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viernes, 30 de mayo de 2014

El Cerro de los Infantes

En España llevamos siglos detrás de un tesoro. Las leyendas sobre caudales de tiempos pretéritos escondidos bajo suelo son tan propios de este pueblo como cualquiera de sus personalidades. Las continuas fábulas se encargan de retratarnos una sociedad que cree a pies juntillas en los tesoros escondidos por iberos, visigodos, o musulmanes. Sobre todo estos últimos, que salen rumbo a África sin poder llevarse sus extraordinarias fortunas atesoradas a lo largo de los siglos. Y todo esto nos conduce a Pinos Puente, a su Cerro de los Infantes.

El nombre le viene desde aquel 25 de junio de 1319 en el que el Rey de Castilla procura arrebatarle el Reino de Granada a los nazaríes. Aquella noche los cronistas empezaron a contar que había ocurrido el Desastre de la Vega de Granada. Las tropas del Emir Ismail I derrotaron a los castellanos, los acribillaron, los humillaron. En la batalla murieron los infantes Juan y Pedro de Castilla, de la Casa Real, jefes del ejército cristiano y tutores del rey Alfonso. Aquel cerro cargado de historia, con restos arqueológicos de miles de años de antigüedad y que puede presumir de contener el paso de iberos, romanos, visigodos y los primeros pobladores musulmanes, añadió hace 695 años una muesca más de sucesos a su milenaria presencia. Pero si alguien cree que estaba todo visto, no sabe de su error. Aún quedaba un episodio más que vivir en el Cerro de Pinos Puente.

L
a población fue desde 1642 hasta casi 1928, propiedad del Ducado de Abrantes, que mandó levantar el caserón solariego que recuerda su íntima relación con el pueblo. Y el pueblo rotula hoteles, restaurantes y comercios con el nombre de “la duquesa”, en referencia a la IV Duquesa de Abrantes, María Josefa de Láncaster y Noroña, gran mecenas de obras para Pinos y que costea empresas religiosas y caritativas. La Duquesa se convierte en un símbolo, un referente que todavía hoy puede uno ver por esta cercana población granadina. Y aumenta su leyenda hacia 1865, cuando se constituye una sociedad cuyos fines se dicen, pretenden explotar los recursos mineros que tiene el Cerro de los Infantes. Pero lo que de verdad les interesaba a estos empresarios de la minería ficticios, era, “encontrar un tesoro”.

No iban muy desencaminados estos utópicos ciudadanos. Unas décadas después empezaron a aparecer restos arqueológicos valiosísimos en el Cerro, por lo que cuando se empecinaron en buscar un tesoro, alguna información, algún hallazgo repentino y extraño hubieron de conocer como para escoger el Cerro de los Infantes. Pero todo empieza a cambiar en 1868. Llega a Pinos Puente un portugués de nombre José da Costa Leitao Oliveira. Es un conocido de los oportunismos, ha formado parte de otros supuestos proyectos de búsqueda de tesoros en la provincia de Badajoz y algo debe conocer del que se pretende, clandestina y secretamente, poner en marcha en Pinos Puente, porque no olvidemos que el IX Duque de Abrantes, Ángel María de Carvajal y Téllez-Girón, la octava fortuna de España, tiene explotaciones mineras de todo tipo en Extremadura, al lado de Portugal. En Badajoz, José da Costa ya ha protagonizado alguna extraña escena. Pero eso no lo saben los pineros.

Pronto, es nombrado director del proyecto, se hace con la confianza de los trabajadores, de los que actúan en nombre del Duque y de media población. Pero de repente su actitud cambia y se dedica a predicar la palabra de Cristo, a actuar como si de un profeta se tratara. Se encarga de reproducir con exactitud los pasajes evangélicos, lava los pies a los pobres, predica sermones en la montaña y deja constancia de las bienaventuranzas del ser humano. La población rural y analfabeta casi al completo no sale de su asombro y se deja seducir por este nuevo mesías, con extraordinarias dotes de charlatán, pero también de soberbio orador.

El portugués es reconocido como el enviado de Cristo y  prosigue en su locura. Se rodea de doce seguidores a los que llama discípulos, de una cohorte que institucionaliza como si estuviera fundando una nueva religión y al poco, medio pueblo continua asistiendo a las misas católicas de la Parroquial y el otro medio se pone en pos de José da Costa. El cura párroco no tiene más que alzar la voz y la Curia Eclesiástica se hace eco de lo que está ocurriendo a 20 kilómetros de la capital granadina. Pero aquello puede afectar incluso el buen nombre del histórico y millonario prestigio del Duque de Abrantes que no duda en pedirle al Gobernador Civil de Granada, Francisco García Goyena, que tome cartas en el asunto.

El Gobernador refuerza la presencia de la Guardia Civil que se marcha camino de lo que supuestamente, es una explotación minera. Pero al llegar al Cerro de los Infantes, bajo la silueta del Pico del Piorno, lo que se encuentran es una masa enfervorecida de ciudadanos de toda clase que oye atenta, rendida y gozosamente a un portugués que les está hablando del Reino de Dios. Los guardias informan que en efecto, aquello no es el escenario de una práctica minera, sino una secta que ha reunido centenares de seguidores y el Gobernador, con todos los datos en la mano, manda una orden portada por varios Guardias Civiles: la mina debe volver a ser eso, una mina. Pero no ha de usarse para reuniones de ese tipo.

La primera presencia de los Guardias no ha gustado entre los seguidores del profeta portugués que se han puesto nerviosos al ver aparecer loso tricornios acharolados de los del Duque de Ahumada. Pero esta segunda vez no los van a recibir tan generosa y calurosamente. La batalla no tarda en estallar, como si se tratara de la ocurrida entre los ejércitos cristiano y musulmán siglos atrás. Los guardias sacan las pistolas, se protegen de la lluvia de piedras, golpes e improperios y en estas, se oyen disparos. Uno de los guardias cae muerto, otro, gravemente herido y los seguidores de José da Costa huyen del lugar. Pero el guardia moribundo ha visto con claridad que el único que llevaba pistola de los reunidos en el Cerro, era el supuesto mesías.

El Gobernador estalla, se baten sierras y cortijadas, Pinos Puente es un fortín militar y policial, la población no suelta prenda y al supuesto culpable no se le encuentra. El paroxismo, la demencia, la entrega total a las palabras del portugués son sobrecogedoras. Por tal de que se salve el profeta del Cerro de los Infantes, dos de sus correligionarios y seguidores se presentan en la Audiencia granadina auto inculpándose. Prefieren el garrote vil antes que sufra algún castigo su líder. Pero a principios de 1879, la Guardia Civil ha encontrado al huidizo asesino. Se escondía en las serranías malagueñas, junto a un santero de Ojén que le estaba dando refugio. Dios los cría...

El profeta de Pinos es sentenciado a muerte. Ha matado a una autoridad, herido a otra, cometido falsedad en documento público, delitos fiscales... pero ha organizado lo que nadie esperaba: rebautizar la fe católica, servirse de ella, convertirse en un líder semi divino capaz de subyugar al pueblo al punto que éste, estaría dispuesto a morir por su mesías. La Iglesia Católica, toma buena nota de aquello...

En el Cerro de los Infantes no había explotación minera alguna. Pero sí un tesoro. Ibero, romano y arqueológico. Alguna moneda y ajuar funerario. No iban desencaminados, no. Pero lo que de verdad refleja esta entrada es que, la capacidad de convencer, sugestionar, engañar y lavar voluntades de algunos, es tan antiguo como la noche de los tiempos. Ocurría hace 135 años en Pinos Puente, la tierra de Colón, de los puentes visigodos, las fronteras musulmanas, las batallas cristianas, los ducados con Grandeza de España... Y LOS PROFETAS EMBAUCADORES. 

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