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miércoles, 23 de julio de 2014

El embovedado del Darro

Por desgracia o suerte la población granadina es ajena desde hace mucho al debate, tal vez por la distancia cronológica que la separa. No es de extrañar, habida cuenta que la obra urbanística más importante que para bien o mal ha trasformado Granada para siempre, se comenzó justo ahora hace 160 años y se concluyó en la también redonda fecha de hace 130 años. Pero lo cierto es que la cubrición del Río Darro a su paso por la ciudad fue la operación quirúrgica que más ha transformado la ciudad de cuantas con anterioridad se hubieran acometido y cuantas después de 1884 se han llevado a cabo.

En su momento la polémica estuvo servida. Cincuenta años después, cualesquiera de las voces autorizadas sobre patrimonio, historia o urbanismo, granadinas o foráneas, trataron el asunto. Casi todas señalaron con vehemencia aquel proceso de embovedado como la más trágica decisión de la política local. Fue desde luego, lo que ha venido a denominarse el fin de la Granada Antigua, en todos sus sentidos. Cuando desde el Puente de la Corona a la confluencia con el Río Genil, el viejo Dauro de los poemas quede oculto, Granada será definitivamente, un poco menos Granada.

En 1842 comenzaba una nueva era política local. El nuevo equipo de Gobierno lanza un proyecto aberrante que consiste en la creación de brigadas de albañiles destinadas a eliminar jabalcones y guardapolvos de todo el casco histórico, primitivos ejemplos constructivos y decorativos que llevaban siglos en pie. De hecho, toda la ciudad musulmana hasta esa fecha seguía en pie. La reconquista cristiana y el dominio castellano durante 350 años fueron enormemente, celosamente respetuosos con la trama urbana y la influencia decorativa nazarí. De hecho, tanto los edificios musulmanes como las técnicas constructivas nazaríes seguían vivas ya que la arquitectura popular, la más refinada e incluso la eclesiástica, habían hecho uso de ella, demostrando un respeto y un aprecio sin igual por la herencia musulmana de Granada.

Pero llega el gobierno liberal moderado de 1842 y decide emplearse a fondo en el cambio drástico de la ciudad. Las medidas tomadas fueron la de regularizar las fachadas, ensanchar las calles, trazar la ciudad de manera reticular y encargar a una Comisión de Ornato formada por funcionarios públicos, lo que desde luego descarta cualquier independencia en la emisión de sus juicios, qué y qué no debe respetarse. Así las cosas, en apenas dos décadas el Ayuntamiento granadino ponía definitivamente fin a la ciudad medieval, a la arquitectura vernácula propia y personal y a dos tipos concretos de ciudad que habían despertado la admiración de todos: la medina nazarí y la ciudad de Dios, aquella Christianopolis que quisieron dejar en pie los Reyes Católicos.

Pero la medida estrella de la época será cubrir el Darro a fin de facilitar el tráfico rodado y acabar con los problemas de salubridad e higiene que éste tenía, al recoger las aguas fecales de las viviendas. El caso es que aquí se hace bueno el dicho “cualquier tiempo pasado fue mejor”, porque el Darro había sido el lugar al que confluyeron los desagües y la red de alcantarillado que tuvo la ciudad desde su época musulmana, y desde luego nunca fue objeto de tanta acumulación de inmundicia ni dio tantos problemas de olores y hasta riesgos de contagios. La explicación es sencilla: los musulmanes sabían cómo limpiarlo y mantenerlo en perfecto estado, sirviéndose de lo que hoy es el Puente de las Chirimías, a las espaldas de la Iglesia de San Pedro. Ellos lo llamaban el Puente de las Compuertas. Lo que hacían era estancar el agua de forma que cuando ésta alcanzaba niveles próximos al desbordamiento, la liberaban de golpe y de manera natural, el cauce quedaba limpio y saludablemente oloroso.

El Darro se había desbordado en época musulmana. Lo cuentan las crónicas nazaríes y nos hablan de paradas militares en tiempos de Muley Hacén arruinadas por culpa de la cantidad de agua que bajaba por su cauce. Pero jamás antes había dado tantos problemas como dio en época cristiana. Posiblemente porque los nazaríes jamás permitieron que las construcciones se amontonaran sobre el Darro, en algunos tramos incluso formando racimos de casas colgadas sobre el cauce, peligrosamente cerca. El embovedado en primer lugar, acababa con toda esta trama urbana, abría una calle nueva adaptada a la modernidad pero sobretodo, creaba una plusvalía en el suelo, hacía atractivo el colosal proyecto ya que esos solares que generarían las obras de embovedado, se venderían a precio de oro en la más aberrante especulación urbanística antes vista en Granada, para una determinada clase social. En efecto, detrás de la cubrición y camuflaje del Darro se escondían razones poderosas para justificar la obra. ¡Nada nuevo bajo el sol!

La operación comenzó en 1844. Se trataba de efectuar sobre los 1.920 metros que recorre el Darro por Granada, una obra de ocultamiento, una bóveda bajo la que seguiría pasando el cauce del Río permitiendo un nuevo trazado urbano. Al final, los munícipes liberales se contentaron con actuar sobre 1.267 metros, los que van desde la Iglesia de Santa Ana hasta la desembocadura del Darro en el Río Genil. Por tanto, quedaron al descubierto, los 653 metros que van desde el Puente del Aljibillo a la Iglesia de Santa Ana. La obra no sólo costó en urbanismo, sino también en patrimonio. A lo largo de estos casi dos kilómetros, la ciudad se había pertrechado de 14 puentes, 9 de ellos ejecutados  durante la época musulmana y otros 5 ya en tiempos cristianos.  De estos 14, el Darro hoy día sólo es atravesado por cinco.

Cambió la fisonomía de la ciudad. Para siempre. No creemos desde luego que para mejor, ya que a juicio de ilustres visitantes, la Carrera del Darro es hoy día la “calle más bonita del Mundo”: Así se han expresado poetas e intelectuales que han visitado Granada en el último siglo y sin ganas de polemizar, desde luego es la calle más atractiva y que más sorpresas y admiraciones levanta en cuántos nos visitan. Luego si por espacio de 653 metros, Granada es inmortalizada en una calle que no es otra cosa que la ribera de un río... ¿qué podría ser conservando los otros 1.267 metros que se cubrieron? En efecto, no hace falta responder.

Hace 160 años se empezaron las obras de embovedado. Hace 130 años, se concluyeron. No hay razón histórica para rescatar la polémica, pero sí para contar los motivos (especulativos) que empujaron esta faraónica propuesta y para lamentarnos por lo perdido. Al menos, para que modificaciones de la identidad, la personalidad, la historia y el aspecto de toda una ciudad y con ella de sus gentes, no vuelva a hacerse. Se perdió la oportunidad de trazar ese “barrio burgués y cosmopolita” a la manera de media Europa que es el eje Gran Vía-Reyes Católicos en otra zona de la ciudad, consiguiendo con ello el aporte de la arquitectura historicista que ganamos con estas calles de novísima apertura, pero manteniendo la trama urbana que hoy día tendría más de un milenio de historia. Conservar y sumar, debería haber sido el eslogan del momento.


No lo fue. 130 años después, lo lamentamos... 

1 comentario:

Saturnino José dijo...

Y a día de hoy sigue sin contar ese lema. Viendo pinturas, grabados y fotos no cabe duda de la belleza que podría tener hoy el lugar (quiero decir, más de la que ya tiene)