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sábado, 31 de mayo de 2014

El anillo maldito

"La mujer más hermosa del Mundo". 

No sé si recordarán que hace cuatro meses hablábamos en esta Alacena de la que posiblemente fue una de las mujeres más guapas de la historia de la humanidad y que además, sin necesidad de retoques ni artificios, se valió además de su aplastante belleza de su intelecto para, por qué no, conseguir que a día de hoy exista Italia. Los curiosos, pueden pinchar aquí para leer la vida comprometida y fascinante de Virginia Oldioni, la Condesa de Castiglione, que si bien fue vital para su país y la más segura arma a favor de la “unificación”, al punto de que podemos casi decir que debería tener tratamiento de “madre de la patria italiana”, en España la recordamos por cosas menos gloriosas.

Alfonso XII con 20 años. 

Primero de todo porque la de Castiglione fue la amante por excelencia del Emperador Napoleón III, o lo que es lo mismo, la rival de la granadina y emperatriz, nuestra casi novelesca Eugenia de Montijo. Pero cuando Alfonso XII gustaba de escaparse por el Madrid de majas y chulapos y el París que ya conocía la nocturnidad de Montmartre, se echó a la cara la irrefrenable, incontestable y contundente belleza de Virginia Oldioni. Ella tenía entonces 40 años recién cumplidos, era la primera modelo fotográfica de la historia, conservaba esa belleza con la que fue capaz de “fundar” un país entero y era una experta amante con bastante de ambición como para conquistar y derrotar en los fragores de la noche a un jovencísimo rey de 20 años, la mitad que ella.

Retrato Regio del día del enlace de Alfonso XII y María de las Mercedes

Hubo varios encuentros, los suficientes como para que la de Castiglione entendiera que la Corte de Madrid y el trono de España podía ser un buen destino. Pero lo que no sospechaba es que por amor y por intereses patrios, Alfonso XII le había prestado su corazón a su jovencísima prima María de las Mercedes, que sin dejar de ser guapa, no podía competir con la Condesa italiana. Pero bien es cierto que ese matrimonio, sin negar que se produjera por amor, tenía un efecto pacificador, se convertía en un bálsamo para las revueltas y conflictivas relaciones familiares de los Borbón-Orleans de hacía unos años, cuando el padre de la novia, el intrigante Duque de Montpensier hizo lo posible e indecible por arrebatarle el trono a la madre del novio, su cuñada Isabel II.

La Condesa de Castiglione, a los 40 años. 

Nadie en su sano juicio pensaría que una guapísima, inteligentísima pero puesta en entredicho” condesa, para colmo 20 años mayor que Alfonso XII, se iba a convertir en algo más que una fugaz amante. La primera que debía saberlo era la propia Virginia, que dio muestras de inteligencia y astucia más que sabidas. Eso sí, alguna promesa empujada por la calentura nocturna debió espetarle el Rey de España como para que lo que no pasaba de ser una asunto de alcoba, produjera tamaña irritación en la irrepetible Castiglione. Estaba acabando 1877 y Alfonso XII le comunicó que en menos de un mes, se casaba. Y desató la furia de la guapísima amante.

Anillo de oro y ópalo.

El 23 de enero de 1878 iba a tener lugar el enlace. Días antes, un emisario hacía llegar al Palacio de Oriente un regalo venido de París y enviado por Virginia Oldioni, la Condesa de Castiglione. Era un elegantísimo anillo de oro en en el que se engarzaba un potente y voluminoso ópalo. El rey entendió que su fugaz amante había olvidado el enfado y se venía a entendimientos, comprendiendo que el amor y los asuntos de Estado habían finiquitado esa relación secreta y prohibida que en el actual Hotel Ritz de París en la Plaza Vendôme.

Grabado reproduciendo la Capilla Ardiente de María de las Mercedes

Idas y venidas a Palacio de la joven sevillana María de las Mercedes. Al fin y al cabo, por mucho que en días se convirtiera en la Reina de España, no era más que una de tantas chiquillas insultantemente ilusionadas por su boda. Allí descubre uno de tantos regalos que están haciendo llegar a la prometedora y regia pareja y se enamora del anillo. A Alfonso XII no le cuesta nada brindárselo y decide que sea ella la que lo use y lleve. Cinco meses después, un 26 de junio de 1878, Madrid llora la muerte de su Reina, que con sólo 18 años, deja este Mundo.

Última imagen de la reina viuda María Cristina. 

El anillo pasa entonces a manos de María Cristina de Borbón-Nápoles; era la abuela de Alfonso XII, Reina Consorte por su matrimonio con Fernando VII y regente del país durante la minoría de edad de Isabel II. Tenía 72 años cuando se hace con ese anillo que formó parte del joyero de esa Reina desdichada que fue la “rosa de Sevilla”, o sea, que tenía edad en aquel 1878 como para que la muerte se acordara de ella. Pero lo cierto es que así fue, un 22 de agosto. Nadie en su sano juicio sería capaz de buscar los tres pies al gato. La muerte de María de las Mercedes se debió al mal estado de salud que siempre había tenido, y la abuela regia, María Cristina, murió de vieja.

Grabado.Retrato de la Infanta María del Pilar, hermana de Alfonso XII

Aquel ópalo engarzado en oro durmió en los joyeros de Palacio hasta que encandiló a la joven hermana del Rey Alfonso XII, la Infanta María del Pilar. Entre su madre y la granadina Emperatriz Eugenia, la idea de que la pequeña Pilar casara con el heredero al trono francés, Napoleón Luis, cobraba fuerza. Pilar estaba encantada, enamorada y convencida de su venturoso futuro. Pero no sé si recuerdan ya que de nuevo aparece en escena Virginia Oldioni, la Condesa. Fue amante de Napoleón III y de nuestro Rey y que ahora, el hijo del emperador francés y la hermana de su último gran amante pudieran casarse, no debió parecerle muy agradable.

Muerte de Alfonso XII o El último beso de Juan Antonio Benlliure, 1885.

La historia termina como con la Reina María de las Mercedes y la Reina María Cristina... Porque antes de empezar los formalismos del compromiso, una jovencísima Infanta María del Pilar, moría de tuberculosis a los 18 años. Ya eran demasiadas casualidades hasta que el arraigado esoterismo y la creencia en estos asuntos del pueblo español, empezó a corroer al Rey. Alfonso XII, día a día, creía con más fuerza que en efecto, aquel anillo estaba maldito y con esa intención se lo regaló la de Castiglione, así que decidió afrontar su destino y usarlo. Si por su culpa el maldito ópalo había acabado con la vida de su esposa, su abuela y su hermana, que hiciera lo propio con él.  No hizo un efecto inmediato, pero sí alargó su fama, porque Alfonso XII moría a los 28 años.

Su viuda, la Reina Regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, estuvo al tanto de todo. Una austríaca culta como ella no se iba a dejar convencer con tanta facilidad de esas supercherías, esas creencias más propias del pueblo llano que de una Corte europea, pero debía estar ya más que empapada del carácter hispano y tiró del afamado dicho, castizo él como pocos: “por si acaso”. Y por si acaso, hizo bendecir el anillo con su grotesco y ampuloso ópalo, lo mandó engarzar y lo transformó en un colgante. Y una buena mañana, con un Alfonso XIII de tan sólo 45 días, la Reina viuda y regente comenzó una tradición que todavía hoy continua.

La reina viuda y regente y Alfonso XIII niño

La mañana del 31 de mayo de 1886, hace hoy 128 años, llevó al joven y futuro Rey ante la Virgen de Atocha, Protectora de la Corona Española, presentó a su hijo a la Imagen que había sido testigo del bautizo del primer Borbón español, Luis I, que había salvado a Isabel II del atentado del cura Merino, que vio casarse a Alfonso XII por partida doble y que debía proteger, como llevaba haciendo desde el siglo XI con Alfonso VI a la Casa Real y le hizo un regalo: un colgante de ópalo para que aquella Bendita Imagen que Felipe II llamaba la Patrona de Madrid y también de todos los Reinos, que Felipe IV proclamó protectora de la Familia Real y de la Monarquía Española en 1643 y que tenía que velar por el enfermizo y pequeño Alfonso, futuro XIII de España, fuera capaz de quitar un maleficio con 4 muertes y mucho dolor.

En la mayoría de las historias que pululan por Internet, se habla de la Virgen de la Almudena... Pero la relación entre la Corona y la Virgen de Atocha es incontestable, al contrario que con la Almudena. La de Atocha sigue protagonizando los acontecimientos regios, Juan Carlos I lo hizo en cada nacimiento de sus hijos, el Príncipe de Asturias lo ha repetido con las dos Infantas y la Princesa Consorte doña Leticia dejó su ramo de novia a sus pies. Curiosamente, el joyero de la Virgen existe, no así el de la Almudena. Tal vez se deba a un corta y pega excesivo que ha hecho correr el error.

Sea como fuere, el anillo de ópalo maldito, si lo estuvo alguna vez, fue desactivado de golpe y porrazo por la Virgen madrileña. 

viernes, 30 de mayo de 2014

El Cerro de los Infantes

En España llevamos siglos detrás de un tesoro. Las leyendas sobre caudales de tiempos pretéritos escondidos bajo suelo son tan propios de este pueblo como cualquiera de sus personalidades. Las continuas fábulas se encargan de retratarnos una sociedad que cree a pies juntillas en los tesoros escondidos por iberos, visigodos, o musulmanes. Sobre todo estos últimos, que salen rumbo a África sin poder llevarse sus extraordinarias fortunas atesoradas a lo largo de los siglos. Y todo esto nos conduce a Pinos Puente, a su Cerro de los Infantes.

El nombre le viene desde aquel 25 de junio de 1319 en el que el Rey de Castilla procura arrebatarle el Reino de Granada a los nazaríes. Aquella noche los cronistas empezaron a contar que había ocurrido el Desastre de la Vega de Granada. Las tropas del Emir Ismail I derrotaron a los castellanos, los acribillaron, los humillaron. En la batalla murieron los infantes Juan y Pedro de Castilla, de la Casa Real, jefes del ejército cristiano y tutores del rey Alfonso. Aquel cerro cargado de historia, con restos arqueológicos de miles de años de antigüedad y que puede presumir de contener el paso de iberos, romanos, visigodos y los primeros pobladores musulmanes, añadió hace 695 años una muesca más de sucesos a su milenaria presencia. Pero si alguien cree que estaba todo visto, no sabe de su error. Aún quedaba un episodio más que vivir en el Cerro de Pinos Puente.

L
a población fue desde 1642 hasta casi 1928, propiedad del Ducado de Abrantes, que mandó levantar el caserón solariego que recuerda su íntima relación con el pueblo. Y el pueblo rotula hoteles, restaurantes y comercios con el nombre de “la duquesa”, en referencia a la IV Duquesa de Abrantes, María Josefa de Láncaster y Noroña, gran mecenas de obras para Pinos y que costea empresas religiosas y caritativas. La Duquesa se convierte en un símbolo, un referente que todavía hoy puede uno ver por esta cercana población granadina. Y aumenta su leyenda hacia 1865, cuando se constituye una sociedad cuyos fines se dicen, pretenden explotar los recursos mineros que tiene el Cerro de los Infantes. Pero lo que de verdad les interesaba a estos empresarios de la minería ficticios, era, “encontrar un tesoro”.

No iban muy desencaminados estos utópicos ciudadanos. Unas décadas después empezaron a aparecer restos arqueológicos valiosísimos en el Cerro, por lo que cuando se empecinaron en buscar un tesoro, alguna información, algún hallazgo repentino y extraño hubieron de conocer como para escoger el Cerro de los Infantes. Pero todo empieza a cambiar en 1868. Llega a Pinos Puente un portugués de nombre José da Costa Leitao Oliveira. Es un conocido de los oportunismos, ha formado parte de otros supuestos proyectos de búsqueda de tesoros en la provincia de Badajoz y algo debe conocer del que se pretende, clandestina y secretamente, poner en marcha en Pinos Puente, porque no olvidemos que el IX Duque de Abrantes, Ángel María de Carvajal y Téllez-Girón, la octava fortuna de España, tiene explotaciones mineras de todo tipo en Extremadura, al lado de Portugal. En Badajoz, José da Costa ya ha protagonizado alguna extraña escena. Pero eso no lo saben los pineros.

Pronto, es nombrado director del proyecto, se hace con la confianza de los trabajadores, de los que actúan en nombre del Duque y de media población. Pero de repente su actitud cambia y se dedica a predicar la palabra de Cristo, a actuar como si de un profeta se tratara. Se encarga de reproducir con exactitud los pasajes evangélicos, lava los pies a los pobres, predica sermones en la montaña y deja constancia de las bienaventuranzas del ser humano. La población rural y analfabeta casi al completo no sale de su asombro y se deja seducir por este nuevo mesías, con extraordinarias dotes de charlatán, pero también de soberbio orador.

El portugués es reconocido como el enviado de Cristo y  prosigue en su locura. Se rodea de doce seguidores a los que llama discípulos, de una cohorte que institucionaliza como si estuviera fundando una nueva religión y al poco, medio pueblo continua asistiendo a las misas católicas de la Parroquial y el otro medio se pone en pos de José da Costa. El cura párroco no tiene más que alzar la voz y la Curia Eclesiástica se hace eco de lo que está ocurriendo a 20 kilómetros de la capital granadina. Pero aquello puede afectar incluso el buen nombre del histórico y millonario prestigio del Duque de Abrantes que no duda en pedirle al Gobernador Civil de Granada, Francisco García Goyena, que tome cartas en el asunto.

El Gobernador refuerza la presencia de la Guardia Civil que se marcha camino de lo que supuestamente, es una explotación minera. Pero al llegar al Cerro de los Infantes, bajo la silueta del Pico del Piorno, lo que se encuentran es una masa enfervorecida de ciudadanos de toda clase que oye atenta, rendida y gozosamente a un portugués que les está hablando del Reino de Dios. Los guardias informan que en efecto, aquello no es el escenario de una práctica minera, sino una secta que ha reunido centenares de seguidores y el Gobernador, con todos los datos en la mano, manda una orden portada por varios Guardias Civiles: la mina debe volver a ser eso, una mina. Pero no ha de usarse para reuniones de ese tipo.

La primera presencia de los Guardias no ha gustado entre los seguidores del profeta portugués que se han puesto nerviosos al ver aparecer loso tricornios acharolados de los del Duque de Ahumada. Pero esta segunda vez no los van a recibir tan generosa y calurosamente. La batalla no tarda en estallar, como si se tratara de la ocurrida entre los ejércitos cristiano y musulmán siglos atrás. Los guardias sacan las pistolas, se protegen de la lluvia de piedras, golpes e improperios y en estas, se oyen disparos. Uno de los guardias cae muerto, otro, gravemente herido y los seguidores de José da Costa huyen del lugar. Pero el guardia moribundo ha visto con claridad que el único que llevaba pistola de los reunidos en el Cerro, era el supuesto mesías.

El Gobernador estalla, se baten sierras y cortijadas, Pinos Puente es un fortín militar y policial, la población no suelta prenda y al supuesto culpable no se le encuentra. El paroxismo, la demencia, la entrega total a las palabras del portugués son sobrecogedoras. Por tal de que se salve el profeta del Cerro de los Infantes, dos de sus correligionarios y seguidores se presentan en la Audiencia granadina auto inculpándose. Prefieren el garrote vil antes que sufra algún castigo su líder. Pero a principios de 1879, la Guardia Civil ha encontrado al huidizo asesino. Se escondía en las serranías malagueñas, junto a un santero de Ojén que le estaba dando refugio. Dios los cría...

El profeta de Pinos es sentenciado a muerte. Ha matado a una autoridad, herido a otra, cometido falsedad en documento público, delitos fiscales... pero ha organizado lo que nadie esperaba: rebautizar la fe católica, servirse de ella, convertirse en un líder semi divino capaz de subyugar al pueblo al punto que éste, estaría dispuesto a morir por su mesías. La Iglesia Católica, toma buena nota de aquello...

En el Cerro de los Infantes no había explotación minera alguna. Pero sí un tesoro. Ibero, romano y arqueológico. Alguna moneda y ajuar funerario. No iban desencaminados, no. Pero lo que de verdad refleja esta entrada es que, la capacidad de convencer, sugestionar, engañar y lavar voluntades de algunos, es tan antiguo como la noche de los tiempos. Ocurría hace 135 años en Pinos Puente, la tierra de Colón, de los puentes visigodos, las fronteras musulmanas, las batallas cristianas, los ducados con Grandeza de España... Y LOS PROFETAS EMBAUCADORES. 

jueves, 29 de mayo de 2014

El Arco de las Monjas

El imponente Monasterio de Santa Isabel la Real, una fundación personal de la Reina Isabel es una de las primeras instituciones monástico-femeninas del sureste español, fundado el 15 de septiembre de 1501. Iglesias, coros, compases, claustros, patios y celdas custodian cuatro siglos de arte, de historia y de fe. Las clarisas elevan como un faro su elegante complejo conventual, donde alarifes, entalladores, imagineros y pintores llenaron las trazas del gótico y del renacimiento, los lenguajes donde se detiene el tiempo en cuanto se cruza su pórtico de acceso. Y detrás de este, un arco recuerda el cariño y la profusa veneración del albaicinero a las religiosas. El arco, tal día como hoy, hace 309 años, fue el escenario de la historia misma de España, testigo de lo revuelto de ese tiempo y el hito que recuerda cómo era aquel año de 1705.

Carlos II de España 

La narrativa más fantasiosa, la leyenda más popular y la tradición han bautizado este arco de mil formas. Lo normal es que se le conozca como el “Arco de las Monjas”, pero lo acaecido en este día y luego en el año 1713, determinó que todo albaicinero de bien, lo conociera como “El Arco de los Ahorcados”. Para entenderlo nos vamos a la España de 1700, cuando al fin la misericordia divina y la muerte tienen a bien acordarse del Rey Carlos II, el último Austria español, una suerte de desgracia genética basada en la más aberrante mezcla de familiares. El último de los Habsburgo hispanos, moría sin descendencia y dejando como sucesor a Felipe V, el instaurador de la nueva casa dinástica española, la de Borbón. Enfrente, la impotencia de los austriacos que querían quedarse con el pastel del Imperio español, en la persona del Archiduque Carlos.

Proclamación del Duque de Anjou como futuro Felipe V de España en Versalles. 

Tres días antes de morir, Carlos II firma un nuevo testamento designando al francés como su legítimo sucesor y acallando las pretensiones de los austriacos, que presentaban un supuesto heredero cuyo único parentesco era ser sobrino segundo de nuestro moribundo rey, mientras que el futuro Felipe V era sobrino nieto. Los alemanes se contentaron con esto (que desde siempre estaban a otra cosa, pero que esa otra cosa ya hemos visto, supone ser la potencia económica más grande de Europa), como contentos quedaron los ingleses y contentos los franceses. Los únicos descontentos eran los menos problemáticos, los austríacos. Hubo guerra, sí, pero menos de la que podía haber habido y de las consecuencias que pudo tener si el trono es ocupado por los Austrias. La Primera Guerra Mundial, posiblemente, hubiera estallado a finales de 1700.

Los austríacos no iban a permitir que el francés tuviera tan fácil el trono. Su candidato, el Archiduque Carlos, que se había autoproclamado Carlos III, entraba en Madrid un 19 de abril de 1701 lanzando monedas a ambos lados de las aceras con el objetivo de demostrar la solvencia de los Habsburgo y atraer a su causa a la Villa y Corte. Los madrileños, que a gracejo y ocurrencia castiza no les ha ganado ni la fama de Andalucía, corearon de inmediato: “Viva Carlos III mientras dure el dinero”. Así las cosas, el 8 de mayo de 1701 juraba Felipe como Rey de las Españas. Se acababa de convertir en el quinto de los que llevaron ese nombre en nuestro trono, en el primer francés, primer Borbón y lo que no sabía aún, en el Rey más duradero de nuestra monarquía. Pero hasta 1713 no conseguiría el control de los territorios, su pacificación y la implantación de la autoridad regia. Aquella Guerra de Sucesión que enfrentó a buena parte de Europa pero en nuestro suelo patrio, nos lleva de nuevo a Granada.

En aquella época la calle trasera al gran Convento de Santa Isabel la Real recibía el poético nombre de “Ladrón del Agua”. Quizás apelando al Hacia la acueducto que abastecía de agua a los palacios ziríes, gracias a la creación de la Acequia de Aynadamar que trajo desde Alfacar las aguas resplandecientes con la que la primera dinastía granadina levantó la residencia del emir.  el caso es que en Marzo de 1705 los ánimos están al rojo vivo, la disputa por la sucesión al trono español se lleva a las calles y las luchas fratricidas tienen en vilo a la ciudad. Granada fue desde un primer momento proclive al Borbón, lo que no quita que ciertos grupúsculos apoyaran abierta y denodadamente al bando de los Habsburgo.

Aprovechando lo escondido y apartado del lugar, un grupo de conspiradores pretende iniciar las acciones necesarias para derrocar a Felipe V y auspiciar la subida al trono de su contrincante, por cierto, bastante diezmado en cada batalla. Los conspiradores eran seguidos desde tiempo atrás, de hecho, el mismo 25 de mayo de 1703 las autoridades granadinas saben del complot y deciden montar una vigilancia a efectos de conocer los planes. Al llegar al Callejón de las Monjas, la Guardia Real les persigue de cerca. Y antes de que los intrigantes alcancen la Puerta de Fajalauza, se les da el alto. Se inicia una refriega, salen a pasear las armas y los conspiradores demuestran tener práctica en el manejo del sable. No son ciudadanos corrientes, porque matan a uno y hieren de gravedad a otro de los duchos y entrenados soldados.

El cuerpo de guardia granadino se moviliza con presteza y pronto, el Albaicín se convierte en un entramado urbano custodiado, blindado y con rigurosos controles eran exhaustivos. En aquella impresionante caza participan más de 200 hombres que, antes de la caída del sol de aquel 29 de mayo de 1703, han dado con los siete aristócratas que forman  la conjura granadina contra Felipe V. El juicio es sumarísimo y enormemente rápido. Desde la Real Chancillería, los guardias trasladas engrilletados a siete nobles granadinos que han sido encontrados culpables de sedición y conspiración, de planear un regicidio y de procurar un atentado contra la Corona Española.

El 30 de mayo amanece más pronto de lo habitual. La gente sencilla del barrio madruga mucho y faena con la tierra o los animales. Un albaicinero anónimo acorta camino entre el palacio de Dar-al-Horra y el Monasterio de Clarisas. Como todas las mañanas de todos los años que recuerda, oirá el agua cantarina que lleva el Acueducto que mandaron hacer a mediados del siglo XI los reyes ziríes. Aquel ladrón del agua como lo conocen sus vecinos... Pero lo que no espera es ver siete cuerpos balanceándose de las costillas del arco, ahorcados, muertos y rígidos.

Así es como desde entonces, el Arco de las Monjas, el Ladrón del Agua, se conoció como el de los Ahorcados. Los albaicineros empezaron a oír lamentos y ruidos cada noche. Prohibieron a los hijos pasar bajo sus piedras, maldijeron la calle, la convirtieron en proscrita y no se dieron cuenta, que allí mismo, tal vez, pudo cambiar la historia de España y de Europa. No sabemos si para bien o para mal, pero pudo haber cambiado desde luego. De no ser por aquella batida que encontró a 7 distinguidos ciudadanos que pertenecían al bando austríaco. Los ahorcados. Los que a lo mejor, de haber triunfado su conspiración, hubiesen sido recompensados y recordando su Granada, hubieran aumentado la fama si cabe de ésta. Pero eso es especular y novelar.


Aunque no nos resistimos a pensar que la Granada de hace 309 años, pudo cambiar la historia. 

miércoles, 28 de mayo de 2014

Un verano real

Por alguna razón el lluvioso e inestable (atmosféricamente hablando) norte de España, fue durante décadas, el destino turístico por excelencia de los veranos. Ni las Islas, Canarias o Baleares, ni el sur de la península y su segura solana ni la poderosa Barcelona que era ya en el siglo XIX la gran ciudad que es hoy. La aristocracia y alta burguesía patria, escogieron el norte de las borrascas para los meses de más calor y lo hicieron porque la habilidad de los empresarios cántabros y vascos, se antepusieron al clima incontestable de otras zonas españolas.

En 1913 y hasta la proclamación ilegítima de la II República, la Casa Real escogió Santander para veranear, porque por suscripción popular, especialmente del pueblo santanderino, se le regaló a la familia real el elegantísimo Palacio de la Magdalena, del que José Hierro, Unamuno o Gerardo Diego nos han dejado encendidos poemas. Es un edificio imponente, historicista y suntuoso que atrajo la atención de toda la sociedad bien de España, de la clase política que rondó siempre a la corona, la prensa rosa, tan timorata entonces pero y existente y de infinidad de curiosos. Sí, Santander fue la corte y si me apuran, capital de España, los veranos de 1912 a 1930 inclusive.

Antes, el turno fue para San Sebastián. Ya había sido la escogida por Isabel II para veranear, porque veranear no es pasar el verano, sino huir de él. Y en busca de tranquilidad se retiró más de un año la Reina Isabel. Pero si hay alguien que popularizó a la capital donostiarra y puso de moda La Bella Easo fue María Cristina, la madre de Alfonso XIII, la reina regente durante la minoría de edad de su hijo. En 1893, un arquitecto inglés entregaba a la Casa Real el palacio de Miramar sobre la Playa de la Concha.

Estamos en 1894 y ni que decir tiene que se consideraba de mal gusto bañarse en público; más aún, ser visto en bañador, dentro de la rigidez católica de la España decimonónica podía entenderse como un desacato a las normas de la Iglesia. Al contrario que en los balnearios, los "baños de ola" no eran aprobados tan a la ligera. Los hombres se vestían con un amplio, excesivamente amplio bañador que llegaba a la rodilla y la mujer con casi un vestido hasta los tobillos. Pero entonces María Cristina, para colmo nada menos que austríaca y severa como ella sola, se planteó para qué habría comprado el Palacio de Miramar de San Sebastián si iba a ser objeto de las miradas de los curiosos, de la reprobación de la sociedad bien y de las recomendaciones del Gobierno. Y surgió la idea para que desde el siguiente verano, el del año 1894, ella y su real hijo, se bañaran con la discreción, intimidad y recato que merecían.

De manera que realmente, San Sebastián disfrutará de la capitalidad de España en el verano ya que hasta la aparición de La Magdalena santanderina, la capital guipuzcoana será la verdadera sede del verano real y por decisión propia de la monarquía y no porque le regalaran el Palacio, como sí hizo Santander en una hábil maniobra “interesada”. Pero eso no nos interesa, sino el gran invento que en 1894, segundo año del Real Veraneo, se puso de moda en España. Un invento destinado a preservar de mirones los baños de la Reina Regente y del futuro Alfonso XIII. Un invento que más de un famoso, estaría dispuesto a usar hoy día.

Y como pueden ver en la imagen de arriba, nació un sistema, un artilugio destinado a guardar la intimidad de la familia real y a permitir que se pudieran bañar a salvo de miradas curiosas. Porque si en verano uno no puede refrescarse en las aguas del mar, entonces, no hay verano posible, pensaron.

Y de golpe y porrazo, un año después de la llegada veraniega de los Borbones  a San Sebastián, se hizo todo un palacio de madera que se desplazaba sobre dos raíles que partían la playa por la mitad. 

Gracias a la fuerza de un motor de vapor, el dispositivo trasladaba a la reina regente, al futuro monarca Alfonso XIII y al resto de la Familia Real desde la arena hasta el mar, donde podían bañarse a salvo de las miradas. 

La idea fascinó a la ciudad y especialmente a la retahíla de serviles cortesanos que quisieron imitar a sus reyes y construirse sus propias casetas, más modestas que el suntuoso palacio-bañera, pero que al igual que este, avanzaban y retrocedían.

En pocos años San Sebastián se llenó con hasta 242 casetas de baño repartidas por toda la Playa de la Concha. Desde 1894 a 1911, las casetas acompañaron la “singular bañera palaciega de Alfonso XIII. Y ese mismo 1911 el palacio flotante fue jubilado, porque se construiría un edificio de piedra a pie de playa. 

martes, 27 de mayo de 2014

El mayor héroe granadino de todos los tiempos.

Cuando los franceses están a tiro de piedra de Granada, las autoridades de la ciudad deciden rendirse sin oponer pelea alguna al invasor. No sabemos aún si esto salva el patrimonio y la historia de Granada o es un acto de cobardía, pero lo cierto es que gobernadores civiles, militares y personalidades eclesiásticas, se apuran en salir al encuentro de la columna que manda el conde Horace Sebastiani, un general que queda fascinado al descubrir los edificios palatinos de la Alhambra, hasta el punto de instalar en su interior la jefatura de su comandancia militar.  

Mucho sobrecoger la Alhambra a las autoridades galas, que desde el mismo de enero de 1810 se lanzan a su conservación y puesta en valor...  El propio rey impuesto desde París, el hermano del todopoderoso Emperador, se interesa sobremanera por el monumento. José I Bonaparte vivió casi dos meses en Granada y mucho se impresionó por el conjunto nazarita al punto de conceder una partida presupuestaria extraordinaria de las arcas públicas estatales para la conservación del patrimonio alhambreño.


Pareciera que la presencia napoleónica en nuestra ciudad fue extraordinaria. La construcción del Teatro Napoleón, de los jardines del Paseo del Genil, de los puentes sobre el Río... Sin embargo, los daños son múltiples, las pérdidas irrecuperables, los robos y expolios, a manera de botín de guerra, son ya un saqueo en toda regla. Los franceses acaban y arruinan con edificios históricos, se llevan una colección de pintura que fue seleccionada ex profeso para la confección del “Museo Josefino” y merman la estructura urbana de la ciudad. Hay un antes y un después, un padecimiento sin paliativos en la historia de Granada y una huella de robos y destrucciones que en su día recogimos en estas entradas.






Sin embargo y por alguna oscura razón que no llegamos a entender, ciertas opiniones incluso en nuestra prensa local han terminado por acuñar la frase de: “no fueron tan malos”. Los datos, pruebas de su destrucción y robo y las numerosas cuantías económicas exigidas a costa de las arcas del Cabildo Municipal, de la Catedral y de la Chancillería, dejan claro y evidente que para la historia y el patrimonio granadino, fueron furibundos. Un error y un horror. Y la prueba más flagrante, ocurría en la madrugada del 16 de septiembre de 1812, vencidos y aislados, cuando las tropas francesas abandonan la ciudad y perpetran, antes de marcharse, la que podía ser hoy la más llorada y lamentada pérdida del patrimonio histórico mundial. Esa noche, los franceses quisieron volar la Alhambra.

La residencia palatina nazarí había sido tanto dotada como esquilmada. A partes iguales, restauraron y destrozaron a placer los espacios alhambreños. En un intento por fortificarla, al haber instalado en ella el Cuartel de la Comandancia Militar napoleónica, hicieron de ella un bastión militar salpicado baterías de artillería. La zona más alta del complejo, precisamente del que sólo conservamos los cimientos, sirvieron para colocar cañones y otras piezas artilleras. En los Alixares y Santa Elena, no volvió a verse ni rastro del pasado patrimonial nazarí. Para subir las pesadas piezas, además, se necesitaron talar más de 3.000 árboles, se desforestó la zona que lucía como bosque desde Felipe V para dar paso a empalizadas y construir un perímetro blindado y férreamente custodiado. Ya vemos que no fueron tan positivos para nuestra entidad histórica, pero el crimen pudo haberse producido atendiendo a un protocolo habitual del ejército napoleónico: destruir cuanto se veían obligados a abandonar. Todos los torreones alhambreños que miran hacia el Generalife fueron destruidos.

Y es aquí cuando entra en escena una figura legendaria. Una placa en el camino de ronda de la fortaleza alhambreña nos recuerda que era Cabo del Cuerpo de Inválidos del ejército español. Se llama José García y a duras penas alguien pudo encontrar algún dato de él. Muchos, han llegado a cuestionar que en efecto, existiera. Tal vez se trataba de una hazaña contada por el pueblo para perpetuar la heroica resistencia de los españoles y un fundamentado odio hacia el francés.  

El Cabo, se lanzó hacia el reguero de pólvora que iba, una tras otra, reduciendo a escombros las torres. Pero cuando la mecha infecta y maléfica se acercaba a los Palacios Nazaríes, José García interceptó el reguero de pólvora con su propio cuerpo, salvando así de la el mejor conjunto palatino de toda la Edad Media universal y una de las obras más excepcionales del arte musulmán. Al parecer, José García se había quedado cojo casi dos antes, en la Batalla de Bailén luchando contra los franceses, en la que se convirtió en su primera derrita. Murió en 1834, hace 180 años, víctima de una epidemia de cólera morbo y los historiadores dijeron de él que “de este fantástico veterano no se han podido hallar antecedentes”.

Nada se sabe de él, lo que no es suficiente para tildar de legendaria o fabulosa su existencia. En primer lugar porque la gran parte de los archivos eclesiásticos arden en manos francesas. Esto nos impide dar con una partida de bautismo, que de todas formas, nos sería de poca utilidad. Del cabo sabemos que tenía uno de los nombres y uno de los apellidos más cotidianos de España, el mismo que millones de ciudadanos. En segundo lugar, puede que ni siquiera fuese granadino, que en medio de un país derruido que se había cobrado el 3,2 % de su población y dejado heridos y moribundos a otros tantos cientos de miles, no era el momento de averiguaciones. España, literalmente, estaba en pos de reconstruirla y no de buscar a un cabo inválido que había cometido tamaño bien para la historia de la humanidad.

El caso es que negado por muchos y desconocido por otros, los franceses se fueron de una Granada que ellos mismos sumieron en la ruina y expoliaron, intentando destruir el Monumento por excelencia y por todo ello, nosotros no negamos que don José García, Cabo español, inválido luego héroe en Bailén, una madrugada del 16 de septiembre de 1812, SALVÓ EL MONUMENTO DE MONUMENTOS a riesgo de su vida.


Eso sí merece los honores de toda una ciudad.