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martes, 29 de julio de 2014

El arte pacificador

Recreación de la Granada nazarita y los entornos de la Puerta de Elvira

La religión siempre ha sido la primera cuestión en discordia para los pueblos y el argumento más esgrimido para las guerras. Es lo primero igualmente que siempre han intentado implantar los vencedores y lo último a lo que se han aferrado los vencidos. La Granada de 1492 era una de las ciudades más pobladas de todo el continente europeo y se nos antoja muy difícil que se acostara la noche del 2 de enero musulmana y se levantara el día 3 cristianizada. El proceso de cambio de mentalidad, especialmente religiosa, habría de ser largo y costoso, tanto como lo fue para los cristianos granadinos perseguidos durante la dominación musulmana (no se salva ninguno).

Recreación de la Granada nazarita, en torno al Corral del Carbón. 

Pero hay muchas formas de seducir, convencer y convertir al vencido. La más empleada a lo largo de la historia, la fuerza, la violencia, la intimidación y al fin, LA MUERTE. Da sus frutos, que la historia no duda en recordárnoslo. Pero se trata de frutos podridos, conversiones falsas, mechas encendidas para futuras revueltas y enfrentamientos innecesarios que a la larga se pagan. En Granada lo sabemos muy bien, porque el Cardenal Cisneros, con toda su larga espada teñida de sangre, fracasó. Como sabemos muy bien que la mejor de las armas la izó el bueno de Fray Hernando de Talavera, primer Arzobispo del Reino recién conquistado. Tanto es así, que los musulmanes lo llamaban “el buen alfaquí”, considerándolo uno más de ellos, un cristiano del que Alá se podía sentir orgulloso.


Dice el refranero español que “la violencia engendra violencia”... puede que sea una frase de herencia romana, aunque es la mejor expresión al respecto. El gran Isaac Asimov sentenció que “la violencia es el último recurso del incompetente” y el legendario Martin Luther King repetía una y otra vez que “La violencia crea más problemas sociales que los que resuelve [...]  “A través de la violencia puedes matar al que odias, pero no puedes matar el odio”. Todo lo cual nos sirve para entender que mal iba a resultar la convivencia en aquella ciudad de finales del siglo XV si al pueblo musulmán se le quería imponer a la fuerza el catolicismo.

Decoración de la Alhambra, la arquitectura que habla

Pero como tantas y tantas veces en la historia, ahí estaba el arte para salir al rescate en las situaciones más comprometidas. A partes iguales, la  necesidad de materiales para las nuevas construcciones de una ciudad que en aquellos años era la capital del naciente Estado Español y le urgía convertirse en la gran urbe que resumiera el nuevo concepto de patria que forjaron los Reyes Católicos junto a la obligación de no despertar recelos innecesarios en el pueblo vencido y conquistado, que recordamos, era casi la totalidad de los habitantes de aquella Granada, empujaron a un uso, a una práctica, que hoy resulta simplemente emocionante y despierta el interés de cuantos nos visitan y se acercan a los monumentos. Porque en efecto, el poder del arte en esta ciudad, es que, al igual que la Alhambra, es una arquitectura parlante, comunicativa, expresiva y cargada de símbolos. Vayamos al principio:

El Cementerio real o Rawda de la Alhambra

Los cementerios musulmanes se situaban siempre a las afueras, tras las murallas y recintos defensivos. En Granada hubo hasta siete, que excluyendo al Cementerio Real o Rawda de la Alhambra, fueron de una aplastante sencillez. Junto a las puertas de la ciudad, los visitantes a la Granada capital del Reino Nazarí primero tenían que atravesar “la ciudad de los muertos” para ingresar a la sugerente capital del Occidente musulmán. Recibían el nombre de maqbara y el más importante fue el de Bab Ilbira, o sea, el de la Puerta de Elvira, aunque hubo un cementerio destinado únicamente para extranjeros, el del Albaicín o el de los santones y eremitas que se contaron por cientos a lo largo de los casi ochos siglos de historia de al-Andalus en los suelos granadinos.

Las tumbas más notables se distinguían porque sobre ellas, lucía una estela de piedra, de mármol o de ladrillo, dependiendo de la singularidad y estatus del difunto, con inscripciones coránicas y palabras alusivas a la fe islámica que recorrían los bordes de la tumba. Estas estelas decoradas mayoritariamente con las técnicas de azo, de nido de abeja o gracias a la elegante letra cúfica de sus mensajes epigráficos, eran conocidas como qâbriya.

Los Reyes Católicos, del granadino Pedro de Mena

Cuando el 20 de septiembre de 1500 se clausuraron los cementerios islámicos en Granada mediante una Real Cédula expedida por los Reyes Católicos, las maqbaras granadinas se destinaron a espacios de uso público. La palabra maqbara se castellanizó bajo la forma «macáber» y el nombre de aquellas curiosas lápidas musulmanas, a oídos de los cristianos, sonaba parecido a cabrilla. Así las cosas, de la unión del término cementerio y de estela funeraria (maqbara y qâbriya) nació el de macabrilla.

EL Monasterio de San Jerónimo, origen de todo

En un primer momento, aquellas piedras labradas, aquellos ladrillos decorados fueron a ojos de los cristianos, materiales perfectamente reutilizables, ya labrados, armoniosos, muy necesarios ante la ausencia de otros y sobre todo, muy baratos. Y primero fueron los monjes jerónimos, que un 14 de abril de 1500, recibían mediante Cédula Regia, la facultad de usar aquellas macabrillas del Cementerio de la Puerta de Elvira para la obra de su Monasterio. Y he aquí que encontramos la segunda motivación para su uso en nuevas obras.

Fray Hernando de Talavera, primer Arzobispo de Granada

Fray Hernando de Talavera sustituía en el “gobierno interino” de la Archidiócesis al Cardenal Cisneros, que no dudó en el empleo de la fuerza para imponer la fe de los vencedores a los vencidos. Era un fraile jerónimo, sencillo y erudito, y dotado de una sensibilidad que le valió el sobrenombre del buen alfaquí. Del buen amigo de los musulmanes. Adoctrinó con el cariño, no con la espada. Sus métodos serían muy lentos, pero muy óptimos. Se le acabó la paciencia a la Corona y recomendó nuevas prácticas. Pero hasta tanto, aplicó todos los métodos sensibles, humanos y simbólicos que supo idear. Y uno de ellos, cuando el arte salió al rescate de un problema religioso que ya había provocado varias sublevaciones, todas en el Albaicín, fue el empleo de las macabrillas para los muros de Iglesias, pero contado al pueblo musulmán de una manera elegante y sentimental.

Macabrilla de la Torre del Cubo de la Alhambra

Las Iglesias granadinas se levantaron sobre las que poco antes habían sido mezquitas (lo mismo que hicieron los musulmanes, levantando sus mezquitas sobre basílicas visigodas y así hasta la noche de los tiempos). Es decir, el pueblo ignorante concede a los lugares y sitios propiedades mágicas, muy en relación con el esoterismo. Cuando el primer Arzobispo empujaba las construcciones de aquellas primitivas Iglesias con tanto sabor y aspecto de mezquita, solía sentenciarle al pueblo musulmán  que las lápidas de sus antepasados estarían en lugar sagrado. Por partida doble: sagrado para los católicos pero también para ellos, pues poco antes el lugar era su lugar de oración. Así que los habitantes de la Xarea, vieron cómo las lápidas de los suyos, muchas de ellas con la inscripción en árabe de “salvación”, se colocaban en nuevas Iglesias y otras, cantando a Alá y ensalzando el nombre del dios musulmán, acababan en los muros de Conventos y Monasterios.

Macabrillas en la Iglesia de San Cristóbal

Aquella fue una operación arquitectónica mucho más singular que el simple aprovechamiento de materiales para la reposición, rehabilitación o nueva obra. Aquello fue una sugestiva forma de pacificar un problema que había creado la espada y usar el arte para lo que siempre ha servido: expresar. Imagino la cara de aquellos conversos a la fuerza, los moriscos, cuando rodearan las Iglesias granadinas para leer en los muros cómo las piedras centenarias seguían recordando su fe, su cultura y a sus ancestros: Quizás así, era más fácil aparentar la nueva creencia que habían asumido, sí o sí.

Macabrillas granadinas

A día de hoy, Granada sigue exhibiendo para quién quiera verlo, esta práctica tan particular en los siguientes lugares:

Arranque de la Torre del Cubo de La Alhambra.
Muros del Convento de Carmelitas Descalzas (Calle de Rodrigo del Campo).
Muro exterior del lado de la Epístola de la Iglesia de San Cristóbal.
Muro interno perimetral de la Puerta de la Justicia.

Base de la Torre del Cabo de Carrera.

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