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lunes, 30 de junio de 2014

Las "Pasaeras" del Darro

La historia moldea los pueblos y consigue que brote aquello que hemos venido a llamar, identidad. Es una suma de personalidad, carácter y por supuesto, una suerte de acciones que dan identidad propia y diferencian los lugares. El respeto a las tradiciones no es el intento en vano de que sobrevivan actos y acciones del pasado que pueden dejar de tener sentido en nuestro tiempo, sino el intento por conservar aquello que ha ido moldeando y forjando lo que hoy día somos. Lo particular, lo peculiar de cada pueblo, es un bien a proteger que en la mayoría de los casos, corre el riesgo de extinguirse.

David Roberts, 1833.

Así ha sucedido lamentablemente en demasiadas ocasiones para Granada, que a duras penas ha sabido conservar el sabor de su historia, la única capaz de explicar el por qué de sus gentes y traducirlo a los siglos pretéritos como el libro abierto de la idiosincrasia granadina. Así se nos fue un día, no hace mucho desgraciadamente, una fiesta íntima, muy nuestra y muy popular que concitaba a los vecinos del barrio de la Churra, es decir, a los que llenaron las calles aledañas a la Parroquial de San Pedro, en unas fiestas vecinales concurridas y muy particulares que tenían lugar el 29 y 30 de junio de cada año.

Santa Rita de Casia de José Risueño (1718), 
del mismo autor y en el mismo año que la Virgen de la Esperanza

La jornada se abría con una solemne misa a la que sucedía, a horas vespertinas, la multitudinaria procesión que por los entornos de San Pedro y especialmente a través de la Carrera del Darro, ponía en la calle las Imágenes de los Santos a los que se les dedicó el fabuloso complejo eclesial de la Iglesia de Pedro y Pablo. A ellos se les sumaba la gran devoción a Santa Rita de Casia, una Imagen que realizó José Risueño en 1718, el mismo año que gubió la excepcional Virgen de la Esperanza y que recibió culto en un principio en el Convento de los Agustinos, en el mismo lugar donde también estuvo el portentoso Crucificado de San Agustín.

Como los lectores recordarán, esta Imagen de Santa Rita de Casia acabaría protagonizando la fundación del que a la postre, sería la primera entidad bancaria de España, el Monte de Piedad de Granada, que se levantó en 1743 a instancias de un fraile agustino casi enfrente de la Parroquia de San Pedro. Aquel proyecto medio bancario medio caritativo, llegó a atender y socorrer en sus 20 primeros años a más de 130.000 granadinos y a día de hoy, es Caja Granada, conservando por tanto su antigüedad y el privilegio de ser la primera fundación bancario-ahorrista de España, como en este enlace pueden recordar de nuevo. AQUÍ

Por supuesto, la Santa de Casia presidió la Capilla de aquel Monte de Piedad y con los años, terminó recibiendo culto en la Iglesia de San Pedro. Cada 29 de junio, los vecinos procesionaban a los Titulares de su Parroquia, Pedro y Pablo. Ella, la centenaria santa y monja agustina recoleta, cerraba el cortejo en una procesión que inmortalizó el 29 de junio de 1923 la revista Granada Gráfica, la de la foto de arriba.

Y el día 30 de junio (aunque también se realizaba el día de antes, la fiesta de los Santos Pedro y Pablo) se celebraba la fiesta por antonomasia de los vecinos, la celebración más personal, con más identidad y más ligada al Río Darro, a las calles de la feligresía y a todo lo que significó aquel río de oro para Granada y por ende, para los que desde la misma Reconquista, habían ocupado aquel entramado urbano de la vieja Granada: LAS PASADERAS.

Se trataba de una fiesta concentrada en el tramo del Río Darro que corre bajo el Paseo del Rey Chico, es decir, en las lindes que desde el Puente de la Cuesta de los Chinos iba hasta el Puente de las Chirimías, justo a las espaldas de la Iglesia. Allí, se colocaba un tablón que previamente había sido apoyado sobre dos grandes piedras del mismo Darro. El tablón, untado generosamente con jabón, tenía que ser cruzado por los valientes jugadores que protagonizaban graciosas escenas y caídas contundentes en su empeño por no resbalar. El que conseguía tal hazaña, era premiado con un bocadillo de jamón y el que no, para divertimento de media Granada, se pegaba un refrescante chapuzón en las aguas del Darro, que habían sido medianamente estancadas para esta fiesta, gracias a unos improvisados diques hechos con piedras que permitían la celebración de la fiesta.

Aspecto de  la Fiesta, un 29 de junio de 1928

Hasta no hace tanto, San Pedro era celebrado con sana alegría y ganas de divertimento por los vecinos del Darro, por los parroquianos de San Pedro. Aquello parece ecos de otros tiempos y sin embargo, son bastante cercanos. Una fiesta inocente, popular y muy saludable que explicaba primero, la identidad y personalidad de un pueblo, que sin necesidad de mucho gasto concitaba a los más jóvenes en un día de risa y camaradería y que desde luego, sin pretenderlo, rendía homenaje a un Darro que ha sido trascendental en la historia de Granada. Recuperar la tradición, desde luego, es casi una obligación que además, supondría muy poco.


Una fiesta que hasta 1972, fue muy concurrida. 

La ganancia, no sería otra que mantener todo aquello que forma parte de lo que ha sido, es y debe ser, el granadino. A fin de cuentas, de eso se trata. 

domingo, 29 de junio de 2014

Miradas que matan

Jayne Mansfield era una desconocida que se valió de una de las armas más importantes que a lo largo de la historia de la humanidad, mejor han sabido utilizar algunas mujeres: un físico arrollador. Imitó la estética de Marilyn Monroe y adoptó la personalidad de una rubia platino deseada y frívola, pero Jayne era un portento intelectual, capaz de hablar cinco idiomas, tocar el violín y el piano y poseer un envidiable cociente intelectual de 163. Esa era la arrolladora actriz de teatro y cine que moría tal día como hoy de hace 47 años, protagonizando nuestra curiosa y desde luego risueña historia.

Tuvo una corta carrera que eso sí, fue meteórica. Protagonizó hasta 28 comedias y dramas de serie b que le valieron el cariño del público americano, especialmente masculino, posibilitándole el salto a la publicidad, la tele y las portadas de revistas especializadas a las que no tuvo problema en recibir exhibiendo su imponente figura.

Si bien su carrera fue corta, obtuvo grandes éxitos de taquilla. Por desgracia no tenía menos talento que la Monroe u otro producto estético de Hollywood, sólo que llegó más tarde que las demás y cuando a finales de la década de los 50 del pasado siglo empezaba a decaer la moda de la actriz voluptuosa, rubia platino y con idénticas dosis de inocencia como de sensualidad desbordante, empezaba su carrera, así que fue relegada a comedias y melodramas de segundo orden. Uno de sus éxitos, el que le dio procuró grandes ganancias, fueron sus giras por los night clubs de toda Norteamérica. Saliendo de uno de ellos, encontraría la muerte:

Acababa de terminar su show nocturno en un prestigioso club de Biloxi, en Mississippi. La familia al completo se dirigía a Nueva Orleans en el interior del vehículo conducido por un chófer a sueldo. A su lado, el novio de la actriz, Sam Brody y por supuesto, ella, la voluptuosa, inteligente, deseada y heredera de la Monroe, la rubia fatal que encandiló al cine y la prensa especializada durante una década. Detrás, los hijos e ella, Miklos, Zoltan y Mariska. Serían las y un 2:15 de la madrugada, del 29 de junio de 1967, 47 años ya de esto, cuando al tomar una curva, el chófer no pudo controlar el exceso de velocidad y el coche se dio de frente con un camión que circulaba en sentido contrario. El camión, cargado de insecticida, fue mucho más rotundo de lo esperado: los niños se salvaban, pero los tres adultos no. Tal día como hoy, hace 47 años, perdíamos a la imponente Jayne Mansfield, uno de los mayores iconos sexuales y mejores cuerpos de la industria del cine.


Pero nosotros la recordaremos eternamente por el día que su imponente escote, desafió a Sofía Loren y al resto de actrices presentes en la entrega de los Globos de Oro, y dejó al descubierto las envidias más que visibles de sus compañeras, haciendo bueno el refrán de que “tiran más dos...”

sábado, 28 de junio de 2014

100 años de la Gran Guerra

El asesinato del Archiduque, del heredero Imperial, el detonante de la Primera Guerra Mundial

Aquel día, hace ahora un siglo, el archiduque Francisco Fernando, se disponía a actuar en nombre de su tío abuelo el anciano Emperador Francisco José I. El viaje a la provincia imperial de Bosnia contaba con una visita oficial a Sarajevo, la capital de aquella tierra tan alejada de Viena que formaba parte del vasto y milenario territorio de los Habsburgo. Francisco Fernando era un cazador enfermizo y débil que suplía su fragilidad con una pasión por la caza que rozaba la demencia. Antes de las once de la mañana de aquel 28 de junio, es decir, hace ahora 100 años, la gente se arremolinaba para ver el paso del heredero del Imperio, que saludaba afectuoso desde aquella lujosa limusina descapotable, la Double Phaeton que la marca de automóviles austriaca Gräf & Stift había construido cuatro años antes.

Gavrilo Princip, arrestado. 

A punto de dar las once de la mañana, un nacionalista serbio perteneciente al peligroso grupo terrorista Mano Negra, se aposta junto al Puente Latino de Sarajevo. Se trata de Gavrilo Princip, un serbio enclenque, menudo, rechazado por el ejército pero firme defensor de la libertad de los pueblos eslavos y de su independencia frente a Austria. Varias balas matan en el acto al Archiduque y heredero Francisco Fernando. A las pocas horas, el torpe y poco espabilado Gavrilo, es detenido. En ese momento ni él ni nadie sabían que acababa de convertirse en el detonante de una guerra que devoró a millones de jóvenes, dinamitó y acabó con Estados enteros, con sus culturas y con el orden tradicional en toda Europa. En aquel momento, ni él ni nadie sabían que empezaba a cambiar el mundo para siempre. Aquella mañana del 28 de junio de 1914, justo ahora 100 años, se daba el pistoletazo de salida para que empezara la I GUERRA MUNDIAL, la gran guerra.

Escena húngara

Gavrilo no odiaba a Viena porque la política imperial hubiera sido negativa contra Bosnia o Serbia, ya que no llevaba ni 6 años tutelando aquellas tierras. Pero el paneslavismo había conseguido sembrar un aborrecimiento sin igual a todo joven eslavo que veía al Imperio, germano, católico y digno de acabar con él. Este odio se lo llevó Viena sin tener culpa de nada, cuando la verdad de aquella opresión estaba dictada por Hungría, que tras recibir amplios privilegios otorgados por Viena a Budapest, enfadó a los checos, a los croatas, a los eslovenos, a los eslovacos, a los serbios, a los polacos y a todas y cada una de las provincias, rincones y tierras de aquel vasto Imperio del Centro de Europa que llevaba siglos existiendo y que estaba a punto de acabar.  

Así quedo el mapa a partir de 1867, 
cuando la división en un Imperio Austro-Húngaro fue el comienzo del fin.

Ninguno perdonó jamás al Emperador y al poder de aquel Imperio que hasta hacía poco habían sentido como suyo, que desde Viena se otorgara a Hungría un estatus superior que lo distinguió del resto y que le dio casi la misma igualdad a Hungría que a Austria. De hecho, desde que se firmó ese decreto en 1867, conocido como el Igualamiento, aquello era ya el Imperio Austro-Húngaro. Todo había empezado por un insaciable nacionalismo húngaro que no paró de poner en un brete a Viena desde 1848. Y cuando consiguió cada vez más autonomía, capacidad de decisión y a la postre, poder sobre otros pueblos para hacer lo que en resumen, ellos criticaron que se les estaba haciendo, acababan de sembrar la semilla de todos los odios, todas las revueltas, todas las indignaciones y todos los agravios que se llevó por delante el Imperio y acabaría en una Guerra de proporciones inusitadas, la segunda peor de toda la Historia de la Humanidad.

Exaltación nacionalista húngara. 

Para colmo, Alemania se aprovechó de aquella casi división, casi ruptura entre Austria y Hungría. Desde que Prusia consiguiera de la mano de su Rey y del astuto político von Bismarck la unión de los pueblos germanos en Alemania, cosa que ocurre en 1871, las ansias de expansión pondrían en jaque a  Austria. Técnicamente, el Emperador seguía gobernando, era además Rey de Hungría, pero aquello en la práctica fue una catástrofe política y un suicidio histórico. Budapest no hizo más que anular las leyes y costumbres de Viena. Si años antes criticaban las imposiciones de los austriacos, ahora eran ellos los que imponían su cultura nacionalista, la magyar, al resto de pueblos que tenían sometidos.

La Gran Sala de Baile del Palacio de Schonbrunn de Viena, hito de la tolerancia del Imperio.

Si algo habían conseguido los Habsburgo a lo largo de siglos, era una tolerancia inusitada. Todas las provincias, todas las regiones, tenían la misma igualdad de derechos; aquello era el orgullo de la corona y de sus emperadores que desde la bicefalia del Imperio se había roto. En las provincias más lejanas a Viena y bajo la tutela directa de los húngaros, los ciudadanos empezaron a creer que las instituciones con el emperador a su cabeza, eran el símbolo de la injusticia. El abuso de unos sobre otros fue el caldo perfecto para cocinar el odio nacionalista que paría año tras año a más ciudadanos que pasaron de sentir “la patria de todos”, para sólo creerse la suya propia, ya que los activistas del nacionalismo fueron hábiles en vender que una separación sería perfecta para cada pueblo, enriquecería a cada micro-Estado resultante. A la vuelta de unos años, casi nadie estaba ya dispuesto a defender al Imperio Austríaco. Pero mucho menos, es decir, nadie, al Imperio austro-húngaro.

Celebrando los 625 años de una fecha fundamental para los Serbios, moría el heredero y se encendía la mecha de la Primera Guerra Mundial. 

El 28 de junio se celebraba el día de San Vito, el patrón de los serbios, que conmemoraban aquella Batalla en la que resistieron con uñas y dientes a las tropas musulmanas de los otomanos que un 28 de junio de 1389 terminarían por arrasar el Reino Serbio que dirigía el Zar Lazar. Era por tanto un día de un simbolismo extremo en los pueblos eslavos y el heredero tenía que estar con ellos. Lo hacía representando a todos y cada uno de los 53 millones de habitantes que tenía Austria, sus 700.000 kilómetros cuadrados, sus 15 nacionalidades distintas. El Imperio era el segundo país europeo en extensión y el tercero en población. Al final de la Guerra, de la Gran Guerra, Austria era un país de tercera que terminaría siendo anexionada por Alemania. Para colmo, la Guerra no consiguió parar los problemas que reclamaban y a los que aludían los nacionalistas eslavos o de otros pueblos, todo lo contrario: la economía de estos pueblos cayó en picado como la historia se encarga de contarnos y en el último episodio, heredero de todo lo que ocurrió hace ahora 100 años, estallaba en 1991 la Guerra de los Balcanes acabando con el pueblo eslavo y reviviendo de nuevo la pesadilla de principios del siglo XX.


Últimos instantes de vida de Francisco Fernando. Tal vez sin su asesinato, no habría acontecido una de las mayores tragedias de la Historia de la Humanidad. 

Hoy, hace justo 100 años, se ponían las bases para que comenzara el segundo mayor error de la historia de la Humanidad, que costó 9 millones de vidas. Todo bajo una misma premisa: el nacionalismo. 

jueves, 19 de junio de 2014

Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre


Un granadino, ciego de nacimiento y ausente muchos años de la ciudad, sabría la estación del año por lo que siente cantar en las calles. Nosotros no vamos a llevar nuestros ojos a la visita. Vamos a dejarlos sobre un patio de nieve para que no presuma más Andalucía. ¿Por qué se ha de emplear siempre la vista y no el olfato o el gusto para estudiar una ciudad? El alfajor y la torta alajú y el mantecado de Laujar dicen tanto de Granada como el alicatado o el arco morisco. Y el mazapán de Toledo, con su monstruoso ropaje de ciruelas y perlas de anís, inventado por un cocinero de Carlos V, expresa el germanismo del Emperador con más agudeza que su roja barbilla.


Mientras que una catedral permanece clavada en su época, desmoronando su perfil, eterna sin poder dar un paso al día próximo, una canción salta de pronto de su época a la nuestra, viva y temblorosa como una rana, con su alegría o su melancolía recientes, verificando idéntico prodigio que la semilla que florece al salir de la tumba del Faraón. Como un niño que enseña lleno de asombro a su madre, vestida de color vivo para la fiesta. Así quiero mostraros hoy a mi ciudad natal. La ciudad de Granada.


Para ello tengo que poner ejemplos de música. Y los tengo que cantar. Y esto es difícil porque yo no canto como cantante, sino como poeta. Tengo, poca voz. Y la garganta delicada. Así pues nada tiene de extraño que se me escape eso que la gente llama, un gallo. Vamos a oír a la ciudad de Granada:


El año tiene cuatro estaciones. A saber, invierno, primavera, verano y otoño. Granada tiene dos ríos, ochenta campanarios, cuatro mil acequias, cincuenta fuentes, mil y un surtidores y cien mil habitantes. Tiene una fábrica de hacer guitarras y bandurrias, una tienda donde venden pianos y acordeones y armónicas y sobre todo tambores. Tiene dos paseos para cantar, el Salón y la Alhambra, y uno para llorar, la Alameda de los Tristes, verdadero vértice de todo el romanticismo europeo, y tiene una legión de pirotécnicos que construyen torres de ruido con un arte, gemelo al del Patio de los Leones, que han de irritar al agua cuadrada de los estanques.


La Sierra pone fondo de roca, o fondo de nieve, o fondo de verdes sueños, sobre los cantos que no pueden volar, que se caen sobre los tejados, que se queman las manecitas en la lumbre o se ahogan en las secas espigas de junio. Estos cantos son la fisonomía de la ciudad, y en ellos vamos a ver su ritmo y su temperatura. Nos vamos acercando con los oídos y el olfato; y la primera sensación que tenemos es un olor a juncia, a hierbabuena, a mundo vegetal suavemente  aplastado por las patas de los mulos y los caballos y los bueyes que van y vienen en todas direcciones por la vega.



En seguida el ritmo del agua. Pero no un agua loca que va donde quiere. Agua con ritmo y no con rumor, agua medida, justa, siguiendo un cauce geométrico y acompasada en una obra de regadío. Agua que riega y canta aquí abajo y agua que sufre y gime llena de diminutos violines blancos allá en el Generalife. No hay juego de agua en Granada. Eso se queda para Versalles, donde el agua es un espectáculo, donde es abundante como el mar, orgullosa arquitectura mecánica, y no tiene el sentido del canto. El agua de Granada sirve para apagar la sed. Es agua viva que se une al que la bebe o al que la oye, o al que desea morir en ella. Sufre una pasión de surtidores para quedar yacente y definitiva en el estanque. Juan Ramón Jiménez lo ha dicho.

“Ay, qué desesperación de traída y de llevada.
Que llegará al rincón último en repetición sonámbula.
Quedarse con la cabeza en las finales murallas.
Se ha dormido el agua el sueño que la desenlagrimaba”.


Después hay dos valles, dos ríos. En ellos el agua ya no canta. Es un sordo rumor. Una niebla mezclada con los chorros de viento que manda la Sierra. El Genil, coronado de chopos. Y el Dauro, coronado de lirios. Pero todo justo, con su proporción humana. Aire y agua en poca cantidad. Lo necesario para los oídos nuestros. Esta es la distinción y el encanto de Granada. Cosas para adentro de la habitación: patio chico, música chica, agua pequeña, aire para que baile sobre nuestros dedos. El Mar Cantábrico o el viento fuerte que se despeña por las rocas de Ronda asustan al granadino, asomado, enmarcado, definido en su ventana. El aire se amansa; y el agua, porque los elementos de la naturaleza en hervor rompen la tónica de la escala humana y anulan, agotan la personalidad del hombre, que no puede dominarlos y pierde su paisaje y sus sueños.


El granadino ve las cosas con los gemelos al revés. Por eso Granada no dio jamás héroes. Por eso Boabdil, el más ilustre granadino de todos los tiempos, la entregó a los castellanos. Y por eso se retira en todas las épocas a sus diminutas habitaciones particulares decoradas por la luna. Granada está hecha para la música, porque es una ciudad encerrada, una ciudad entre sierras donde la melodía es de vuelta, ilimitada y retenida por paredes y rocas. La música la tienen las ciudades del interior. Sevilla y Málaga y Cádiz se escapan por sus puertos. Y Granada no tiene más salida que su alto puerto natural de estrellas.


Está recogida, apta para el ritmo y para el eco, médula de la música. Su expresión más alta no es la poética sino la musical, con una ancha avenida que lleva a la música. Por eso no tiene como Sevilla, ciudad de Don Juan, ciudad del amor, una expresión dramática, sino lírica; y si Sevilla culmina en Lope, en Tirso y en Beaumarchais y en Zorrilla y en la prosa de Bécquer, Granada culmina en su orquesta de surtidores llena de su pena andaluza. Y en el vihuelista Narváez y en Falla y en Debussy. Y si Sevilla el elemento humano domina el paisaje y entre cuatro paredes se pasean don Pedro y don Alonso y el Duque Octavio de Nápoles y Fígaro y Mañara, en Granada se pasean los fantasmas con sus dos palacios vacíos y la escuela se convierte en una hormiga lenta que corre por un infinito pavimento de mármol y la carta de amor en un puñado de hierba y la espada, en una en una mandolina delicada que sólo arañan si ruiseñores se atreven a pulsar.


Hemos llegado a Granada a finales de noviembre. Hay un olor a paja quemada. Las hojas, en montones, comienzan a pudrirse. Llueve y la gente se está en su casa. Pero en medio de la Puerta Real hay varios puestos de zambombas. La Sierra está cubierta de nubes. Y tenemos la seguridad que aquí tiene su cabida toda la lírica del norte. Una muchacha de Armilla, o de Santa Fe o de Atarfe, sirvienta, compra una zambomba y canta esta canción:

De los cuatro muleros,
que van al campo,
el de la mula torda,
moreno y alto.

De los cuatro muleros,
que van al agua,
el de la mula torda,
me roba el alma.

De los cuatro muleros,
que van al río,
el de la mula torda,
es mi marío.

A qué buscas la lumbre
la calle arriba
si de tu cara sale
la brasa viva.



Estos “cuatro muleros” se cantan al lado del rescoldo de paja de habas en toda la muchedumbre de pueblos que rodean la Sierra, en la corona de pueblos que suben por la Sierra. Pero avanza diciembre. El cielo se queda limpio. Llegan las manadas de pavos y un son de panderetas, chicharras y zambombas se apodera de la ciudad. Por las noches, dentro de las casas, se sigue oyendo el mismo ritmo que sale por las ventanas y las chimeneas como nacidos directamente de la tierra. Las voces van subiendo de tono. Las calles se llenan de puestos iluminados. Las campanas de media noche se unen con los esquilines que tocan las monjas al nacer el alba. La Alhambra está más oscura que nunca, más lejana que nunca. Las gallinas abandonan sus huevos sobre paja llena de escarcha. Ya están las monjas Tomasas poniéndole a San José, un sombrero plano color amarillo, y a la Virgen una mantilla... con su peineta. Ya están las ovejas de barro y los perritos de lana subiendo por las escaleras hacia el musgo artificial. Comienzan a sonar las carrañacas y entre palillos y tapaderas y ralladores y almireces de cobre, cantan el alegrísimo romance pascual de “los pelegrinos”:

Hacia Roma caminan
dos pelegrinos,
a que los case el Papa,
porque son primos.

Sombrerito de hule
lleva el mozuelo,
y la pelegrinita,
de terciopelo.

Al pasar por el puente
de la Victoria,
tropezó la madrina,
cayó la novia.

Han llegado a Palacio,
suben arriba,
y en la Sala del Papa
los desaniman.

Le ha preguntado el Papa
como se llaman.
Él le dice que Pedro
y ella que Ana.

Le ha preguntado el Papa
que qué edad tienen.
Ella dice que quince
y él diez y siete.

Le ha preguntado el Papa
de dónde eran.
Ella dice de Cabra
y él de Antequera.

Le ha preguntado el Papa
que si han pecado.
Él le dice que un beso,
que le había dado.

Y la pelegrinita
que es vergonzosa,
se le ha puesto la cara
como una rosa.

Y ha respondido el Papa
desde su cuarto:
¡Quién fuera pelegrino
para otro tanto!

Las campanas de Roma
ya repicaron,
porque los pelegrinos

ya se casaron.

miércoles, 18 de junio de 2014

El laurel de la Reina

La infantería castellana es invencible a estas alturas de la Guerra. Su éxito reside en la estrategia militar impecable que idea Gonzalo Fernández de Córdoba y pone en práctica el Rey Fernando. Cierto es que destacados hombres de la guerra como el Marqués de Cádiz auxilian en estos menesteres. La artillería castellana es contundente y efectiva, de modo que la mezcla de ambos adelantos, están haciendo estragos en las filas nazaríes.

Es sábado, 18 de junio de 1491. Mientras que el grueso del ejército cristiano sigue acuartelado en el Campo de Santa Fe, los grandes de Castilla cercan cada vez más a la joya de la Corona. Granada amanece hostigada. Desde las torres de la Alhambra, los centinelas ven las tiendas de campaña de los hombres del Marqués de Cádiz, a una legua de distancia de las murallas del morabito del Genil. Dentro de la ciudad, el emir se resiste a hacerle caso al jefe de los ejércitos muslimes que pretende atacar a los cristianos y dejarles claro que Granada, no se va a rendir tan fácilmente.

Boabdil se acuerda de las noticias que le llegaron el día que sus hermanos de Málaga defendieron hasta la muerte el gran puerto del Reino. El calor puede ser mortífero para los cristianos y el verano está a la vuelta de la esquina. La fina y blanca piel de los mercenarios suizos y alemanes no aguantará el rigor del clima de Granada. La sultana Aixa, La Horra de los fieles, sigue insistiéndole que sus antepasados hubieran preferido la muerte antes que la cobardía de esconderse en el refugio impenetrable de los reales palacios. El Alcázar, mientras tanto, sigue siendo como lo describieron los poetas y en honor a su belleza, parece ajeno a lo que pasa a legua y media, quizás dos leguas de distancia de sus rojizas fantasías. Pero el rumor de armas cristianas, acobarda a Granada, sabedora que el rodillo bélico de los Reyes Católicos, está en al-Zawiya.

Cortejo del Bautizo del Príncipe don Juan

Francisco Ramírez de Oreña es llamado a la tienda real. Fernando e Isabel aguardan al artillero real para que les verifique si sus potentísimas lombardas serían capaces de llegar desde al-Zawiya a Granada, al menos para asustar lo suficiente a los granadinos. En la tienda, entusiasmado con la idea de empuñar una espada, de imitar a su padre, de emular la rudeza de los mercenarios suizos, el Infante don Juan, heredero de los Reyes, fantasea con una batalla. En menos de dos semanas cumplirá 13 años.

Un sobrino del legendario Ridwan, emparentado con los influyentes Ibn Sarray, es el hombre de confianza de Boabdil. Al final, consigue su propósito y se lanza a la escaramuza. Es todavía de madrugada, la vega huele a hierbas y mastranzo y Sulayr deja ver las primeras calvas en su perpetua estampa de nieve. La infantería granadina, con sus temibles arqueros como refuerzo, avanza sigilosa. Ha bajado desde la Alcazaba, superando la puerta del Sol y dejándose caer desde la última cerca del barrio de los alfareros en dirección a al-Zawiya. Van riéndose de que los cristianos la llamen La Zubia. Pero en cuanto tienen delante el campamento, se frotan las manos... Tal vez Alá los proteja y consigan infringir un duro golpe. En la mente de Abu-al-Qasim está raptar a uno de los soberanos o tal vez al hijo de éstos, al haber sido informados que anda entre la tropa el Infante don Juan.

La Reina ha salido bien de mañana. Quiere enseñarle a Juan la imponente vista que puede contemplarse desde esa alquería que llaman La Zubia. Quiere que comience a amar a esa tierra que siendo aún del Islam, es su obsesión desde el mismo instante en que fue coronada Reina. Quiere que mire la impresionante forma de las torres de esos palacios que quienes los han visto, han venido contando maravillas de sus interiores, como si los hubieran labrado los ángeles con un yeso que pareciera oro.

Nadie se ha percatado de la cercanía de la tropa granadina. De repente el estruendo no se hace esperar. Chocan aldabas con espadas, alfarjes con jinetas. Dagas cortas seccionan el cuello de los soldados castellanos. La Reina ha quedado aislada, en medio del fragor. Aprieta la mano con fuerza de su hijo Juan, que a pesar de las fantasías infantiles que horas antes le hacían disfrazarse de todo un hombre, deja claro que no es más que un niño asustadizo a punto de llorar, horrorizado ante el espectáculo de muerte que en minutos, los ha rodeado. Isabel mantiene las formas y la tranquilidad y en ese instante, sin armadura, sin cota, sin nada que la hubiera capacitado para luchar, más si cabe para luchar por la vida de su heredero (valor no le ha faltado nunca), hace lo que mejor sabe: y de rodillas, le pide a San Luis, rey como ella y cruzado como ella, que los proteja.

Ha pasado quizás una hora. Corre en algarada, todo lo que pueden los caballos elegantes y esbeltos de las cuadras reales de Granada, el Ejército Nazarí. Atrás dejan casi 400 muertos. Los cristianos cuentan bajas: más de doscientas; han conseguido vencer en la Batalla de La Zubia; el golpe para ambos, ha sido duro. Queda claro de ahora en adelante que Granada caerá por la técnica de la fatiga, cuando se quede sin comida ni bebida. El susto ha sido enorme y a pesar de su potencia bélica, Fernando es consciente que los nazaríes no se rendirán fácilmente. Lo que más le duele es que su propia esposa la Reina y su hijo, su único hijo varón, han estado a punto de morir, de ser raptados, de sufrir heridas a fin de cuentas.

En cuanto la reina se repone, Fernando perturba su descanso y le pregunta cómo logró escapar de aquel tumulto de muerte en el que se convirtió de repente el improvisado campamento cristiano de La Zubia. Sobre todo, lo que quiere es que le diga el nombre del soldado, del noble, de quién ha dado muestras de valentía, a punto de morir por su reina y el heredero. Lo menos que pueden hacer es colmarlo de bienes y privilegios por un gesto tan heroico como ese.

Laurel actual en el mismo sitio donde se produjo el milagro

Pero Isabel es contundente y precisa: nadie, nadie más que San Luis los ha salvado a su hijo y a ella. Rezó al santo de las cruzadas para que los protegiera y en ese mismo instante, un laurel próximo se dobló hasta el punto de camuflarlos debajo a ambos, ocultándolos. Así pasaron desapercibidos y así no pudieron ser vistos por los soldados nazaríes, cuyo propósito era el rapto si no la muerte de Isabel y por qué no, del heredero Juan.


San Luis en La Zubia

Desde entonces, un 18 de junio, tal día como hoy pero hace 523 años, en La Zubia, se recuerda el milagro del laurel que tapó a la reina, que la ocultó, que la protegió y que por intercesión de San Luis, permitió que la figura clave de Castilla, de aquella Guerra de Reconquista y de lo que iba a ser ESPAÑA, saliera ilesa de una batalla que pudo haber cambiado el curso de la historia, no de Granada o España, sino de la Humanidad. Por eso, desde ese día del que hoy se cumplen 523 años, en LA Zubia hay un Convento e Iglesia con el nombre del Santo francés que obró el milagro a petición de la Reina Católica. Y Por eso, no nos queda más que apuntar, que a pesar de que he querido novelar y poner parte de mi fantasía al hecho, ocurrió ciertamente la Batalla de al-Zawiya, cuando al Reino de Granada no le quedaba apenas, más que 6 meses de vida. 


martes, 17 de junio de 2014

Apperley

Fue el último viajero romántico que pisó Granada y con ella España. El último de los seductores seducidos, el último representante de una saga de intelectuales y artistas que decidió echar raíces a miles de kilómetros de casa. Nació tal día como hoy de hace 130 años pero la efemérides real es la que nos recuerda que vio por vez primera Granada, en 1914, hace 100 años. Y desde que la conociera, como él mismo intentaba explicar en la última entrevista que concedió, poco antes de morir: “La ciudad me gustó y creo que fue cuestión de suerte. Han sido dos cosas las que me han retenido: ciudad y mujer. Creo que aquí estaba mi destino. No sé cómo explicar esto. Es muy difícil”.

"La Alhambra desde mi estudio". 

Encarna al mejor paisajista del primer cuarto del siglo XX español. Fue un retratista del costumbrismo con ecos de lo romántico. Nadie como él plasmó las calles de Granada en una paleta colorida y brillante y para colmo, fue el más albaicinero de los que se decidieron a rebautizarse en el viejo barrio. Tuvo un taller en la Cuesta de los Chinos pero su verdadero hogar y refugio, estuvo en la Plaza de San Nicolás.

Su pintura se ofrece en el Victoria and Albert de Londres o en el Reina Sofía de Madrid. El rey Alfonso XIII sintió predilección por sus obras y lejos de querer emparentarlo con Julio Romero de Torres, el suyo fue el pincel de los tipos granadinos, mejor que el de los pintores locales. Jorge, porque fue Jorge desde que paseara por las calles granadinas, bautizó un pastel de la confitería de su amigo, el pintor López Mezquita

"Gitana con abanico". 
Una de sus modelos predilectas fue la albaicinera apodada "La Chonica". 

Conquistó Granada en 1917, el día que expuso en el Colegio Mayor San Bartolomé y Santiago, con motivo de las fiestas del Corpus, compitiendo con Gabriel Morcillo, Ismael de la Serna, Juan Cristóbal, Ruiz de Almodóvar, Marino Antequera o Manuel Ángeles Ortiz. Fue premiado por el Ayuntamiento y el Centro Artístico ganando el primer premio, un avance de su triunfo al año siguiente, en 1918, en el Palace de Madrid ante los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, para ganarse la amistad y confianza de Mariano Benlliure y los artistas que tuvieron algo que decir en la España de la época, sin olvidarnos de Federico García Lorca.

"Calle Gumiel de San Pedro"

Crítico y contestatario, sintió en su alma Granada y se lanzó en su defensa cono no hicieron los propios. Esto le valdría un atentado en su propio hogar en tiempos de la II República, de manera que puso sus ojos en Tánger pero no quiso culminar su exilio y conservó, visitó y residió de tanto en vez en aquel Mirador frontero a la Alhambra. De Granada decía con amargura y crítica reflexiva que era “una ciudad martirizada desde hace años por la codicia desenfrenada de unos cuantos, el mal gusto de la mayoría y la apatía de todos”.

Como buen pintor, le preocupaba la luz. No sólo en sus cuadros, sino en las calles del Albaicín, encabezando la enérgica protesta contra la iluminación pública que se instaló al fin en el barrio. No se calló ante el avance de la piqueta y la destrucción urbana de espacios albaicineros y alzó su voz protestando por plazas, rincones y miradores que eran violados y acaso por los derribos de viviendas cuyos solares acababan en escombreras. Una de ellas es la actual plazuela de la Gloria, donde con escaso interés local, se alzó un escueto monumento escultórico a la figura del más grande de los retratistas del barrio.

"Puente de las Chirimías"

Sus interiores son hoy verdaderos testimonios históricos, documentos gráficos del costumbrismo. Sus bodegones estaban intencionadamente compuestos por todo lo que supiera y encarnara lo granadino, sin olvidarse de la cerámica de Fajalauza, el metal a la manera nazarí e incluso las flores propias de los cármenes de esta tierra.

"Puerta de San Gregorio". 

Su pintura se caracterizará por el color y por la luz con la que baña de manera incisiva los puntos de fuga de sus composiciones. Después de los paisajes granadinos y el excelente trabajo de plasmación de rincones, monumentos y urbanismo de la ciudad, dedicará especial atención al desnudo femenino, a la composición casi simbólica de temas con la mujer como protagonista y al amor por el cuerpo femenino, ausentándose en su obra cualquier referencia masculina que no fueran sus propios hijos.

"Ídolo eterno". 

Destiló sensualidad. Amó a su mujer, la granadina que lo encandila tanto o más que la ciudad. Rechazó la vanguardia pictórica, se codeó con Soria Aedo, Rodríguez Acosta, López Mezquita o Gabriel Morcillo. Hizo de su Carmen, vivienda, taller y hogar, el punto de encuentro de los intelectuales de aquella Granada. Fue el esteta que defendió como pocos lo típico, lo tópico y lo propio. Escribió al punto de ser criticado y amenazado por defender sin pudor el patrimonio histórico y la identidad granadina.

"La saeta". 

Pocos supieron valorar que durante 17 años ininterrumpidos pero por espacio de 43 años, un inglés que rezumó calidad pictórica como pocos, decidiera instalarse en Granada para pintar a Granada. Pero lo que molestó es que alguien que ya era tan albaicinero o más que los propios vecinos, se preocupara con desvelos de hijo por el barrio, por la ciudad y por lo que compone y significa GRANADINISMO. El Gobierno de España entendió que estaba ante un artista descomunal al otorgarle medallas y distinciones.

"Semana Santa en el Albaicín". 

Moría  a los 76 años de edad en Tánger, pero tal vez lo hizo en la Granada de 1933, la que él había escogido como su verdadera tierra, la de su mujer y su s hijos, pero que la intolerancia de los republicanos granadinos le robó un día: hasta entonces había soportado los robos, las amenazas anónimas que deslizaban bajo su puerta pero la colocación de una bomba, que arrancó el portón de su casa, desbarató una carrera algo más allá que la estrictamente artística: la carrera de un granadino que nació en Inglaterra, que tenía sangre celta por sus venas pero que dio la cara por Granada como pocos. Por su Granada.


"Calle del Albaicín". 


Y esta ciudad, de una u otra forma, sigue en deuda con él. 

"Andaluza".