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jueves, 31 de octubre de 2013

Lluis Companys

Héroe de la Cataluña más catalana y biografiado a merced de los intereses más oscuros, hace justo una semana leíamos en el Diario El Mundo que La juez argentina María Servini había admitido a trámite la querella presentada por ERC contra el Estado Español por el fusilamiento en 1940 de su fundador y presidente de la Generalidad por el régimen franquista. Así lo anunciaba a diestro y siniestro el diputado republicano Joan Tardà. A priori, la noticia para muchos era uno de esos asesinatos que nada más acabar una guerra, vencedores o vencidos habrían cometido. Una pérdida que llorar (como humano) y casi 74 años después, nada más. No anda el patio para mojarlo con lluvias de otro siglo. La jueza argentina ve delitos tales como los de "privación de libertad, tormento y homicidio calificado". Otra cosa es que alguien pregunte qué sentido tiene esto 74 años después y más viniendo desde Argentina, pero en fin.

Luís Company, un héroe al parecer; pero lo cierto es que estamos ante una persona que en tiempos de guerra, se ganó el fusilamiento de acuerdo a los códigos vigentes (que no aplaudo yo muerte alguna) y que hizo todo lo posible para que se firmara su muerte. Conocido como “El Pajarito”, fue de todo menos lo absolutamente leal que se espera según se desprende de lo que los catalanes más catalanes dicen que fue: un padre de la patria. Pero ese padre de la patria catalana hizo bueno el consejo despótico de apegarse al poder, fuere cual fuere el que gobernase, traicionando todos los ideales habidos y por haber. Pasó de ser abogado de anarquistas a militante del partido derechista y españolista de Melquiades Álvarez, para al fin acabar como un izquierdista catalán de pro. De bandera de cuatro barras y estrella independentista para más señas...

Comulgó con las ideas de Ferrer Guardia, uno de los responsables de la Semana Trágica de Barcelona, o con los de Mateo Morral, culpable de intento de asesinato del Rey Alfonso XIII.  Fue detenido en 1920 acusado junto a otros anarquistas de graves atentados y disturbios, encarcelado en el Castillo de Mahón, su inmunidad como diputado fue vital para que lo excarcelaran y en 1930 fue de nuevo detenido por atentar contra el Gobierno. Tras una aplastante victoria de la monarquía en las elecciones municipales de 1931, a pesar de ello se produjo la paradoja e ilegalidad de proclamar un régimen republicano y él mismo, el 16 de abril de 1931, proclamó desde el Ayuntamiento de Barcelona la República Catalana, lo que no le impidió para acceder, con los republicanos en Madrid, al muy bien remunerado cargo de Ministro.

En 1933 ganaron las derechas en España y Companys formó parte de un Golpe de Estado de manera violento: consiguió reunir 3.400 “escamots” y 400 mozos de escuadra, una fuerza militar armada de 3.800 hombres. A simple vista, algo más serio que los 200 guardias civiles y 113 policías armados de la Brunete del Golpe de Estado que dio Tejero el 23 de febrero de 1981 y que supuso una condena de 30 años. A esto, hay que sumar los antecedentes de Companys, los cargos de alta traición, sedición y otros más contemplados en los códigos de entonces... El caso es que este intento de Golpe de Estado de Companys, dejó en unas horas 73 muertos mientras que no hubo herido alguno en el de Tejero. JUZGUEN USTEDES.

El Frente Popular gana las elecciones de 1936 y libera a Companys, que había sido condenado a 30 años. Si es vitoreado por los catalanes independentistas por la proeza de su golpe de estado, ellos mismos nos autorizan a pensar que fue entonces también responsable a todos los efectos de los 73 muertos, luego los 30 años a los que fue condenado se vulneraron a los dos y medio de estar en prisión. Lo curioso aquí es que fue restituido como Presidente de la Generalidad de Cataluña, criticado por el propio presidente de la II República, Manuel Azaña y para colmo, dejando como titular a la salida de prisión, esta frase: “vengo tomar posesión del gobierno por la fuerza”.

El 18 de julio de 1936 estalla la guerra y Companys promulga un decreto 5 días después creando las milicias ciudadanas y los Comités locales de defensa, decisión que tuvo como resultado el asesinato en Cataluña de 9.000 personas, según estimaciones del propio Companys y el destacado miembro de su partido, ERC (Izquierda Republicana de Cataluña), Jaime Miravitlles. El número de ejecuciones fue tan elevado en las primeras semanas, y la represión tan brutal, que el propio Companys tuvo que protestar ante el Comité Central hasta que en 1937 los comunistas unidos a los socialistas acaban con el dominio de los anarquistas.

No tuvo escrúpulo alguno Companys, al ver que las armas rusas y el poder de la Unión Soviética era alargado en España, de unirse a los comunistas; esta bendición del presidente supuso que la Generalidad practicara numerosas detenciones de anarquistas y que el 3 de mayo de 1937, los comunistas, con el beneplácito de Companys ocupen el edificio de Telefónica de Barcelona, baluarte del anarquismo. Aquello fue una provocación para  la CNT y el POUM, que sólo se pudo sofocar mediante una represión que en unos días, ajustes de cuentas incluido, supondrían 500 asesinatos más en suelo catalán permitidos por el gobierno de Companys.

Desde esta fecha y hasta 1939, Companys da su beneplácito a 2.300 ejecuciones más en el territorio catalán, hasta que al ganar las tropas nacionales del General Franco, el presidente, en un alarde más de falta de hombría y humanidad, huye a Francia. La nueva justicia, la del Franquismo, lo buscaban por varios cargos entre los que se encontraban de manera fundamental los referidos a los fusilamientos, los saqueos, las torturas y las atrocidades cometidas en Cataluña mientras Companys era presidente. Pero refugiado en Francia, ésta cae en manos del III Reich de Hitler, que no duda en extraditar al asesino Companys a la autoridad española. Un doble golpe de Estado, causas civiles y penales desde 1920 y la responsabilidad en última instancia de 9.000 muertos bastó para que lo condenaran a muerte. Fue fusilado el 15 de octubre de 1940 en el castillo de Montjuic.

Ante el pelotón de fusilamiento pidió descalzarse para tocar con sus pies desnudos la tierra catalana; el gesto es hoy poco menos que un credo, una religión, una hazaña de valentía entre los independentistas más desconocedores de la historia. Pero lo cierto es que en ese mismo lugar, el Frente Popular había fusilado a 1.200 personas. Companys lo sabía, Companys estaba informado y Companys no hizo nada para detenerlo ni impedirlo.

Aunque sea más heroico y dé más votos decir que a LLuis Companys se le asesinó por proclamar la Generalidad de Cataluña, lo cierto es que se le fusiló por actos violentos, exaltaciones y desórdenes públicos, muertes, asesinatos, represiones violentas, ordenar la creación de checas, ser en última instancia el asesino de casi 9.000 personas en Cataluña, algo así como el 0,3 % de la población de entonces, algo así a matar a 22 personas diarias. Porque a nadie se le escapa que un Presidente, autoproclamado como tal, debía estar al tanto de ello, amén de poder justificarse que lo estaba y lo refrendaba.


Una jueza argentina puede venir a investigar lo que desee. Nadie de bien puede aprobar el asesinato de nadie. Pero que recuerde la jueza que España es todavía, soberana de su historia y que los que intentamos aprender un poco de ella, sabemos a ciencia cierta que se fusiló a alguien con las manos bañadas en sangre, no a un honesto catalán que busco lo mejor para lo catalán. Lo hiciera el franquismo o el mismísimo Niño Jesús que lleva en sus brazos la Moreneta. 

lunes, 28 de octubre de 2013

El espíritu Olímpico

Hace casi dos meses que se produjo el fiasco de Madrid 2020. Buena fecha para recordar que hay vida más allá de los cientos de millones de inversión improductiva, del ridículo que hizo España entera, de las declaraciones de un alcalde barcelonés con mucha jeta y pocas razones o del inglés macarrónico de nuestros representantes. Un camarero en un chiringuito del sur de España chapurrea comprensible, aceptable y dignamente 4 idiomas y un ministro o una alcaldesa no saben decir café... ¡Cosas vieres, Sancho! Pero como no quiero aguar yo la feliz conmemoración, el día que nos dijeron que no éramos aptos ni para organizar el Campeonato Mundial de carrera de sacos, os traigo algunos ejemplos de lo que significa realmente el olimpismo, no lo que Alberto de Mónaco y parecidos quieren que sea desde sus portavocías en el Comité Olímpico Internacional:

Hace unos días recordábamos aquellas Olimpiadas de 1936 celebradas en el Berlín del Tercer Reich, en la Alemania Nazi. Boicoteadas por las políticas racistas de Hitler y los suyos, ni siquiera la falsa actitud aperturista del canciller ocultó al Mundo la realidad de su pensamiento. Pero Japón no tuvo ningún problema en acudir; al fin y al cabo, unos pocos años después el país nipón y la Alemania nazi iban a ser extraños compañeros de viaje. El caso es que hasta el Olímpico de Berlín llegaron dos pertiguistas descomunales, ambos japoneses y ambos en excelente forma física.

El Estadio Olímpico se había rendido a Jesse Owens, con sus cuatro medallas de oro, sus récords olímpicos y mundiales, el destrozo deportivo que le había provocado al gran favorito del graderío, el alemán Lutz Long que cayó aplastado en el salto de longitud frente a un afroamericano que destripó la idea racial aria de Hitler. Pero llegó el turno del salto con pértiga, una modalidad que no arrastraba la pasión provocada por la velocidad o el fondo, incluso el baloncesto, que se estrenaba ese mismo año como deporte olímpico, pero que a la postre dejaría claro que el espíritu griego y el del Barón de Coubertin, era precisamente lo que sucedió.

El estadounidense Earle Meadows se había enfundado la medalla de oro, elevándose hasta los 4,35 metros. Imposible de alcanzar, quedaba saber qué otros dos saltadores de pértiga lo acompañarían en el podio. Los japoneses Shuhei Nishida y Sueo Oe estaban empatados. Ambos habían saltado 4,25 metros y restaba saber cuál se llevaría la plata y cuál el bronce. Estaba claro que el resto de deportistas no iba a ser capaz de igualar esos 425 centímetros nipones por lo que los jueces dejaron que ambos japoneses fuesen realizando saltos hasta determinar al segundo clasificado. A las nueve de la noche, se habían contabilizado más de una docena de saltos; horas y horas viendo como ambos apretaban la pértiga, se lanzaban a la carrera y se estrellaban con todo lo que no fuera 4,25 m. Los jueces olímpicos empezaban a bostezar y lo que sí quedaba claro es que por más intentos que se les dejara, el empate técnico era un hecho incontestable. Así que como el 2º y 3er. puesto era del mismo país, la organización decidió que la Federación de Atletismo de Japón decidiera quién era el 2º y ganador de la medalla de plata y quién se quedaba con la de bronce.


Oficialmente, el estadounidense Earle Meadows se llevó el oro, Nishida la plata (por haber conseguido el mejor salto en su primer intento) y Oe el bronce. Al llegar a Japón, los deportistas nipones hicieron gala de dos cosas: la ancestral cultura de respeto y educación del mundo oriental y la capacidad de comprender qué es de verdad el Olimpismo, dejando una lección histórica, un ejemplo descomunal y subrayando con claridad lo que verdaderamente son los Juegos Olímpicos, no lo que el COI dice que son. Así que se fueron a un joyero con sus dos medallas y éste las cortó por la mitad. Luego, las unió, la cara de la de plata con la cara de la de bronce y viceversa. Cada uno de los pertiguistas tendría su medalla, la de plata-bronce. Y cuando un periodista japonés les preguntó no tardaron en responder al unísono de qué metal eran sus medallas: DEL METAL DE LA AMISTAD. 

domingo, 27 de octubre de 2013

Tonto del Bote

En Granada sabemos qué ese reírse de deficiencias, de deformaciones y de desgraciados. No hay más que echarle un ojo a los cabezudos de nuestra Tarasca: Manuel Baena, el Cabezón de Gabia... Bilorio, un borracho de la Granada de no hace tanto... Manuel Fernández, Paniolla, mendigo ciego por una broma de unos estudiantes. El caso es que ha sido la tónica general española; Motril se rió de los suyos, Málaga de los personajes “entrañables” y Madrid, pues claro que también.

En la década de los 50 del siglo XX era conocidísimo en la capital, entre los castizos del Madrid eterno y de siempre, un pobre que pedía con un bote de metal con el que organizaba tamaños escándalos. El mendigo mostraba alguna deficiencia, alguna discapacidad de cierta severidad que desde luego, no le impedía acudir puntualmente a la puerta de la Iglesia de San Antonio, junto al Prado. Tenía dificultades para hablar, se expresaba con sonidos guturales, vestía como sacado de un cuadro clásico y no dejaba de hacer sonar su bote para recordarles a los madrileños que si podían, se acordaran de él...

Y su fama se hizo enorme cuando un toro consiguió escaparse de la Plaza y llegar hasta Carrera de San Jerónimo. Por allí estaba nuestro pobre, que sin inmutarse, seguía quieto. El toro, lo olisqueó sin provocarle daño alguno y aquello dio la vuelta a la España del momento, popularizándose al que ya conocían todos como “EL TONTO DEL BOTE”...


¡Qué crueles y poco sensibles fuimos durante siglos! 

sábado, 26 de octubre de 2013

Hacer el primo

Lucha de los mamelucos el 2 de mayo. Francisco de Goya, 1814

La 5ª acepción de la palabra primo fue introducida por la Real Academia en nuestro diccionario en 1852; desde entonces, se recoge que primo, de manera coloquial, es “Persona incauta que se deja engañar o explotar fácilmente”. Lo curioso es que su origen era bastante corto y relativamente nuevo en el tiempo, para cuando en 1852 decidieron los lingüistas que debía formar parte del español. Pero si bien llevaba 40 años como broma y chanza de la ciudadanía, había tomado fuerza.

Detalle de Los fusilamientos del 3 de mayo. Francisco de Goya, 1814

El Mariscal Joaquín Murat, cuñado de Napoleón, gobernaba realmente España. El Emperador de los franceses había colocado a su hermano José en el trono hispano, aunque su cuñadísimo se lo había pedido (al final se le dio el de Nápoles) pero lo cierto es que desde que entrara en Madrid en 1808 con el rango de comandante del ejército y gobernador de Madrid, se había ganado el mando por su fiereza, inhumanidad y despotismo. Reprimió la revuelta del 2 de mayo a sangre y fuego. Ordenó disparar a la multitud que se congregaba ante el Palacio Real, envió a las tropas que se encontraban fuera de Madrid para que ocuparan la capital, dio instrucciones para llevar a cabo un castigo ejemplar durante los días 2 y 3 de mayo, organizó los fusilamientos y al fin, se coronó como el cruel y sanguinario que era en la elaboración de un detallado informe donde no ahorró ni un ápice en detalles cruentos y sanguinarios.

Retrato de Murat. François Gèrard, 1808.

Antes de que el hermano de Napoleón llegara a Madrid, como quiera que tanto el Rey Carlos IV como su hijo, el futuro Fernando VII estaban presos en tierras francesas, Murat se dirigía al que entendía como representante moral de la monarquía española, el infeliz, simple, sencillo y poco listo Infante don Antonio, el hermano menor del Rey. Murat se dio cuenta que en las cartas oficiales que escribía el Rey de España a los grandes, nobles y personalidades de la política, los llamaba primos. Era una deferencia para hacerles saber que los consideraba de la familia y Murat, tan asesino como viperino, quiso hacer lo propio pero a manera de burla y no de reconocimiento.

Retrato del Infante don Antonio. Anton Rafael Mengs, 1765.

Y empezó a escribir cartas al Infante don Antonio y a alcaldes de  España como ésta que pueden ahora leer: “Señor primo, señores miembros de la Junta... Anunciad que todo el pueblo en que un francés haya sido asesinado será quemado inmediatamente… Que los que se encuentren mañana con armas, cualesquiera que sean, y sobre todo con puñales, serán considerados como enemigos de los españoles y de los franceses, y que inmediatamente serán pasados por las armas”. Y terminaba las cartas diciendo “Mi primo; señores de la Junta; pido a Dios que os tenga en santa y digna gracia”.

Pero desde el día Dos de Mayo de 1808, cuando en España anduvimos sin cabeza que gobernara y con el pueblo peleando por sí, los ciudadanos empezaron a observar los que acataban las órdenes de Murat, los que intentaban eludirlas y los que eran abiertamente colaboracionistas. Es decir, los que preferían a Francia traicionando la Patria Española, HACÍAN EL PRIMO.


Así que entre un infante no muy listo, un puñado de traidores y un asesino, nació hace 205 años, una expresión tan en uso como el primer día

viernes, 25 de octubre de 2013

El primer pelotazo comercial de la Historia

Holanda fue siempre un pueblo dinámico, emprendedor y cargado de sueños comerciales, deseosos de sobrepasar sus fronteras naturales, ganarle tierra al mar y pendones a los españoles. Quedaba tiempo para que los Orange subieran al trono, el Duque de Alba dejara de ser invicto y los bajos países fueran conocidos por su permisividad en el consumo de droga; corría el siglo XVI y los puertos holandeses eran referencia del comercio mundial, desde Rotterdam a Ámsterdam. Por allí entraban productos del Nuevo Mundo y de  Asia. Y allí, sobre 1559, un ciudadano anónimo y vulgar, Johann Heinrich Herwart, plantaba el primer tulipán de todo el continente Europeo.

Muchos estaréis pensando que tiene poco interés la botánica holandesa, pero este es uno de los casos de locura colectiva y pánico general. Porque el cultivo, comercio, exportación y especulación del tulipán, fueron un hecho histórico sin precedentes hasta el momento. Tal vez porque era una flor exótica en la Europa del siglo XVI, bien porque su rareza las convirtió en las preferidas de la nobleza y la realeza del Antiguo Régimen. Lo cierto es que desató una fiebre, un irrefrenable deseo de disfrutar de tulipanes de la que se contagiaron las clases sencillas y pronto se vivía una verdadera fiebre del tulipán. Los menos afortunados les bastaba con comprar el bulbo y dejarlo a la entrada de casa, a manera de decoración. Daba igual que no floreciera nada, la visita quedaría igual de impresionada que si viese el florido color de la planta.

Los holandeses han sido siempre muy activos en la transacción comercial y de los primeros en contar con Bolsa, inventada por susvecinos como en su día contamos así que pronto vieron que la ciudadanía estaba dispuesta a pagar grandes sumas por disfrutar de esta cara flor que había de traerse principalmente de las tierras de Anatolia, entonces Imperio Otomano. Los turcos hacían su agosto y se encargaban del suministro. De hecho, sin ellos saberlo, le terminaron por dar el nombre a la flor, ya que en holandés, turbante, es tülbend, la prenda más llamativa para un europeo; con “turbante” se quedó la flor y el nombre sirvió para el resto de idiomas: tulipán en español, tulip en inglés, tulipa en italiano, tulpen en alemán, o tulipe en francés. Y través del Danubio, hubo millones de toneladas de tulipanes por el continente.  

Holanda empezó a comercializar el tulipán y a que éste entrara en la bolsa de valores; su demanda era enorme, se vendía en mercados especializados, el precio no dejaba de subir y cuando empezaron a plantarlos en su propia tierra, el negocio era casi redondo: el mercado parecía no saturarse. Los corredores se inventaron entonces un segundo mercado, el de futuros. El comprador, ansioso por tener tulipanes que luego liquidaría a otros compradores, llevándose un margen sustancioso, podía así adquirir cosechas enteras que no se habían aún sembrado o cargamentos de las especialidades más demandadas.


Quién iba a pensar que aquello que en 1593 definitivamente, puso de moda Carolus Clusius, el jardinero del emperador Maximiliano, cuando organizó la moda de embellecer los jardines de un palacio con un tulipán, en el siglo XVII iba a convertirse en el negocio salvador. Equiparados a un símbolo de riqueza, 48 bulbos costaban el equivalente al salario anual de 200 trabajadores.

En 1636 el negocio era tener derecho sobre un bulbo de tulipán; en sólo un año, el precio subió un 500 % y esa locura de negocio parecía que jamás iba a acabar. Hasta que al año siguiente, en 1637, el invierno fue tan crudo que la cosecha de tulipanes fue rematadamente mala. Al igual que el estallido de las hipotecas y la compra de basura financiera desde 2008 aquí, los inversores empezaron a recelar. El precio se consideró un abuso, bajó la venta, pero sobretodo por cuánto se vendía. Parecía de locos que en 1620 cuatro bueyes costaran 500 florines, 2.000 kilos de mantequilla, 200 florines y la variedad de tulipán Semper Augustus, costara la docena de bulbos 5.000 florines.

Mal año para Holanda el de 1637. A punto de terminar la Guerra de los 30 años, los VIEJOS TERCIOS españoles se paseaban triunfales, caían ciudades enteras a manos hispanas, Felipe IV era el Rey Planeta y el tulipán no valía nada. Un 3 de febrero de ese año, el mercado dijo basta. Los accionistas cayeron en la ruina, los inversores lo perdieron todo, los mercados se precipitaron y cuántos comían de un espejismo, vieron cómo el tulipán lo hizo Dios para la vista y no para el bolsillo.

Holanda se recuperó a los años; el tulipán es uno de sus símbolos nacionales, acababa de crearse la floricultura, los que empeñaron granjas y casas no quisieron jamás acordarse de aquello y los demás, nunca, aprendieron. Siglos después, vendrían mil situaciones posteriores, iguales, calcadas... En 1929, pero hace unos años, cuando sucedió lo mismo con las punto.com, hipotecas subprime, una tendencia inflacionista o un sector inmobiliario que parecía ser la panacea. El caso es que todo esto tiene un resumen facilísimo:


EL SER HUMANO JAMÁS APRENDERÁ MIENTRAS LA CODICIA  SEA TAN NATURAL COMO RESPIRAR.  

jueves, 24 de octubre de 2013

El Crac del 29

Coincidencias de la vida, fue un jueves también y justo hoy se cumplen 85 años. Aquel 24 de octubre de 1929, la Bolsa de Nueva York anticipó lo que iba a ser la mayor catástrofe económica de la historia del Mundo hasta la actual crisis que venimos padeciendo desde 2008. La Bolsa de valores se desplomó, el sistema bancario estadounidense se fragmentó y cundió el pánico entre ahorristas, inversores y como punto más flaco de la pirámide del poder, la ciudadanía, que no intuyó que aquel día iba a ser conocido en las páginas de historia como el JUEVES NEGRO. Acababa de producirse el Crack del 29.

Una espiral de crecimiento imparable dentro de aquellos felices años 20 se basó en una producción con costes altísimos, escasa competitividad y unos bancos que proporcionaban crédito sin control. La salud del sistema financiero inglés estaba avisando de su flaqueza; Gran Bretaña se convirtió hacia 1926 en deudora de Francia y Alemania, cuyos bancos centrales acumulaban grandes cantidades de libras esterlinas convertibles en oro. Pero la libra no valía nada y desde Londres se ocultó al Mundo que no había reservas de oro para hacer frente a sus divisas. La única alternativa inglesa a fin de proteger sus reservas era subir el tipo de interés. El máximo responsable del tesoro inglés llamó a su homónimo estadounidense para hacerle partícipe de la debacle. El Presidente de la Reserva Federal de Nueva York, aceptó el órdago: a fin de cuentas, ambos eran colegas vinculados a la Banca JP Morgan. ¿Les suena?

Por aquel entonces, el club más exclusivo del Mundo era Long Island, en Estados Unidos. Allí se dieron cita en 1927 los gobernadores de los bancos centrales más importantes del Planeta, dándose cita en una reunión que buscaría un acuerdo entre Francia y Alemania, rogando su condescendencia para que dejaran de exigir a Inglaterra el pago en oro de sus deudas. Pero franceses y germanos no querían libras. La libra, realmente, no valía nada.  Pero Estados Unidos estaba dispuesto a ayudar a Gran Bretaña mediante una política de crédito barato. No había un ápice de generosidad en ello: este crédito iba a ser muy favorable para la bolsa estadounidense.

Desde 1922, la Reserva Federal había inventado la arriesgada pero suculenta operación de comprar deuda pública y desde entonces, el mercado de valores a nivel mundial se había enfrascado en la incoherente política de inflar el tipo de interés. Se compraba realmente humo. Después de aquella célebre reunión en Long Island, la Reserva Federal prestaba 12 millones de libras en oro al Banco de Inglaterra, rebajaba los tipos de interés y se frotaba las manos esperando que el oro inglés se depositase en en los bancos estadounidenses.

En agosto de 1927 los tipos de interés caen medio punto, alcanzan su mínimo histórico, se duplica el volumen de las operaciones, se vivía un frenesí bursátil, la Bolsa de Nueva York subió más del doble, las operaciones llegaban desde cualquier rincón del Mundo... Algo iba mal, y la Reserva Federal se dio cuenta que acababa de ayudar al nacimiento de un monstruo. El freno fue subir los tipos de interés que pasaron del 3,5 al 5%, pero ya era tarde: el boom bursátil había empezado. En una entrevista, el nuevo responsable del Tesoro Americano fue claro y ejemplar: “cuando la bañera del piso de arriba se ha desbordado y ha estado vertiendo agua durante cinco minutos, no es complicado lograr que deje de hacerlo y aprovechar para fregar el suelo. Pero cuando ha estado vertiéndola en grandes cantidades durante muchos años, las paredes, los falsos techos y el suelo están echados a perder, y resulta muy costoso y complicado retirarla. Mucho después de que se haya cerrado el grifo, el agua seguirá rezumando por las paredes y el techo”.

En octubre de 1929, los inversores, los ahorristas, los banqueros... predijeron sin necesidad de ser unos genios que de una u otra forma, esta orgía de crecimiento falso iba a explotar. Joe Kennedy, padre del futuro Presidente, se estaba limpiando los zapatos cerca de Wall Street. El limpiabotas le aconsejó que comprara acciones de ferrocarril y más allá de que le hiciera gracia que un simple limpiabotas le diera lecciones bursátiles, entendió que  “si cualquiera podía invertir en bolsa y un limpiabotas predecir lo que iba a ocurrir, esto significaba sin duda que el mercado estaba sobrevalorado”. Un lunes 25 de octubre de 1929, la Bolsa perdió casi 10 puntos. El dinero era papel, pero nada más. Se pagaba hasta un 20 % de intereses y en un intento por salvar todo, el presidente del National City Bank, compró  todos los títulos con el fin de dar la sensación de que había esperado el momento oportuno para comprar y recuperar así la confianza de los inversores.

El 24 de octubre, tras varias pequeñas bajadas, se produjo la primera gran caída, llegando a descender la Bolsa un 9%; pero en aquella ocasión no había un banco que comprara nada; estalló el pánico. La policía tuvo que clausurar la Bolsa, las acciones se vendían por un 67 % menos del valor presumible, no se encontraba comprador, millonarios y ricos inversores se lanzaban desde los rascacielos, sin entender cómo se había llegado a ese espejismo y 80 años después, los culpables de aquello volvieron a caer en el mismo error.


NO APRENDEMOS DE LA HISTORIA

Timando a los nazis

Ayer os dejé las curiosidades y sorpresas que envolvieron el “robo más grande jamás contado” pero hoy contraataco con un sorprendente hecho que tardó años en esclarecerse y que devolvió en parte, el mal que los nacionalsocialistas alemanes hicieron. Ni en la mejor película de aventuras, ni los guionistas de la saga de Indiana Jones, menos acaso en las novelas de ficción, pudo jamás soñarse con cuanto escondía la mina de Kaiseroda. Y sin embargo, después de ver miles de millones en oro, plata, moneda, piedras y obras de arte, a los expertos americanos lo que más les llamó la atención fue un cuadro...

Un lienzo muy parecido al arte de Vermeer representaba la escena evangélica de la “mujer adúltera”. El estilo recordaba al del prestigioso pintor barroco, la placa sobre el marco indicaba que en efecto era suyo pero sin embargo, era la primera vez que se tenía constancia de esta obra, desconocida para cualquier especialista y sobre todo, vista por vez primera. Como quiera que la cosa no les terminó de encajar a los americanos, decidieron formar un comité de expertos que autentificaran el cuadro. Meses después de practicar todo tipo de pruebas, tanto el material, la técnica como la antigüedad que acumulaba el lienzo, no dejaban lugar a dudas: era un auténtico Johannes Vermeer.

Nadie había oído hablar del cuadro, lo que llevó a pensar que se trataba de uno de los miles de robos a particulares propiciados por los nazis. Una buena temporada revolviendo los archivos alemanes empezó a dar sus frutos. Alguien había pagado hacia 1940, la impresionante cantidad de 850.000 dólares en Holanda, para que el cuadro formara parte del ansiado Museo de Hitler que se iba a erigir en Linz, su ciudad natal. La división americana encargada de catalogar todo lo hallado siguió investigando y al cabo de las semanas, se quedó estupefacta: nada menos que el mismísimo Hermann Göring, lugarteniente de Hitler, era el comprador de esta obra.

Autorretrato de Han van Meegeren

Ya sólo faltaba descubrir quién le había vendido un cuadro como este; su calidad era tan alta que se sospechó desde un primer momento que nadie hubiera dado señal alguna del cuadro. Su factura y conservación, manifiestas, lo suficientemente altas como para que la obra hubiese sido robada de alguna Iglesia y por supuesto, interesaba preguntar todas estas cosas al anónimo vendedor. El dato fue estrechándose hasta que se descubría el lugar de la venta, Holanda y el vendedor: un pintor sin fama ni nombre, pero que vivía con un nivel de vida holgado, sobrado y envidiable, que desde luego no pudo justificar. Se trataba del ciudadano holandés Han van Meegeren, del que pronto se pensó que había sido un colaboracionista nazi.

Su detención no se hizo esperar. Acusado de colaboración, traición a la patria y robo y tráfico de obras de arte, a van Meegeren sólo le podía esperar la condena a muerte. Había sido un ladrón, un colaborador, se había aprovechado del sufrimiento de su pueblo, cometido la deslealtad de robar a su país para ayudar a los nazis y todo ello, dejándole una suculentas ganancias que no tenía el reparo de ocultar.

El juicio no se hizo esperar; el acusado cayó en contradicciones, aquello no tenía pies ni cabeza y el tribunal estaba a punto de fallar en su contra. Le esperaba la horca, por lo que Han decidió contar la verdad: él mismo había pintado el cuadro. Era un estafador, un falsificador, un perfecto copista que había tenido la suerte de engañar a los nazis. No una, 6 VECES. Obviamente, su defensa no fue tenida como verdadera. El nudo de la cuerda con la que iba a ser ahorcado, pendía ya debajo del tribunal de justicia.

A Han van Meegeren sólo le quedó una salida: demostrar en directo que era capaz de hacer un cuadro tan perfecto que ni los mejores expertos pudieran averiguar si se trataba de un Vermeer original o no. Lo primero que hizo fue explicar su técnica. Se recorría las tiendas de Ámsterdam y compraba cuadros antiguos pero de escaso valor artístico. Le interesaba cualquier tela, cualquier lienzo del siglo XVII, especialmente coetáneo a los grandes pintores holandeses del barroco. Sus estudios lo habían capacitado para reproducir fielmente la técnica de Vermeer, hasta el punto de hacer los cuadros con los mismos materiales, las mismas herramientas y de la misma forma que se hizo en su día. Utilizaba pinceles de pelo de tejón., pigmentos naturales y aceites hechos por él. El color azul salía de un trabajo de chinos con el lapislázuli, al que hacía traer desde Inglaterra.

Los óleos llevaban la fórmula del barroco, los tonos de la época y el mismo proceso que pudo haber hecho Rembrandt o Vermeer. Cuando ya había pintado la obra, sobre una tela del siglo XVII a la que hacía desaparecer la pintura original y con este proceso comentado, secaba el conjunto con formaldehido, lo horneaba a 120 grados para que se endureciera la pintura y tuviera aspecto vetusto y luego enrollaba la tela para que se abriera el sustrato pictórico y aparecieran en la superficie del cuadro grietas, como si en efecto tuviera más de 300 años. El engaño era tan perfecto (materiales, técnicas y procesos de envejecimiento) que la mayoría creía estar frente a un cuadro del barroco.

Para colmo, Han van Meegeren era un verdadero artista capaz de reproducir a la perfección el estilo de Vermeer. Y lo demostró de julio a diciembre de 1945, ante el tribunal, frente a periodistas, expertos del arte y fiscales. Estaba reproduciendo el famoso cuadro de Vermeer, “Cristo joven en el Templo”.

Expertos que no estuvieron delante  de Han mientras intentaba demostrar su inocencia, pasaron luego a comprobar la obra. Microscopios, lupas, pruebas químicas y teorías artísticas determinaron que  se trataba de un cuadro con 300 años, del barroco, muy probablemente por el estilo, del afamado Johannes Vermeer. Los jueces no podían creer lo que veían. En el último día, uno de los asistentes, el propio General Patton, quedó estupefacto. En efecto, ese hombre decía la verdad... HABÍA ENGAÑADO A LOS NAZIS. Pero si bien no traficó con arte, no robó patrimonio, no traicionó a la patria, sí es cierto que colaboró, con el objeto de sacar una sustancial cantidad de dinero, con los nazis. Así que el 12 de noviembre de 1947 fue condenado a un año de prisión,

Los periódicos holandeses cambiaron su parecer. Los titulares del último año y medio habían sido feroces. De repente, Han dejaba de ser el traidor para convertirse en una especie de héroe nacional que había sido capaz de timar a los nazis, de engañar en su cara a Göering y de lucrarse a costa de los asesinos del Tercer Reich. Era una burla moral, una patada ética. Poco a poco salieron a la luz sus falsificaciones; en 1937 había  “Los discípulos de Emaús”, había formado parte de una exposición nacional sobre pintura holandesa y en Rotterdam, fue aclamada como “la mejor obra de Vermeer”. El problema es que el pintor barroco no la hizo, sino el bueno de Han, que iba indicando los museos, colecciones privadas e Iglesias que creían tener un Franz Hals, un  Rembrandt o un Vermeer y sólo tenían un cuadro pintado hacía dos años.


El 30 de diciembre de 1947 iba a ser conducido a prisión para cumplir su año de cárcel. Era una leyenda, un valiente, casi un soldado. A fin de cuentas había humillado a la cúpula nazi. Pero en medio de toda una conmoción social para que no fuera a la cárcel, sufrió una crisis cardiaca y murió. No, no piso la cárcel y hoy día lo seguimos recordando por su hazaña: timar a los nazis y devolverles un poquito de lo que habían hecho expoliando el arte europeo

miércoles, 23 de octubre de 2013

El robo más grande jamás contado (II)

"El saco de Roma" 

En la Guerra, los botines constituían uno de los principales alicientes para entrar en combate. El honor era un estímulo poético; el saqueo el acicate definitivo. El Tercer Reich es con toda probabilidad uno de los errores humanos más grandes. ¡Quién sabe si el mayor! el exterminio del pueblo judío y el intento de crear la súper-raza lo demuestran. La muerte y destrucción de media Europa lo confirma. Pero mientras algunos dirigentes nazis andaban preocupados por crear hijos de perfectas Valquirias, otros siguieron la regla no escrita de cualquier guerra a lo largo de la historia: el vencido ha de hacer más grande al vencedor. El arte ha sido siempre el más codiciado objeto de pillaje. Los españoles sabemos bien de qué hablamos, porque pinturas y bienes muebles nuestros pueblan las salas de los museos de medio Mundo desde que los ejércitos franceses se dedicaron a ROBAR nuestro patrimonio. Aquellos nazis que no estaban convencidos del triunfo ario, se guardaron bien las espaldas con bienes que siempre se revalorizan: el arte.

"Hospital de Arlés de van Gogh"

América ha sido el destino principal de las piezas sustraídas al pueblo europeo. Bueno, al pueblo judío en Europa. Elizabeth Taylor conservó “Vista del asilo y capilla de San Remy”, de Vicent van Gogh a pesar de las reclamaciones que alegaron los herederos del judío al que le fue sustraído. El madrileño Museo Thyssen-Bornemisza exhibe 218 cuadros adquiridos bajo la sospecha del expolio nazi y reclamado por los descendientes de un antiguo propietario, tras pasar por todas las instancias judiciales americanas.

"Calle San Horonato al mediodía" Camille Pisarro, 1897

El nacionalsocialista Karl Haberstock, vendió al primer barón obras del renacimiento alemán, los judíos que huían de la persecución preferían malvender sus obras de arte y “Calle San Horonato al mediodía”, que pintó Camille Pisarro en 1897 fue reclamado por Claude Cassier, alegando que perteneció a su abuela y tuvo que venderla a los nazis en 1939 por la cifra de 360 dólares para comprar el visado que la llevaría a Londres, en no pocas ocasiones. Por cierto que la familia Cassier murió en campos de concentración. Otros judíos cuyos progenitores y mayores perdieron la vida en el exterminio racial, como David Weil, insisten en que el Thyssen de Madrid tiene cuadros que les pertenecen. Weil reclamó “La familia en metamorfosis” de André Masson, caso resuelto al llegar a un acuerdo para exponerlo en el Reina Sofía. En total, se calculan que unas 600.000 obras y objetos fueron robados de 1933 a 1945 a la comunidad judía europea.

Adele Bloch Bauer I”, Gustav Klimt,1907

Sólo de Francia salieron con destino a Alemania las obras de arte de 203 colecciones privadas que sumaron la friolera de 500.000 muebles y 1.000.000 de libros. Lo escalofriante de todo esto es que el arte robado iba destinado a formar el Führer Museum, en la ciudad natal de Adolf Hitler: Linz. El siguiente ataque se pretendió dirigirlo contra el Louvre, la Galería de los Uffizi, el patrimonio museístico polaco y el holandés. El más ávido de los ladrones de arte fue la mano derecha del enloquecido Hitler: Goering. Holanda tramita actualmente la restitución de un lote de 4.217 obras de arte que ha estado en las paredes de sus museos nacionales, entre las que destacan 200 obras de la colección de Jacques Goudstikker, que huyó de Holanda el 14 de mayo de 1940, dejando un tesoro que fue incautado, en parte, por el propio Hermann Göring. De esta colección, se subastaba en 2006 el retrato “Adele Bloch Bauer I”, que Gustav Klimt pintó en 1907 y que está en la Neue Gallery de Nueva York. Su precio, 135 millones de dólares. La segunda obra más cara de la historia en el mercado del arte.

La Dama de Elche fue una de las miles de obras de arte robadas en España por Francia

La Alemania nazi persiguió arte por todo el Mundo. Un capítulo aparte constituye los intercambios que se hicieron con países que en un primer momento eran aliados nazis, caso de España. Los alemanes restituyeron a nuestra nación la Dama de Elche o la Inmaculada de Soult pintada por Murillo, que los franceses a su vez habían robado tras la Invasión Napoleónica.

El cuadro que Franco quiso regalarle a Hitler

Aquello conmocionó a Franco que tras su entrevista en Hendaya con Hitler, quiso regalarle el retrato de “La Marquesa de Santa Cruz” de Goya al canciller nazi. Hace quince meses lo conté en esta Alacena.

Reconstrucción de Salón del Ámbar... Perdido.

Caso aparte merece el Salón Ámbar. Federico Guillermo I de Prusia le regaló al Zar ruso Pedro el Grande una cámara del siglo XVIII construida enteramente con ámbar semitransparente del Báltico. El Zar llenó la sala de lujosos muebles, 24 espejos, suelos de madreperla y convirtió tan refinado conjunto en el salón de banquetes de su palacio de verano en San Petersburgo. Pero en 1941, durante la campaña rusa de los ejércitos alemanes, la riquísima sala fue robada y llevada al castillo de Königsberg. Cuando los ingleses tomaron aquella zona, no pudo recuperarse el salón. Algunos decían que los bombardeos de la aviación británica lo habían destruido. Otros, siguen sosteniendo que los nazis lo sacaron en un barco y algún interesado filtró que se escondió en la mina de Kaiseroda, el almacén con las riquezas más grandesdel Mundo hasta el punto que el mismísimo Comandante Supremo de las fuerzas aliadas, luego Presidente de Estados Unidos, el general Dwight Eisenhower, junto a Patton, no se quisieron perder la reunión de cuadros Tiziano, Rafael, Rembrandt, Durero... Y la mismísima Nefertiti. También en Kaiseroda se custodiaba el busto con 3.000 años de la reina egipcia.


Como Velázquez, cientos de cuadros españoles cuelgan de los Museos del Mundo 
tras ser robados en España por los franceses. 

Los esfuerzos de la eficiente Bildende Kunst (Bellas Artes), integrada por 350 bibliotecarios, archivistas e historiadores de arte no fueron suficientes... miles de obras de arte están en paradero desconocido, en manos que no corresponden o desgraciadamente destruidas. Esta preocupación por el robo nazi ha de recordarnos que cientos, miles de obras de arte español fueron robadas tras la Invasión Napoleónica. Los museos franceses e ingleses, principalmente, confirman con sus vastas colecciones de autores españoles este asunto. Pero por desgracia, España hace años que no reclama la misma atención que otros países.