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viernes, 4 de julio de 2014

Los gitanos de Granada

En 1950 el alcalde Gallego Burín acometía un particular censo de viviendas que arrojaba una cifra muy particular: contaba Granada con 3.682 cuevas especialmente concentradas en torno al que era ya Barrio del Sacromonte. No es de extrañar por tanto que aquella zona fuera conocida como la “Montaña de los gitanos”, que hasta los desastres de lluvias y escorrentías de 1962, conformó el particular hábitat del pueblo calé y el principal atractivo de los viajeros románticos decimonónicos, que atendían por igual a la fastuosidad de los Palacios Nazaríes como al tipismo y singularidad de aquel pueblo dentro de Granada sin más ley que la milenaria cultura gitana.

Como un apéndice de la leyenda negra con la que a propósito, se ha querido empañar a las figuras capitales de la historia de España o bien a la nación entera, queda en el sustrato colectivo la idea que los Reyes Católicos dispusieron las medidas más represivas contra el pueblo gitano, cuando realmente éste viene a producirse 250 años después y en la figura de Fernando VI. La verdad de todo esto es que Isabel y Fernando ordenaron el censo, control y filiación del pueblo “egiptano”, que llevaba en España alrededor de medio siglo sin haberse asentado en ninguna población, sin hablar la lengua, profesar la fe o adaptarse a la ley de Castilla.

Ya es difícil que comprendamos la mentalidad del siglo XV desde nuestro actual siglo XXI (de ahí la ligereza de juicios y opiniones acerca de hechos históricos que ocurrieron hace siglos) pero a nadie se le escapa, que a día de hoy, una comunidad de personas, miles, que no quisieran vivir ni respetar las leyes de algún país (pongamos Alemania, Estados Unidos o la misma España), sería desde luego objeto de juicio y se le aplicarían las leyes tipificadas al respecto. Ahora, volvamos a 1499, cuando los Reyes Católicos saben de miles de “egiptanos” que pululan por la Península sin oficio, sin pagar impuestos y sin obedecer las leyes. Así pues, la leyenda negra sobre la persecución de Isabel y de Fernando a los gitanos, tal vez no sea tanta.

En efecto, en la ciudad de Granada, hace ahora 515 años, se firma el decreto por el que “ordenan que se fijen en las ciudades y abandonen su vida nómada, tomando un oficio. Si no obedecían lo ordenado para lo que disponían de un plazo de 60 días, se mandaba cortarles las orejas o encarcelar a los reincidentes”. Veamos desde otra perspectiva la norma que se expidió en Granada, entonces capital administrativa de España: no se les expulsa como sí se hizo 7 años antes con los judíos, se les manda que tengan un trabajo y sobretodo, vivan de acuerdo a las normas del país que los ha acogido. Y lo mejor es que de esa normativa regia, no se pudo aplicar nada. Tendría que llegar Carlos I, 25 años después, para de nuevo volver a enfrentarse a este asunto.

Pareciera que el pueblo gitano en efecto fue dejado en paz durante el reinado de los Reyes Católicos, no como el morisco o el judío. Seguían teniendo una consideración distinta, especial, más aceptable y mejor vista que al de otros pueblos y culturas que habitaban la España de finales del siglo XV y nos puede parecer extraño y sobretodo, raro, que hace 515 años terminaran mejor tratados a efectos jurídicos, que tres y cuatro siglos después, incluso con más tranquilidad que en el siglo XX, cuando se les aplicaba las leyes de vagos y maleantes.

La explicación puede residir en una inmensa gratitud, una deuda de honor del mismísimo Rey Fernando el Católico. En 1447 Castilla tiene ya gitanos en la afueras de sus villas y permiso para residir en las afueras de los pueblos de manos del rey Juan II, el padre de la Reina Isabel la Católica. De alguna manera, algunos de estos gitanos marcharon al reino de Granada, con el que no toman contacto. La población musulmana no llegó jamás a aceptar a los descendientes de aquellos primeros “condes de Egipto menor” y cuando la Guerra de Granada estalla, lo que menos tiene en mente un pueblo dividido en una guerra civil por su emir (partidarios de Boabdil, de su padre Muley Hacén, de su tío el Zagal, lucha entre las facciones de zegríes y abencerrajes...) es acoger con los brazos abiertos al pueblo gitano. Seamos más concretos: ¿cuántos gitanos viven en países islámicos actuales? Ya está todo dicho.

Pero precisamente por ese clima de lucha intestina, los nazaríes ni siquiera caen en que un pueblo nómada se está asentando en las afueras de la ciudad de Granada, al calor de las más recientes y nuevas murallas que fueron terminadas de construir a principios del siglo XV, la cerca de don Gonzalo. En los cerros extramuros que se dirigían al nacimiento del Río Darro, los primeros gitanos comienzan a horadar sin permisos ni reclamaciones, las montañas. Allí, seguro que al observar cuevas prehistóricas, encuentran su primer hogar en Granada y comienzan una paulatina, lenta y firme extensión de toda una red de excavaciones que llegaría a su cénit a mediados del siglo XX, cuando ya han llegado a excavar cerros y montes por encima de las 3.000 cuevas.

Desde el Real de Santa Fe, se dirige la operación de acoso y atosigamiento del reino nazarí. La ciudad caería más tarde o más temprano, a pesar de ser la mejor defendida que han visto nunca los sitiadores (algunos llegados desde Inglaterra, Suiza o Alemania) y que disponen de más de 40 aljibes capaces de garantizar el suministro de agua del pueblo granadino. Pero todo no es eterno, piensa el Rey Fernando. Además, cuentan con un arma potentísima que está a la vanguardia del momento, que con paciencia y tino puede ir destruyendo poco a poco las múltiples y férreas murallas granadinas, las enormes y fieras lombardas que Francisco Ramírez, el maestro mayor de artillería del Ejército Cristiano, es capaz de usar. La batería de cañones está dispuesta para arrojar proyectiles capaces de acertar en las almenas granadinas. Pero los asesores del jefe de la artillería cristiana no habían caído en que el abastecimiento no iba a ser fácil y que la logística se les iba a complicar. No había proyectiles suficientes para las 200 lombardas y se tiró de imaginación: bolas de mármol, piedras...

Hasta que las continuas escaramuzas y algaradas que protagonizaban los soldados de los Reyes Católicos, se chocan un buen día con el pueblo gitano. La primera sorpresa hubo de ser magna: de manera apacible y como si no fuera con ellos, los gitanos siguen con su vida cotidiana a una legua de las murallas de la capital. La infantería castellana estaba convencida que aquellos eran soldados nazaríes camuflados. Pero pronto descubren que no hay armas entre ellos, sí muchos niños y ancianos y que les trae sin igual aquella guerra de reconquista llamada a cambiar la historia de la Humanidad. Aunque la mayor sorpresa estaba por llegar: muchos de aquellos hombres que vivían en el interior del monte en cuevas, trabajan el hierro con pequeñas fraguas portátiles que alimentan mediante fuelles hechos con la piel de las cabras que crían.

Enterado de ello el Real Campamento de Santa Fe, los Reyes Católicos mandan a Francisco Ramírez y a Gonzalo Fernández de Córdova a parlamentar con el líder de aquella particular y genuina población. La escena hubo de ser singular, en tanto los héroes militares de la naciente España, se hacían entender con un patriarca gitano que estaba al margen de toda guerra y toda disputa. Pero el acuerdo sí que llegó y fue aceptado por ambas partes: los cristianos pagarían en moneda de Castilla y si fuera menester, alguna pieza de metal precioso a los gitanos, si estos les fabricaban proyectiles de hierro en sus particulares fraguas para poder usarlos contra las murallas y defensas de Granada.


Y así fue como en 1491, los gitanos, sin saberlo, se convirtieron en protagonistas de un hecho histórico fundamental, siendo la primera y principal fábrica de artillería y colaboradores primordiales de la Conquista de Granada y con ella, de la creación de España. A lo mejor por eso, como deuda de gratitud y de honor, a pesar de que se empeñen de manera torticera algunos, los Reyes Católicos molestaron lo justo a los gitanos, quizás ni eso. A lo mejor, por eso, en Granada los gitanos han sido dueños y señores de su barrio, de su arrabal, de su ciudad dentro de la ciudad que es el Sacromonte, prácticamente el mismo sitio al que llegaron en los últimos años de dominio musulmán y desde donde contribuyeron a cambiar la historia. 

Tal vez por eso, desde siempre, Granada le haya tenido un cariño especial a los héroes anónimos de la Reconquista. 

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