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lunes, 19 de mayo de 2014

La España de los tontos

Alegoría de la Jura de la Constitución de 1812 por Fernando VII.

Con unos pocos ejemplos y sin necesidad de repetir lo que la mayoría conocemos, definimos a la perfección al que ya sin duda ha quedado en la historia de España, acaso de su época, como el peor rey de cuántos se subieron al escabel del trono. El primero de ellos repasa las compañías habituales del que debía suceder a figuras rutilantes y legendarias como los Carlos I o Felipe II y para no irnos tan atrás, a su propio abuelo, el ilustrado, culto y reformador Carlos III. El monarca felón Fernando VII, el mismo que felicitaba y daba enhorabuenas a Napoleón cada vez que éste ganaba una batalla en suelo europeo, el español incluido (mientras era su prisionero, que ya es reflejo de su mezquindad), se hacía acompañar de amistades poco recomendables para cualquier ciudadano, cuando menos para el propio Rey de España.

Su camarilla la componía un aguador del Madrid castizo, putero y espía entre las clases populares; el bandolero Luis Candelas, la reata de prostitutas y chulapos de las tabernas menos recomendables y los tratos y juegos que mantenía, dilapidando el dinero de las arcas públicas, con “bailarinas” del calado de “Pepa la malagueña” o “La Tirabuzones”, lo que nos hace una radiografía de la ética como gobernante y persona del que durante 19 años dirigió no sólo España sino lo que quedaba de Imperio, con toda América o Filipinas como parte de aquel Estado al que el sol nunca pudo cubrir. Y así fue como, con tan poco recomendable “consejo asesor”, que a duras penas sabía leer y escribir, el Rey Fernando VII protagonizó uno de los episodios que mejor reflejan el estado al que había llegado aquella España madre de naciones y luz de la cultura, descompuesta, putrefacta y aniquilada.

"La muerte de Churruca en Trafalgar". 
Eugenio Álvarez Dumont, 1892.

En 1805 la Batalla de Trafalgar había diezmado y casi engullido nuestra Armada, la misma que medio siglo antes hacía correr despavorida a los ingleses en los puertos baleares o de Cartagena de Indias, cuando don Blas de Lezo era exponente del honor patrio. Al poco, la Invasión Francesa asesta un definitivo golpe no ya solo sobre nuestros barcos, sino en todos los frentes sociales del país. Con una España devastada en lo económico, la flota era la sombra de lo que fue, estaba vieja y arruinada y lo peor de todo, es que no había fondos si acaso para poder repararla. España necesitaba de sus barcos para conectar con aquella América que todavía gobernaba e intentar que la incipiente sublevación americana no se produjera, de manera que la restauración de nuestra Armada, se tomó muy en serio. Pero las negociaciones con semejantes desechos intelectuales, desde el Rey al último de sus consejeros, no auguraba nada bueno.

El embajador ruso Dmitry Pavlovich Tatischev, artífice del timo.

El Ministro de Marina llevaba años sugiriendo a Fernando VII que se antojaba casi imprescindible una reforma y dotación de nuestra flota de guerra. Corrían años en los que la Corona Española y la Rusia del zar Alejandro I mantenían fluidas relaciones y el embajador ruso ve una oportunidad única para favorecer a su patria y a su zar a costa de la ingenuidad, si no incultura de la corte española. Lo primero que hace el ruso es ganarse la amistad de un personaje de oscuro pasado como para ostentar luego nada menos que el fabuloso cargo de Secretario Privado del Rey. Había sido tabernero, ex bailarín y devoto noctámbulo del Madrid que más frecuentaba Fernando VII, por lo que éste no tiene reparos en confiarle tan importante cargo a costa del erario público.

Retrato de Antonio Ugarte y su esposa. 
Vicente López, 1833.

Sin que nos quede claro cómo hizo amistad el entonces esportillero Antonio Ugarte y Larrazábal con el embajador ruso, que dio muestras de sus dotes diplomáticas sirviéndole en bandeja el ingreso a la camarilla real, el representante del Zar tenía ya en el Palacio Real de Madrid todos los ingredientes para cocinar uno de los timos mayores de nuestra historia patria. Entre las peticiones del Ministro de Marina, las reclamaciones que sorprendentemente empieza a hacerle su secretario y la generosa oferta que le llega nada menos que en nombre de Su Majestad Imperial el Zar Alejandro, nuestro Fernando VII que no brillaría en ningún concurso de intelectos, escribe confiado y cargado de buenos deseos a San Petersburgo para hacerle saber al Zar que España “sin una flota, le es imposible dominar en las colonias”.

Congreso de Viena.
Jean Baptiste Isabey, 1819. 

En el Congreso de Viena de 1815, Inglaterra se comprometía a pagarle a España en el invierno de 1818 la suma de 42 millones de reales por abolir el tráfico de esclavos en América. Así que con esta inesperada cantidad de dinero, Fernando VII acuerda con el embajador ruso la adquisición de cinco navíos y tres fragatas que llegarían al puerto de Cádiz, previo pago de 68 millones de reales. Pero lo que empieza a escamar en la Corte es que la Armada había quedado al margen de la negociación, siendo a todas luces, la experta a la hora de adquirir nuevos barcos, la que más formada estaba para emitir un informe sobre sus necesidades y la que mejor podía asesorar a la Corona ante un desembolso tan descomunal.  

Fernando VII estampaba su firma en un acuerdo que no había tenido un solo reproche. Nadie regateó en el precio, España soltaba generosa y displicentemente el dinero sin poner un pero al precio que por supuesto, había fijado Rusia y ninguna mente lúcida que anduviera por la Corte, le sorprendía que por 8 barcos se pagara tal cantidad, que de haberlos hecho en los astilleros españoles, orgullo europeo en los gobiernos de Fernando VI y Carlos III, habrían costado menos de la mitad. Aquel sospechoso contrato recogía términos y condiciones que despiertan la risa del más crédulo. Porque mientras España se comprometía a costear el viaje de regreso de los marinos rusos que dejaban la pequeña flota en el Puerto de Cádiz, los rusos no hablaban nada del estado (malo o bueno) en que entregaban estos barcos de segunda mano.

La mañana del 21 de febrero de 1818 fue la del horror. En la dársena gaditana esperaba el Ministro de Marina y el Capitán General de Cádiz. Cuando vieron entrar por la bocana del puerto aquella flota que a duras penas se sostenía sobre las aguas de plata de la “tacita”, se estaban dando cuenta de tamaña estafa. Los barcos como poco, eran de tercera mano, durante la travesía hacia España, se habían averiado, hubo que hacer escala en Inglaterra para maquillar su terrorífico estado y a un par de leguas de distancia, cualquier marinero medianamente avispado detectaba sin problemas que llevaban infinidad de reparaciones. El informe que recibe Fernando VII es demoledor: los barcos no son viejos, pero han tenido tal fatiga de uso y han participado en tantas misiones, que son inservibles.

Aquellos 5 navíos y 3 fragatas tenían su madera de pino podrida. Además, el pino en el que se habían construido era ideal para las aguas del Báltico, pero la alta salinidad y temperatura de las costas americanas acabarían con su estructura en menos de dos meses. Para colmo, venían sin repuestos, sin material bélico y con defectos de hechura. De los ocho barcos, el informe sólo recomendaba usar una fragata, pidiendo el desguace de las otras 7 naves, salvo si eran reparados a costes altísimos y prohibitivos, alrededor de 5 millones de reales de vellón, por lo que uno a uno fueron desguazados y sus cascos vendidos como chatarra. La única fragata que parecía servir, regresaría 5 años después para ser desguazada en la Carraca gaditana. A Alejandro I le horrorizó que su Embajador hubiera hecho un trato tan descortés y honroso, por lo que enviaba tres fragatas de regalo y aplazaba el Pago PENDIENTE de 26 millones de reales sine die. Pero lo que nos llega son quincallas de almoneda que se nos hunde. La primera cae a los pocos meses de ser recibida, la segunda aguanta dos años y la tercera sólo nos sirvió para servicios costeros por Cádiz.


Así fue como uno de los más ineptos gobernantes de la historia de España, regaló más de 42 millones de reales a los rusos. Así fue como los rusos nos timaron. Y así fue como la gloria de España se escapaba a chorro abierto, entre timos, robos, torpezas reales y sangrías al pueblo. Desde entonces, uno de los mayores engaños de la Historia de Europa, sigue teniendo por el tonto del bote al Estado Español. 

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