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lunes, 28 de julio de 2014

I Guerra Mundial

Desgraciadamente no es pasado, no es historia, no sirvió más que para dibujar un nuevo concepto del Mundo y actuar como escenario de pruebas para la consecución de los adelantos mortíferos más sorprendentes. Provocó 60 millones de muertos, enfrentó a 70 millones de soldados y trazó una nueva Europa. Un mes antes (lo contamos aquítuvo su detonante. Las causas fueron múltiples aunque fáciles de resumir: el nacionalismo, el imperialismo, las pretensiones de control del territorio y el odio histórico entre países europeos. Las consecuencias mucho más difíciles de asimilar: cada día morían 6.100 soldados, casi el 13 % de los hombres que entraron en combate, murieron. Desaparecieron cuatro imperios, se borró de la faz de la tierra a tres dinastías reales, nacieron nuevos países, se puso en marcha la más implacable tecnología de la muerte, usándose por vez primera un arma química capaz de acabar con la vida y asestó un golpe brutal sobre Alemania, que a consecuencia de lo sucedido en la I Guerra Mundial, desarrolló la ideología nazi que condujo a la II Guerra  Mundial.

Aquel conflicto que duró 4 años, 4 meses y 15 días cambió el curso del Mundo. Acabó con la economía europea para las dos siguientes décadas, arruinó a las potencias que hasta entonces dominaban económicamente el Mundo, con un retroceso del 32 % para Gran Bretaña perdió, un 30 % en el caso de Francia y una Alemania que quedó a merced de los castigos internacionales. Esto supuso que Estados Unidos se convirtiera inefablemente en la cabeza del mundo. Demográficamente hablando sesgó los pueblos; más de 60 millones de muertes hablan por sí solos, pero a esto se le sumaría un descenso de la natalidad nunca antes visto, un envejecimiento poblacional irremisible y la aparición de 8 millones de heridos, la mayoría discapacitados de por vida, otro buen número, considerados simple despojo a su regreso de la Guerra.

Social y culturalmente hablando dibujó un nuevo mapa de las colonizaciones, del Imperialismo, que lejos de retroceder al haber sido uno de los causantes de este conflicto, aumentó su poder de expansión. Ahora, las potencias colonizadoras no se contentarán con la explotación de las riquezas de los países tomados, sino que harán ímprobos esfuerzos para imponer una identidad, una mentalidad y por encima de todo, una lengua, hasta entonces ajena a los pueblos sometidos. El fabuloso crecimiento del inglés y el francés tras la I Guerra Mundial es ejemplo de lo que decimos.

Muchos se seguirán preguntando cómo un asesinato cometido por un nacionalista serbio un mes antes pudo ser detonante del que se considera el 5º conflicto más letal de la Historia de la Humanidad y ateniéndonos a lo que produjo fuera del campo de batalla, el 3º. Aquello que contamos en esta Alacena el 28 de junio fue la mecha tras la que corría un reguero de pólvora alimentado por las rivalidades políticas y económicas que los países imperialistas mantenían: Alemania, Austria, Rusia y los otomanos, los cuatro imperios, provocaron que Francia se defendiera, que Inglaterra buscara el mantenimiento de su estatus y por tanto entrara en Guerra y las demencias de la Alemania del II Imperio, cuando atacó Estados Unidos (que veía la guerra como una cuestión europea que le era ajena), metió al gigante americano que terminó por arrastrar al resto de países hasta en número de 32.  

Seis días después de la movilización de tropas del Imperio Austro-Húngaro, el ministro británico de asuntos exteriores Edward Grey pronunció la más famosa frase que resume toda la demencia bélica de hace un siglo: “En toda Europa se apagan ahora las luces: puede suceder que jamás volvamos a verlas encendidas”. En efecto, a manera de profecía cumplida, aquella Guerra que estaba empezando significó la muerte de la vieja Europa, el final de un modo y manera de concebir el Mundo. Fue la muerte de la monarquía absoluta, el fin de una concepción geográfica del Continente y en vez de convertirse en la última guerra global que zanjara una disputa centenaria, dio origen a nuevos enfrentamientos, a nuevas y más poderosas maneras de asesinar a los pueblos. Aquella era la Gran Guerra, quizás con la esperanza de que hubiese sido eso, no la I Guerra Mundial.

Eduardo Dato, político conservador, se opuso a que España entrara en Guerra

La neutralidad española sigue siendo fascinante a día de hoy. Por un lado, muchos pensamos que esa postura no bélica explica cómo España, desde hacía al menos un siglo, estaba ajena a la inmundicia que era habitual en los países europeos. Por otro, tal y como dijo el Presidente del Gobierno del momento, Eduardo Dato, España carecía de motivos y de recursos para entrar en el conflicto. El Rey Alfonso XIII también estuvo de acuerdo, pero en el fondo de su corazón le hubiera gustado entrar en guerra y seguir presuponiendo a España una nación poderosa. Dicho de otra forma, afortunadamente España llevaba mucho tiempo sin intervenir en los asuntos más espinosos de la política internacional, pero no entró en guerra porque además, no tenía recursos.

El Conde de Romanones, político liberal, fue un firme defensor de la entrada de España en Guerra

El Diario Universal, publica un artículo que parece, escribió de manera anónima el Conde de Romanones, bajo el hiriente título de “Neutralidades que matan” y que venía a decir: “Es necesario que tengamos el valor de hacer saber a Inglaterra y a Francia que con ellas estamos, que consideramos su triunfo como el nuestro y su vencimiento como propio”. Lo curioso es que lo escribía un político liberal, mientras que el que ponía más empeños para entrar en guerra era un político conservador. Y es que hace un siglo, sin escrúpulo alguno, la guerra un negocio para el que poco importaba si la cifra total de muertos alcanzaba los 60 millones de ciudadanos del Mundo.


La realidad es que España era una Estado de segundo rango, sin la potencia  económica y militar y que supo trabajar diplomáticamente como para que ninguno de los países beligerantes protestara por nuestra neutralidad. Algunos, definieron nuestra postura como “una  declaración de impotencia” que desde luego es lo que vino a decir la carta del Presidente del Gobierno al Rey, muy clara y rotunda: “Con sólo intentarla [la guerra] arruinaríamos a la Nación, encenderíamos la guerra civil y pondríamos en evidencia nuestra falta de recursos y de fuerzas para toda la campaña. Si la de Marruecos está representando un gran esfuerzo y no logra llegar al alma del pueblo, ¿cómo íbamos a emprender otra de mayores riesgos y de gastos iniciales para nosotros fabulosos?”.

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