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viernes, 2 de mayo de 2014

Catalina la Grande

Ciento veinte calesas, coches de caballos, carrozas y carruajes se dirigen desde el Reino de Prusia (actual Polonia) rumbo a Rusia, en donde aguarda un joven enclenque, con el rostro marcado por la viruela, encorvado y sin espíritu, llamado a ser heredero del trono de los zares. Pedro tiene 17 años y va a ver por vez primera a la sofisticada joven que con 16 años  cambiaría el destino de Rusia y de las cortes de su época. Estaban a punto de casarse, el futuro Pedro III y la soberbia Catalina la Grande.

De la debilidad mental y física del futuro zar se dio cuenta pronto la joven prusiana. El zarévich y el rey de Francia Luis XVI compartían el mismo problema, por lo que ocho años después de su matrimonio, Catalina seguía siendo virgen. Tardó 9 años en convertirse en auténtica madre de los rusos al parir al futuro Pablo I, sin que quede claro si no fue un soldado de nombre Sergio Saltikov el padre de la imperial criatura y desde ese mismo año 1754, con la idea de convertirse en una de las mujeres más poderosas de la historia. Su marido ostentó el trono 183 días (justo medio año) y no le dio tiempo siquiera ni de celebrar su coronación. Todo indica que  Catalina la Grande, estuvo detrás de la conspiración que un 14 de julio de 1762, la proclame Soberana de Rusia, como lo fue hasta su  muerte en 1796.

Mesa decorativa mandada hacer por Catalina la Grande

Los casi nueve años que pasó sin disfrutar del matrimonio le despertaron un voraz apetito sexual, que hizo de su alcoba uno de los lugares más conocidos de la Rusia imperial. Una lista de ochenta amantes confirman su descomunal tendencia a la práctica del sexo. Pasó de una noche de bodas surrealista a hacer que la habitación de la zarina, fuera lo más parecido a un burdel. Aquella noche en la que estrenaba nueva vida con su ya marido, éste Contrajo jugó con su colección de muñecas durante una hora, para luego acostarse con las botas puestas y quedarse dormido sin recabar en la presencia de una mujer del carácter y belleza de la joven prusiana de 16 años que asistía atónita, desde el otro lado de la cama imperial, a lo que estaba viendo.

La Reina del Sexo. 

Desde un primer momento el matrimonio hizo aguas. Al heredero al trono le gustaba más la compañía de los generales de la Guardia Rusa que la compañía nocturna de su esposa. Ella mientras, se entretuvo en imitar a su imperial esposo e hizo lo propio, mejor, lo mismo que él: pasar también las noches con guardias y generales, pero de forma muy distinta. Acusada de adúltera, observa incrédula cómo su marido, llamado a subirse nada menos que al trono ruso, colecciona soldaditos de juguete, ejercía de dentista aficionado, acaparaba muelas y colmillos humanos como pasatiempo (hizo esta rarísima colección compuesta por 400 piezas) y se mostraba indulgente y generoso con el pueblo.

Detalle de la silla de la habitación secreta de Catalina la Grande. 

Fue aquí cuando aparece Potemkin, soldado imperial y el más famoso de los amantes de Catalina la Grande. Cuando conquistó Crimea, organizó un viaje triunfal de la zarina para que pudiera contemplar sus logros, pero lo que la Grande veía desde lo alto de una colina, era en realidad bastidores pintados como si fueran casas, porque detrás de aquella tramoya de telas decoradas no había más que miseria. Pero sus amantes, hicieran algo de provecho o no, eran magnificados y recompensados con una generosidad extrema. Quizás el que más se llevó de la poderosa Catalina fue precisamente su último amante, el príncipe Zúbov, 40 años menor que ella, caprichoso, extravagante y colérico.

Decoración de los lunetos de las cubiertas de la "sala sexual" de Catalina

Para dar rienda suelta a sus desvaríos y apetitos sexuales, la zarina hizo construir una estancia secreta llena de pinturas y esculturas pornográficas, mandó decorar la misma a un escultor de obras sacras y se rindió a sus amantes y sus proezas sexuales. Porque aunque parezca contradictorio, mientras en Rusia nadie cuestionaba sus decisiones y hasta su muerte en 1796 ejerció tiránica y absolutistamente el poder por espacio de 34 años, en aquel paraíso del sexo que mandó hacer en el Palacio de Invierno, Catalina buscó que sus amantes la dominaran, que le golpearan y humillaran.

Pero si por algo pasará a la historia, con independencia de una pasión enfermiza por el sexo, es por lo que empezó a gestar en 1764. Ese año adquiere 225 cuadros en Berlín y descubre que el arte puede llenar algunas de sus carencias. Pronto, llena los palacios imperiales con todo tipo de obras de arte; para hacernos una idea, las paredes de su comedor se atestaron con que 92 cuadros y mandó crear toda una red de “oteadores de arte” encargados de comprar cuadros, joyas, libros y cualquier cosa bonita, cara e histórica que pudiera llenar más si cabe el atestado Palacio de Invierno.

Aquel edificio colosal creado por Catalina como sede oficial del Imperio Ruso, con 1.000 habitaciones, acabó convertido con la caída de la monarquía en el Museo del Hermitage, una de las más grandes y ricas colecciones de obras maestras en el mundo, que desde Egipto hasta comienzos del siglo XX, supone el mejor recorrido por la historia del arte universal, en donde no falta la riquísima colección de piedras preciosas, que nos recuerda la frase de otra mujer de armas tomar, Marilyn: los diamantes son los mejores amigos de una mujer.


A la edad de 67 años, fatigada por una vida como la suya, dividida entre la gran pasión por el arte y la del sexo, moría Catalina la Grande, que había conseguido ampliar descomunalmente el territorio ruso, abrir este país al Mundo, relacionarlo con naciones de todo el orbe, aumentar su poder militar y estratégico y pasar a la historia, como la gran fornicadora, que nació TAL DÍA COMO HOY, HACE 285 AÑOS