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lunes, 26 de mayo de 2014

Realejo, madre de Granada

La historia del pueblo hebrero y la Península Ibérica es milenaria y no siempre grata. No podemos asegurar que los primeros judíos llegaran de la mano de los fenicios a las costas mediterráneas y atlánticas del sur de la Península, no podemos constatar que la destrucción del Templo del año 587 antes de Cristo supusiera el primer éxodo judío y muchos recabaran en el sur europeo y ni podemos precisar si durante la Antigüedad ya se habían asentado con seguridad en aquellas ciudades iberas, pero sí que sabemos por restos arqueológicos del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, el Museo sefardí de Toledo o los restos de una sinagoga del siglo IV encontrados en Elche que al comienzo de nuestra era, los judíos son ciudadanos hispanos como los que más.

Sefardíes en al-Andalus

Sin embargo, tampoco cabe duda que el documento más importante son las  actas del Concilio de Elvira, que vienen a ser la mejor prueba de la importancia que había adquirido la comunidad hebrea, de su número y de lo que preocupaba a la autoridad eclesial cristiana la actitud que había de tomarse ante los hebreos. Son, sin duda, la primera forma impresa de represión judía por parte de la religión cristiana, pero con anterioridad los romanos ya habían legislado en contra del pueblo de Israel. En aquel Concilio de Granada,  se prohibieron los matrimonios mixtos y se llegó a exigir que judíos y cristianos no se sentaran en una misma mesa.

Sefardíes de Magreb. José Cruz Herrera. 

El pueblo judío había soportado con estoicismo expulsiones de los reyes godos por no convertirse al cristianismo y sufrido la reclusión en Toledo; así, no extraña que la invasión musulmana del año 711 fuera aplaudida por los hebreos, que creyeron, estos nuevos dominadores y su fe distinta, sería más permisiva con ellos. En efecto, el dominio musulmán es en sus comienzos, una edad de oro del judaísmo español, gracias a la permisividad de las autoridades musulmanas. En el mismo siglo VIII nacen las juderías de Lucena, Córdoba, Valencia, Toledo, Sevilla... Pero hay una anterior a la llegada de los musulmanes, casi una ciudad autónoma que tiene hasta su propio arrabal y que es más antigua que las de nueva fundación.

"El vendedor de tapices". Mariano Fortuny, 1870.

No tardarán los musulmanes en hacer lo mismo que los romanos, los visigodos y los cristianos. La primera norma es que las sinagogas no destaquen sobre las mezquitas. La siguiente, ordenar dónde y de qué manera se debía levantar el templo de los judíos. Luego, las normas musulmanas exigirán que los judíos se vistan de forma especial para ser fácilmente distinguidos; desde Córdoba, las leyes son cada vez más opresivas, restrictivas, más duras. A este punto, superan si acaso la locura anterior y se dicta que los judíos no puedan desempeñar cargos públicos, que reciten sus oraciones en voz baja y al fin, los omeyas aún dependientes de Damasco, prohíben a pueblo hebreo cabalgar a caballo.

"La expulsión de los moriscos". Gabriel Puig, 1894. 

Cuando Abderramán III proclame la independencia y designe oficialmente el Califato de Córdoba, la situación para los judíos comienza a cambiar. Pero sólo en aquellas ciudades capaces de acoger con los brazos abiertos a la ciencia y la cultura, luego en la corte de Medina Azahara y en los gobiernos de las ciudades más importantes de al-Andalus. Es el tiempo de los médicos, astrónomos, contables y comerciantes. judíos, de la renovación intelectual de los sefardíes, que entre los siglos X y XII escribirán las páginas más gloriosas de la cultura sefardí, dando nombres propios a la demuestran filosofía, la  poesí o la medicina, valiendo el nombre, por encima de todos, del cordobés Maimónides.


El mito de la convivencia de las tres culturas, desmontado. 

El protagonismo de los hebreos era indiscutible; antes de que se descomponga el Califato y se haga pedazos en decenas de reinos, los judíos gozan de un gran protagonismo en la vida social de al-Ándalus, ocupan elevados puestos en la administración y su impecable y magnífica formación cultural los convierte en embajadores de los reinos de Taifas musulmanes, por su dominio de idiomas y su erudición. Y es entonces cuando, recién iniciado el siglo XI, con Córdoba debatiéndose en armas, con una guerra civil en al-Andalus y con el fortalecimiento de una tribu regia en el sureste de la Península, llegamos a Granada. Porque en este momento, los Ziríes se están haciendo con el control de Elvira. 

                                                                      Autor: Pedro Hurtado
                                                 “Historia Ilustrada de Granada y la Alhambra“

Los cronistas y geógrafos cordobeses, mandaban a la capital del Califato todo tipo de informaciones y noticias acerca de las posesiones de los Omeyas a lo largo y ancho de al-Andalus. Uno de ellos fue al-Razi (865-928), quizás el más prolífico y la mejor fuente para saber cómo era la Península Ibérica en el siglo IX y X y en efecto, en una de sus obras cita una ciudad que está al lado, casi pegada a la de Elvira. El la llamó Garnata al-Yahud, ''la Granada de los judíos''. Otros polígrafos decían que Garnata o Agranata, era “nombre extraño a la lengua árabe", y al fin Ibn al- Jatib (1313-1373), nos da todos los datos suficientes para reconstruir cómo era Granada, en su genialísima obra Ihata:
El Darro fue la frontera entre Elvira y Granada.
Autor: Pedro Hurtado 
    “Historia Ilustrada de Granada y la Alhambra“

Los judíos habían levantado un asentamiento llamado Garnatat, que habitaban próximo a las orillas del Darro, en la colina del Mauror, coronada por las Torres Bermejas, que facilitó la conquista musulmana del lugar”. Elvira ocupaba el Albaicín y la Alcazaba. Frente por frente, la colina de la Sabika o de la Alhambra, servía de frontera, que como si fuera una valla alargada, continuaba por el curso del río Darro. Allí se situaba Gharnatat, ocupando la colina enfrente de la Alcazaba, por lo que eran dos ciudades distintas: la que se fundó 700 años antes de Cristo en el actual ALBAICÍN por los iberos, ocuparon romanos y recibió nombres con Ilbir, Iliberis, Eliberri o Elvira... y la segunda ciudad, Garnata, habría sido ocupada desde el siglo I, ya era objeto de miradas y comentarios en el Concilio de Elvira del siglo IV y existía antes de la llegada musulmana.

Límites del Realejo, o sea, límites de la judería, la verdadera Granada

Granada proviene de la lengua hebrea, y su acepción real es  GER ANAT, que significa campo de refugiados. La ciudad surgió como un suburbio de la ciudad de Elvira y en ella se instalarían los judíos escapados de las guerras de Roma, probablemente tras la segunda destrucción del Templo de Salomón en el año 70, durante la Gran Revuelta Judía. Antes de la llegada de los ziríes, la ciudad de Granada era habitada por 15.000 familias hebreas, tenía sus propios órganos de gobierno, sinagoga, cementerio y zonas de cultivo y pasto, probablemente camino hacia el Genil.

Autor: Pedro Hurtado
 “Historia Ilustrada de Granada y la Alhambra“

Cuando el primer Rey Zirí convierte la vieja Elvira en capital de su Reino, algo tiene que suceder como para que se vaya paulatinamente abandonando el término Elvira, que en aquel momento tenía más de 1.700 años de antigüedad y uso y se imponga el de Granada. Pero es así... progresivamente, los propios ciudadanos usan el Granada que en lengua árabe “no significa nada”, como los historiadores musulmanes decían. Cuando entre los almorávides, los almohades y por último los nazaríes, de Elvira no se acuerda nadie. Ellos, son los reyes de una ciudad con símbolo propio, que después será la primera capital de España, que después será Capital del Imperio, que los Reyes de Inglaterra llevarán como escudo y sigue luciendo en los techos de su Parlamento londinense... Granada, un buen día, aplasta otros nombres. Pasa de ser un campo de refugiados a una de las ciudades más históricas y estéticas de todo el Continente.

Y hoy, tenemos que recordar que si esta ciudad nació en el Albaicín, el nombre se lo puso el Realejo, el símbolo se lo dio el Realejo, porque sobre la Antequeruela, las cuestas de San Cecilio, las huertas de Santo Domingo y los confines de la Calle Pavaneras, MAMÁ ESTABA HACIENDO POSIBLE QUE NACIERA GRANADA. 

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