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martes, 6 de mayo de 2014

Enriqueta Lozano

Corría el verano de 1829 en aquel Barrio de la Virgen de casas señoriales y traza urbana hecha a soga y cordel. Las calles que bajan desde el Realejo dominico hacia la Basílica de las Angustias se pueblan de nombres de santos de la Orden de Predicadores y en la fiesta de su fundador, un 8 de agosto, en la entonces calle Darro del Campillo, veía la luz una niña que llevaría por nombre Enriqueta. Sin que nadie pudiera advertirlo, acababa de nacer nada menos que la que Seco de Lucena llamó “orgullo de Granada”. Había venido a esta tierra, según Gallego Morell, la más fecunda de entre todos los artistas de su época; acababa de empezar su vida, la que por siempre será ya, la Safo de Granada.

Fue un portento de la producción, prolífica y ardua. Se estrenó en la literatura con 18 años, fue habitual de media docena de revistas y publicaciones de la época, se codeó en tertulias literarias con Pedro Antonio de Alarcón, Afán de Rivera, Almagro o Ganivet, editaba novelas amorosas en aquellas entregas que fueron un rotundo éxito en toda España al punto de agotarse las ediciones que el público esperaba cada semana con avidez, tuvo tiempo para escribir 66 novelas, 100 relatos cortos recogidos en 6 tomos, 11 libros de poesñia, una decena de obras de teatro, varios libros de cuentos y además fundó y dirigió dos revistas literarias y sociales.

Colaboró en diversas empresas culturales, dialogó y guionizó la Fiesta de Moros y Cristianos de Válor, fue la escritora más galardonada de España con 23 primeros premios, venció una sociedad que relegaba a la mujer al ámbito doméstico y encima, fue madre de 12 hijos. Tal derroche, tal portento de producción, éxito literario y cultura le valió el reconocimiento de Gerona, Málaga, Ávila o Zaragoza, por supuesto de Granada. A lo largo de sus más de doscientas obras, abarcó todos los géneros literarios: novelas, cuentos, leyendas, estudios morales, poesías, dramas y comedias, biografías de mujeres célebres, libros de devoción, vidas de santos, ensayos, epístolas, artículos doctrinales y de costumbres y libretos de ópera y zarzuela.

Fue una autora del Romanticismo, una creadora con fines moralistas, que era llamada desde Jaén, Sevilla, Ronda, Madrid, Santiago de Compostela, Barcelona o  Manila, para publicar en revistas y obras especializadas. Mantuvo relaciones de amistad con la otra gran escritora española de la época, Fernán Caballero, que pretendió que nuestra autora se pusiera de parte del Duque de Montpensier en su lucha absurda por el trono de España, cosa a la que no se prestó la granadina. Mantuvo un romance con Pedro Antonio de Alarcón, pero cuando este decidió abrazar el ateísmo, la moral católica de Enriqueta le obligó a romper el noviazgo. Se educó en el mismo centro que la Emperatriz Eugenia de Montijo y fue primerísima figura de la intelectualidad granadina de su tiempo.


Y para vergüenza de muchos y pasotismo del resto, una olvidada en esta ciudad, que a última hora no entró en el listado de estatuas del bulevar de Constitución y que nadie ya recuerda en esta tierra que la vio morir tal día como hoy de hace 119 años. Ese día se fue doña Enriqueta Lozano, quizás la autora literaria más fecunda de toda España. Ese día el mundo de las letras granadinas perdió a su novelista, poetisa y dramaturga más importante de todos los tiempos. Pero lo que perdió esta ciudad hace años, es el rumbo. Cuando (con todo mi respeto) en una Granada como la nuestra hay cabida para un monumento a un estafador de turistas como Chorrojumo y no para la Safo granadina, la persona más dotada de su época por estos lares, algo se ha podrido en la mente de los gestores locales... y de los ciudadanos. 

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