ciudad.

Las huertas y almunias reales de Almanxarra, propiedad de Pérez del Pulgar

Ese mismo año de 1863, Emilio Pérez del Pulgar tiene un desafortunado encuentro con la dirección del Teatro Cervantes, el único espacio escénico que tenía por entonces Granada y que cometió el desliz de no reservarle el palco habitual que desde hacía años, ocupaba para toda temporada. Como quiera que las soluciones que le ofrecían los propietarios del Cervantes no terminaba de satisfacer a Pérez del Pulgar, éste tuvo una feliz idea para los granadinos y su historia: construir un teatro propio que ofertara una programación interesante y rivalizara con el Coliseo granadino. Y así, a finales de 1863, comienza a construir el segundo de los teatros y el único que ha pervivido, al menos en el nombre, en nuestra historia: el Isabel la Católica de la Plaza los Campos. ¡En el Realejo!

Obras de derribo del Teatro Cervantes, el más antiguo que tenía Granada

Lo edifica bajo el pretexto de utilizarlo exclusivamente para uso privado; a las autoridades locales les explica que su intención en organizar espectáculos y  funciones musicales y teatrales para sus familiares y amigos, y como recordaba el incidente que le obligó a dicha empresa, carecería la construcción de palco, tal vez, haciendo bueno el refrán español que asegura que “quién evita la ocasión, evita el peligro”. Esto motiva que el Ayuntamiento no ponga ningún reparo ni la empresa explotadora del Cervantes vea rivalidad alguna en esta nueva construcción, pero lo cierto es que lo que nace como teatro para disfrute particular, terminará convirtiéndose en el foco de la cultura local y en el referente realejeño de la pasión musical y teatral.

Hazaña de Pérez del Pulgar, del que descendía el visionario empresario granadino

Aquel espacio fue diseñado con dimensiones más que notorias: tenía capacidad para 500 entradas principales y 700 de paraíso y desde que estaba en obras, comenzó a levantar las sospechas de los propietarios del Cervantes y del propio Ayuntamiento, que se extrañaba que un teatro de uso privado, tuviera las dimensiones tan sorprendentes que desde la calle podía apreciarse. Lo que nadie barruntaba es que un 14 de julio de 1863, Emilio Pérez del Pulgar había solicitado a la mismísima Reina Isabel II, la autorización pertinente para colocar las armas reales sobre la portada, ponerle nombre de teatro de Isabel la Católica y abrirlo al público. En el Palacio de Oriente, lo primero que llamó la atención fue el aristocrático e histórico apellido del que demandaba este favor real y es que, en efecto, nuestro protagonista era descendiente del héroe que llevó a cabo la hazaña del 18 de diciembre de 1490, don Hernando Pérez del Pulgar, lo que tuvo que abrirle más que rápido, las puertas del despacho real.

Las Armas Reales en tiempos de Isabel II que se colocaron en el Teatro Isabel La Católica

El 30 de julio de 1863, es decir, justo hoy 151 años, desde Madrid se autorizaba por varios motivos que aquel fuera el TEATRO REAL de Granada, en el Realejo. El Ayuntamiento recibía además una solicitud de permiso de apertura. Si la mismísima Reina había dado el visto bueno a aquel proyecto, el consistorio no tuvo más remedio que acceder a la propuesta, que estaba muy bien argumentada... Emilio Pérez venía a decir que ya que en Granada únicamente existía un único teatro, el  suyo haría posible que las clases menos favorecidas pudieran acceder a la cultura, que sus precios serían muy baratos y que la programación que había pensado, serviría para exaltar los valores de la monarquía. Y en aquellas fechas, la Corona no atravesaba sus mejores momentos, basta recordar que cuatro años después, Isabel II sería destronada. Así que para la temporada 1864, abría sus puertas, el TEATRO ISABEL LA CATÓLICA, hace por tanto, 150 años.

Decoración del teatro granadino

La prensa lo calificó como un “local majestuoso por su extensión, de de pocos pero elegantes adornos y con un escenario nunca visto, por su tamaño. Además, pensemos que estaba en un sitio privilegiado, en la zona del Realejo más cercana al centro, muy accesible por las actuales Cuestas del Progreso o de Aixa y que aquello era casi una obra de caridad, un proyecto social adelantado a su tiempo, pensado para el disfrute de los que no podían costearse una entrada en cualquiera de los teatros españoles de la época, pensados para clases altas y exquisitas formas. Aquel, de golpe y porrazo, fue el primer teatro del pueblo y para el pueblo. Obra de José Contreras (conocido, por sus labores de restauración, como “el arquitecto de la Alhambra) y decorado por José Dardalla, en 1914 estrenó luz eléctrica y amplía a 1.700 localidades su capacidad.


Después del incendio republicano, se levantó el actual Hotel Carlos V

Un 10 de marzo de 1936, sin que la guerra civil hubiera empezado, revolucionarios de la CNT asaltan el teatro, lo queman y lo destruyen. En aquel momento era propiedad del Conde de Guadiana, quizás por ese motivo, la izquierda radical granadina, redujo a cenizas el único teatro español que nació para los más pobres, a efectos de llevar la cultura a todos. Ese fue el fin de nuestro teatro pionero que, en 1952, reaparecería su nombre, en lo que fue el Casino Principal, estrenándose el actual Teatro Municipal de Isabel la Católica... En su lugar, el edificio pseudo historicista que se destina hoy a hotel, el Carlos V. Pero la barbarie, nos costó un edificio histórico que ahora estaría cumpliendo más de un siglo y medio. 

martes, 29 de julio de 2014

El arte pacificador

Recreación de la Granada nazarita y los entornos de la Puerta de Elvira

La religión siempre ha sido la primera cuestión en discordia para los pueblos y el argumento más esgrimido para las guerras. Es lo primero igualmente que siempre han intentado implantar los vencedores y lo último a lo que se han aferrado los vencidos. La Granada de 1492 era una de las ciudades más pobladas de todo el continente europeo y se nos antoja muy difícil que se acostara la noche del 2 de enero musulmana y se levantara el día 3 cristianizada. El proceso de cambio de mentalidad, especialmente religiosa, habría de ser largo y costoso, tanto como lo fue para los cristianos granadinos perseguidos durante la dominación musulmana (no se salva ninguno).

Recreación de la Granada nazarita, en torno al Corral del Carbón. 

Pero hay muchas formas de seducir, convencer y convertir al vencido. La más empleada a lo largo de la historia, la fuerza, la violencia, la intimidación y al fin, LA MUERTE. Da sus frutos, que la historia no duda en recordárnoslo. Pero se trata de frutos podridos, conversiones falsas, mechas encendidas para futuras revueltas y enfrentamientos innecesarios que a la larga se pagan. En Granada lo sabemos muy bien, porque el Cardenal Cisneros, con toda su larga espada teñida de sangre, fracasó. Como sabemos muy bien que la mejor de las armas la izó el bueno de Fray Hernando de Talavera, primer Arzobispo del Reino recién conquistado. Tanto es así, que los musulmanes lo llamaban “el buen alfaquí”, considerándolo uno más de ellos, un cristiano del que Alá se podía sentir orgulloso.


Dice el refranero español que “la violencia engendra violencia”... puede que sea una frase de herencia romana, aunque es la mejor expresión al respecto. El gran Isaac Asimov sentenció que “la violencia es el último recurso del incompetente” y el legendario Martin Luther King repetía una y otra vez que “La violencia crea más problemas sociales que los que resuelve [...]  “A través de la violencia puedes matar al que odias, pero no puedes matar el odio”. Todo lo cual nos sirve para entender que mal iba a resultar la convivencia en aquella ciudad de finales del siglo XV si al pueblo musulmán se le quería imponer a la fuerza el catolicismo.

Decoración de la Alhambra, la arquitectura que habla

Pero como tantas y tantas veces en la historia, ahí estaba el arte para salir al rescate en las situaciones más comprometidas. A partes iguales, la  necesidad de materiales para las nuevas construcciones de una ciudad que en aquellos años era la capital del naciente Estado Español y le urgía convertirse en la gran urbe que resumiera el nuevo concepto de patria que forjaron los Reyes Católicos junto a la obligación de no despertar recelos innecesarios en el pueblo vencido y conquistado, que recordamos, era casi la totalidad de los habitantes de aquella Granada, empujaron a un uso, a una práctica, que hoy resulta simplemente emocionante y despierta el interés de cuantos nos visitan y se acercan a los monumentos. Porque en efecto, el poder del arte en esta ciudad, es que, al igual que la Alhambra, es una arquitectura parlante, comunicativa, expresiva y cargada de símbolos. Vayamos al principio:

El Cementerio real o Rawda de la Alhambra

Los cementerios musulmanes se situaban siempre a las afueras, tras las murallas y recintos defensivos. En Granada hubo hasta siete, que excluyendo al Cementerio Real o Rawda de la Alhambra, fueron de una aplastante sencillez. Junto a las puertas de la ciudad, los visitantes a la Granada capital del Reino Nazarí primero tenían que atravesar “la ciudad de los muertos” para ingresar a la sugerente capital del Occidente musulmán. Recibían el nombre de maqbara y el más importante fue el de Bab Ilbira, o sea, el de la Puerta de Elvira, aunque hubo un cementerio destinado únicamente para extranjeros, el del Albaicín o el de los santones y eremitas que se contaron por cientos a lo largo de los casi ochos siglos de historia de al-Andalus en los suelos granadinos.

Las tumbas más notables se distinguían porque sobre ellas, lucía una estela de piedra, de mármol o de ladrillo, dependiendo de la singularidad y estatus del difunto, con inscripciones coránicas y palabras alusivas a la fe islámica que recorrían los bordes de la tumba. Estas estelas decoradas mayoritariamente con las técnicas de azo, de nido de abeja o gracias a la elegante letra cúfica de sus mensajes epigráficos, eran conocidas como qâbriya.

Los Reyes Católicos, del granadino Pedro de Mena

Cuando el 20 de septiembre de 1500 se clausuraron los cementerios islámicos en Granada mediante una Real Cédula expedida por los Reyes Católicos, las maqbaras granadinas se destinaron a espacios de uso público. La palabra maqbara se castellanizó bajo la forma «macáber» y el nombre de aquellas curiosas lápidas musulmanas, a oídos de los cristianos, sonaba parecido a cabrilla. Así las cosas, de la unión del término cementerio y de estela funeraria (maqbara y qâbriya) nació el de macabrilla.

EL Monasterio de San Jerónimo, origen de todo

En un primer momento, aquellas piedras labradas, aquellos ladrillos decorados fueron a ojos de los cristianos, materiales perfectamente reutilizables, ya labrados, armoniosos, muy necesarios ante la ausencia de otros y sobre todo, muy baratos. Y primero fueron los monjes jerónimos, que un 14 de abril de 1500, recibían mediante Cédula Regia, la facultad de usar aquellas macabrillas del Cementerio de la Puerta de Elvira para la obra de su Monasterio. Y he aquí que encontramos la segunda motivación para su uso en nuevas obras.

Fray Hernando de Talavera, primer Arzobispo de Granada

Fray Hernando de Talavera sustituía en el “gobierno interino” de la Archidiócesis al Cardenal Cisneros, que no dudó en el empleo de la fuerza para imponer la fe de los vencedores a los vencidos. Era un fraile jerónimo, sencillo y erudito, y dotado de una sensibilidad que le valió el sobrenombre del buen alfaquí. Del buen amigo de los musulmanes. Adoctrinó con el cariño, no con la espada. Sus métodos serían muy lentos, pero muy óptimos. Se le acabó la paciencia a la Corona y recomendó nuevas prácticas. Pero hasta tanto, aplicó todos los métodos sensibles, humanos y simbólicos que supo idear. Y uno de ellos, cuando el arte salió al rescate de un problema religioso que ya había provocado varias sublevaciones, todas en el Albaicín, fue el empleo de las macabrillas para los muros de Iglesias, pero contado al pueblo musulmán de una manera elegante y sentimental.

Macabrilla de la Torre del Cubo de la Alhambra

Las Iglesias granadinas se levantaron sobre las que poco antes habían sido mezquitas (lo mismo que hicieron los musulmanes, levantando sus mezquitas sobre basílicas visigodas y así hasta la noche de los tiempos). Es decir, el pueblo ignorante concede a los lugares y sitios propiedades mágicas, muy en relación con el esoterismo. Cuando el primer Arzobispo empujaba las construcciones de aquellas primitivas Iglesias con tanto sabor y aspecto de mezquita, solía sentenciarle al pueblo musulmán  que las lápidas de sus antepasados estarían en lugar sagrado. Por partida doble: sagrado para los católicos pero también para ellos, pues poco antes el lugar era su lugar de oración. Así que los habitantes de la Xarea, vieron cómo las lápidas de los suyos, muchas de ellas con la inscripción en árabe de “salvación”, se colocaban en nuevas Iglesias y otras, cantando a Alá y ensalzando el nombre del dios musulmán, acababan en los muros de Conventos y Monasterios.

Macabrillas en la Iglesia de San Cristóbal

Aquella fue una operación arquitectónica mucho más singular que el simple aprovechamiento de materiales para la reposición, rehabilitación o nueva obra. Aquello fue una sugestiva forma de pacificar un problema que había creado la espada y usar el arte para lo que siempre ha servido: expresar. Imagino la cara de aquellos conversos a la fuerza, los moriscos, cuando rodearan las Iglesias granadinas para leer en los muros cómo las piedras centenarias seguían recordando su fe, su cultura y a sus ancestros: Quizás así, era más fácil aparentar la nueva creencia que habían asumido, sí o sí.

Macabrillas granadinas

A día de hoy, Granada sigue exhibiendo para quién quiera verlo, esta práctica tan particular en los siguientes lugares:

Arranque de la Torre del Cubo de La Alhambra.
Muros del Convento de Carmelitas Descalzas (Calle de Rodrigo del Campo).
Muro exterior del lado de la Epístola de la Iglesia de San Cristóbal.
Muro interno perimetral de la Puerta de la Justicia.

Base de la Torre del Cabo de Carrera.

lunes, 28 de julio de 2014

I Guerra Mundial

Desgraciadamente no es pasado, no es historia, no sirvió más que para dibujar un nuevo concepto del Mundo y actuar como escenario de pruebas para la consecución de los adelantos mortíferos más sorprendentes. Provocó 60 millones de muertos, enfrentó a 70 millones de soldados y trazó una nueva Europa. Un mes antes (lo contamos aquítuvo su detonante. Las causas fueron múltiples aunque fáciles de resumir: el nacionalismo, el imperialismo, las pretensiones de control del territorio y el odio histórico entre países europeos. Las consecuencias mucho más difíciles de asimilar: cada día morían 6.100 soldados, casi el 13 % de los hombres que entraron en combate, murieron. Desaparecieron cuatro imperios, se borró de la faz de la tierra a tres dinastías reales, nacieron nuevos países, se puso en marcha la más implacable tecnología de la muerte, usándose por vez primera un arma química capaz de acabar con la vida y asestó un golpe brutal sobre Alemania, que a consecuencia de lo sucedido en la I Guerra Mundial, desarrolló la ideología nazi que condujo a la II Guerra  Mundial.

Aquel conflicto que duró 4 años, 4 meses y 15 días cambió el curso del Mundo. Acabó con la economía europea para las dos siguientes décadas, arruinó a las potencias que hasta entonces dominaban económicamente el Mundo, con un retroceso del 32 % para Gran Bretaña perdió, un 30 % en el caso de Francia y una Alemania que quedó a merced de los castigos internacionales. Esto supuso que Estados Unidos se convirtiera inefablemente en la cabeza del mundo. Demográficamente hablando sesgó los pueblos; más de 60 millones de muertes hablan por sí solos, pero a esto se le sumaría un descenso de la natalidad nunca antes visto, un envejecimiento poblacional irremisible y la aparición de 8 millones de heridos, la mayoría discapacitados de por vida, otro buen número, considerados simple despojo a su regreso de la Guerra.

Social y culturalmente hablando dibujó un nuevo mapa de las colonizaciones, del Imperialismo, que lejos de retroceder al haber sido uno de los causantes de este conflicto, aumentó su poder de expansión. Ahora, las potencias colonizadoras no se contentarán con la explotación de las riquezas de los países tomados, sino que harán ímprobos esfuerzos para imponer una identidad, una mentalidad y por encima de todo, una lengua, hasta entonces ajena a los pueblos sometidos. El fabuloso crecimiento del inglés y el francés tras la I Guerra Mundial es ejemplo de lo que decimos.

Muchos se seguirán preguntando cómo un asesinato cometido por un nacionalista serbio un mes antes pudo ser detonante del que se considera el 5º conflicto más letal de la Historia de la Humanidad y ateniéndonos a lo que produjo fuera del campo de batalla, el 3º. Aquello que contamos en esta Alacena el 28 de junio fue la mecha tras la que corría un reguero de pólvora alimentado por las rivalidades políticas y económicas que los países imperialistas mantenían: Alemania, Austria, Rusia y los otomanos, los cuatro imperios, provocaron que Francia se defendiera, que Inglaterra buscara el mantenimiento de su estatus y por tanto entrara en Guerra y las demencias de la Alemania del II Imperio, cuando atacó Estados Unidos (que veía la guerra como una cuestión europea que le era ajena), metió al gigante americano que terminó por arrastrar al resto de países hasta en número de 32.  

Seis días después de la movilización de tropas del Imperio Austro-Húngaro, el ministro británico de asuntos exteriores Edward Grey pronunció la más famosa frase que resume toda la demencia bélica de hace un siglo: “En toda Europa se apagan ahora las luces: puede suceder que jamás volvamos a verlas encendidas”. En efecto, a manera de profecía cumplida, aquella Guerra que estaba empezando significó la muerte de la vieja Europa, el final de un modo y manera de concebir el Mundo. Fue la muerte de la monarquía absoluta, el fin de una concepción geográfica del Continente y en vez de convertirse en la última guerra global que zanjara una disputa centenaria, dio origen a nuevos enfrentamientos, a nuevas y más poderosas maneras de asesinar a los pueblos. Aquella era la Gran Guerra, quizás con la esperanza de que hubiese sido eso, no la I Guerra Mundial.

Eduardo Dato, político conservador, se opuso a que España entrara en Guerra

La neutralidad española sigue siendo fascinante a día de hoy. Por un lado, muchos pensamos que esa postura no bélica explica cómo España, desde hacía al menos un siglo, estaba ajena a la inmundicia que era habitual en los países europeos. Por otro, tal y como dijo el Presidente del Gobierno del momento, Eduardo Dato, España carecía de motivos y de recursos para entrar en el conflicto. El Rey Alfonso XIII también estuvo de acuerdo, pero en el fondo de su corazón le hubiera gustado entrar en guerra y seguir presuponiendo a España una nación poderosa. Dicho de otra forma, afortunadamente España llevaba mucho tiempo sin intervenir en los asuntos más espinosos de la política internacional, pero no entró en guerra porque además, no tenía recursos.

El Conde de Romanones, político liberal, fue un firme defensor de la entrada de España en Guerra

El Diario Universal, publica un artículo que parece, escribió de manera anónima el Conde de Romanones, bajo el hiriente título de “Neutralidades que matan” y que venía a decir: “Es necesario que tengamos el valor de hacer saber a Inglaterra y a Francia que con ellas estamos, que consideramos su triunfo como el nuestro y su vencimiento como propio”. Lo curioso es que lo escribía un político liberal, mientras que el que ponía más empeños para entrar en guerra era un político conservador. Y es que hace un siglo, sin escrúpulo alguno, la guerra un negocio para el que poco importaba si la cifra total de muertos alcanzaba los 60 millones de ciudadanos del Mundo.


La realidad es que España era una Estado de segundo rango, sin la potencia  económica y militar y que supo trabajar diplomáticamente como para que ninguno de los países beligerantes protestara por nuestra neutralidad. Algunos, definieron nuestra postura como “una  declaración de impotencia” que desde luego es lo que vino a decir la carta del Presidente del Gobierno al Rey, muy clara y rotunda: “Con sólo intentarla [la guerra] arruinaríamos a la Nación, encenderíamos la guerra civil y pondríamos en evidencia nuestra falta de recursos y de fuerzas para toda la campaña. Si la de Marruecos está representando un gran esfuerzo y no logra llegar al alma del pueblo, ¿cómo íbamos a emprender otra de mayores riesgos y de gastos iniciales para nosotros fabulosos?”.

domingo, 27 de julio de 2014

Me suena a español

"La abdicación del Emperador Carlos". Tapiz flamenco de Reyniers y Leydams. 

Se cumplen hoy 450 años de la muerte de Fernando. Hermano del emperador Carlos I de España, fue el primer miembro de la Casa Real de los Austria nacido en suelo español, en Alcalá de Henares para ser más concretos. Su hermano le dejó el título imperial y conservó para España los territorios, no fue mal canje. Su vida azarosa, un matrimonio que le dispensó 15 hijos y las continuas luchas contra los otomanos granjearon su vida. Era la voz de Carlos de España en las Dietas y reuniones a las que no podía asistir el poderoso monarca hispano; pero casi al fin de sus días, al menos durante sus últimos 5 años, consiguió que su hermano le concediera el título imperial. Su sobrino, el futuro rey de España Felipe II, se avino a las decisiones paternas. Fernando fue un emperador español en Viena que dio origen a una archiconocida frase que aún hoy, se sigue repitiendo.

Los españoles solemos decir cuando no entendemos algo, que “nos suena a chino”. Quizás porque su alfabeto, su particular pronunciación y la poco frecuente presencia de la cultura china en nuestro país, hasta hace relativamente poco, nos sugería algo indescifrable, complicado y raro. Pero no somos los únicos que apelamos a otras culturas e idiomas haciendo referencia a algo incomprensible. Sin ir más lejos, países centroeuropeos suelen decir, en los mismos términos que nosotros con el chino: “Das kommt mir spanisch vor”.

El Emperador Carlos presidiendo una de las sesiones de la dieta, contra Lutero.

La frase significa literalmente “esto me suena a español”. Y no es que la dificultad de nuestro idioma asuste a los pueblos germanos, puesto que el origen de la expresión tiene que ver con la historia, con nuestros primeros Reyes de la Casa de Austria (los hermanos Carlos y Fernando) y con lo que sucedió en la primera Dieta de Worms, la reunión de los príncipes electores del Sacro Imperio Romano Germánico presidida por el emperador Carlos I de España, y V de Alemania. Pero precisamente lo que se le criticaba en nuestro país cuando en 1517 llega para hacerse cargo de la herencia de sus abuelos, es lo que se le va a achacar en la ciudad de Worms: costumbres “españolas”.


"Alegoría de la Abdicación del Emperador Carlos". 
Frans Francken el Joven, ca 1620.

A Fernando, el hermano de nuestro Emperador y que hoy recordamos en el 450 aniversario de su muerte, la cosa se le puso más negra si cabe que a Carlos, porque su catolicismo sin tacha y la imposición de tradiciones y prácticas aprendidas en Alcalá de Henares, lo tacharon de incomprensible e inescrutable. Los vieneses solían decir que la corte estaba llena de españoles o de altos funcionarios con usos españoles (todavía hoy Viena tiene muchas huellas españolas, desde la Escuela Ecuestre a su famoso parque Prater, que toma el nombre del Prado madrileño) y aquello, ininteligible a la germánica forma de la corte de Hofburg, terminó por patentar la expresión “me suena a español”, como algo incomprensible.

Retrato del Emperador Fernando, el primer Habsburgo español.

A día de hoy, la frase se repite en República Checa, en Eslovaquia o en Alemania; y no es más que esa fobia a lo español que acuñamos, en nuestra condición de primera potencia... Más aún, en nuestra condición de gobernar Occidente pero de sentar además en otros tronos, nada menos que en el del Sacro Imperio, a un español de pura cepa, un hijo de Alcalá de Henares.


Alegorías hispánicas en el Palacio Troja de Praga. 

Como curiosidad, nos basamos en un informe que en 2009 el Foreign Office (dicho de otra manera, el Ministerio de Asuntos Exteriores del Reino Unido) publicó tras las sucesivas preguntas e investigaciones que llevó a cabo a lo largo de todo un año a sus diplomáticos, embajadores y funcionarios. Lo que le interesaba al Foreing Office era dilucidar cuál era el idioma que más dificultad le costaba aprender a un inglés-parlante. El resultado, fue que era el euskera, por delante del húngaro, el chino y el polaco. El más fácil, el español. 

sábado, 26 de julio de 2014

El Incendio de las Angustias

Como de costumbre, después de las Ánimas, la Iglesia iba cerrar las puertas. Serían por tanto las nueve y media de la noche y el sacristán Manuel García, se dirigía hacia el Camarín para apagar las velas que por delante del arco acristalado por el que asomaba la efigie de la única GRANADINA, permanecían encendidas. Pero cuando el celoso sacristán entró al Camarín, una extraña luz lo sorprendió proveniente del techo. ¡Había fuego! Los gritos no se hicieron esperar y el primero en llegar al lugar donde Manuel García era ya presa del miedo, fue el campanero, Tomás Gutiérrez. Mientras al bueno del sacristán se lo llevaban del lugar, paralizado por el miedo, el campanero se arriesgaba a localizar el lugar desde el que los cables de la luz eléctrica estaban provocando un cortocircuito que ya prendía en la bóveda del camarín.

Las vigas comenzaban a afectarse. Viendo el párroco, los asistentes, los pocos hermanos que estaban aún dentro de la Basílica que no podían hacerse con el incendio, corrió Tomás Gutiérrez en dirección al cercano Parque de Bomberos al tiempo que el primero de los sacristanes, que estaba cenando ya con su familia en las dependencias anexas a la Basílica, se presentó de inmediato y ayudado por un hermano horquillero movilizaron un cordón de auxilio que capitaneaba Abelardo Lafuente. De repente, dentro de la Basílica estaba hasta el mismísimo Gobernador Civil, el Alcalde y media Granada que había acudido ante el estruendo y la luz del fuego que se reflejaba ya en las aguas del río.

No se lo pensó dos veces. Se llamaba Segundo Martín. La cristalería del camarín había estallado ya. Dos lámparas, del presbiterio y de la bóveda del crucero se habían precipitado al suelo. El fuego devoraba los mármoles de la “habitación de la Virgen” y el humo era ya intenso dentro de la Basílica. Así que el modesto industrial Segundo Martín, junto a doce más, muchos de ellos simples estudiantes de una juventud insultante, subieron los peldaños inundados en humo que dan al Camarín y en medio de un fuego espeluznante, sacaron de allí a la Señora de las Angustias. Y no se puede explicar cómo, justo cuando la depositaron en los primeros escalones del presbiterio, algunos con quemaduras en sus manos, el Camarín se vino abajo. Acaso, 15 segundos después de que ELLA fuera salvada.

A hombros de casi una veintena de granadinos que se apiñaban bajo su manto, intacto, bajo su portentosa figura, salía por la puerta de la Basílica. El incendio se seguía cobrando lugares y estancias. Los cristales o lucernario de la linterna de la bóveda, rotos, dejaban escapar llamas al cielo. Desde cualquier lugar de Granada era visible que en el interior de la Basílica se estaba viviendo una tragedia sin precedentes. Pero a Granada lo único que le importaba salvar, ya lo estaba, saliendo por la puerta de aquella Iglesia que estaba siendo devorada por las llamas mientras los bomberos se afanaban en que no resultara dañado el patrimonio histórico. Diez minutos delante de la puerta, en medio de la Carrera, de su Carrera, para que al fin, la Hermandad decidiera trasladarla a la Catedral.

Fue la procesión más encendida que se recuerda. En 20 minutos estaba ante la Catedral, a hombros del Conde de Guadiana y de los hombres de la Vega, del Conde de Agrela y de los limpiabotas del Embovedado. Motetes y música de capilla se fueron sumando a aquel cortejo caóticamente ordenado que pocas veces antes y después contó con tantos fieles y devotos. Lo único que Granada parecía pensar es que su bien más preciado estaba ya a salvo. No habían pasado ni tres años de su Coronación y ese día estaría para siempre escrito en la memoria de los granadinos.


El Defensor de Granada, 27 de julio de 1916

Mientras que la Virgen llegaba a las once menos cuarto a la Catedral, el incendio estaba de todo menos controlado. Por la madrugada, el fuego se había propagado, pero afortunadamente la cúpula ejercía de chimenea. A las ocho de la mañana, los bomberos desde dos tejados vecinos, intentaban colar el chorro de agua hacia el interior. Lo peor había pasado, habida cuenta que a las cinco de la mañana, el incendio en la zona del crucero se había controlado ya que el miedo era que la gigante cúpula se viniera abajo y produjera una desgracia ya que una decena de bomberos estaban en el interior de la Iglesia sofocando los pequeños rescoldos que aún eran visibles.

El defensor de Granada. 28 de julio de 1916

La bóveda, nadie lo cree, resiste. Cuando a las siete de la mañana se iba a dejar por perdida y ya estaba en el lugar el Ejército para ir sacando cuadros, imágenes, retablos y ornamentos, a la fabulosa fábrica de la cúpula del crucero lo único que le pasa es que pierde el pararrayos que una década antes se la había instalado y se quema la viguería de madera externa. Pero la piedra ha conseguido que el fuego no se propague a las naves. A las 9 de la mañana se entra en el interior y se contabiliza lo perdido. Habrá que restaurar frescos y cuadros del antecamarín, pero no han resultado dañados... Habrá que enmendarse en ciertas partes, pero se ha salvado todo el ajuar de la Virgen, el apostolado soberbio, los objetos de platería. E incluso el Santísimo fue rescatado a pico porque ya no se abría el sagrario por la dilatación del metal ante las temperaturas.

El Defensor de Granada, 30 de marzo de 1917: 
La Consagración de la Basílica 

Modesto Cendoya como arquitecto jefe municipal y el ingeniero municipal Montes Garzón no salen de su asombro; mientras los hermanos de la Patronal sacan muebles para que no se dañen de la Sacristía, encharcada preocupantemente, o el agua de la extinción del incendio siguen saliendo a borbotones por la puerta de la Basílica, nada ha sufrido en demasía. Miles de vecinos de los pueblos de la vega, al ver desde sus casas el incendio, pululan de mañana, por los alrededores. Aquel espectáculo tuvo que ser digno de ver. Pero el patrimonio y sobre todo, la Virgen, se han salvado. Y un héroe ya en Granada es un artista de circo, el protagonista de un número ecuestre que fue de los primeros en lanzarse al salvamento de la Virgen, Ranulfo Frediani, que fue recompensando con monedas de plata que los granadinos le iban dando en mano, agradecidos sobremanera por salvar a su mejor ciudadana.

El Defensor de Granada, 31 de marzo de 1917. 
Procesión triunfal de regreso.

El 29 de marzo de 1917 se volvía a consagrar el templo y se inauguraba la placa de Pablo Loyzaga en recuerdo de la Coronación. Al día siguiente, regresaba la Virgen tras 246 días en la Catedral. Era un 30 de marzo y desde las 16:30 de la tarde, aquel fue el regreso más emocionante y sentido que jamás antes ni siquiera al día de hoy, haya vivido la que nos asustó para recordarnos, que las Angustias las lleva ELLA la primera.


Hace 98 años de un incendio que pudo ser una ruina histórica, patrimonial y sobre todo sentimental para Granada y los pueblos de su alrededor. Pero, como casi todo lo que rodea a esta misteriosa Imagen, la ciudad se había acostumbrado al milagro, uno tras otro, de los que ya no nos sorprende. 

viernes, 25 de julio de 2014

El Monumento a Primo de Rivera


Se pone punto y final a un calvario dialéctico de 4 años, desde que se decidiera prescindir de este monumento, pasando por la moción que tumbó el Gobierno local a instancias del PSOE y de IU en 2011, hasta que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, dijera en abril de este año que en 4 meses el Ayuntamiento debía desembarazarse de la obra que fuera inaugurada en 1972, pieza escultórica del granadino Francisco López Burgos costeada mediante suscripción popular.


Seamos sinceros... Granada no pierde nada. Olvidemos por un momento que este monumento no estaba dedicado al fundador de Falange sino a cualquier otro, cualquier ciudadano que no despertase algún recelo, odio, antipatía o repulsión. Dándose el caso, Granada tampoco iba a perder nada porque la pieza en sí, aporta poco al corpus patrimonial de la ciudad, es (quizás condicionada por el precio) una pieza mediana sin elevado interés plástico y por encima de todo, poco apropiada para el histórico enclave que ha venido ocupando durante 42 años.

Eso sí, no sirve ni de lejos para catalogar ni referirse a la abultada, prolífica e interesante producción de su autor, López Burgos (1921-1997), un escultor capaz de trabajar todos los materiales, cultivar todos los géneros y que gozó de una amplísima acogida artística y fue reclamado con interés en Estados Unidos o en Japón. Desde el arte sacro al profano, del retrato al monumento, López Burgos fue un nombrado artista que sin embargo, por las condiciones que fueren, no tiene en esta pieza, el verdadero reflejo de su capacidad.

Bien, Granada no pierde nada y no creo que nadie se sienta dolido por la pérdida de un monumento a la memoria del controvertido José Antonio. Desde luego no ha de sentirse nadie dolido ante la figura de un personaje que acuñó el término “la dialéctica de los puños y las pistolas”. Al cabo de investigaciones, y publicaciones sabemos de su carácter irascible, de sus arrebatos furiosos, de sus episodios agresivos. En una palabra, de su manifiesta violencia. Hay un artículo suyo de 1934 muy clarificador al respecto, que lo define a la perfección:


“Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho –al hablar de "todo menos la violencia"– que la suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad? ¿Quién ha dicho que cuando insultan nuestros sentimientos, antes que reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria”.

José Antonio fue en sus discursos, escritos y especialmente en sus hechos, una persona poco recomendable. Algunos aducirán su impresionante inteligencia, sus matrículas de honor por doquier, su dialéctica aplastante que dejaba en paños menores a los adversarios políticos. Por el contrario, algunas frases suyas no son más que la incitación a la violencia, opiniones que ojalá nunca hubieran encontrado eco. Un texto suyo sirvió para que lo apresaran y al fin, junto a otros tantos, le sirviera la condena a muerte por rebelión, traición al Estado y otros: “La Guerra [...] existe desde que el mundo es mundo y existirá. Es un elemento de progreso. ¡Es absolutamente necesaria! […] Los hombres necesitan la guerra. Si usted la cree un mal, porque necesitan el mal”.

Pilar Primo de Rivera, hermana de José Antonio con Hitler. 

José Antonio abogaba por las pistolas, por la guerra, recibía dinero de Mussolini y viajó hasta en dos ocasiones en 1934 a Alemania para conocer bajo la anuencia y el conocimiento de Hitler que no lo pudo atender personalmente, cómo funcionaban las SA y las SS. Ya está, no hace falta más que apuntar. O acaso, preguntarnos cómo siquiera hemos mantenido durante 42 años este monumento. Amigos, no soy respetuoso con los violentos, lo siento


Pero ahora se abre un debate más interesante, al menos para esta Alacena. Y es que el PSOE ha propuesto que el hueco que deja el monumento a Primo de Rivera sea sustituido por otra obra plástica dedicado a la convivencia. Y a mí me da pavor absoluto que nos volvamos a equivocar, que ubiquemos en un espacio tan histórico y cargado de identidad y simbolismo para el granadino, una obra anodina. Me da miedo hasta decir basta que durante otros 42 años o quién sabe si más, en un lugar tan prestigioso en la historia de esta tierra, luzca un error artístico, estético y sobre todo, de dedicatoria.


Pero lo que me da pena, lo que me supone un auténtico pavor y me hace pensar que la retirada del monumento a Primo de Rivera no es un triunfo sino una calamidad, es que Granada aún no haya aprendido la lección y no sepa que está en deuda una y mil veces con muchos hijos suyos, perdidos, olvidados, desconocidos, sin reconocimiento alguno. Sería una ocasión desperdiciada como nunca antes se ha visto. Sería una oportunidad, malgastada de la que nos podemos lamentar. Sería a todas luces, una situación desaprovechada para ponernos en paz con muchos grandes de nuestra ciudad que no son conocidos por la inmensa mayoría y que todos ellos han sido tratados en esta Alacena, pero que yo hago lista de los mismos como merecedores de un reconocimiento, monumento y que se sepa de su figura:


Enriqueta Lozano
Mariano Fortuny y Madrazo
Francisco Martínez de la Rosa.
Mariano Bertuchi
Francisco de Paula Valladar
Antonio Ramos Espejo
Juan Latino
Pedro Atanasio Bocanegra
Emilio Herrera
Diego de Siloe
Joaquina Eguaras Ibáñez
Pedro de Mena
Ángel Ganivet
Pablo de Rojas
Francisco Suárez
Muhammad V

Pero por supuesto, no estaría de más recordar que la famosa Tertulia del Rinconcillo se celebraba al lado, justo al lado del espacio que dejaría libre la actual escultura de López Burgos. ¡Manos a la obra y que un artista capacitado se ponga a pensar de qué manera debería honrarse a la mítica reunión de intelectuales que congregó a Burín, Lorca o Hermenegildo Lanz en sus filas. Y déjenme que les diga que no muy lejos de allí, en el Barrio de San Antón, nació el genial Emilio Herrera, catalogado como el Julio Verne español. O que Cervantes sitúa en la cercana Manigua que nacía en la Plaza del Campillo las historias de sus pícaros.

Emilio Herrera, el Verne español. 

Por favor, lo ruego encarecidamente... Únanse más allá de la ideología. Cualquiera de los que he dicho no ofende a nadie, no tuvo relación política alguna, no puede despertar más que la admiración por su creatividad, ingenio y capacidad. Cualquiera de los nombres que aporto, son dignos del recuerdo, de la gratitud de Granada y de los granadinos, y al fin estaríamos pagando alguna de las muchas deudas que tenemos con ellos.

"El embovedado".
José María López Mezquita, 1904

No sean cortos de miras. Ya está bien de monumentos anodinos y banales. No sé cómo se puede representar la convivencia de manera plástica y estética, pero si es necesaria, creo que la Granada contemporánea es mucho más oportuna para acoger una obra así. En un lugar tan frecuentado e histórico, hemos de estar a la altura de lo que ese urbanismo nos exige, pero sobretodo, a la altura de lo que nos exige nuestra conciencia como granadinos y responder de manera comprometida a lo que moralmente habríamos de haber hecho hace mucho: reconocer la grandeza de los que hoy día son desconocidos por tantos.


Ojalá alguien con un poco de sensibilidad lea este ruego descarnado.