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miércoles, 30 de abril de 2014

La muerte de Hitler

A varios metros bajo el suelo, se reunían los principales carniceros del Mundo. Por un lado, los rusos avanzaban sin cortapisas desde el Este. Por el otro, el avance estadounidense no era menor. En pocos días los dos más poderosos ejércitos del momento, acaso de la historia, se encontrarían en el Río Elba y a menos que las diferencias ideológicas de ambos lo impidieran, el Tercer Reich llegaba a su fin. Casi siempre que un barco se hunde, las ratas son las primeras que lo abandonan, de modo que a excepción del más repugnante de todos, Himmler y Göring no dudan en abandonar a su suerte a aquel que le habían jurado algo más que lealtad.

A siete metros de profundidad, enterrado en hormigón armado y debajo de la Cancillería, el mayor error del género humano se había quedado prácticamente solo. El único capaz de acompañarlo en el desvarío final fue Goebbles (que arrastró de toda su familia) y su amante Eva, junto a un puñado de criados (cocinera, chófer, médico personal y dos secretarias) que hubieran seguido a su Führer a las puertas del infierno. En un intento desesperado por abortar el fin de la Alemania Nazi, manda atacar el avance ruso con lo que queda de su 9º Ejército y la aviación. Pero el general ni lo contradice ni lo obedece. El 22 de abril, tras el más triste de los cumpleaños que haya vivido jamás y conociendo que ni sus generales lo apoyan, proclama su último discurso oficial: TODO HA ACABADO.

Arrojada la toalla, con Göring intentando usurpar el poder a un Hitler vencido y derrotado y con Himmler convencido que tras la derrota, la salvación pasaba por refugiarse en la violencia de sus SS, el Tercer Reich se convirtió en una cueva de traidores. El plan que más sonaba era negociar un alto el fuego con los Aliados, batallar a los rusos y ofrecer como garantía el asesinato de Hitler. Cuando el general Eisenhower leyó aquel ofrecimiento de Himmler, tuvo claro que la situación en Berlín era cada vez más desesperada. La Alemania Nazi estaba compuesta por ancianos y niños de doce años combatiendo al Ejército Rojo; el 25 de abril de 1945, Berlín ya estaba asediada.  

El genocida no era tonto. Abandonado, traicionado y escondido como una alimaña cobarde, profetizó un final que llegaría en breve. Así que repartió entre los miembros de su círculo ampollas de cianuro a pesar de que no todos en el búnker estaban por la labor de morir por él y la causa nazi y su “cuñado” ya se había escapado de aquel refugio. Pero la situación tornó en dramática el sábado 28 de abril... Hitler releía una y otra vez un telegrama que lo ponía al tanto de la conspiración de Himmler, que éste había ofrecido la capitulación a los aliados, que las tropas de Eisenhower y de Patton la habían rechazado y que rusos y aliados cercaban in extremis el despojo de la capital del Tercer Reich.

Decidido: se suicidaría. Pero antes debía evitar que los traidores se saliesen con la suya. Primero lanzaría hasta la última bomba que le quedara a su aviación contra los rusos, luego, apresaría a Himmler para fusilarlo. Antes, tenía que casarse con la única mujer que había sido capaz de alegrarle los días. En las primeras horas del 29 de abril, Eva Braun empieza escribiendo “Eva B...” pero entonces tachó la “B” y escribió “Eva Hitler, née Braun”. La celebración fue un desayuno y la retirada del mortífero caudillo para redactar su testamento político y su testamento personal. En el primer documento Hitler se declaraba inocente de la guerra, justificaba su oposición a esta y que siempre ofreció el desarme. “La historia, no podrá considerarme responsable de ella”. Por último desposeía a Göring y Himmler de sus cargos y los definía como los peores traidores de la Alemania nazi.

En su testamento personal, Hitler dejaba claro que Alemania le había ocupado todo su tiempo, por lo que llegado el fin, era hora de darle algo a la única mujer que le había dado todo y qué mejor que casándose con ella. Todo lo dejaba al partido, o en su defecto a Alemania. Terminó de dictar sus últimas voluntades a las cuatro de la mañana y mientras dormía, Goebbels completó el testamento político dejando claro que moriría en Berlín junto a su Führer, que no pudo más que pegar ojo durante hora y media. A las cinco y media de aquella mañana del 30 de abril, los pocos que aún conformaban el alto mando militar nazi informaban que en poco tiempo, los rusos conseguirían acceder al búnker.

Nada más amanecer las puertas del refugio se cerraron. Se desalojó de la Cancillería a los soldados y se introdujeron 200 litros de gasolina en el búnker. Hitler no quería que le ocurriera como a tantos otros líderes, caso de lo que un par de días antes habían hecho los italianos con su aliado Mussolini. Justo después de comer, Hitler fue dando la mano a todos y se marchó a su habitación con Eva como si de una siesta sosegada se tratase. Pero a los pocos minutos, un disparo confirmó lo esperado. A las 15:30 horas del 30 de abril de 1945, en el sofá de los aposentos personales del más sanguinario de los personajes que haya dado la historia, Eva, víctima de un envenenamiento por ingestión de cianuro y Adolf, muerto por un disparo en la cabeza, yacían sin vida.

En el jardín de la Cancillería y a 10 metros de la salida de emergencia se les roció con la gasolina y se quemaron los cadáveres justo en el instante en que un bombardeo ruso vomitaba destrucción sobre el punto cero del Infierno, sobre el lugar clave del Averno, sobre aquel edificio que habían conbvertido en el último reducto de lo más pérfido y ruin de lo que fue capaz el género humano. A las seis de la tarde, unos soldados de las SS salían al jardín a echar más gasolina sobre los cuerpos de Hitler y Eva Braun y a las once de la noche, cuatro escogidos se llevaron los cadáveres con el objetivo de enterrarlos en lo más recóndito e insospechado. Hasta el momento, los huesos del más infame humano no han sido encontrados.

Pero hace unos años, el periodista Abel Basti sacaba a la luz un libro controvertido dispuesto a cambiar la historia. “El exilio de Hitler” se encarga de demostrar que Hitler junto a Eva Braun llegó a Barcelona un 27 de abril, nunca se suicidó y en suelo español, planeó su escape y nueva vida. Apoyado en documentos del servicio secreto alemán y del FBI, sostiene que voló vía Austria y que durante 1945 el Ejército de los Estados Unidos invirtió enormes esfuerzos en localizar a Hitler en España, mientras los ingleses habían descubierto gracias al MI6 un submarino con los jerarcas nazis y cantidades ingentes de oro, camino a Argentina previa escala en las islas Canarias.

A pesar de que Abel Basti nunca desveló nombres, basó la literatura en otras obras anteriores que buceaban en las mismas tesis de endeble sostén, con su libro aseguró que todo se trató de una farsa fabricada en torno a un tirano que según el periodista argentino, era la pieza clave para luchar contra el comunismo. El libro subraya que los ingleses y norteamericanos lo habían financiado para que, de pintor fracasado, llegara a ser canciller de Alemania, por lo que con la caída de Berlín, los aliados crearon un pacto Washington-Berlín con el que se evacuaría la tecnología, documentación, divisas y dirigentes nazis para ponerlos a salvo en la Patagonia argentina.

Esta foto fue "vendida" como la del cadáver de Hitler. Se sabe que no corresponde al tirano.

Se trata de una novela sin el soporte histórico y real como para que nos la creamos. No perderemos más tiempo en averiguar si en efecto, Basti nos está contando la verdad en su libro “Tras los pasos de Hitler”, y poco puede importar si el Führer falleció el 5 de febrero de 1971 y está sepultado en una cripta en un antiguo búnker subterráneo nazi en Paraguay, donde en la actualidad se levanta un "moderno y exclusivo hotel", que la primera semana de cada febrero, cierra sus puertas para que un grupo exclusivo de nazis pueda honrar a su líder, "el hombre que les cambió la vida, a ellos y a todo el mundo, para siempre".

Porque la realidad, es que un 30 de abril de 1945, hace ahora 69 años, acabó el verdadero infierno, que no regenta Lucifer sino el hombre. Y durante casi 12 años, Satanás no fue otro que un asesino perturbado que se parapetó bajo una esvástica. Así que hoy, el Mundo debería estar de celebración por el fin (suicidio o no) de millones de personas. Y muy especialmente, La Alacena de las Ideas, brinda hoy con todo el pueblo judío, que hace justo 69 años, volvió a 
nacer.




''Mazal tov''...מזל טוב .

martes, 29 de abril de 2014

Moneda única.

Hace una docena de años España se despertó obligada a aceptar una nueva moneda que unificara buena parte del territorio europeo y trajera beneficios que de primeras, se tradujeron en “redondeos” económicos onerosos para el ciudadano. Hace doce años, los españoles comenzamos a trasegar euros y acostumbrarnos a que nuestra peseta (aún presente en el colectivo social y que sigue siendo recurrente en las cuentas) muriera después de más de 133 años siendo “la guapa de la fiesta”. Pero si el euro es la “moneda única” de doce países europeos y quién sabe si esta cifra no aumenta (o disminuye, que anda el patio revuelto), antes que el Mundo se moviera cambiando dólares, usando una moneda concreta para cálculos de comercio internacional o tradujera valores bursátiles en torno al yen, el marco alemán o ahora el euro, hubo una moneda que fue la más empleada, fuerte, demandada y valorada de su época, si no de la historia... Una moneda, cómo no, de cuño español y parida frente a la colina de la Alhambra.

Conocido como “el real de a 8”, fue una moneda de plata con valor de 8 reales (de ahí su nombre original) que con la reforma monetaria de 1497 la Corona Española estableció como el valor monetario de sus territorios y luego del Imperio. Jamás antes una moneda fue tan usada en casi todo el Mundo y tan codiciada por comerciantes, estados y ciudadanos dentro y fuera de Europa, gracias a la inmensa calidad de la plata con la que se acuñó. Hasta tal punto fue “la moneda por excelencia” que se convirtió en la primera divisa de uso mundial, fue la primera moneda de curso legal en Estados Unidos hasta que en 1857 desautorizó su uso e inspiró al dólar canadiense, al dólar estadounidense o el yuan chino.

El primer dólar de plata americano, lleva, como podemos ver, la efigie de Carlos III de España. 

América entera tiene la moneda que puede ser considerada herencia española; del “peso” que en casi todos los países es determinante, incluso fijándose en el peso (en gramos) y al real de a 8 a lo que ocurría en aquellos Estados Unidos justo después de lograr su independencia, cuando nuestra moneda era conocida como “Spanish dollar”, al punto de que el símbolo «$» no es otra cosa que la heráldica hispánica de las Columnas de Hércules del escudo español con la filacteria que recoge el lema del Reino de España: PLUS ULTRA. Por eso no extraña que cuando en el siglo XVI, el real de a 8 se acuñaban en América y se transportaban a granel hacia España, piratas y corsarios estuvieran dispuestos a jugarse la vida por hacerse con el mayor botín soñado: la moneda más importante y valiosa. Con los años, el Galeón de Manila llevó cientos de miles de reales de plata desde México hasta Manila Filipinas, siendo la única moneda además que querían los chinos y la única divisa extranjera que aceptaron en sus transacciones comerciales por la calidad de la plata. Hasta tal punto fueron apreciados por los chinos nuestros reales que llegaron a estampar caracteres propios de su idioma para hacer del real español, la moneda igualmente válida en China.

Divisa estadounidense que equivale a 4 dólares, basado en el patrón del "Spanish dollar", como se lee. 

En 1792 Estados Unidos creaba su casa de la moneda y procuró desde un primer momento emular el real español que ellos ya bautizaron como el spanish dollar y que es el origen de su actual divisa. El real español tenía una pureza de más del 93 % de plata, cada moneda contenía 26 gramos de tan rico metal y cuando se decidieron a acuñar el dólar, éste tenía 24,1 gramos de plata. Los americanos se negaron a aceptar la nueva moneda, por mucho que fuera rotundamente propia, de manera que hasta 1857 siguieron usando el real español, que sólo pudo prohibirse mediante una Orden del Congreso y a pesar de los empeños del Gobierno Estadounidense por borrar la españolidad de su moneda, no fue fácil. Basta recordar que hasta que el precio de las acciones en la Bolsa de Nueva York, sin ir más lejos, fue de octavos de dólar, tal y como se fraccionaba la moneda española, nada menos que hasta el 24 de junio de 1997 cuando el New York Stock Exchange la varió.


El Real de a 8 español que en Zanzíbar retocaron para convertirlo en moneda oficial. 


Pero si a algunos todavía no les sorprende que a lo largo de 400 años la moneda por excelencia del Mundo haya sido la que parió España bajo el reinado de los Reyes Católicos, si queda alguien que no esté henchido de orgullo viendo como medio Mundo, China o hasta hace 17 años, la Bolsa más importante del Planeta haya estado condicionada por una moneda inventada 500 años antes y con 517 años de historia, vamos a otro caso sorprendente, el de la actual Tanzania, que en las fechas que vamos a relatar era Zanzíbar. Cuando se independiza del sultanato de Omán, su primer sultán inició una modernización que convirtió a este nuevo país en el paraíso del tráfico de esclavos en un estado de lo más moderno de África, pero con escasez de monedas en circulación. De manera que mientras daba tiempo a acuñar las propias, el sultán se hizo con una gran cantidad de Reales de a 8 españoles y grabó sobre la cara de Carlos IV, el nombre del país en árabe.



El maristán de Granada, ceca real en donde se acuñó la moneda más poderosa de la historia de la humanidad. 

España le dio al Mundo la moneda que ni hoy día ha sido superada en valor y aprecio. Y las primeras, salieron de la Ceca Real que fundaron los Reyes Católicos, frente por frente a la Alhambra: el viejo Maristán de los nazaríes
Cinco dólares. Si se fijan en la moneda que aparece grabada en la derecha, lleva el escudo real de España. 


lunes, 28 de abril de 2014

¿Por qué nos invadieron los musulmanes?

A trece siglos de distancia no será nada fácil contar lo que un 28 de abril del año 711 ocurría, para cambiar por siempre la historia de un pueblo. Los 14 kilómetros que separan África de Europa están siendo atravesados por decenas de naves severas y sobrias, rumbo a suelo peninsular. Miles de musulmanes se dejan arengar por Tariq, un aguerrido beréber al servicio del caudillo Muza que ha pactado con un noble hispano entrar en la Península Ibérica y ayudarlo a deponer a su rival, el rey de los godos, de los hispanos, de los españoles.

Un conde sin escrúpulos aguarda el desembarco. Juntan 12.000 soldados entre la partida militar llegada desde África y los sublevados que pretenden quedarse con el control de aquel mítico y vasto reino del que ha de nacer España en todo su sentido. No han de pasar tres meses para que los partidarios del rey y los fieles a la autoridad, se enfrenten contra los sublevados, sus socios africanos y cuántos comenzarían a escribir una nueva página en la historia universal. Junto al cauce del Río Guadalete, en la actual provincia de Cádiz, a punto de finalizar julio de ese año 711, Tariq Ibn Ziyad da muerte al Rey Rodrigo y entiende roto el pacto con los partidarios del conde Julián y los nobles godos que han capitaneado la sublevación. Vinieron para ayudar, pero con los ojos interesados y las manos frotadas al ver que al otro lado del Estrecho, la “tierra de los vándalos” les iba a procurar un hogar mucho mejor.

La historia de la invasión musulmana de la Península Ibérica es otro de tantos ejemplos de cómo la división interna de un pueblo trae funestas consecuencias. Musa ibn Nusair, gobernaba un parte del actual territorio marroquí y mantenía sanas relaciones con el Conde de Ceuta, don Julián, que a fin de cuentas era vasallo del rey godo Rodrigo pero partidario de uno de los bandos (quizás más de uno) en los que terminó descompuesto aquel mítico reino heredero de Roma y que conservó como ningún otro pueblo toda la tradición jurídica, administrativa y social del imponente Imperio Romano.

Muza era hijo espiritual del poderoso Califato de Damasco, al servicio de los intereses de los Omeyas, la más notoria de las familias musulmanas del Medievo islámico. Digamos que su relación con el Conde don Julián era de entendimiento; el godo tomó partido por intereses particulares antes que por los del reino, a la muerte de Witiza, el último gran rey de la Hispania de la que hablamos. La conclusión rápida de todo esto es que las fuerzas omeyas fueron llamadas por los hijos de Witiza.

El pueblo godo entró en una de sus frecuentes guerras civiles y solventó su inferioridad militar echándose en brazos del Islam, como ya hubiera ocurrido en otras ocasiones desde que en el siglo V, la monarquía visigoda se debatía en armas de hermanos. Pero cuando Tariq, hacia el 27 de julio de 711 vence a los godos en Guadalete, hiere de muerte al rey Rodrigo y consigue una aplastante victoria, el éxito obtenido por su lugarteniente no le va a agradar nada al caudillo Muza por lo que ocurre algo inesperado por los partidarios del bando de Witiza reunidos en la figura del Conde don Julián: una vez concluido el favor, los mercenarios omeyas rompen el pacto de ayuda y deciden proseguir por su cuenta lo que desde ese mismo instante debemos entender como la dominación musulmana en España.

De ahora en adelante nos interesarán varias cosas: la facción goda vencedora en aquella guerra civil entiende que aquellos musulmanes son sus aliados, que pronto establecerán con los nativos relaciones que van mucho más allá de las puramente militares. Los godos del Valle del Ebro, la destacada familia Casio, abraza el Islam y se convierten en los Banu Qasi; en el Levante, el noble Teodomiro es ahora Tudmir. Los ejemplos se suceden y en unas pocas decenas de años, se islamiza a velocidades de vértigo el pueblo directamente heredero de Roma. Quizás, por muchos empeños que los violadores de la historia estén poniendo en estos años para decirnos lo contrario, estamos asistiendo a una invasión que fue más allá de la militar: la conversión al Islam y el reconocimiento del poder y soberanía del Califato de Damasco significa que los godos de siempre puedan conservar sus posesiones, tierras, privilegios y estatus.

Si la jerarquía social goda acepta de buen grado la conversión y la imposición cultural de los musulmanes, el pueblo llano “imitará” sin pudor a sus señores y caudillos. A fin de cuentas, una nueva élite sustituía a otra, pero encarnada en los mismos gobernantes. Incluso se vence el escollo idiomático, pues la plena asimilación del árabe es un proceso lento. Sólo cuando el poder es detentado sin pudor, esto es, con la independencia de al-Andalus de Damasco y el paso de Emirato a Califato con capital en Córdoba, los ciudadanos que no quieran ser musulmanes, someterse al nuevo idioma, costumbres, tradiciones y vestimentas, dejan de ser parte del pueblo para convertirse en ciudadanos de segunda. Incluso el pueblo judío, que apoyó incondicionalmente al poder musulmán venido con Tariq, vivirá en primera persona el nacimiento de las primeras confinaciones urbanas que hemos venido a denominar gueto. En efecto, el gueto nació en la Península Ibérica bajo dominio musulmán, y las primeras matanzas intolerantes del pueblo judío, se darán en la temprana fecha de 1066, como la de Granada del 31 de diciembre de ese año.

Nacen castas, clases sociales, relegados, ciudadanos de primera, segunda y tercera, sólo por cuestión de fe. Los muladíes son los intermedios, cristianos descendientes de la cultura goda que se han convertido al Islam. Los que querían seguir siendo cristianos (mozárabes) estaban obligados a pagar un impuesto suplementario por el simple hecho de practicar otra fe distinta a la del Corán. El paso del tiempo no atempera las costumbres sino que radicaliza a los gobernantes. La entrada en al-Andalus de la escuela malikí, a finales del siglo VIII, es el punto de partida de algo nuevo: la lucha irreconciliable entre cristianos y musulmanes por primera vez en la historia.

Pero no abordemos todos los temas de aquel suceso que tal día como hoy de hace 1303 años cambió la historia de Europa y la nuestra. Nos habíamos quedado en el instante en que Muza siente celos del aplastante éxito de su lugarteniente y desembarca en la ya al-Ándalus, informado que tras la victoria de Guadalete, Tariq se ha hecho con una mesa que habría sido de Salomón y que estaba entre el tesoro real godo en Toledo. Aquella mágica y legendaria pieza le correspondía a Tariq y no a Muza y la disputa sólo podía finalizarla el mismísimo Califa Suleyman, de modo que a Damasco acudieron ambos interesados de manera inhumana por un objeto esotérico que contenía el secreto del nombre de Dios. El Islam entiende que Alá tiene 100 nombres pero que sólo ha revelado 99, siendo el último el que no se conocerá. En palabras del profeta, "Dios tiene noventa y nueve nombres, cien menos uno. Quien los cuente entrará en el Paraíso”.

Las crónicas árabes pusieron toda la fantasía literaria en este supuesto y magnífico botín en los márgenes de un río gaditano: “la mesa de Salomón, hijo de David, compuesta por una mezcla de oro y de plata con tres cenefas de perlas”. Y siguieron fabulando sobre tan histórico (para ellos también mágico) hallazgo, en tanto cuando el Emperador Tito destruyó el templo de Jerusalén y trasladó a Roma sus tesoros, aquella mesa salomónica fue depositada primero en el templo de Júpiter capitolio y luego en el palacio de los césares. Los godos, a su vez, saquearon Roma en el 410 y se llevaron las sagradas reliquias judías. Cómo creyeron los musulmanes que descansaron para siempre en la Península Ibérica, lo desconocemos.

La Mesa de Salomón o las joyas del Templo de Jerusalén no estuvieron en nuestro suelo patrio, pero de una envidia, una revuelta, una lucha y un mal entendimiento, la heredera de Roma se descompuso. Lo triste de esto es que España no aprende de su historia. 

sábado, 26 de abril de 2014

Eunucos

A Roma llegaron para remover de forma inaudita las costumbres. Nada de hacer sacrificios a los dioses (los primeros cristianos fueron los pioneros del ecologismo), nada de respetar las costumbres ancestrales que no se basaran en el mandamiento oral que dejó un galileo y nada de adorar al Emperador como al dios poderoso escapado del Olimpo. Y el miedo a lo nuevo prendió rápido en una sociedad perfectamente organizada y sabedora de controlar todo el Mundo merced a su fuerza militar y su avanzada organización social. Pero es que aquellos primeros, reales y verdaderos seguidores de la palabra de Jesús el Cristo, estaban convencidos que los mensajes pronunciados en Palestina, iban a cambiar el Mundo.

Fue tiempo después cuando por razones tan diversas y variadas como multitudinarias y complejas de explicar, el cristianismo cayó en lo que hemos venido a titular “la obsesión por el pecado”. Quizás el origen de toda una redacción de normas que continúan hoy en vigor esté en aquella Granada de hace más de 1.700 años, escenario de uno de los Concilios más importantes de la historia del cristianismo, el de Elvira del año 303. A aquella reunión grandiosa de la Granada de comienzos del siglo IV se le sumó el Edicto de Milán (314) y al fin, la aparición de las primeras comunidades eremíticas deseosas de recuperar la verdadera espiritualidad postulada por Cristo. Los excesos de aquel clero fueron frenados de golpe por las actitudes más contrarias y contrapuestas pensadas, naciendo prácticas piadosas y absolutos excesos de ascetismo que se resumieron en una sola cosa: huir del pecado y la tentación.


Porque la mejor manera de apartarse de la tentación, fue, la macabra y espeluznante práctica de la castración a la que muchos cristianos piadosos se sometieron voluntariamente e incluso se auto practicaron en un convencido intento por alcanzar la santidad. Entendieron que la mejor manera de luchar contra el apetito sexual fue la auto emasculación y asociaron ésta a la idea de pureza y la castidad. De forma caprichosa, a un periodo histórico de excesos le sucede otro de remedios; en ambos casos, lo drástico anda de por medio. Puestos los cimientos del celibato en la Granada de hace 17 siglos y convertidos en ejemplo social por parte del Imperio, los cristianos del siglo IV aunque parezca contradictorio, se convirtieron en los primeros eunucos voluntarios y consentidos de la historia de la humanidad.

Los casos fueron recogidos por los cronistas de la época, como el que nos relata Justino hacia el año 150 cuando un joven de Alejandría, solicitó al gobernador romano permiso para ser castrado; 150 años después, el romano  Sexto, se convertía en el controvertido autor de un libro moralista, que defendía la castración como medio para alcanzar la perfección cristiana. Pero curiosamente, mientras una buena parte de la ciudadanía cristiana del siglo IV empezó a ver a los castrados, a los eunucos, como verdaderos santos y modelos de vida casta y pura, los Obispos condenaron aquella cruenta moda y la prohibieron por tratarse de una actividad cruel y contraria a la fe cristiana. No se era santo por huir del pecado eliminando la tentación con la castración, sino vencerlo con el esfuerzo y el sacrificio.

Mientras que los obispos comienzan a actuar con lógica y criterio, entre los cristianos más ortodoxos nace una comunidad de monjes, llamados valesianos en la actual Anatolia turca, que defiende la autocastración como único medio de ascender al los Cielos. Pero aquellos monjes de cuya existencia ya se sabía en el año 378 no se limitaron a salvarse a sí mismos, sino a procurar la redención de todos sus vecinos por lo que comenzaron a castrar por la fuerza a cuantos incautos rondaban los monasterios valesianos, que antes del siglo V, habían sido condenados y señalados como herejes por la Iglesia, no sin antes arrastrar a algunos famosos a su locura, como  Orígenes de Alejandría, que se castró por voluntad propia.

El cristianismo venció aquella corriente, se impuso a tan brutal práctica pero la idea de la castración, por voluntad propia o aceptada, fue entonces tomada por otra religión, la musulmana, quizás por influencia de la cultura persa. Lo cierto es que el eunuco comienza entonces a asociarse a la cultura del Islam al conocerse en Europa que los hombres más pudientes demandaban con fruición eunucos que se encargaran del cuidado y mantenimiento de sus esposas. De sobra es conocido que el musulmán puede tener cuántas esposas quiera siempre que las pueda mantener y responder de ellas. Y nada menos sospechoso que un castrado para relacionarse libremente con las mujeres de aquellos legendarios harenes otomanos y de algunas cortes musulmanas. Curiosamente, el harén en al-Andalus sólo se dio en los primeros siglos de dominación musulmana, jamás fue tal en el Reino de Granada y ni siquiera debemos entender como harén al afamado Palacio de los Leones de la Alhambra, aunque sí que la corte nazarí de Granada tuvo a varias “esposas” del emir, pero como algo habitual en el mundo musulmán y no como un recinto palatino destinado a satisfacer las necesidades sexuales del “príncipe de los creyentes” de los granadinos.

Algunos eunucos (y siempre hablando del Mundo Antiguo o del Imperio Otomano) llegaron a ser importantes funcionarios, destacados políticos e influyentes cortesanos, por su cercanía y sobretodo fidelidad al soberano. Pero regresando a la España musulmana, esto es, a al-Andalus, el eunuco existió pero de forma muy distinta a lo que los pintores orientalistas y los literatos del romanticismo nos inculcaron: se trataron de infieles, o lo que es lo mismo, cristianos capturados en las razzias andalusíes que eran destinados a simples esclavos, como moneda de intercambio con otros musulmanes capturados por los cristianos y en último caso, destinados a ser de por vida, eunucos.

Nos movemos en tiempos del primer Califa de Córdoba, Abd-al-Rahman III, que fue el primer demandante de eunucos que asistieran la fabulosa corte de Medina Azahara. Aquella ciudad palatina necesitó de hombres capaces de atender las labores domésticas que les fueran necesarias a las favoritas del Califa por lo que llegó a crear verdaderas academias de eunucos, lo que desembocó en mercados legales y consentidos por el poder islámico para satisfacer el alto número de servidores del harem que requería Medina Azahara. El mayor mercado de eunucos estaba en Córdoba, pero las “fábricas” de castrados fueron las poblaciones de  Lucena (Córdoba) y Verdún (Francia). Una vez capturados, los esclavos eran conducidos a una de estas ciudades, capaces de castrar sin riesgos a los esclavos, aunque el tanto por ciento de mortandad en operaciones tan arriesgadas que se llevaban a cabo hace más de 1.000 años, no es de extrañar que fuera alto.

"Tres hombres".
Óleo del pintor granadino, Gabriel Morcillo Raya. 

De Lucena pasaban al gran mercado de castrados de Córdoba para luego, ser vendidos a las cortes de África o quedarse en la califal. Algunos señores locales emularon a su poderoso Califa, tanto a la hora de poseer su propio harén como de ser atendido éste por eunucos. Los esclavistas y mercaderes de castrados fueron los judíos y los cruentamente sometidos, torturados y vejados, los cristianos. Curiosidades y hechos históricos que demuestran, por enésima vez, la GRAN MENTIRA DE LA CONVIVENCIA DE CULTURAS en el al-Andalus que nos quieren vender los políticos de la Junta de Andalucía.


Pero, pese a quién pese, esto nunca ocurrió en el viejo Reino de Granada. Por algo será

jueves, 24 de abril de 2014

Ceuta y Melilla

"Recuperación de Bahía". Juan Bautista Maíno, 1635.

El siglo XIX ha sido el verdadero fin de la potencia cultural, económica y social de España. Desde la Invasión Francesa a la pérdida del Imperio pasando por la incapacidad política y las revueltas continuas, la decimonónica fue la puntilla a cuanto de bueno le quedaba a esta Patria. Y en todo esto jugaría un papel destacado el entonces regente, el valido de Carlos IV, un inútil de marca mayor y de ambición sólo superada por otros validos de la Edad de Oro, que caminó a lo largo de su gobierno, saltando de disparate en disparate.


Mal comenzaba el siglo para España. Un continuado periodo de sequías y la suma de varias cosechas improductivas habían puesto en jaque a la población. Faltaba pan, el que se podía adquirir se hacía a precios imposibles y tardaban en llegar ideas para paliar el hambre del pueblo. En 1801, Godoy inició los trámites para comprar trigo a Marruecos, el país que había sido el primero en reconocer a Estados Unidos como nación independiente y en permitir una embajada del futuro gigante en su suelo. Pero las malas relaciones históricas con la corte norteafricana no iban a cambiar de la noche a la mañana y reinando en Marruecos el Sultán Mulay Sulaymán, a nuestro inepto gobernante no se le ocurrió otra cosa que darle una orden impensable y producto de su ineptitud: ofrecer Ceuta y Melilla a cambio del necesario trigo.

Sulaymán de Marruecos se negó. Parte de su política fue siempre la de cerrar el comercio a españoles y portugueses, era aclamado como padre de la patria al conseguir la unificación del estado desde 1795 y animado por sus continuas victorias frente a sus hermanos y aspirantes al trono, estaba convencido que no haría falta que los españoles, descompuestos en la honra, le regalaran las codiciadas plazas de Ceuta y Melilla, porque se haría con ellas por la fuerza. De modo que a Manuel Godoy se le pasó por la cabeza otra de sus peregrinas y poco meditadas ideas: la ocupación de Marruecos con el fin de asegurarse para España un granero sin igual que ya había sido despensa del Imperio Romano. El Norte de África debía caer en manos de la Corona Española.

El hambre apretaba, el pueblo se alzaba en protestas y para colmo, las lluvias caídas durante el invierno hicieron disminuir las peonadas de trabajo en el campo, por lo que los jornaleros tuvieron que hacer frente a largos períodos de inactividad casi sin recursos. Cuando más desesperante era la situación, toca a las puertas de la corte la figura de Domingo Badía y Leblich, un catalán enamorado de la cultura musulmana que comenzó a despertarse en él en la población almeriense de Cuevas de Almanzora. En 1802 exponía un plan para viajar a África, estudiar los países musulmanes y poner sus investigaciones al servicio de España. Para ello, y dado que entre otros, el sultán  marroquí era contrario a la presencia de cualquier extranjero, se haría pasar por un musulmán de origen sirio de modo que le sería mucho más fácil averiguar las posibilidades comerciales y estratégicas de los países.

Godoy se frotó las manos: aquel proyecto científico le daría a conocer el territorio de Marruecos, su capacidad bélica, los puntos flacos para atacarlos y llegado el caso, pactar alianzas. El proyecto fue financiando pero propio de alguien de tan extraordinaria torpeza como la del valido del Rey, fue publicado y dado a conocer en el Diario de Madrid, haciendo públicos los intereses de aquella expedición secreta que iba a acometer Domingo Badía bajo el nombre de Alí Bey, que ponía rumbo a Tánger con una documentación tan fantástica como increíble, en la que incluso se le hacía pasar por descendiente del Profeta Mahoma, mientras repartía generosísimos regalos a los jefes de las tribus locales y a base de sobornos a costa de las arcas públicas, conseguía entrevistarse con el sultán.

A lo largo de dos años desempeñó su labor de espía y consiguió que la población beréber estuviera dispuesta a levantarse en armas contra el sultán. En 1805 los tamazigh y otros pueblos norteafricanos contrarios a la represiva actitud de la monarquía alauita estaban dispuestos a sumarse a los españoles para hacerse con el control del país. Godoy envió tropas, Ceuta esperaba como cuartel general las órdenes pertinentes que llegaran desde Madrid y al final, el rey se lo pensó mejor y abortó todo. Ni que decir tiene que nuestro espía fue descubierto y salvó el pellejo in extremis.

Pero lo curioso es que hubo dinero para financiar proyectos megalómanos, guerras, invasiones y otros divertimentos, cuando poco antes no había para darle de comer a los españoles. Al final, el trigo volvió a crecer en Castilla y bajó el precio del pan... pero nadie pensó que todo ese dinero podía haberse invertido en lo verdaderamente necesario: el pueblo español. Eso sí, como hoy día algunos indeseables, hace más de doscientos años también tuvimos a patéticos gobernantes y políticos capaces de dejar a su suerte a Ceuta y Melilla.

Salvo la primera, todas las demás imágenes corresponden a lienzos pintados por el granadino Mariano Bertuchi sobre ciudades y paisanajes marroquíes, entre 1939 y 1945. 

miércoles, 23 de abril de 2014

La joya de España


Juan Bautista de Toledo entregando la “traza” del monasterio al rey Felipe II.
 Bóveda de la Escalera Principal del Monasterio. Lucas Jordán, 1692-93

Cada 23 de abril se conmemoran hitos trascendentales para la historia de la Humanidad, empezando por el fallecimiento de los colosales Shakespeare y Cervantes (el Príncipe de los Ingenios) que tienen la osadía de empañar otra fecha fundamental en la historia del arte, para España y el devenir del Mundo: un 23 de abril de 1563, es decir, hace justo hoy 451 años, se colocaba la primera piedra del edificio llamado a ser el más grande del Mundo y desde el que se regiría los designios del Imperio más importante y en dónde descansaría, como Panteón Regio, los hombres y mujeres destinados a regir ESPAÑA.

Empezaba ese mismo día la historia de algo más que un monumento descomunal, que un edificio cargado de secretos. Es el mismo emblema de una España inmortal del que pueden leer cosas en una pretérita entrada publicada en esta Alacena pinchando aquí. El caso es que San Lorenzo de El Escorial vio cómo su padre Felipe II moría entre sus muros, celda de oro cargada de cultura y convertida en residencia y panteón real, Iglesia y máximo exponente de la Contrarreforma en todo el Mundo. Fue la debilidad del Rey Prudente, que en su testamento encomió a su hijo a que continuara velando por el Monasterio, considerado la octava maravilla del mundo, tan solo comparable al Vaticano del siglo XVI en sus riquezas.

Pero el Escorial es mucho más que una de las mejores bibliotecas, contenedores de cultura y patrimonio y lugar de descanso de los monarcas hispanos, puesto que en estos 451 años su valor simbólico no ha dejado jamás de sorprender. Las obras de arte, su propia traza y sus planos nos hablan de un lugar cargado de especulaciones mágicas, de contenidos esotéricos y hasta fenómenos paranormales. Sin ir más lejos el Monasterio parece un laberinto y esconde todo un universo subterráneo en sus fosos.

Con más de 7.000 reliquias de las que 300 tienen certificado de autenticidad, es un lugar de peregrinación, que lo mismo combina el poderoso museo en el que lo convirtieron, con obras de Jordán, Zuccaro, Coello, Van der Weyden, con la historia viva de este país, como los objetos personales de la monarquía, los muebles que acompañaron hasta el final a los reyes, los crucificados de Cellini o de Bernini, los lienzos de El Bosco y cuadros desconocidos para sus casi 600.000 visitantes anuales: Tiziano, Ribera, Van Dyck. En sus estancias se conoció el desastre de la Armada Invencible, los triunfos de los Viejos Tercios, el cambio de los mapas de Europa, los progresos de la ciencia, la muerte de papas y de reyes y todo lo que fue vital para la humanidad.

Primera piedra

Debajo de la silla prioral de la sacristía está la primera piedra, con el nombre de Felipe II y de Juan Bautista de Toledo, los padres de esta joya imprescindible de 33.000 metros cuadrados. Fue descubierta en 1971 sigue conservando esa sombra imborrable del Rey Prudente, que aprobó un diseño en forma de parrilla, que mandó instalar una sala de los secretos tras conocer la que contiene la Alhambra de Granada y que dio el visto bueno a esos guiños mágicos, caso de un suelo hecho con los signos del zodiaco o la última piedra, que recordaba que en 21 años se pudo concluir tan fastuoso complejo y curiosamente, se terminaba 10 años, justo 10 años antes de la muerte de su padre el Rey Felipe.

Fue más que el mecenas caprichoso. El Rey se mojó en el proyecto con un celo casi de arquitecto. Cambió decisiones del afamado Juan de Herrera y hasta le derribó una columna que estropeaba la visión, dando origen a una expresión repetida en la corte de los siglos posteriores: “Herrera, Herrera, con el Rey no se juega”. Y claro que no se puede tomar en vano su nombre, que propició que el Escorial sea hoy la Meca de los tesoros bibliográficos, contenidos en la impresionante Biblioteca, a la manera de la Vaticana y que está igual que cuando fue concluida en 1593, soportando la vida de 14.000 libros impresos, a los que hay que sumar 6.000 manuscritos árabes, hebreos, griegos y chinos de los que quizás el más preciado y el más antiguo sea uno del siglo V, nada menos que de San Agustín.


El Escorial es una joya que todo el Mundo habría de haber visto antes de morir, al menos una vez. Sus colecciones, archivos musicales, fondos y catálogos dan muestra de ello. Goza de fama por ser Panteón de la Corona de España, pero es mucho más que un simple pudridero real. Sus muros guardan algo que para sí quisieran todos los países del Planeta: la historia, toda la historia del país más antiguo del Mundo y el que más dio a lo largo de la época moderna