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jueves, 29 de mayo de 2014

El Arco de las Monjas

El imponente Monasterio de Santa Isabel la Real, una fundación personal de la Reina Isabel es una de las primeras instituciones monástico-femeninas del sureste español, fundado el 15 de septiembre de 1501. Iglesias, coros, compases, claustros, patios y celdas custodian cuatro siglos de arte, de historia y de fe. Las clarisas elevan como un faro su elegante complejo conventual, donde alarifes, entalladores, imagineros y pintores llenaron las trazas del gótico y del renacimiento, los lenguajes donde se detiene el tiempo en cuanto se cruza su pórtico de acceso. Y detrás de este, un arco recuerda el cariño y la profusa veneración del albaicinero a las religiosas. El arco, tal día como hoy, hace 309 años, fue el escenario de la historia misma de España, testigo de lo revuelto de ese tiempo y el hito que recuerda cómo era aquel año de 1705.

Carlos II de España 

La narrativa más fantasiosa, la leyenda más popular y la tradición han bautizado este arco de mil formas. Lo normal es que se le conozca como el “Arco de las Monjas”, pero lo acaecido en este día y luego en el año 1713, determinó que todo albaicinero de bien, lo conociera como “El Arco de los Ahorcados”. Para entenderlo nos vamos a la España de 1700, cuando al fin la misericordia divina y la muerte tienen a bien acordarse del Rey Carlos II, el último Austria español, una suerte de desgracia genética basada en la más aberrante mezcla de familiares. El último de los Habsburgo hispanos, moría sin descendencia y dejando como sucesor a Felipe V, el instaurador de la nueva casa dinástica española, la de Borbón. Enfrente, la impotencia de los austriacos que querían quedarse con el pastel del Imperio español, en la persona del Archiduque Carlos.

Proclamación del Duque de Anjou como futuro Felipe V de España en Versalles. 

Tres días antes de morir, Carlos II firma un nuevo testamento designando al francés como su legítimo sucesor y acallando las pretensiones de los austriacos, que presentaban un supuesto heredero cuyo único parentesco era ser sobrino segundo de nuestro moribundo rey, mientras que el futuro Felipe V era sobrino nieto. Los alemanes se contentaron con esto (que desde siempre estaban a otra cosa, pero que esa otra cosa ya hemos visto, supone ser la potencia económica más grande de Europa), como contentos quedaron los ingleses y contentos los franceses. Los únicos descontentos eran los menos problemáticos, los austríacos. Hubo guerra, sí, pero menos de la que podía haber habido y de las consecuencias que pudo tener si el trono es ocupado por los Austrias. La Primera Guerra Mundial, posiblemente, hubiera estallado a finales de 1700.

Los austríacos no iban a permitir que el francés tuviera tan fácil el trono. Su candidato, el Archiduque Carlos, que se había autoproclamado Carlos III, entraba en Madrid un 19 de abril de 1701 lanzando monedas a ambos lados de las aceras con el objetivo de demostrar la solvencia de los Habsburgo y atraer a su causa a la Villa y Corte. Los madrileños, que a gracejo y ocurrencia castiza no les ha ganado ni la fama de Andalucía, corearon de inmediato: “Viva Carlos III mientras dure el dinero”. Así las cosas, el 8 de mayo de 1701 juraba Felipe como Rey de las Españas. Se acababa de convertir en el quinto de los que llevaron ese nombre en nuestro trono, en el primer francés, primer Borbón y lo que no sabía aún, en el Rey más duradero de nuestra monarquía. Pero hasta 1713 no conseguiría el control de los territorios, su pacificación y la implantación de la autoridad regia. Aquella Guerra de Sucesión que enfrentó a buena parte de Europa pero en nuestro suelo patrio, nos lleva de nuevo a Granada.

En aquella época la calle trasera al gran Convento de Santa Isabel la Real recibía el poético nombre de “Ladrón del Agua”. Quizás apelando al Hacia la acueducto que abastecía de agua a los palacios ziríes, gracias a la creación de la Acequia de Aynadamar que trajo desde Alfacar las aguas resplandecientes con la que la primera dinastía granadina levantó la residencia del emir.  el caso es que en Marzo de 1705 los ánimos están al rojo vivo, la disputa por la sucesión al trono español se lleva a las calles y las luchas fratricidas tienen en vilo a la ciudad. Granada fue desde un primer momento proclive al Borbón, lo que no quita que ciertos grupúsculos apoyaran abierta y denodadamente al bando de los Habsburgo.

Aprovechando lo escondido y apartado del lugar, un grupo de conspiradores pretende iniciar las acciones necesarias para derrocar a Felipe V y auspiciar la subida al trono de su contrincante, por cierto, bastante diezmado en cada batalla. Los conspiradores eran seguidos desde tiempo atrás, de hecho, el mismo 25 de mayo de 1703 las autoridades granadinas saben del complot y deciden montar una vigilancia a efectos de conocer los planes. Al llegar al Callejón de las Monjas, la Guardia Real les persigue de cerca. Y antes de que los intrigantes alcancen la Puerta de Fajalauza, se les da el alto. Se inicia una refriega, salen a pasear las armas y los conspiradores demuestran tener práctica en el manejo del sable. No son ciudadanos corrientes, porque matan a uno y hieren de gravedad a otro de los duchos y entrenados soldados.

El cuerpo de guardia granadino se moviliza con presteza y pronto, el Albaicín se convierte en un entramado urbano custodiado, blindado y con rigurosos controles eran exhaustivos. En aquella impresionante caza participan más de 200 hombres que, antes de la caída del sol de aquel 29 de mayo de 1703, han dado con los siete aristócratas que forman  la conjura granadina contra Felipe V. El juicio es sumarísimo y enormemente rápido. Desde la Real Chancillería, los guardias trasladas engrilletados a siete nobles granadinos que han sido encontrados culpables de sedición y conspiración, de planear un regicidio y de procurar un atentado contra la Corona Española.

El 30 de mayo amanece más pronto de lo habitual. La gente sencilla del barrio madruga mucho y faena con la tierra o los animales. Un albaicinero anónimo acorta camino entre el palacio de Dar-al-Horra y el Monasterio de Clarisas. Como todas las mañanas de todos los años que recuerda, oirá el agua cantarina que lleva el Acueducto que mandaron hacer a mediados del siglo XI los reyes ziríes. Aquel ladrón del agua como lo conocen sus vecinos... Pero lo que no espera es ver siete cuerpos balanceándose de las costillas del arco, ahorcados, muertos y rígidos.

Así es como desde entonces, el Arco de las Monjas, el Ladrón del Agua, se conoció como el de los Ahorcados. Los albaicineros empezaron a oír lamentos y ruidos cada noche. Prohibieron a los hijos pasar bajo sus piedras, maldijeron la calle, la convirtieron en proscrita y no se dieron cuenta, que allí mismo, tal vez, pudo cambiar la historia de España y de Europa. No sabemos si para bien o para mal, pero pudo haber cambiado desde luego. De no ser por aquella batida que encontró a 7 distinguidos ciudadanos que pertenecían al bando austríaco. Los ahorcados. Los que a lo mejor, de haber triunfado su conspiración, hubiesen sido recompensados y recordando su Granada, hubieran aumentado la fama si cabe de ésta. Pero eso es especular y novelar.


Aunque no nos resistimos a pensar que la Granada de hace 309 años, pudo cambiar la historia.