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sábado, 26 de julio de 2014

El Incendio de las Angustias

Como de costumbre, después de las Ánimas, la Iglesia iba cerrar las puertas. Serían por tanto las nueve y media de la noche y el sacristán Manuel García, se dirigía hacia el Camarín para apagar las velas que por delante del arco acristalado por el que asomaba la efigie de la única GRANADINA, permanecían encendidas. Pero cuando el celoso sacristán entró al Camarín, una extraña luz lo sorprendió proveniente del techo. ¡Había fuego! Los gritos no se hicieron esperar y el primero en llegar al lugar donde Manuel García era ya presa del miedo, fue el campanero, Tomás Gutiérrez. Mientras al bueno del sacristán se lo llevaban del lugar, paralizado por el miedo, el campanero se arriesgaba a localizar el lugar desde el que los cables de la luz eléctrica estaban provocando un cortocircuito que ya prendía en la bóveda del camarín.

Las vigas comenzaban a afectarse. Viendo el párroco, los asistentes, los pocos hermanos que estaban aún dentro de la Basílica que no podían hacerse con el incendio, corrió Tomás Gutiérrez en dirección al cercano Parque de Bomberos al tiempo que el primero de los sacristanes, que estaba cenando ya con su familia en las dependencias anexas a la Basílica, se presentó de inmediato y ayudado por un hermano horquillero movilizaron un cordón de auxilio que capitaneaba Abelardo Lafuente. De repente, dentro de la Basílica estaba hasta el mismísimo Gobernador Civil, el Alcalde y media Granada que había acudido ante el estruendo y la luz del fuego que se reflejaba ya en las aguas del río.

No se lo pensó dos veces. Se llamaba Segundo Martín. La cristalería del camarín había estallado ya. Dos lámparas, del presbiterio y de la bóveda del crucero se habían precipitado al suelo. El fuego devoraba los mármoles de la “habitación de la Virgen” y el humo era ya intenso dentro de la Basílica. Así que el modesto industrial Segundo Martín, junto a doce más, muchos de ellos simples estudiantes de una juventud insultante, subieron los peldaños inundados en humo que dan al Camarín y en medio de un fuego espeluznante, sacaron de allí a la Señora de las Angustias. Y no se puede explicar cómo, justo cuando la depositaron en los primeros escalones del presbiterio, algunos con quemaduras en sus manos, el Camarín se vino abajo. Acaso, 15 segundos después de que ELLA fuera salvada.

A hombros de casi una veintena de granadinos que se apiñaban bajo su manto, intacto, bajo su portentosa figura, salía por la puerta de la Basílica. El incendio se seguía cobrando lugares y estancias. Los cristales o lucernario de la linterna de la bóveda, rotos, dejaban escapar llamas al cielo. Desde cualquier lugar de Granada era visible que en el interior de la Basílica se estaba viviendo una tragedia sin precedentes. Pero a Granada lo único que le importaba salvar, ya lo estaba, saliendo por la puerta de aquella Iglesia que estaba siendo devorada por las llamas mientras los bomberos se afanaban en que no resultara dañado el patrimonio histórico. Diez minutos delante de la puerta, en medio de la Carrera, de su Carrera, para que al fin, la Hermandad decidiera trasladarla a la Catedral.

Fue la procesión más encendida que se recuerda. En 20 minutos estaba ante la Catedral, a hombros del Conde de Guadiana y de los hombres de la Vega, del Conde de Agrela y de los limpiabotas del Embovedado. Motetes y música de capilla se fueron sumando a aquel cortejo caóticamente ordenado que pocas veces antes y después contó con tantos fieles y devotos. Lo único que Granada parecía pensar es que su bien más preciado estaba ya a salvo. No habían pasado ni tres años de su Coronación y ese día estaría para siempre escrito en la memoria de los granadinos.


El Defensor de Granada, 27 de julio de 1916

Mientras que la Virgen llegaba a las once menos cuarto a la Catedral, el incendio estaba de todo menos controlado. Por la madrugada, el fuego se había propagado, pero afortunadamente la cúpula ejercía de chimenea. A las ocho de la mañana, los bomberos desde dos tejados vecinos, intentaban colar el chorro de agua hacia el interior. Lo peor había pasado, habida cuenta que a las cinco de la mañana, el incendio en la zona del crucero se había controlado ya que el miedo era que la gigante cúpula se viniera abajo y produjera una desgracia ya que una decena de bomberos estaban en el interior de la Iglesia sofocando los pequeños rescoldos que aún eran visibles.

El defensor de Granada. 28 de julio de 1916

La bóveda, nadie lo cree, resiste. Cuando a las siete de la mañana se iba a dejar por perdida y ya estaba en el lugar el Ejército para ir sacando cuadros, imágenes, retablos y ornamentos, a la fabulosa fábrica de la cúpula del crucero lo único que le pasa es que pierde el pararrayos que una década antes se la había instalado y se quema la viguería de madera externa. Pero la piedra ha conseguido que el fuego no se propague a las naves. A las 9 de la mañana se entra en el interior y se contabiliza lo perdido. Habrá que restaurar frescos y cuadros del antecamarín, pero no han resultado dañados... Habrá que enmendarse en ciertas partes, pero se ha salvado todo el ajuar de la Virgen, el apostolado soberbio, los objetos de platería. E incluso el Santísimo fue rescatado a pico porque ya no se abría el sagrario por la dilatación del metal ante las temperaturas.

El Defensor de Granada, 30 de marzo de 1917: 
La Consagración de la Basílica 

Modesto Cendoya como arquitecto jefe municipal y el ingeniero municipal Montes Garzón no salen de su asombro; mientras los hermanos de la Patronal sacan muebles para que no se dañen de la Sacristía, encharcada preocupantemente, o el agua de la extinción del incendio siguen saliendo a borbotones por la puerta de la Basílica, nada ha sufrido en demasía. Miles de vecinos de los pueblos de la vega, al ver desde sus casas el incendio, pululan de mañana, por los alrededores. Aquel espectáculo tuvo que ser digno de ver. Pero el patrimonio y sobre todo, la Virgen, se han salvado. Y un héroe ya en Granada es un artista de circo, el protagonista de un número ecuestre que fue de los primeros en lanzarse al salvamento de la Virgen, Ranulfo Frediani, que fue recompensando con monedas de plata que los granadinos le iban dando en mano, agradecidos sobremanera por salvar a su mejor ciudadana.

El Defensor de Granada, 31 de marzo de 1917. 
Procesión triunfal de regreso.

El 29 de marzo de 1917 se volvía a consagrar el templo y se inauguraba la placa de Pablo Loyzaga en recuerdo de la Coronación. Al día siguiente, regresaba la Virgen tras 246 días en la Catedral. Era un 30 de marzo y desde las 16:30 de la tarde, aquel fue el regreso más emocionante y sentido que jamás antes ni siquiera al día de hoy, haya vivido la que nos asustó para recordarnos, que las Angustias las lleva ELLA la primera.


Hace 98 años de un incendio que pudo ser una ruina histórica, patrimonial y sobre todo sentimental para Granada y los pueblos de su alrededor. Pero, como casi todo lo que rodea a esta misteriosa Imagen, la ciudad se había acostumbrado al milagro, uno tras otro, de los que ya no nos sorprende.