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miércoles, 28 de mayo de 2014

Un verano real

Por alguna razón el lluvioso e inestable (atmosféricamente hablando) norte de España, fue durante décadas, el destino turístico por excelencia de los veranos. Ni las Islas, Canarias o Baleares, ni el sur de la península y su segura solana ni la poderosa Barcelona que era ya en el siglo XIX la gran ciudad que es hoy. La aristocracia y alta burguesía patria, escogieron el norte de las borrascas para los meses de más calor y lo hicieron porque la habilidad de los empresarios cántabros y vascos, se antepusieron al clima incontestable de otras zonas españolas.

En 1913 y hasta la proclamación ilegítima de la II República, la Casa Real escogió Santander para veranear, porque por suscripción popular, especialmente del pueblo santanderino, se le regaló a la familia real el elegantísimo Palacio de la Magdalena, del que José Hierro, Unamuno o Gerardo Diego nos han dejado encendidos poemas. Es un edificio imponente, historicista y suntuoso que atrajo la atención de toda la sociedad bien de España, de la clase política que rondó siempre a la corona, la prensa rosa, tan timorata entonces pero y existente y de infinidad de curiosos. Sí, Santander fue la corte y si me apuran, capital de España, los veranos de 1912 a 1930 inclusive.

Antes, el turno fue para San Sebastián. Ya había sido la escogida por Isabel II para veranear, porque veranear no es pasar el verano, sino huir de él. Y en busca de tranquilidad se retiró más de un año la Reina Isabel. Pero si hay alguien que popularizó a la capital donostiarra y puso de moda La Bella Easo fue María Cristina, la madre de Alfonso XIII, la reina regente durante la minoría de edad de su hijo. En 1893, un arquitecto inglés entregaba a la Casa Real el palacio de Miramar sobre la Playa de la Concha.

Estamos en 1894 y ni que decir tiene que se consideraba de mal gusto bañarse en público; más aún, ser visto en bañador, dentro de la rigidez católica de la España decimonónica podía entenderse como un desacato a las normas de la Iglesia. Al contrario que en los balnearios, los "baños de ola" no eran aprobados tan a la ligera. Los hombres se vestían con un amplio, excesivamente amplio bañador que llegaba a la rodilla y la mujer con casi un vestido hasta los tobillos. Pero entonces María Cristina, para colmo nada menos que austríaca y severa como ella sola, se planteó para qué habría comprado el Palacio de Miramar de San Sebastián si iba a ser objeto de las miradas de los curiosos, de la reprobación de la sociedad bien y de las recomendaciones del Gobierno. Y surgió la idea para que desde el siguiente verano, el del año 1894, ella y su real hijo, se bañaran con la discreción, intimidad y recato que merecían.

De manera que realmente, San Sebastián disfrutará de la capitalidad de España en el verano ya que hasta la aparición de La Magdalena santanderina, la capital guipuzcoana será la verdadera sede del verano real y por decisión propia de la monarquía y no porque le regalaran el Palacio, como sí hizo Santander en una hábil maniobra “interesada”. Pero eso no nos interesa, sino el gran invento que en 1894, segundo año del Real Veraneo, se puso de moda en España. Un invento destinado a preservar de mirones los baños de la Reina Regente y del futuro Alfonso XIII. Un invento que más de un famoso, estaría dispuesto a usar hoy día.

Y como pueden ver en la imagen de arriba, nació un sistema, un artilugio destinado a guardar la intimidad de la familia real y a permitir que se pudieran bañar a salvo de miradas curiosas. Porque si en verano uno no puede refrescarse en las aguas del mar, entonces, no hay verano posible, pensaron.

Y de golpe y porrazo, un año después de la llegada veraniega de los Borbones  a San Sebastián, se hizo todo un palacio de madera que se desplazaba sobre dos raíles que partían la playa por la mitad. 

Gracias a la fuerza de un motor de vapor, el dispositivo trasladaba a la reina regente, al futuro monarca Alfonso XIII y al resto de la Familia Real desde la arena hasta el mar, donde podían bañarse a salvo de las miradas. 

La idea fascinó a la ciudad y especialmente a la retahíla de serviles cortesanos que quisieron imitar a sus reyes y construirse sus propias casetas, más modestas que el suntuoso palacio-bañera, pero que al igual que este, avanzaban y retrocedían.

En pocos años San Sebastián se llenó con hasta 242 casetas de baño repartidas por toda la Playa de la Concha. Desde 1894 a 1911, las casetas acompañaron la “singular bañera palaciega de Alfonso XIII. Y ese mismo 1911 el palacio flotante fue jubilado, porque se construiría un edificio de piedra a pie de playa. 

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