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sábado, 12 de julio de 2014

La Playa del Ruso

Albuñol es una suerte de frontera que marca el final de Granada y anuncia el comienzo de Almería. Una localidad montañosa que extiende sus dominios hasta el mar y se vanagloria de haber dado a la política, la abogacía y la escritura, a su más preclaro hijo, Natalio Rivas (1865-1958), Ministro, Académico y ensayista. Es ciudad aunque su escueta población lo pudiera desmentir porque era propiedad de la Reina Juana que así quiso distinguirla en 1505. En su término se han encontrado restos arqueológicos milenarios y tiene en La Rábita su playa, su costa y su salida al mar. Y una cala pintoresca y única que conocían por la “Playilla” y que a día de hoy, todos llaman como la del Ruso.

Corría 1921. No quedaba muy lejos los ecos de la I Guerra Mundial, Europa se componía de los desastres bélicos, argumentaba su nuevo mapa y el Gobierno español establecía el seguro obrero obligatorio para todos los trabajadores. También en 1921 venían al mundo Luis García Berlanga o Fernando Fernán Gómez, moría el gran tenor Carusso y mientras, Federico García Lorca publicaba “Libro de poemas” y Miguel de Unamuno “La tía Tula”. La Academia sueca le daba el Nobel de Física a Albert Einstein y en los cines alemanes, se acogía el estreno de Nosferatu, genialidad del cineasta Murnau.

Pero en la costa de Albuñol, en una cala escondida que los lugareños llamaban “La Playilla” por su escueta extensión (300 metros de largo y menos de 10 de anchura), decidía vivir retirado del mundanal ruido Basilio Lukianov. Pescadores y labradores se encontraron un buen día, con todo un teniente del Ejército Ruso, que había sido músico militar al servicio de la poderosa maquinaria zarista y que tras la revolución de 1917 y haber vivido en primera persona y como testigo los desmanes del tirano y asesino Lenin, decidió un bien día  huir de aquella URSSy su comunismo. Cómo llegó hasta la costa granadina sigue siendo un secreto, pero que  en 1921, se instaló en esta playa, es todo cierto.

Basilio era un hombre rudo acostumbrado a la instrucción militar y quién sabe si no sufriría en primera persona los castigos siberianos tan comunes en el Ejército Rojo. Aquello lo convirtió en un hombre de recursos. Aprovechando un fresco manantial de agua y una cueva, decidió que aquella pequeña cala usada como refugio de unas pocas barcas y alejada de todo contacto con la humanidad, sería su casa. Y así fue como una mañana de verano de 1921, aquel soldado ruso fuerte, apuesto, culto y bohemio, se convirtió en el morador y habitante de la Playilla. Lo que ningún vecino intuyó es que durante 44 años, se quedaría a vivir al abrigo de la montaña y con el Mediterráneo como ventana.

Dicen los lugareños que ayudaba a los pescadores a tirar de la tralla, cultivaba la tierra y gracias a él, se pudo acceder a la playa desde arriba, construyendo un acceso que es el que hoy día sigue usándose para acceder desde la carretera a este pequeño y particular paraíso de la costa granadina. Allí construyó una fuente canalizando aguas de lluvia y burló los acantilados y se sirvió de las cuevas naturales para vivir. Los vecinos le llamaban el ruso y aquella, obviamente, era su playa.

Basilio murió lejos del frío de su patria y de la barbarie del comunismo de la URSS. Eso quería. Lo hizo en 1965 y casi 40 años después, los rabiteños le siguen llevando flores a su sencilla tumba. Él bautizó la playa que es hoy una de las pocas naturistas de la provincia y del sureste español y fue el mejor exponente de la historia del siglo XX europeo: la de las guerras, el odio, la sinrazón y la muerte. La de la política que asesinaba y la del hambre en la Tundra, Siberia o la Alemania de un criminal que asoló el Mundo. Porque mientras Basilio llegaba a la que ya sería su playa, subía al poder del Partido Nazi, un tal Hitler.

Es una de esas historias sin trascendencia pero que merece la pena contar. Y explica el por qué de un nombre, o mejor, esconde la verdad de un hombre que fue de todo menos un peón de la muerte. Nunca más tocó la música con la que se ganaba la vida en el Ejército Ruso. Pero para qué, si ya la tocaba por él el Mediterráneo. Así que este verano, si os pegáis una escapada, un lugar recomendable. Y no os preocupéis si olvidáis el bañador, allí no hace falta.


Eso sí, si vais al cementerio de La Rábita, qué menos que un par de flores silvestres para nuestro Basilio, un hombre de paz en un tiempo de guerra. 

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