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sábado, 24 de mayo de 2014

Día de perros


De nuevo más de uno se sorprenderá con el origen de esta expresión. Al leerla, la mayoría pensamos en esos perros abandonados, vagabundos, errantes y asustadizos que rebuscan a pie de contenedor. Esos canes famélicos como si los alimentara El Quijote, esos que no conocen la cómoda y alentadora vida de los perros de casa. Pero no, ni siquiera tienen nada que ver con la tortuosa vida de aquel perrito cojo que recitaba en verso el inmortal Manuel Benítez Carrasco. La expresión, como casi todo en lengua hispana, viene de lejos. Tanto como para irnos a la Grecia primera y principal.

Gracias a las obras de Homero y de Hesíodo,  tenemos un corpus mitológico imponente. Sabemos que existe “Canículo” un perro rojizo que siempre acompañaba al gigante Orión y que el padre de los dioses, Zeus, le regaló a Europa otro perro, de nombre Canícula para que le sirviera de guardián. Para no embarullar al lector, digamos que ambos perros, Canículo y Canícula dieron su nombre a dos constelaciones de estrellas que los astrólogos y científicos llaman la Canis Maior y la Canis Menor. Hasta aquí, todo bien.

Sirio es la estrella que más brilla; además, es muy visible en verano y el periodo del año en el que más luce corresponde con el momento de temperaturas más altas. Así nos la describió Hesíodo en la obra capital de la literatura griega “Trabajos y días”, hace 2.700 años. Se trata de la estrella por excelencia de la constelación del perro, tiene todo su apogeo hasta el 15 de agosto aproximadamente y corresponde con el periodo del año en el que no se podía sembrar porque el rigor climatológico arruinaría cualquier cosecha.

Los griegos llegaron incluso a consagrarle ceremonias, como si de una divinidad se tratara, al objeto de que fuera benigna, no arruinara las siembras, permitiera la bonanza agrícola y tuviera piedad de un pueblo asfixiado por sus efectos. Sobre todo, que durara poco para poder volver a cultivar la tierra. De repente se dieron cuenta que tenían que hacer un icono de Sirio, de la gran estrella del perro. Pero, ¿cómo representarla de manera que el pueblo la identificara con rapidez? Pues dándole la forma de aquellos perros de color rojizo, (rojos como el Sol del verano), tal y como describieron Homero y Hesíodo en sus novelas. Sirio, la gran estrella de la constelación del Perro, de repente era Canículo, (el perro de Orión) o Canícula, el perro que regaló Zeus a Europa.

No pasarían muchos años para que nuestros antepasados asociaran al verano con la aparición de “Canícula”, es decir, con el brillo descomunal de Sirio pero que ya tenía la apariencia de aquel perro de “Trabajos y Días”. En cuanto aquella estrella recrecía y brillaba, las asfixiantes temperaturas veraniegas llegaban a su cenit. Pues entonces, no tardó en decirse que se acercaba el con período canicular, o lo que es lo mismo, la temporada del año en que el calor es más fuerte y que coincidía con la posición de la constelación de la que destacaba la “abrasadora”, Sirio, la estrella que se le había otorgado la forma del perro de la imprescindible novela mitológica.  

Pero posiblemente, habría días que fueran mucho más tormentosos y rotundos que otros. Los días en los que la constelación del perro brillaba más si cabe y escapándose a la lógica de los ciudadanos de hace 2.700 años, también eran los días de más calor. Luego, eran los días de perros, (por la Can Maior o Can Menor) durante las semanas en las que Canícula se volvía loco y “paseaba con más fuerza sobre las cabezas de griegos y de los pueblos de la Antigüedad.



Ya saben, cuando pasen una mala jornada, no están viviendo un día de perros. Los días de perros, de Canícula, de Sirio, de la Constelación de los perros, es por lo menos Pero al un mes al año de los del sur de España...