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jueves, 8 de mayo de 2014

La Casa de la Lona

El Palacio del Gallo del Viento debe la fama legendaria en la que Granada se baña de tanto en vez a una de las leyendas que incluyó en su suculento libro romántico Washington Irving, en “Cuentos de la Alhambra”, pero en efecto fue una residencia señorial de época zirí que formó parte de la inmensa estructura que el Rey Badis labró como residencia oficial del gobierno del Reino de Granada durante el siglo XI. Las crónicas musulmanas elogiaron su tamaño y despertó una inmensa curiosidad la veleta que coronaba su torre, que hacía las veces de función defensiva y de mirador, al ubicarse en la feraz altura del Albaicín. Aquella veleta en forma de jinete a horcajadas sobre un gallo terminó por darle el nombre y toda la carga misteriosa por la que se interesaron escritores de todos los tiempos, quizás el más reciente, Juan Eslava Galán.

El abandono del patrimonio zirí es evidente cuando se inicia el reinado del primero de los nazaríes, que entre otras trasladan a la Alhambra la residencia real anque ciertamente reciben de los almorávides y almohades (empeñados en suceder a la fuerza a la primera dinastía granadina), un legado disminuido en su empeño y ningún reparo ni sensibilidad a la hora de mantener aquella Granada de hace 1.000 años. Así que después de la Reconquista cristiana,  el mítico Palacio del Gallo del Viento sirvió para que naciera una vivienda a lo Iargo del siglo XVI que responderá a la tipología morisca posterior a la Reconquista. Eso sí, usando para sus muros piezas ziríes y entre ellas la cercana estructura de la mítica Puerta del Sol.

Había nacido la Casa de la Lona, apodo que se ganó a base de años trabajando en su interior el velamen de la Real Armada española, entre ellas, las que se llevarían a los puertos desde donde habría de zarpar la famosa y celebérrima Armada Invencible. Como siempre, Granada presente en lo más insólito, ya que con 700 metros de altitud de media, custodia la verdadera Patrona de los Mares Hispanos y de aquí salieron las más famosas velas de la historia. En efecto, todo es posible en Granada.

La Parroquia de San Miguel a la que se adscribe, era entonces la más poderosa y vital de todas las albaicineras. El barrio vio cómo aquella Casa Residencial con alma de Palacio pasó a ser habitada por el Marqués de Águila Fuente, ilustre Capitán General de las Costas del Reino de Granada y verdadero artífice de la ejecución del velamen de la mayor empresa marítima de todos los tiempos. Al poco, se instalaba en él el famoso comerciante genovés Rolando de Levanto, que la usó en sus empresas comerciales tras adquirirla. La Casa de la Lona era un epicentro de la vida cotidiana, de las transacciones comerciales y de la artesanía de la Granada del seiscientos. Un fortuito y pavoroso incendio producido en 1639, en el interior de las cabellerizas, alcanza los pajares y al poco, destruiría su fábrica, y con ella los restos del mítico Palacio del Gallo del Viento.

Siguió en manos de Rolando de Levanto hasta su muerte, cediéndola a la Iglesia. Así que fue lugar de retiro espiritual del cultísimo y eficaz Arzobispo de Granada Martín Ascargota que desde 1700 hasta su muerte en 1719, la prefirió al suntuoso y equipado Palacio Arzobispal. Luego, pasó a manos de la Orden Trinitaria que la convirtieron en asilo de medicidad. Pero debía conocer nuevos y buenos tiempos una vez más, de manera en manos de un nuevo propietario, será ya incontestable su título.

Acababa de comprarla a los Trinitarios el empresario y visionario granadino Juan Andrés Gómez que acometió las obras necesarias para trasformar este recinto en una moderna fábrica de lonas y cuerdas; aquí trabajaron hasta 500 personas, de aquí sale cáñamo, esparto y algodón, sogas, cuerdas, lanas y tejidos. Llegó a albergar un enorme equipo de 300 telares que terminaron por confirmar su apodo y agrandar su fama. Aquella mítica casa que tuvo orígenes en el siglo XI, era sin duda, la de las lonas de Granada y su Reino. Así al menos fue desde 1817 en adelante hasta que el negocio fue improductivo. Era difícil competir con la maquinaria introducida por la revolución industrial y que Cataluña fue pionera en usar.  

En 1902 vuelve a tener un nuevo dueño, también de peso y prohombre de la sociedad, el Vizconde de la Roda, que la convierte en una típica y de un lenguaje cargado de sabor. Hizo de ella una corrala de vecinos y en 1927 trata lotes con la casa y las huertas Más de doscientas familias llegaron a vivir en esta popular casa, dándole el carácter, el sabor y el sentido de barrio que ha llegado hasta nuestros días. Cuando se derrumbó hacia 1980, con la Casa de la Lona no sólo se perdía un fabuloso monumento del siglo XVI, un lugar histórico que tomó parte de un episodio fundamental de la Historia de Europa y el hogar de albaicineros castizos de pro...

Ese día, irremediablemente, murió un poco el Albaicín.