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jueves, 10 de julio de 2014

El Padre Manjón

Sucedió hace hoy 91 años. Aquella burra simpática y conocida por todos los niños del Albaicín y el Sacromonte, no pasearía más las calles de una Granada de 1923 que se despertaba huérfana de una de sus más importantes figuras. Un día, uno de los suyos, uno de aquellos labradores sin futuro que se aferró a la esperanza de don Andrés le preguntó por qué no un macho, más fuerte y recio que su burrita apacible. Y el viejo sacerdote le contestó: “Hijo, para que no digan que por ahí va el burro de don Andrés”...

Había rechazado ser Abad del Sacromonte, Decano de la Facultad de Derecho, Auditor del Tribunal de la Rota, incluso Obispo... A don Andrés sólo le importó su Albaicín, su Camino del Monte y los suyos, los más desfavorecidos. Fue un adelantado a su tiempo, precursor de la italiana María Mantenssori, del alemán Kerchennsteiner , el verdadero artífice de un tipo de enseñanza supuso innovadora, pedagógica, cercana, amable y rupturista. Quizás pudo haber fundado una Orden de Enseñanza Religiosa como Maristas, como Salesianos, como tantas otras de envidiables resultados a día de hoy, pero prefirió una escuela con profesores libres, todo lo contrario al perfil del rígido educador de la época y preocupado realmente de lo importante: acercar la cultura a todos por igual.

Cuando vino a Granada lo hizo revestido de la autoridad que le confería ser Doctor y Catedrático en Derecho, canónigo desde el 15 de agosto de 1886, del Sacromonte. Acababa de firmarse una historia de amor que cambiaría el modo de enseñar, educar y transformar la sociedad. Tres años después, nacía la primera institución moderna de enseñanza de Europa, antes que la intelectualidad centroeuropea o las ideas renovadoras de la Francia a la cabeza de los impulsos educativos, pusieran sobre la mesa cualquier cambio en el modo de enseñar y de cultivar la juventud. Fue en 1889 cuando aprovechó el dinero que le llegaba de una de las muchas concesiones ganadas (en este caso, la Gran Cruz de Alfonso XII) para rodearse de niños pobres y darles una escuela modelo en los Cármenes del Ave María. Entonces nadie sabía, que acababa de nacer el proyecto más descomunal, moderno y fiable que la enseñanza española y con ella la europea, había visto. El gran reto del padre don Andrés Manjón, estaba en marcha.

Su principal desvelo fue la educación sobre todos de los hijos de las clases más desfavorecidas. En Granada instauraba la Casa Madre de la que dependieron y así siguen, 400 escuelas más repartidas por toda España, que pronto se convirtieron en un revulsivo y por qué no, en objeto de las críticas de los que vieron un cambio descomunal en la manera de impartir conocimientos:  los métodos empleados fueron de la más moderna pedagogía, buscó siempre que los niños aprendieran por medio de juegos y organizó las clases según edades y aptitudes, de forma que por vez primera, nacían los Jardines de Infancia,  párvulos , las academias y talleres de formación profesional e introducía el novísimo concepto de educar para la vida y para un trabajo al alumno. En Granada llegó a tener hasta 1.500 alumnos repartidos en “el Rosario en las Vistillas”, las dos escuelas del Triunfo, la de niñas en Quinta Alegre, a los que se sumaban los internados con becas. 110 profesores atendieron aquel complejo social basado en una enseñanza eminentemente popular, completa y gratuita.

A principios del siglo XX EL Ave María era visitada por profesores, técnicos y pensionados extranjeros que llegaban a aquella Granada de hace 110 años con el objeto de conocer esa revolución educativa que había creado el Padre Manjón resumiendo su obra en una frase lapidaria: “Educar es completar hombres o hacerles cabales”. Sostenía las mismas de su propio bolsillo y no paraba de recorrer calles, despachos y casas nobles de dónde sacaba la financiación que necesitaba.  Sus frases se convirtieron en algo tan innovador que espantó a la Iglesia del momento y a los poderes de la época. Sostenía sin pudor que el hogar “era el primer elemento educador”.

El primer pedagogo educativo de la España contemporánea, era a su vez un hombre sencillo, llano y de una ironía desternillante. En la Granada de principios del siglo XX, era Arzobispo José Meseguer y Costa (lo fue de 1905 a 1920). Las Escuelas del Ave María tenían ya fama internacional y la máxima autoridad eclesiástica se sintió obligado a conocer de primera mano aquel inmenso proyecto social, cultural y caritativo de don Andrés. Lo llamó a Palacio para anunciarle que quería conocer las escuelas, pero preguntándole: “¿correré peligro al ir a aquellos barrios”? Tuvo que divertirle aquello al Padre Manjón y decidió acompañarlo. EL Arzobispo se encaramó a un caballo, delante, la burrita blanca y don Andrés, figuras inseparables e inolvidables del Albaicín de la época. El Arzobispo no daba crédito de la cantidad de vecinos, pobres y olvidados, que paraban a don Andrés, que lo saludaban con cariño, que simplemente a su paso, se quitaban la gorra y le decían “Ave María purísima”. En estas, oyó a un gitano que se le acercaba y tras saludarlo, le decía: “¡Qué mala compañía se ha echado usted, don Andrés!”. Aquel, era ya el apóstol de los pobres, el único capaz de darles esperanza a los más desfavorecidos.

Luego, dejaba atónitos a paisanos y visitantes extranjeros con una suerte de sentencias como éstas:
“Las ideas paren virtudes”.
“El crimen es hijo de la ignorancia”.
“Donde se abre una escuela se cierra un presidio”.
“Hagamos hombres ilustrados y tendremos hombres honrados”.
“Dejemos en amplia libertad a maestros y alumnos, que la libertad es el progreso”.
“Sin libertad no hay dignidad”.
“Lo que importa es instruir, y el que más instruye más sana”.
“En alumbrando la cabeza, el corazón puede dejarse a sus anchas”.
“Humanidad ilustrada, humanidad redimida”.
“Cuanto más perfecto es el individuo, mejor será la sociedad; cuanto más perfecta sea la sociedad, mejor será el individuo”.

Moría tal día como hoy, hace 91 años, a sus 77 de vida. Dejaba un legado impresionante: 400 escuelas en 36 provincias españolas e incluso en territorio americano, un corpus completo de cómo educar a los jóvenes, una renovación de la enseñanza, al primera vez en la historia española que alguien se preocupaba realmente por la cultura para todos y un corpus de obras de in intelectual, sin embargo, pobre, sencillo y querido por todos. Moría conmocionando a la ciudad, una de las figuras más sobresalientes de toda la Historia Educativa española, que había recibido decenas de premios y reconocimientos, nombrado Hijo Predilecto y Adoptivo de Burgos, su provincia, de Granada... y que sin embargo usó todo eso para los intereses de sus Escuelas. Moría, alguien que se adelantó decenas de años a Fernando de los Ríos y a la Institución Libre de Enseñanza. Moría, el verdadero educador del futuro, del presente, en Europa.

En la Capilla de la Casa Madre de las Escuelas, una lápida sin más inscripciones que una A y una M. Todo lo demás sobra. Don Andrés no ha muerto mientras su inmenso legado sigue vivo, en forma de cartas, libros, ensayos y sobre todo, gracias a sus escuelas, verdadero revulsivo de la España de hace 100 años. Y es que aún resuenan por las calles de Granada, sus frases antológicas e indiscutibles, tanto como aquella sencilla burra en la que se movía uno de los más cultos personajes de la Iglesia del momento, verdadero padre de los pobres de Granada y verdadero patrón de la enseñanza moderna:



Contra la ignorancia, la enseñanza.
Contra la pobreza, el socorro.
 Contra la corrupción, la educación moral.

Contra el escándalo público, la influencia social.