Visitas

viernes, 31 de enero de 2014

La gran estafa granadina

"Lazarillo de Tornes". Francisco de Goya, 1810.

El brillante historiador Américo Castro sostenía que sin la Edad Media, no podríamos entender a España. Yo no quiero desdecir a genio como este, pero de lo que estoy convencido es que España, para lo bueno y lo malo, es lo que es (y ha sido y será), gracias a sus sinvergüenzas, sus pillos, sus pícaros y sus caraduras. En el país del Lazarillo, de Rinconete, de los políticos y de tantas otras jetas, sigue siendo casi inverosímil, imposible de creer y digno de llevar al cine, lo que ocurrió en Granada entre 1868 y 1874. Aquello fue, la mayor estafa que esta ciudad y estas tierras hayan visto nunca.


El Arzobispo Bienvenido Monzón Martín y Puente.

Nuestro protagonista respondía al apellido de Segura; era un sacerdote anónimo que en tiempos del Arzobispo Salvador Reyes abandona la diócesis sin que se halle pista alguna de él. Irrumpe de nuevo en la ciudad hacia 1870, siendo Arzobispo Bienvenido Monzón Martín y Puente que no se extrañó de la desaparición de uno de sus pastores y que desde luego, se tragó a la perfección la primera parte del embuste: el Cura Segura no era un simple ministro de Dios de andar por casa y atender su Parroquia, pues enseña y demuestra ante el mismísimo Arzobispo en el Palacio Curial que ha sido nombrado, nada menos que Capellán Mayor Extra Urbem de la Corte Pontificia. Para reforzar aquel título (que sabe Dios dónde falsificó y por cierto, lo bien que lo hizo), vestía con el corte de indumentaria sacerdotal típico italiano, llevaba un airoso manteo y se tocaba con una cruz pectoral que a más de uno lo hacían confundir con un rango episcopal. Era, en todo, un impostor de primera. 

El Papa Pío IX

Cambiaba las versiones a su antojo. Si ante sus superiores contaba que había sido distinguido por el Papa Pío IX, en la calle alargaba la historia y se atrevía a asegurar que el Santo Padre lo había convertido en camarero honorario. Pronto, se instaló en una vivienda cercana a la Catedral de Granada cuyo interior decoró con más lujo que el de la Autoridad y con más boato que el que pudiera exhibir una Iglesia. Hizo de su casa un museo de arte que crecía por momentos; las imágenes del Papa eran múltiples y en todas, una firma y una dedicatoria venían a atestiguar la importancia (ficticia, pero aún eso no se descubriría) de su morador.

Los invitados descubrían un día un retrato del Rey Luis II de Baviera y otro, nada menos que del Káiser alemán Guillermo I. Por supuesto, cada uno de los cuadros, con una dedicatoria que reconocía una amistad estrecha con el cura Segura. Ante tanta fastuosidad y repercusión, el mismo Arzobispo no dudó en granjearse su amistad y tenerlo en consideración. El prelado granadino Bienvenido Monzón Martín y Puente, era un devoto sin igual de la Virgen de las Angustias, a la que le faltaban años para ser Patrona aún y lo lograría gracias a su intervención; de modo que con ese arte sibilino para el engaño y la adulación, el cura costeó su novena de septiembre y pagó de su bolsillo los brillantes y caros acompañamientos musicales, los centenares de cirios que habían de prender de su Altar Mayor  y los suculentos adornos florales. A lo largo de los Solemnes Cultos, la Hermandad distinguió al Arzobispo instalando un pabellón regio cubierto por dosel para que siguiera las funciones desde allí,. Y a su lado, por expreso deseo del Arzobispo, se sentaba en igualdad de condiciones el cura Segura. Acababa de escalar a las posiciones sociales más altas que preveía la ciudad.

Caricatura de la política española tras el exilio de Isabel II 

La aristocracia granadina empezó a frecuentar la casa. Pinturas sacras de Alonso Cano convivían con candelabros de plata, mobiliario castellano y tapices y damascos que hacían del lugar un pequeño palacete. Los granadinos no dejaron de especular desde el primer momento el origen de una fortuna como la suya y los rumores empezaron a apuntar que se había hecho con tanto patrimonio invirtiendo en bolsa, otros fantaseaban con su estancia en Roma y sus amistades cardenalicias y papales y al fin, muchos aseguraron que había sido cura de un regimiento liberal encargado del triunfo de la Gloriosa, la Revolución de 1868 que destronó a Isabel II. El haber sido director espiritual de los generales que participaron de “La septembrina”, decían las malas lenguas del momento, le procuró suculentos beneficios.

Proclamación de Guillermo I como Káiser de Alemania, por Anton von Werner. 
EL Cura Segura aseguraba haber estado presente en ceremonias como esta.

Pero, ¿cómo conseguía ese tren de vida fabuloso, ese ajuar doméstico, esa colección de arte envidiada por la Granada más clásica y nobiliaria? Pues mediante la españolísima tradición de la estafa, pero hecha con una artimaña muy nuestra: vendía vanidad. El Cura  prometía a un buen número de incautos un título nobiliario, merced a su amistad con el nuevo Rey Amadeo I de Saboya. El mero hecho de que los vanidosos y ególatras paisanos vieran en su casa las dedicatorias encendidamente cariñosas que reyes de media Europa y el mismo Papa le habían hecho, era garantía suficiente. A algunos les prometía títulos y los menos avaros se conformaban con indulgencias que expiaran sus pecados. Está claro que él mismo expedía estos valiosos documentos.

La Calle Mesones a finales del siglo XIX

Un barbero de la Calle Mesones le pagó 3.000 duros (15.000 pesetas de la época) a cambio del título de general. Un sereno de Güejar Sierra anduvo durante meses con un título en la mano que lo acreditaba como Príncipe de las Alpujarras, por cuyo exótico cargo soltó la friolera de 5.000 duros (25.000 pesetas) y un motrileño que le atendió como asistente personal y secretario, gastó lo que tenía y lo que no para ser revestido como Marqués de la Gorgoracha, por 15.000 pesetas. Y los que no tenían tan fabulosas e impensables cantidades, se conformaban con adquirir medallas militares honoríficas, títulos pontificios menores y rangos que sin ser tan presuntuosos, al menos estaban al alcance de su mano.

Granada en 1885

El sacerdote Segura estaba haciendo una inmensa fortuna, pero su codicia no conocía límites. Y entre su círculo de adeptos y de confidentes, enseñó documentos que desvelaban la existencia de una sociedad secreta y privadísima llamada a cambiar el Mundo. Una especie de entidad exclusiva y excluyente de la que formaban parte el Káiser, el Papa y algunos de los principales personajes de la Europa de 1870. Este club oculto y restringido iba a mover los cimientos sociales, promover un cambio de poderes y renovar la vida ciudadana. Y la grandilocuencia de los discursos y los falsos documentos que exhibía, en una sociedad desinformada y sin las posibilidades del siglo XXI, fueron suficientes para organizar una nueva estafa más suculenta que las anteriores. Los timados, pagaban grandes cantidades de dinero por formar parte de tan selecta entidad. Cuando triunfara la revolución que (ellos así lo creían) encabezaba Pío IX, recibirían títulos, cargos y sobretodo dinero, porque de una u otra manera, habían contribuido a manera de préstamo a hacer posible ese cambio.

El cura exigía amplias cantidades, pero si algún ingenuo no podía pagarlas, él prestaba el dinero. Para ello, le enseñaba la suma y le hacía firmar un documento en el que el engañado se comprometía a devolver la cantidad que le había prestado el cura. Curiosamente, este último paso sí era legal y Segura se encargaba de que un notario validase el acuerdo. Pero el dinero que había visto el pobre ingenuo, era falso, reproducido a manera de litografía sabe Dios por quién. Una maniobra maestra en la que el cura recibía una cantidad, enseñaba otra que tampoco abandonaba sus manos e hipotecaba los ingresos del avaricioso engañado por los restos. 

Pero el presbítero Segura cometió un fallo: un beneficiado del Albaicín, un oscuro y gris sacerdote que no brillaba por su inteligencia, fue su siguiente víctima. Segura le habló del nuevo orden mundial promovido por el Papa y le enseñó algunas de sus falsas credenciales. El lazo estaba echado. Ningún religioso se negaría a formar parte de nada que no contara con la bendición papal y esto, además, era supuestamente idea de Pío IX. El sacerdote víctima, mantuvo uno de los documentos que le enseñaba el timador Segura entre sus manos, y en estas, lo único que no falló fue su conocimiento de latín. El texto estaba plagado de errores gramaticales, de fallos garrafales que rebelaban un desconocimiento impropio de hombre de Iglesia. Aquello escamó de lo lindo al modesto cura albaicinero que puso en conocimiento de la autoridad las artimañas de Segura.

Dos hechos refrendarán su caída. De un lado, el fin de aquella República que duró apenas un año y que diera paso a la restauración de la Casa Borbón en el trono y de otra, la visita del Prelado granadino Monzón y Martín a Roma en 1874.  Allí, por supuesto, nadie conocía al sacerdote, nadie lo había visto jamás y nadie dio por buenas las cartas, privilegios y dedicatorias que la fantasía y el timo de Segura había tejido. El Diario Español, ese mismo año de 1874, daba a conocer la noticia: “Hoy se ha dicho que la  prisión del cura Segura en Granada, es debida a habérsele encontrado algunos documentos y papeles relacionados con la muerte del general Prim”. A los pocos días, el diario granadino El Imparcial, en su edición de 1 de noviembre de 1874, comentaba que “un cura había sido detenido por falsificador y estafador”.

En la calle, la comidilla no era otra. Granada le acababa de poner mote al cura timador, que de repente, era bajo, cejijunto, hosco y de expresión nada despierta. A decir verdad, siempre lo fue, pero su grandeza, encantos y poder habían ocultado todo esto que ahora, servía para que el pueblo granadino lo conociera como “Segurilla”. El periodista del diario el Defensor de Granada Rodolfo Gil fue el que aclaró todo de esta rocambolesca y funesta historia. La prensa nacional había hablado de su presunta relación con el asesinato del general Prim para disuadir a la población de los verdaderos engaños no de un ciudadano corriente, sino de un sacerdote.

A principios de 1875 un juez tenía ya en su poder documentos, presuntos privilegios papales y autorizaciones de monarquías extranjeras para la expedición de títulos y prebendas. Pero lo que más sorprendió fue la incautación de numerosos billetes de todas las cifras. En su casa, El Defensor de Granada llega a decir que Segurilla tenía 10.000 duros en metálico, una fortuna suficiente como para adquirir varias viviendas.

El Periódico La Época anunciaba el 5 de mayo de 1875 de una sorprendente noticia: el cura Segurilla se había escapado de prisión y estaba en paradero desconocido. Las argucias y tretas que lo hicieron ser un estafador de primera, lo dejaron escapar de aquel modesto presidio de la Calle de la Cárcel, frente a la Catedral de Granada. Rodolfo Gil, ya como empleado del Diario de Córdoba, siguió contando noticias de las que podía disponer, como ese periódico de la ciudad de la mezquita recogió el 10 de octubre de  1901.

Hemos cambiado dos veces de centuria y la sociedad española sigue igual. Pero desde 1870, Granada no ha conocido, y espero que no conozca, artimañas como las de Segurilla, el cura que fue capaz de vender principados, marquesados y la gloria eterna a un buen puñado de incautos. Sin lugar a dudas, una historia apasionante y algo surrealista que podía ser perfectamente, llevado al cine. 

jueves, 30 de enero de 2014

110 años de los Hot Dog

El dachshund es el nombre correcto del perro tejón, también conocido como teckel pero popularmente llamado “perro salchicha”, dotado de una peculiar fisonomía e injustamente comparado con una comida rápida que está este año de aniversario. Sí, el perrito caliente cumple 110 años con un nombre que responde a un error de traducción.

El “hot dog" es una de las comidas predilectas de los ciudadanos estadounidenses, popularizado en decenas de películas y llevado a medio mundo bajo distintos nombres, pero con la misma filosofía: una comida suculenta de fácil ingesta y que puede ser consumida en la misma calle facilitando a la pléyade de ciudadanos estresados que continúen llevando su acelerado ritmo de vida.

Pero si todo en la vida tiene un origen y una paternidad, el perrito caliente no iba a ser menos. Su historia es la de un emigrante, como la historia propia del “país de las oportunidades”. Se llamaba Antoine Feuchtagner y había abandonado su Alemania natal, Baviera para más señas, rumbo al gigante americano. Llegaba a los Estados Unidos hacia 1880, estableciéndose en la entonces pujante, quizás una de las más pujantes ciudades: Saint Louis. Fíjense cómo sería de importante esa ciudad que precisamente el mismo añlo que nacieron los perritos calientes, acogía la Exposición Internacional que la convirtió en el referente de Norteamérica por encima de ciudades como Nueva York.

El caso es que este muniqués se dedicó en su ciudad de acogida a trabajar en lo que mejor sabía, recuerdo nostálgico de su patria natal: la comercialización de salchichas, tópico alemán donde los haya. En 1904 Saint Louis, en Missouri, era un hervidero de visitantes foráneos, construcciones sorprendentes y exhibiciones de los avances más punteros de la época. Y con tanto visitante Antoine Feuchtagner se le ocurrió  salir a la calle para que los atareados turistas, ávidos de ver todo lo que la Exposición ofrecía, comieran sin perder un minuto y degustaran las fabulosas salchichas wiener o franckfurt que él comercializaba.

Pero añadió una innovación al negocio que determinaría y serviría para precisar el nacimiento de los perritos calientes. Primero, ofrecía a la clientela unos guantes al fin de que los comensales callejeros pudieran comer la salchicha sin quemarse y sin mancharse. Pero a las pocas semanas se dio cuenta que el coste de los guantes era excesivo y casi devoraba el margen de beneficios, por lo que se empeñó los día siguientes en encontrar una solución que favoreciera la venta de la cárnica bávara, tan atractivo que relanzase el negocio y le dejara beneficios.

La respuesta se le ocurrió a su cuñado, panadero de profesión y que ideó un pan alargado que se ajustara al tamaño de la salchicha con lo que se salvaban los dos escollos fundamentales del negocio: que el cliente no se quemara ni se manchara al ingerir el particular embutido alemán. Acababa de nacer el perrito caliente, aunque todavía no recibiera ese nombre. Para ello, hubo que aguardar unos años. La fiebre de la Exposición de Missouri había pasado y Saint Louis comenzaba una lenta decadencia a favor de otras ciudades. Nueva York acababa de arrancar esa época dorada que todavía mantiene y que la convirtió en lo que es hoy día: la capital del Mundo. Peor una segunda versión desmiente al “salchichero” de Missouri y da una nueva paternidad a la cmida rápida que nos ocupa.

Y esta es la historia de otro alemán, carnicero, inmigrante y de nombre Charles Feltman (desde luego, americanizó su nombre) que con mucha más capacidad y suerte para los negocios, parece ser que en verdad acabó convertido en el padre del perrito caliente. Al parecer, su negocio arrancó en la lejana fecha de 1867. Ayudado por unos carritos, ya vendía perritos por el paseo y aledaños de las playas de Coney Island, la costa de Nueva York. La popularidad fue en aumento y el negocio creció con fuerza. Pero de nuevo aparece la fecha de 1904, asociada a Nathan Handwerker, un polaco que empezó trabajando como repartidor/camarero de Feltman y acabó independizándose y convirtiéndose en su directa competencia.

El empleo que le ofreció Charles Feltman le permitió ahorrar lo suficiente para abrir su propia tienda de perritos calientes, eso sí, al otro lado de la calle. Nathan puso grandes letreros anunciando sus productos, a mitad de precio que los de Feltman. Al poco tiempo, una competencia feroz entre ambos acabó por darle la victoria al polaco, que llegó a formar toda una cadena de establecimientos y una legión de carritos recorriendo las playas de Coney Island. Acababa de nacer Nathan's Famous que acabaría por absorber el negocio del alemán pionero.

Otro alemán, Chris von der Ahe, estuvo detrás de la popularización definitiva del perrito caliente cuando se le ocurrió venderlos durante los partidos de béisbol. Pero lo curioso es que los emigrantes alemanes estuvieron detrás de la adopción de esta comida rápida como el arquetipo y tópico de lo americano. Sólo con decir su nombre, se nos viene a la cabeza la salchicha germana: en efecto, es Oscar Mayer, el primero en hacer que los hogares de América disfrutaran de la salchicha, abriendo su fábrica en Chicago y permitiendo que dos hermanos patenten un negocio que hoy no tiene rival. Se llamaban Dick y  Mac McDonald.

Pero, ¿por qué se les dice perritos calientes, por el teckel o perro tejón? Thomas Aloysius Dorgan (1877-1929) era periodista deportivo y se encargaba  de ilustrar él mismo sus crónicas en el períodico de Nueva York. Durante un partido de los New York Gigants, el vendedor de salchichas vociferaba la mercancía: "Red hot! Get your red-hot dachshund sausage!”. O lo que es lo mismo: "¡Al rojo vivo! ¡Compren su salchicha dachshund al rojo vivo!". Y es que, el término dachshund (en referencia al perro teckel) era un insulto en aquellos años en los que los inmigrantes alemanes se habían convertido en legión. A cualquier cosa con pasado germano se hacía referencia de manera peyorativa con la descalificación dachshund, de manera que el Thomas Dorgan entendió que hacía referencia al perro e incluyó en su crónica una caricatura muy aplaudida.


Los americanos, justo ahora hace 110 años, empezaban a tener sus HOT DOGS, sus perritos calientes; desde luego, mucho más patrióticos que las salchichas alemanas al rojo vivo que el carnicero de Saint Louis, o el de Coney Island, desde la Alemania materna, dejaron como herencia a la cultura de la comida rápida americana. Y el cine, terminó por hacer el resto. 

miércoles, 29 de enero de 2014

La Leyenda Negra española

Si emitir juicios morales sobre hechos históricos ocurridos hace centenares de años ya supone una flagrante deformación de la realidad del pasado y un intento por violar la propia historia, cuando no la pretensión de ciertos sectores por “reescribir” el pasado de la Humanidad, que muchos “personajes” de la España televisiva sigan apostando por creerse el bulo tejido por Inglaterra y países satélites sobre la leyenda negra española resulta cuando menos imposible de entender. Por eso es muy recomendable acercarse a la obra de los hermanos Juan y José María Sánchez Galera, “Vamos a contar mentiras. Un repaso por nuestros complejos históricos”.

Pero el caso es que la mentalidad del pueblo llano sigue creyendo lo que vende, o tal vez vende todo esto gracias a series en donde, imbuida de una comicidad muy discutible, los guionistas de algunas series de éxito españolas se han empeñado en vendernos la imagen de un pueblo genocida y aniquilador como el nuestro en la América colombina. A todo esto, sin que aún logremos entender qué persiguen, muchos miembros de la casta política progresista siguen envenenando a la sociedad con la falacia de la convivencia de culturas en la España medieval, aseveran el idílico universo de paz social de al-Andalus y olvidan a posta hechos que demuestran que aquella España centenaria fue pionera en políticas igualitarias más próximas al pensamiento del siglo XXI que al del siglo XVI.

Dos hechos nos interesan hoy para desenmascarar esa leyenda injusta. La primera, con más de cinco siglos de historia, constituyó nada menos que el primer escrito de Derechos Humanos del Mundo. Se trata de los últimos párrafos del Testamento de la Reina Isabel la Católica, en donde realiza una defensa frontal y decidida a la protección y respeto de los indígenas americanos. La “arquitecto de España” se adelantó la friolera de 289 años a la Declaración de Derechos cuya paternidad seguimos asociando a Francia. Decía la soberana así:

Y no consientan ni den lugar que los indios reciban agravio alguno en sus personas y sus bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien”. Aún con todo, los hay que por un furibundo odio a todo lo que suene a español, mezclando franquismo con Colón y patriotismo con espadas, se creen sin ruborizarse de su falta de conocimiento histórico todo lo que los países enemistados con España han propagado sin base alguna. Mal que les pese a algunos, España no tomó el Nuevo Mundo a base de hierro sino de curas y evangelizadores.

Todo comenzó en 1493, cuando una Bula Papal autorizaba a nuestra Corona a disponer de las nuevas tierras descubiertas siempre y cuando se comprometieran a evangelizar a los indígenas. Alejandro VI formalizaba lo dicho en su bula Inter Caetera: la propiedad de la recién descubierta «terra nullis» (tierra de nadie) era de los Reyes Católicos, a condición de que evangelicen a los nuevos súbditos. Y sin embargo fueron los propios monarcas los que cuestionaron el derecho que tenían de obligar a ese Nuevo Mundo a responder ante la vida como europeos de siempre. Tal es así que Isabel la Católica determinó que seguirían siendo los propietarios de las tierras que les pertenecían con anterioridad a la llegada de los españoles. Luego, en el año 1500, dictó un decreto que prohibió la esclavitud y al fin, crea sin proponérselo la idea de las libertades de los hombres.

Si decisivo fue el papel de Isabel, el de su nieto Carlos, el Emperador, será rotundo. Convocó en 1540 una junta de intelectuales que en aquellos momentos, se daban cita en la prestigiosa Universidad de Salamanca: De allí saldrían leyes de obligado cumplimiento que decían textualmente: “tanto el Rey, como gobernadores y encomenderos, habrán de observar un escrupuloso respeto a la libertad de conciencia de los indios, así como la prohibición expresa de cristianizarlos por la fuerza o en contra de su voluntad”. Además, aquellas Leyes de Indias eran de una modernidad aplastante, prohibiendo injuriar o maltratar a los indios, la obligación de pagarles salarios justos, su derecho al descanso dominical, la jornada laboral máxima de ocho horas y un grupo de normas protectoras de su salud, especialmente de la de mujeres y niños. Resulta casi increíble y afortunadamente pueden consultarse para comprobar su veracidad.

La Real Orden de 1526 impuso en todas las expediciones militares la compañía de sacerdotes; a España seguían llegando noticias de abusos de la población indígena y el fraile evangelizador estaba, sobretodo, para procurar que gobernadores y potentados sin pudor y ávidos de poder, se atrevieran a incumplir los deseos regios de igualdad. Pero lo cierto es que los pueblos anglosajones se entretuvieron en que no aflorasen realidades constatadas y constatables como las que contamos; el mismo pueblo que extermina en la América que está bajo sus dominios a los indígenas. El mismo pueblo, que observa cómo los españoles hacen que nazca una nueva raza, el mestizo. El mismo pueblo que mira hoy día como la mayoría de ciudadanos de los países hispanoamericanos son herederos genéticos de los pueblos anteriores a la llegada del español y sin embargo ellos no pueden sostener lo mismo.

Vergonzosa fotografía de indios americanos encadenados y capturados por estadounidenses.

Theodore de Bry grabó numerosas calumnias y los británicos se encargaron de difundir esos grabados. Luego, el cine hizo el resto. La realidad, aunque algunos se empeñan en verla, es que España creó una sociedad mestiza, mientras que los anglosajones se encargaron de fomentar lo que han venido haciendo hasta no hace tanto: una especie de apartheid que separaba a británicos de indígenas. España creó un Mundo mitad europeo mitad indígena. La corona británica, los colonos puritanos holandeses y otros pueblos europeos no crearon nada nuevo, sino que aniquilaron a los indios a su cultura, impusieron su forma de vida y nunca se movieron en las conquistas y expansiones por los mismos motivos que España: mientras que a esta Nación le impulsaba el interés de la propagación de la fe, a ingleses, franceses y holandeses los motivó el dinero, la prosperidad comercial y el mercantilismo.

Hasta en la fe había diferencias: el catolicismo español dejó claro que los indígenas eran iguales. Lo fijó en forma de ley Isabel la Católica en 1500. Volvió a insistir en ello en 1504 en su testamento, lo que nos deja claro que hasta en sus últimos instantes de vida le preocupaba y mucho la suerte de los pueblos americanos. Y al fin, Bartolomé de las Casas refleja a la perfección el modo y la manera católica de evangelizar. Pero el protestantismo insistía en que los indígenas eran pecadores. Y eso se deduce de los textos propios que han llegado a nuestros días.

Pero si alguna otra prueba hacía falta, nos llega desde el mismo Estados Unidos. Desde hace unas semanas, la población de San Agustín de Florida recoge una exposición que desmonta la falacia de la leyenda negra española en América y que deja claro que la Florida española, a lo largo del siglo XVII, fue la promesa de libertad para los esclavos sometidos en la cruel explotación de los británicos. San Agustín es la ciudad más antigua de los Estados Unidos. Fue fundada por el español en 1565 y por ello, será sede hasta el 15 de julio de una exposición homenaje al pueblo negro en América. Pero es que además en San Agustín estuvo el primer asentamiento de negros libres; y es que, los primeros africanos que llegaron al nuevo continente “no eran esclavos y los primeros esclavos no eran africanos”. Estas palabras las dijo al Diario ABC Dana Ste. Claire, director de la comisión para el 450 Aniversario de San Agustín.

Una historiadora estadounidense, Jane Landers, publicaba un dato demoledor: en 1513 llegaron a América dos africanos libres, bautizados como Juan Garrido y Juan González Ponce de León. Ninguno de los que viajó luego en los barcos expedicionarios de Vázquez de Ayllón (en 1526), de Narváez (en 1528) o con  Cabeza de Vaca eran esclavos. Procedían además del sur de España, conservaban los derechos que las leyes españolas les garantizaban, (personalidad moral y legal y protecciones iguales a los cristianos viejos). Además, los siervos americanos en nada tuvieron que ver con las prácticas esclavas, tal es así que aquellos negros que servían, se les permitía poseer y transferir propiedades y emprender procesos legales y se recogen infinidad de ejemplos de manumisión, es decir, de cartas de libertad.

En San Agustín, los negros estaban en el Ejército de la Corona Española, trabajaban como artesanos y en1693, Carlos II garantizó a todos los esclavos que serían hombres libres si se convertían al catolicismo. A cambio, los liberados prometían derramar hasta la última gota de sangre en defensa de la Corona y de la Fe. Y de golpe y porrazo La Florida Española se convirtió en la tierra prometida, en el paraíso anhelado; no dejó de aumentar el número de negros que escapaban de la esclavitud en las plantaciones británicas hacia Florida hasta el punto que se fundaría Gracia Real de Santa Teresa de Mose, la primera comunidad autogestionada por negros libres y nativos americanos. En el Fuerte Mose, el capitán del Ejército era un negro mandinga de nombre Francisco Menéndez.


Pero la mejor defensa siempre ha sido un buen ataque: Estados Unidos nace de una guerra por cuestiones esclavistas, que nadie lo olvide. Los anglosajones alimentaron esa leyenda negra que a la postre, se desmiente con argumentos basados en la historia. La pena de todo esto es que algunos de nuestros paisanos se atrevan todavía a creer bulos y mentiras a pies juntillas y a incluir en sus histriónicos argumentos, lo que no deja de ser una excusa de odio hacia la historia del primer país del Mundo que se preocupó por cualquier ciudadano más allá del color de su piel. ¡No olvidemos que lo que no consiguió Hitler con los judíos, lo lograron los ciudadanos de cultura anglosajona en el país de las libertades: exterminar a todo un pueblo y a día de hoy, seguir recluyéndolo en “MODERNOS CAMPOS DE EXCLUSIÓN”, LAS RESERVAS INDÍGENAS. 

martes, 28 de enero de 2014

El chotis de Madrid

Huele a guiso castizo; chulapos y majas ponen rumbo a la Pradera de San Isidro. Tarde plomiza de “Austrias y Borbones”. Puertas soberbias que se yerguen hacia Alcalá. A la “señá Cibeles” le salpica el polvo de la historia y se desborda el genio por aquel Prado que fue agustino. De “allí al cielo”, porque en verdad es el sitio donde cualquier hispanohablante se siente en casa, convertido el arenal del Manzanares en “el rompeolas de las Españas”. Madrid, algo más que la capital, algo más que el corazón flameante de la historia de un Reino. Y de todos estos tópicos, una música inalterable que es sinónimo de los “gatos” de bien de la Villa y Corte: el chotis. ¡Pues no!

"La pradera de San Isidro". Francisco de Goya, 1788. 

Madrid se dibuja en el imaginario colectivo pintada por Goya, con tardes de Ventas y Verbenas de la Paloma. Y si Buenos Aires suena a tango y Viena a vals, el Madrid de todos nos suena a chotis. Siempre hemos creído que ni el cocido es tan madrileño como ese baile agarrado y estilizado, reflejo de chulapos románticos y mira por donde resulta que ni el baile ni la palabra nacieron en “el rompeolas de las Españas” ni siquiera en nuestra Patria.

El Chotis es escocés, pero el padre es bohemio, no como sinónimo de artista libre y errante, sino de la región checa de Bohemia, cuya capital es Praga. Pero fueron los campesinos escoceses los que recibieron la cultura folclórica, la perfeccionaron y abrillantaron y se la dejaron a media Europa en prenda. Se enmarcaba dentro de las contradanzas, lo que Estados Unidos ha popularizado como el “country”. Por alguna razón Francia la introdujo en aquella corte versallesca del siglo XVIII y como para su interpretación no podía faltar la gaita le pusieron como nombre “schottisch”, de donde deriva el que Madrid hizo suyo.  

"El chotis" de Beethoven. ¿Se lo imaginan de "chulapo"?

Antes de escucharse en nuestra Nación, Beethoven, Schubert o Chopin se habían atrevido a componer alguna pieza a la escocesa, siendo los verdaderos responsables de un nombre que por su pronunciación alemana, en España nos sonaba a Schottish. En el idioma de Goethe, la palabra significa "escocés" pero el idioma de Cervantes tiró de fonética y lo bautizó como chotis. La primera vez que se escuchaba en suelo español fue el 3 de noviembre de 1850, en el Salón de Bailes del soberbio Palacio Real de Madrid, escogido por la jovencísima Reina Isabel II para abrir el baile, sorprendiendo a los asistentes que esperaban una polka y no esa novedosa música. El diario La España, se hacía eco de la revolución folclórica diciendo textualmente:

La Reina Isabel II por Madrazo (1850)

Anteanoche, como habíamos anunciado se verificó el segundo baile en Palacio. SS. MM. Se presentaron en los salones a las diez y media. La Reina llevaba un vestido de crespón blanco con blonda y prendidos de flores; en la cabeza tenía un sencillo adorno que hacía realzar su gracia y hermosura. El medio luto que guarda la corte había sin duda obligado a S. M. a presentarse con tan elegante sencillez. S. M. La Reina Madre llevaba un vestido de raso negro también con prendidos de flores: S. A. R. el infante don Francisco de Paula vestía de frac con las banda de Carlos III. S. A. la infanta doña Amalia iba vestida de blanco. S. M. la Reina rompió el baile con el embajador inglés. Después bailó con algunos extranjeros y personas distinguidas del país. Ejecutó con mucha gracia el baile nuevo de Schotichs, y otro elegantísimo, La Varsoviana, llevando por pareja al hijo del señor conde de Casa-Valencia”.

El Salón de Columnas del Palacio Real fue habilitado para los bailes "schottish". 

Otras revistas y publicaciones se fueron haciendo eco de la noticia y en menos de un mes no quedaba un rincón madrileño que no hablara de un baile y música tan agradable y elegante para fiestas regias. Y lo que se pone de moda, no es fácil que se olvide. Ediciones de “El Clamor Público” o “La Perla madrileña” no cesaron durante los meses de noviembre y diciembre de ese 1850 de mencionar el Schotisch bailado en Palacio. Poco a poco el pueblo llano quería hacerse con ese baile de moda y las verbenas de los barrios contaban con grupos y orquestas que en su programa, ofrecían rigodones, canciones andaluzas y contradanzas al estilo de los nuevos schottisch. La fama fue tal que la Isabel II mandó habilitar en Palacio una sala oportuna para bailar e interpretar esta pieza de moda hasta que al fin, parimos el primer CHOTIS.

Porque ya se había españolizado, pasado bajo el crisol de nuestra tradición y compuesto a nuestras formas. Así nació el primer chotis, que ya no era schottisch: "El grillo". Y al fin, en 1890, un italiano residente en España bajo el amparo del popular músico Tomás Bretón, introdujo el castizo, el madrileño, el rotundamente particular organillo. Ese día, en torno a 1890, cuando Luis Apruzzese fabrica en el madrileño barrio de la Latina, en su taller de la Costanilla el organillo hispano y madrileño, el chotis dejó de ser medio austriaco, medio bohemio, medio escocés y medio alemán para ser tan gato como la Virgen de la Paloma, tan de la Villa y Corte como la fiesta de San Isidro y tan banda sonora de esa ciudad que es para cualquier español como una segunda casa, que nadie hubiera dicho, que el Chotis no nació en la Cava Baja.

Que como dijera Pedro Calderón de la Barca, “Yo salí de Granada, y vine a ver, la gran villa de Madrid, esta nueva Babilonia, donde verás confundir en variedades y lenguas el ingenio más sutil”. A lo mejor valen más las palabras de Ramón Gómez de la Serna: “Madrid es tener un gabán que abriga mucho y con el que se puede ir tranquilo hasta a los entierros con relente. Madrid es no admitir lo gótico. Madrid es la improvisación y la tenacidad. Madrid es quedarse alegre sin dinero y no saber cómo se pudo comprar lo que se tiene en casa.” Pero le cojo prestado a Sabina un poco de su arte; al fin y al cabo, al hablar de chotis, PONGAMOS QUE HABLO DE MADRID.


P.D. Para una madrileña de Almería, ¿o era almeriense de Madrid? 

lunes, 27 de enero de 2014

El torero Picasso

Encarna la figura del artista contradictorio, irreverente y provocador. Está considerado uno de los creadores más influyentes y reconocidos de la Historia del Arte y un progresista contumaz e incontestable. Y precisamente alguien sin discusión como intelectual, de una cultura imposible de poner en entredicho y con una capacidad y sagacidad artística que ha sido elevada a la categoría de icónica por los más contemporáneos ciudadanos alineados en la ideología progresista, se atrevía a definirse en 1973 de esta manera: “el toro soy yo”. Bonita declaración de intereses y disparo a bocajarro contra los anti taurinos sin razón.

Su última etapa es una especie de copia, de mímesis y reproducción de la vida de Goya: afincado definitivamente en Francia en donde como el grandioso padre de la modernidad (me refiero a Goya) termina muriendo, el tema recurrente y último de su arte es uno de los inmortales para cualquier artista español. Sí, lo han adivinado: la Tauromaquia. Goya se exilió por Fernando VII; Picasso por el General Franco. Hasta en esto compartían un mismo historial y de las muchas coincidencias, el amor al mundo del toro y de la fiesta taurina es algo evidente. Pero si Goya hizo el álbum más meritorio hasta entonces visto del toro y lo torero, la realidad es que Picasso sintió tanta predilección, que más que una pasión, convirtió el tema del toro en un delirio y un arrebato, aunque en el fondo lo que hacía al representar una y mil veces la mítica y pasional figura del toro, era establecer aquel vínculo con la España añorada y suya como de tantos otros.

"El zurdo". Picasso, 1899. 

Acudía de chico a la plaza de la mano de un tío suyo. Lo único que el familiar le pedía es que comulgaran antes de encaramarse al tendido. El Picasso maduro, orgullosamente ateo, reconocía que “20 veces hubiera comulgado por tal de ir a los toros”. Se repetía de niño que lo que verdaderamente quería ser de mayor, era picador. Tal vez por eso, su primera obra documentada es el retrato de un picador. Repite cuando hace su primer aguafuerte, ya en Barcelona: “El Zurdo”. Para más coincidencias (o no), la primera venta que hace en su vida artística son tres escenas taurinas, en París.

"Tauromaquia". Picasso, 1957.

El Picasso reconocido internacionalmente acude a los toros en Céret, Arles, Nimes o Barcelona. El día que cumple 80 años, su amigo Luis Miguel Dominguín le hace un regalo especial: una corrida en el coso de Vallauris en donde torea el propio Dominguín y el maestro Domingo Ortega. El Guernica tiene un toro; las figuraciones para “El sombrero de tres picos” se llena de astados; luego hace el álbum de ilustraciones “Tauromaquia de Pepe-Hillo”, cuela minotauros y toros en su “Metamorfosis de Ovidio, menciona la fecha de corridas y a las que va a asistir en su diario personal, dedica al toro piezas cerámicas, esculturas metálicas, obras mixtas y dibujos...  

Se atreve con controversia y ánimo de polemizar a concluir en 1959, 20 dibujos con el tema central del Cristo de Torrijos en donde Jesús desclavado de la Cruz, hace quites con un capote sacándose de la chistera el Cristo más torero de la historia del arte. Interpreta los clásicos como “El rapto de Europa” que hiciera Tiziano en 1560 convirtiéndolo en un diestro vencido por el toro, que está claro que en su lienzo no es el dios Zeus. Pinta mujeres toreras a las que le presta la cara su propia esposa y convierte en un festejo taurino el cuadro “Caza de hipopótamos y cocodrilos” que Rubens había firmado en 1615.

Diseño de Picasso para Luis Miguel Dominguín en su reaparición de 1971.

Cada vez que acudía a la plaza, seguía un estricto protocolo casi esotérico. Comía paella y bebía vino español, pero peleón, recio, nada de alguno de los fabulosos caldos hispanos. El vino de Valdepeñas le calentaba las tripas para regalarle a un picador con poca fortuna un castoreño pintado por él mismo. Con la montera, el picador comió de lo lindo durante un buen tiempo. Para cuando Luis Miguel Dominguín anunció su regreso a los ruedos, Picasso le había diseñado un traje de luces y un par de capotes. El pacto entre el torero y el pintor fue que el artista regresara a España y cuando acababa la faena, se bebían la noche soñando con una plaza de toros diseñada por Picasso que los dos anhelaban ver en la Casa de Campo de Madrid.

"Torero en Aviñón". Picasso, 1973.

El artista malagueño nunca más piso España. No por la dictadura en sí, sino por el qué dirían sus camaradas comunistas de Francia. Al fin, un autorretrato suyo, no es otra cosa que el ancestral minotauro de la cultura cretense, con el que Picasso dejó claro que este país no es solo piel de toro... Tal vez también sus hijos, aunque muchos aborrezcan lo que los más grandes intelectuales aplaudieron. El caso es que no se puede admirar a un progresista y provocador obviando que, sin el mundo del toro, tal vez nunca hubiera sido Picasso.


Así que sirva de aviso para navegantes.