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martes, 30 de abril de 2013

El Holocausto


"La Barca de Dante". Eugene Delacroix, 1822. 

Es difícil precisar qué hechos entran en la categoría de históricos y cuánto tiempo ha de pasar hasta que sucesos que vinieron a cambiar el Mundo, pueden ser considerados parte de esa ciencia que para muchos es nuestra vida y para otros “batallitas de abuelo”. Lo cierto es que a 80 años y 4 meses vista, después de las lecciones sociales (no quiero hablar de las económicas para evitar comparaciones odiosas con España), todo indica que lo sucedido aquel 30 de enero de 1933, si no ha entrado ya en el mundo de la historia, va camino de ello.

"La entrada de los condenados al Infierno". 
Detalle del Juicio Final de la Capilla Sixtina. Miguel Ángel, 1540.

Aquel lunes de hace más de 80 años, empezó el más oscuro, denigrante y vergonzoso episodio del que fueron capaces los hombres y que nos recuerda la iniquidad de nuestra especie. Aquel lunes, se daba el pistoletazo de salida a más de doce años de terror, de horror, crímenes y la gestación de un concepto de vida (y de muerte) orquestado por un Gobierno y llevado a cabo por sus dirigentes, que desgraciadamente nunca pudieron ser examinados desde la perspectiva psiquiátrica para comprender qué tipo de enfermedad les llevó a cometer los más execrables asesinatos que recuerde la Humanidad. Aquel lunes, 30 de enero de 1933, acababa de nacer el III Reich.

El concepto del III Reich fue acuñado rápidamente por los mandatarios nazis con el objetivo de darle carta de continuidad a un proceso histórico que debía desembocar en la primordial preocupación de este nuevo gobierno totalitario: la creación de una Alemania grande y fuerte. Reich es traducido como Imperio, y antes de la idea de una nueva nación dominante que Hitler y los suyos querían para los pueblos germanos, hemos de precisar cuáles fueron los dos Reich anteriores:

I Reich (962-1806). Firmemente convencidos de ser herederos de los romanos, fue conocido como el Sacro Imperio Romano Germánico. A éste, lo devoró Napoleón, aunque cada año que pasaba, se hacía más pequeño a favor de Austria por ejemplo.

"Proclamación del Segundo Imperio Alemán  en 1871"
Anton von Werner, 1885. 

II Reich (1871-1918). La unificación de Alemania, la idea de fortaleza germana que el canciller Otto von Bismarck acuñó, la victoria sobre los franceses a los que los alemanes le arrebataron la región de Alsacia-Lorena y en definitiva, todo aquello que supuso el origen de la I Guerra Mundial, que acabó con los proyectos y sueños del Segundo Imperio Alemán y la humillación de su pueblo.

III Reich (1933-1945). Ni fue un Imperio ni otra cosa que los sueños peligrosísimos del nacionalsocialismo alemán, es decir, del Partido Nazi. Gestado en la cabeza de los dirigentes satélites de Hitler y respondiendo a la humillación que el pueblo alemán soportó tras haber sido derrotado en la I Guerra Mundial, rencores históricos, una economía hundida y muy especialmente, el odio al pueblo judío, conforman los ingredientes con los que nació y se sustentó el episodio más deleznable de Alemania, Europa y la humanidad.

Adolf Hitler con 30 años

En 1919 Adolf Hitler tenía 30 años; una sucesión de malas interpretaciones de textos filosóficos e históricos y su idolatría a artistas como Richard Wagner, un antisemita tan enorme como enorme fue su música, lo lleva a escribir este texto: “El antisemitismo como movimiento político, debería basarse en la razón, no en la emoción, y debería conducir a la eliminación sistemática de los derechos de los judíos. Sin embargo, el objetivo final, que sólo podía alcanzarse con un gobierno de fortaleza nacional tendría que ser la eliminación completa de los judíos”.

Grabado de Henrich Hoffman (1876) de "El Mercader de Venecia de Shakespeare. 
El famoso escritor inglés, retrata al pueblo judío como malvado y usurero.

¿Por qué ese odio al pueblo hebreo? No es una novedad, porque la historia de los hijos de Israel está plagada, desde hace siglos, de persecuciones, violencia y la animadversión del resto de pueblos que han convivido con ellos. Desde los amorreos y cananeos de la Biblia a egipcios, griegos, romanos, musulmanes, los españoles de la Edad Media... Es más fácil señalar quién ha sido amigo y protector del pueblo judío que enemigo y aniquilador. Lo cierto es que muchos siguen preguntándose cuál fue el origen de este odio rabioso de Adolf Hitler a los hebreos, sin esclarecerlo con datos fehacientes. Se apunta que la madre de Hitler tenía ascendencia judía. Lo cierto es que de esta época hay que recordar lo mal estudiante que fue Adolf, fracasando en sus intentos tanto de convertirse en funcionario como de ingresar en la escuela de artes.

Lo que se desmonta realmente es que el origen del antisemitismo de Hitler tuviera alguna relación con la muerte de su madre Klara. Según se ha especulado con poca fortuna, Klara cayó gravemente enferma y debió ser operada de cáncer de pecho en enero de 1907. Se hizo cargo de su tratamiento el médico judío de la familia, el doctor Eduard Bloch. En efecto, ese mismo año moría la madre y todo hacía pensar que Adolf lo creyó incapaz de salvarla, culpándolo del doloroso fin que tuvo Klara. Lo que a veces resulta incomprensible es el inmenso amor y respeto que sintió por su madre (habida cuenta de su sanguinaria e inhumana actitud) como demuestra las fotos que llevó siempre de ella y las palabras con las que la recordó poco antes de suicidarse en el búnker.

Eduard Bloch, el médico de los pobres

Muchos alegarían que esta es la clave de su furibunda actitud contra el pueblo judío, a no ser que conozcan algo muy esclarecedor: poco después de su muerte, el 21 de diciembre de 1907, el mismo doctor Bloch relataba el agradecimiento que la dispensó Hitler en su momento, por medio de postales y hasta regalándole uno de los cuadros que había pintado. Años más tarde, con toda la criminalidad antisemita desplegada en Alemania, el doctor recurrió a Hitler para obtener un trato favorable y consiguió emigrar a Estados Unidos, donde falleció en Nueva York, en 1945. ¡No, aquí tampoco está el origen de ese odio!

Jóvenes judíos en el gueto de Varsovia. 

Al fin, haciendo todo un trabajo “novelístico” más propio de la psicología freudiana que otra cosa, muchos apuntan que la infancia de Hitler vino marcada por una negativa experiencia: algunos niños, compañeros de su  escuela, judíos, tuvieron comportamientos lesivos hacia él, caldo de cultivo de un odio visceral que en vez de focalizarlo sobre los pocos culpables, recayó sobre todo un pueblo. Y al fin, lo más lógico es pensar que tras muchas lecturas equivocadas, a sabiendas que Alemania había sido ridiculizada, perdió parte de su territorio, recibió duros castigos económicos, se le privó de una independencia militar y de gestión y que era sombra de lo que fue, Hitler empezó a usar a los judíos, sirviéndose del odio ancestral que provocaron desde tiempos inmemoriales, a manera de chivo expiatorio al que echar las culpas de todos los males del país, señalándolos como el origen de todos los problemas que asolaban a Alemania y diciendo de ellos que representaban al proletariado combativo, al industriales enriquecido a costa de los alemanes y por tanto, su eliminación era un paso necesario para la grandeza del III Reich.

Justo hace 80 años y 4 meses, aquel lunes 30 de enero de 1933, empezaron a redactarse y a promulgarse paulatinamente las más vergonzosas leyes raciales de todos los tiempos, con el objetivo final de restringir y reducir a la mínima expresión los derechos ciudadanos de los judíos, hasta llegar a la jornada del 15 de septiembre de 1935, cuando se dieron a conocer las Leyes de Núremberg, el documento legal más bochornoso que recuerde la historia, cuyas premisas principales se sustentaban en la idea de que el judío “era una lacra social insertada en el pueblo alemán que debía ser extirpada como un tumor cancerígeno”:

Tener tres abuelos judíos y un abuelo alemán = 100% judío.
Tener dos abuelos judíos y dos alemanes = 50% judío.
Tener un abuelo judío = 25% judío.
Abrazar la religión judía sin ser judío de nacimiento = 100% judío. 
Casarse o mantener relaciones con una persona judía = 100% judío.
Judíos convertidos al cristianismo = 100 % judíos.

Esta clasificación de pertenencia al pueblo y la cultura judía, desde esta misma fecha, sería penalizada con prisión. Y todo ello en base a una nueva norma para la que se dieron prisa en aprobar los nuevos mandatarios alemanes: la “Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes”. En su articulado, lo primero que se prohibía de manera tajante era la unión entre judíos y alemanes, en cualquiera de las situaciones imaginables, desde el matrimonio a las relaciones sexuales, además de sumarle algunas particularidades como la prohibición expresa de que ningún judío contratara para su servicio doméstico a alemanas menores de 45 años y que ninguno del pueblo hebreo pudiera hacer uso de la nueva bandera nacional, la del Tercer Reich.

Poco a poco el Gobierno Alemán fue alargando las restricciones hasta llegar al año 1936, cuando Berlín acogía las Olimpiadas. En éstas, se impidió la participación de judíos en las competiciones aunque fueran destacados en sus especialidades y se aprovechó además para prohibir también a los judíos el ejercicio de sus profesiones habituales dentro del territorio alemán. ¿Cómo iba a vivir el ciudadano hebreo sin poder trabajar? Poco importaba esto, la medida sin duda iba encauzada a la eliminación de cualquier elemento hebraico del colectivo social alemán, añadiéndose la tajante prohibición a los empresarios alemanes de contratar judíos, en ningún oficio ni bajo ninguna premisa. La ley además, obligaba a su despido inmediato sin necesidad de resarcirlos de ninguna forma, bajo la amenaza de penalizar al alemán que cobijara laboralmente a algún judío. Lo último que quedaba para asfixiar definitivamente a los hijos de Israel, era devaluar las propiedades judías, casas, negocios y valores bursátiles o efectivos bancarios. Una vivienda judía al lado de otra de idénticas características de un alemán, valdría inmediatamente como poco, la cuarta parte menos.

En 1937 otro golpe legislativo sacado de la manga del odio irracional de los mandatarios nazis veía la luz bajo el nombre "Ley de la ciudadanía del Reich", que establecía una división entre alemanes y judíos, diciendo de los primeros que tenían el estatus de "ciudadanos del Reich" y de los segundos, que simplemente eran “nacionales” y por ende, al no pertenecer al primer escalafón del nuevo gobierno, estaban desprovistos de los derechos reconocidos a cualquier ciudadano del Tercer Reich. Pero en el visceral y enfermizo odio racial, entraron de repente junto a los judíos, los gitanos, los negros y los eslavos. Estos cuatro grupos recibieron el apelativo de “pueblos potencialmente dañinos”, peligrosos racialmente hablando y al fin, fueron considerados como Untermensch: INFRAHUMANOS.

Dice la pancarta: "Alemanes, defendeos. No compréis a los judíos". 

El clima social había sido aventado por el gobierno alemán con el objetivo, ya cumplido, de señalar de manera irreversible al pueblo judío como el enemigo a abatir y el origen de todos los problemas de la gran patria aria. El pueblo compró la mentira, la mayoría de las veces porque el eficaz órgano propagandístico nazi fue incuestionable, la otra mitad porque se habían articulado poderosas leyes que empujaban obligatoriamente a sentir animadversión a los judíos. Dicho de otra manera, o se demostraba la lealtad inquebrantable al Tercer Reich o se corría la misma suerte que los desgraciados “INFRAHUMANOS” que no pudieron escapar a tiempo del horror instalado desde 1933. Y así, el 9, ya 10 de noviembre de 1938, tuvo lugar la primera gran cacería humana que se conoce como la “Noche de los cristales rotos”. La mecha que se enciende para el detonante tan caro que hubo de pagar el pueblo hebreo fue el asesinato de un diplomático alemán a manos de un muchacho judío. Alentados por los poderes públicos, la ciudadanía alemana asesinó esa misma noche a 90 judíos mientras miles de ellos eran arrestados por al temible fuerza paramilitar de las SS. Los comercios, tiendas (se sobreentiende que judías) y sinagogas del país, en más de un 85 %, ardieron aquella trágica noche que ha de avergonzar a la humanidad.

Lejos de imponer el orden y hacer valer la justicia, desde Berlín se dirigió una nueva normativa: los judíos eran responsables del ataque y estaban obligados a reparar los daños, a indemnizar al estado alemán por los destrozos y a entregar el dinero recibido a las compañías de seguros. Se los excluyó de la vida económica, se les prohibió el acceso a las universidades, el uso de transportes públicos, frecuentar espacios urbanos como  teatros o jardines y mezclarse con la ciudadanía alemana de la que no formaban parte, pues desde unos años antes, como hemos visto, no eran ciudadanos sino nacionales. 

Judíos polacos conducidos al gueto de Varsovia

Y nacieron los guetos. Sin que ello supusiera ninguna novedad para la Humanidad, puesto que hay que recordar con toda la vehemencia posible que en al-Andalus, esa mítica tierra de convivencia de culturas que era el actual territorio español bajo dominio musulmán, los judíos ya eran confinados en barrios cercados, amurallados y restrictivos por las autoridades islámicas. Hay que recordar que la Alemania de 1940 no fue la primera en asestar un duro golpe al pueblo judío en suelo europeo, ya que quizás, la mítica fecha del 30 de diciembre de 1066, hace casi 1.000 años, fue cuando se produce el primer asesinato selectivo y concienzudo de la población judía. En aquella ocasión, fueron los musulmanes los que acabaron con el pueblo hebreo y el lugar, para tristeza del que escribe, GRANADA. Así pues, los guetos alemanes heredaron esa práctica con la finalidad de confinar de manera hacinada e insalubre a los judíos, a los que se les prohibió tajantemente abandonar los guetos bajo cualquier excusa, al tiempo que se llevaron a cabo por primera vez diversas matanzas, aún timoratas para lo que estaba por venir.

Heinrich Himmler visita Madrid en 1940

Y llegamos al mes de octubre de 1941. El Sin embargo, es en el otoño de 1941 cuando hace su aparición en escena el mayor asesino de la historia: Heinrich Himmler, fue el comandante en jefe de las SS y ministro del Interior y el que gestionó la orden de la matanza metódica y sistemática de millones de judíos, negros, polacos, gitanos, homosexuales, comunistas, testigos de Jehová, enfermos mentales, sacerdotes católicos y ancianos... además de cuantos fueron usados en experimentos. En esta fecha ordenó un plan para "ejecutar en masa a los judíos residentes en el Gobierno general". El nombre en clave de la operación sería "Aktion Reinhard". El 20 de enero de 1942, se pone en marcha la mayor atrocidad que nunca antes fue capaz de llevar a cabo el ser humano: “La solución final”. 

Da vergüenza hasta escribir en qué consistía este plan llevado a cabo desde las altas instancias del Reichstag: ejecutar el genocidio sistemático de la población judía europea durante la Segunda Guerra Mundial. Su puesta en práctica, conocida posteriormente como Holocausto, supuso la deportación sistemática y exterminio posterior de toda persona clasificada como étnicamente judía, con independencia de su religión. El término fue acuñado por Adolf Eichmann, un funcionario nazi que supervisó en primera instancia la campaña, a la que antes se denominaba “reinstalación”. Para ello, era necesario registrar a fondo toda Europa, partiendo desde el oeste hacia el este y desde el norte hacia el sur, para deportar a todas las personas de ascendencia judía a los campos de exterminio.

Puesta en marcha la “Solución Final”, los niños y ancianos eran mandados directamente a la muerte, los adultos eran utilizados como mano de obra esclava antes de proceder a su asesinato y la primera vez que se probaba la fórmula para acabar con los judíos, fue en septiembre de 1941. En esta fecha,  se llevaron a cabo las primeras acciones de exterminio en masa por medio del gas Zyklon B. En los campos de concentración, se instalaron cámaras de hormigón y metal, selladas herméticamente, insonorizadas, a las que se conducía a la población reclusa para someterla a una lluvia de gas Zyklon B, que después de 25 minutos de agonía por asfixia, los mataría.

El 20 de enero de 1942 se puso en práctica el gaseo. Fue en Auschwitz-Birkenau, el campo de concentración más grande, que aún con todo, fue ampliado hasta que pudo acoger 200.000 presos y disponer de cuatro cámaras de gas a pleno funcionamiento, que se emplearon a fondo entre el 22 de marzo de 1942 y el 25 de junio de 1943; junto a Auschwitz (a 43 kilómetros de Cracovia, Polonia), funcionaron Belzec (a 160 kilómetros de Varsovia, Polonia), Chelmno (Polonia), Jasenovac (Croacia), Majdanek (cerca de la ciudad de Lublin, en Polonia), Maly Trostenets (Bielorrusia), Sobibór (Polonia) y  Treblinka (a 100 kilómetros de Varsovia, Polonia). Auschwitz demostró su potencial asesino, ya que en determinados días fueron asesinadas cerca de 24.000 personas, muchas de las cuales fueron quemadas en hogueras al aire libre por la escasa capacidad de los crematorios. El resto, podía acabar con más de 1. 000 prisioneros al día. Pero lo cierto es que la "Solución Final" supuso el asesinato de casi 12 millones de personas. De estos, 6 millones eran judíos. ¡Ese fue su crimen! Lo cierto es que esta cifra que horripila, supuso el exterminio del 67 % de la población judía de Europa, o lo que es lo mismo, casi el 12 % del total de muertes que provocó la II Guerra Mundial, con la diferencia de que el pueblo judío no pudo luchar en nada, para nada y por nada... No se les permitió.

Lo peor de todo, es la corriente de moda que niega el Holocausto y dice que se trata de una exageración de Israel, un intento de los sionistas por defender a su pueblo, para así poder crear el Estado de Israel...  Quedan todavía malnacidos en el Mundo.  







lunes, 29 de abril de 2013

Estar en la Gloria


Adoración del Nombre de Dios o "La Gloria" en el Pilar de Zaragoza
Francisco de Goya, 1772

Caius Sergius Auriata (de ahora en adelante, Cayo Sergio Orata) nació a finales del siglo II antes de Cristo, en la actual Campania, la región sur de Italia, con toda probabilidad en la ciudad de Nápoles. Lo que sí sabemos es que vivía en Puteoli, un pueblecito que traducido del latín significaba “pocitos”, debido a los pozos de agua volcánica que tanta fama alcanzaron por lograr que mujeres y hombres dejaran de ser estériles. La fama de las aguas de Puteoli, (la actual Pozzuoli, población perteneciente a Nápoles con unos 83.000 habitantes) provocó una expansión sin precedentes de la población, la necesidad de nuevas construcciones, la mayoría de ellas de carácter residencial, y en definitiva un negocio inmobiliario nunca visto.

En este contexto histórico nació Cayo Sergio que se especializó en el universo de la ingeniería, donde destacó por sus inventos y mejoras que iba introduciendo en la vida romana. En este siglo, la alta sociedad romana puso de moda el consumo de marisco, muy especialmente el de la ostra, que relanzó a Cayo Sergio ya que tuvo la feliz idea de construir presas que conseguían regular las mareas a las que colocaba bóvedas elevadas, perfectas para que sobre ellas se adhirieran las ostras. Colocó toda esta infraestructura sobre las aguas del lago Lucrino.

Diseño de hipocausto para las aguas termales de Puteoli

Pero su gran aportación fue la destinada a la imparable construcción e casas y estancias para los visitantes que venían desde toda la Península a probar las excelencias y milagros de las aguas cálidas por la actividad volcánica de Puteoli (la actual Pozzuoli). Y fue así como patenta primero la piscina con calefacción, que consistía en un horno construido en el exterior del edificio donde se quemaba leña. El aire caliente producido se llevaba por canalizaciones situadas bajo el suelo, cuyas baldosas se sustentaban sobre pilas de ladrillos. Y luego, aplica esta revolucionaria manera de calefactar las piscinas a las que acudían los “estériles” del siglo I antes de Cristo, a las viviendas particulares (que se pudieran permitir este lujo de hace 2.100 años) consiguiendo que el suelo de las estancias se calentara, de manera que en el interior de las viviendas se pudiera alcanzar una temperatura en torno a 25-30 grados. Una primavera eterna durante el invierno.

Este invento, conocido como hypocaustum (hypo, debajo de y caustum, quemado), que nosotros conocemos por hipocausto, se aplicó después a las termas, que además llevarían estos tubos (de barro cocido) por las paredes también, para obtener más calor. Las propiedades curativas y relajantes del invento ayudaron a Cayo Sergio Orata a comercializarlo con tanto éxito que muy pronto ninguna mansión se consideraba completa a menos que tuviera instalado una de sus piscinas; su éxito comercial residió en comprar villas, remodelarlas incluyendo su invento y venderlas luego a un precio más que considerable que relanzó toda esta zona napolitana como uno de los lugares preferidos por la aristocracia de Roma. Nápoles se convertía así en el primer destino del turismo de lujo en el Mundo.

Hipocausto en la Alhambra

Lo que conocemos de Cayo Sergio se lo debemos al gaditano Columela, que nos dice que su sobrenombre de Aurata (Orata) le venía por su afición a cultivar y criar doradas (auratas en latín) y que falleció en medio de una fortuna amasada gracias a su hipocausto que se construyó por toda Italia. Pero después de su muerte y en tiempos ya del Imperio Romano, hace 2.000 años, todo el territorio había aplicado esta calefacción a sus casas, palacetes aristócratas, termas y gimnasios y un sinfín de espacios públicos. Así lo demuestran los restos arqueológicos de Francia, Alemania y España, en Cartago Nova, Tarraco Nova, en Hispalis... Y es ahora cuando aparece nuestra nación y el origen de esta expresión tan castiza:

Hipocausto del Palacio de Comares de Granada

“Estar en la gloria”  viene a expresar lo a gusto, lo bien que se encuentra alguien. Y proviene de este sistema de calefacción que inventó Cayo Sergio y que seguía usándose en Castilla en la Edad Media. En nuestro suelo patrio, una caldera se colocaba en el exterior de la vivienda y se sustituía el tradicional tiro de la chimenea por otro que pasara debajo del suelo. Luego, se adosaba a la pared para que saliera el humo a la manera convencional de una chimenea, pero se lograba una mayor concentración del calor y que éste se dispersara por el suelo.

¿Os creíais que el suelo radiante era un invento moderno? 

La Castilla medieval llamó a este artefacto, gloria. Lejos de su origen latino (“calor debajo de”...) la castellanización del invento milenario se redujo a una mezcla del espíritu religioso de nuestros ancestros con el enorme placer que producía esta calefacción en la fría y dura Castilla de hace siglos. Así que entendieron que no se podía estar mejor que “en la gloria”, gracias a esta estufa enterrada en el suelo.

domingo, 28 de abril de 2013

Espera un momento


Fue Roma la que dividió el día en 24 horas. O en dos mitades exactas, ya que cada día se fragmentaba en dos partes de doce horas, cada una para la mañana y para la noche. El día empezaba por tanto cuando salía el sol, recibiendo el nombre de HORA PRIMA lo que para nosotros sería las 7 de la mañana. Y acababa con la puesta del sol, a eso de las seis de la tarde, si bien las horas eran variables, condicionadas al periodo del año, o lo que es lo mismo, si el día era más corto o más largo, habida cuenta que en verano el día durará más que la noche, y la noche se prolongará más que el día en invierno.

Esta confusión, al menos este agravante a la hora de dividir con éxito el tiempo, se solventó con un añadido a cada hora. Es decir, las horas no duraban 60 minutos. Por ejemplo, a partir del 21 de Junio, cuando los días son más largos, las horas romanas tenían el equivalente a 1 hora con 16 minutos de nuestra escala temporal. El 21 de Diciembre, cuando las noches pasaban a alargarse, las horas del día pasarían a tener el equivalente a 44 minutos actuales. Pero no además, esto no significaba que a lo largo de todo el verano, la hora durase exactamente 76 minutos, ni que durante el invierno su duración se estipulara en 44 minutos, sino que mientras más se acercara el verano más se iba alargando el día y mientras más se iba acercando el invierno más se acortaba el día, de forma que el 21 de marzo y el 21 de septiembre, los dos equinoccios, la hora romana, duraba exactamente, 60 minutos. ¡Un alarde para el ciudadano!

Invierno
Hora
Desde
Hasta
I. prima
7:33
8:17
II. secunda
8:17
9:02
III. tertia
9:02
9:46
IV. quarta
9:46
10:31
V. quinta
10:31
11:15
VI sexta
11:15
12:00
VII. septima
12:00
12:44
VIII. octava
12:44
13:29
IX nona
13:29
14:13
X. decima
14:13
14:58
XI. undecima
14:58
15:42
XII duodecima
15:42
16:27
Verano
Hora
Desde
Hasta
I. prima
4:27
5:42
II. secunda
5:42
6:58
III. tertia
6:58
8:13
IV. quarta
8:13
9:29
V. quinta
9:29
10:44
VI sexta
10:44
12:00
VII. septima
12:00
13:15
VIII. octava
13:15
14:31
IX nona
14:31
15:46
X. decima
15:46
17:02
XI. undecima
17:02
18:17
XII duodecima
18:17
19:33


Últimamente, algunas páginas dicen que un momento, en Roma, duraba 90 segundos o un minuto y medio nuestro, si lo prefieren, alegando que los romanos dividían  en 40 momentos cada hora. Pero acabamos de ver que el “uso horario” del Imperio no era tan sencillo como nos esperábamos, de modo que es completamente falso que UN MOMENTO, durara 40 segundos. Una buena estrategia para algunos que no es real, ya que en el caso de los 76 minutos que duraba un día completo en la Roma del verano, ¿había 50,66 momentos por hora? Y en el invierno, donde algunos días la hora alcanzaba unos tristes 44 minutos, ¿el momento que duraba, 29, 33 momentos por hora?

Bueno, no seamos tan severos con aquellos que leen una mentira por Internet y la repiten, porque lo cierto es que los romanos dividían cada hora en 40 espacios de tiempo, ya que ellos no tenían el concepto del segundo asimilado. Así las cosas, para complacer a los que de manera jocosa quieren saber cuánto dura un momento, digamos que ateniéndonos al calendario de aquellos que lo inventaron, los romanos, cada hora tenía 40 tempus (40 momentos), por lo que varía entre 114 segundos (1 minuto y 54 segundos) y los 66 segundos (1 minuto y 6 segundos). Eso es lo que realmente dura un TEMPUS, un momento y no los 90 segundos o minuto y medio que falsamente dicen algunos (excepción hecha del 21 de marzo y del 21 de septiembre, que sí duraría eso).

Así que cuando oigas que alguien te pide que esperes un momento, recuerda que entre poco más de un minuto y siempre menos de dos minutos, ha de acabar esa “pausa”. O bien puedes entretenerte averiguando por el día que sea, cuánto duraría la hora en Roma y calculando con precisión, lo que dura el momento. Pero nunca olvides que:

TEMPUS FUGIT.

sábado, 27 de abril de 2013

Campechano


campechano, na.
1. adj. Natural de Campeche. U. t. c. s.
2. adj. Perteneciente o relativo a esta ciudad de México o a su Estado.
3. (Por la fama de cordialidad de que gozan los naturales de Campeche, tierra de vida placentera según la creencia popular). adj. Que se comporta con llaneza y cordialidad, sin imponer distancia en el trato.
4. adj. coloq. Franco, dispuesto para cualquier broma o diversión.
5. adj. coloq. dadivoso.
6. adj. coloq. Afable, sencillo, que no muestra interés alguno por las ceremonias y formulismos.

Cada vez usamos menos el término, de cierto regusto castizo y de inequívoco recuerdo popular. Suele extrañar que un famoso sea eso, precisamente: campechano, o como podéis leer arriba, según nuestro Diccionario, alguien afable y sencillo, alguien despreocupado por someterse a protocolos y a encorsetamientos. Parece que Su Santidad Francisco, es, el campechano que esperamos todos los católicos y que además ha conquistado gracias a esa virtud, hasta a los que no lo son.

Campechanos son aquello futbolistas como Cristiano Ronaldo, que no niega la firma, foto y caricia a cualquiera, inclusive el niño que asalta el campo de fútbol y decide abrazarlo a la conclusión del partido. Históricamente, los Borbones han sido campechanos desde Isabel II, una mujer que hubiera sido inmensamente más feliz como una madrileña corriente y moliente, con su fogoso e impetuoso marido, tal vez curtidor de las riberas del Manzanares o matarife en el Mercado de San Miguel. Campechanos fueron Alfonso XII y especialmente su hijo, el de 13 de nuestros Alfonsos, cargadito del “furor” sexual de su abuela. Y campechano ha sido hasta ayer mismo, cuando todavía Iñaki Urdangarín era un deportista de élite, don Juan Carlos I.

Pero, ¿por qué campechano? La explicación la encontramos en Méjico, en la Península del Yucatán, una tierra fértil y de buen clima cuyos habitantes tienen fama de abiertos y simpáticos. Campeche fue oficialmente fundada en 1531 y escogida durante siglos por los emigrantes españoles que iba a probar suerte al Nuevo Mundo, convencidos de la facilidad de prosperar que las colonias americanas ofrecían. Con el paso de los años, la amabilidad sin límites de este pueblo sencillo, cuyos habitantes recibían el gentilicio de campechanos, fue extendiéndose.

Del maya ahkinpech, que significa sacerdote que viene del sol., Campeche empezó a sonar en aquella España que entonces era Madre Patria. Nuestros paisanos volvían contando maravillas de aquella riqueza y generosidad de los indígenas, y para el siglo XIX, el individuo que era afable, que era sencillo y llano, no podía ser otra cosa que un español que conoció esas virtudes de los indígenas de Campeche y por tanto, practicaba ese estilo de vida tan escaso hoy día en el Mundo.

Para muestra, un fragmento del HIMNO CAMPECHANO, escrito en 1899 por Enrique Novelo:

Son tus cantos cual cantos del ave
Que en tus bosques pacíficos vive
Y en las ramas cantando recibe,
Como tú, de los libres el sol.
Esos himnos tus hechos recuerden
Y los copie en su libro la Historia
Para grata y eterna memoria
De tu fe, tu constancia y valor.

Campeche... la tierra cuyos principios ciudadanos, habría que exportar por el Mundo. 

viernes, 26 de abril de 2013

Las bragas de la Reina


Victoria acaba de conocer que es la nueva Reina

Victoria acababa de cumplir 18 años cuando la sacan de la cama antes de despuntar la mañana. Su tío ha muerto. En camisón, ante un arzobispo y un ministro, besan su mano y se convierte de facto en la Reina del entonces territorio más grande del Mundo, en la Soberana del país que en ese año de 1837, es la primera potencia. Empieza uno de los reinados más largos de la historia de la humanidad (64 años) que precisamente por su largueza, estará plagado de curiosidades, anécdotas, hechos y sucesos de vital trascendencia y otros, dignos de contar. Es el caso del que nos ocupa.

Coronación de Victoria como Reina del Imperio Británico

Los primeros meses de su reinado, transcurren como si nada hubiera cambiado en su vida. El soberbio Palacio de Buckingham es ahora, legítimamente, su residencia oficial (ya vivía en él, pero como princesa y sobrina del monarca). No necesita preocuparse de su inmensa responsabilidad gracias a la figura de William Lamb, primer ministro desde 1935, un gobernante eficaz e inteligente, que permite a la joven Victoria despreocuparse de los asuntos de gobierno, mientras la corte le busca el pretendiente ideal para que se case lo antes posible. El verdadero temor de la Inglaterra de 1838, era buscar un heredero que ninguno de sus dos tíos habían logrado para la corona británica. Eso es, el único problema... ¿seguro?

3 El Palacio de Buckingham antes de su reforma

El Palacio digamos que era una residencia escueta y sencilla. Regia, qué duda cabe, pero alejada de los fastos palatinos de la Italia renacentista, del esplendor del Palacio de Madrid y por supuesto, del gusto decorativo de los palacios alemanes. De hecho, no fue la residencia oficial de la monarquía británica hasta que se empeñó en ello la joven Victoria, que comenzó a transformarlo desde su subida al trono hasta que consiguió el aspecto que todos tenemos en mente en el año 1850. Hasta entonces, la imagen de Buckingham era la del grabado de arriba, muy distinta y mucho más modesta que la actual. Rodeado de calles y no precisamente de dimensiones amplias y generosas, a partir del incidente que vamos a narrar, la seguridad, el vallado externo y otra serie de circunstancias, fueron rápidamente incorporados al conjunto de 120 por 108 metros que mide hoy día.

Salón Trono del Palacio de Buckingham

La Guardia Real ha tenido más de un encontronazo indeseable en la residencia inglesa. Digamos, para suavizarlo, que en más de una ocasión ha dejado manifiesta su inoperancia. Puede que aquel 1838 empezara a denotarse los fallos de seguridad por los que la mismísima Margaret Tatcher pidiera perdón siglo y medio después; pero esa es otra historia. El caso es que uno de esos guardas el Salón del Trono del Palacio. Al entrar en este para cerciorarse del cotidiano y tranquilo estado de todo, se da cuenta que un niño pulula por el trono de la jovencísima Victoria. Al darle el alto, sorprendido (y preguntándose quién sería el niño y cómo había logrado llegar hasta allí), el pequeño salió a la carrera, despista al guardia y se escapa por una ventana hasta llegar a la calle.

Palacio de Buckingham en 1837

Guardias y policías persiguen con vehemencia al joven espía. Al intruso escurridizo hasta conseguir acorralarlo y detenerlo en la vecina calle de Sant James. Pronto, lo llevan a la comisaría de Scotlan Yard más cercana (Scotland Yard es la policía de Londres y fue fundada en 1829) y es interrogado. Allí reconoce tener 14 años, ser hijo de un sastre de la zona de Westminster de Londres y fue impreciso a la hora de explicar por qué había entrado en el Palacio Real. Pero cuando es cacheado, la policía encuentra escondido bajo sus pantalones un par de calzones de la Reina Victoria. Lo que iba a ser una simple reprimenda por la “trastada” de mal gusto, se convierte en un robo y además, con allanamiento y compromiso de nada menos que la Soberana Inglesa.

Ilustración de la época sobre el interrogatorio de Edward Jones

El muchacho es llevado a una Corte de menores el 14 de diciembre de 1838. El tribunal descubre su nombre real: Edward Jones. El ladronzuelo tiene nombre que los rotativos de la época hacen correr. Trabaja para un deshollinador ya que su complexión delgada le permite entrar fácilmente por los huecos de las chimeneas y un rosario de conocidos son citados como testigos. Algunos, declaran que desde siempre, el joven Edward ha manifestado su deseo de entrar en el Palacio. El tribunal empieza a observar que la conducta del chico raya en lo obsesivo. Él mismo reconoce que antes de ser sorprendido ese mes y atrapado por la policía, había entrado en una ocasión anterior y robado un arma de Palacio. A pesar de quedar todos estupefactos, no sabemos si por el delincuente en potencia que tenían delante o por los fallos de seguridad condenables que acababan de ponerse al descubierto, con el código en la mano no pueden más que absolverlo debido a su edad.

Han pasado dos años de aquel incidente del que sólo queda un recuerdo borroso en los sirvientes de Palacio. Pero un 30 de noviembre de 1840, la Guardia Palatina no puede creerse que un joven esté intentando superar el muro/reja del costado occidental de la residencia, anexo a la calle Constitution Hill, y consiguen frenar la escalada cuando ya está a punto de alcanzar la primera ventana. La alarma es inmensa habida cuenta que acaba de nacer el primer hijo de la Reina, sólo nueve días atrás. Esto es entendido como un ataque al heredero, como un complot revolucionario que pretende asestar un golpe a la corona. Con mucha fortuna, la guardia atrapa al “escalador” y lo lleva ante Scotland Yarrd que lo identifica rápidamente: Edward Jones, que tiene ya 16 años y empieza a entrar en la edad de merecer el castigo penal que esté previsto. El incidente reviste la suficiente importancia dejando en pañales la seguridad nada menos que de la mismísima Reina y sus hijos que decide olvidarse.

El enfermizo Edward Jones, espiando a los Reyes. 

Horas después, un 1 de diciembre, vuelve a las andadas, con mucho más éxito. Se cuela en el interior, burla cualquier custodia posible y se esconde bajo un sofá y es descubierto nada menos que por la mismísima Reina, cuando se desplaza hacia el cortinaje de detrás, en el momento en que está hablando confidencialmente con su marido, el Rey consorte, Alberto de Sajonia. Edward, satisfecho de su éxito (más de dos horas dentro de Palacio sin ser descubierto) confiesa con naturalidad casi burlesca que ha entrado ya otras dos veces, aprovechando siempre sentarse en el trono real.

La prensa londinense ya lo llama “Boy Jones”. Haber entrado de esa forma, esconderse bajo un sofá, ocultarse ¡en el vestidor privado de la reina! y reírse de todo el sistema y seguridad de Buckingham Palace y la ciudad de Londres merecía el escarmiento que recibió: tres meses en una correccional, siendo internado en la prisión de Tothill Fields, que sólo consigue agudizar la obsesión enfermiza por entrar al Palacio y estar cerca de su Reina. Y subestimando su capacidad escapista y sus escurridizos movimientos, el 15 de marzo de 1841 logra despistar a uno de los guardias armados, fugándose del correccional y llegando hasta el Palacio Real. Una vez allí, sin que nadie pueda explicarse cómo, logra entrar a través de la cocina, come las sobras que encuentra en los mostradores y encimeras y cuando va a salir de la zona de servicio, es apresado. La justicia no tolera que un imberbe de 16 años se haya burlado tantas veces de la policía, la guardia real y los tribunales, de modo que lo condena a tres meses de trabajos forzados en otra correccional.

Galeras de la Royal Navy en 1840 

Boy Jones es una mezcla de héroe y chico prodigio. Nadie puede dejar de hablar de él. Dotado de una capacidad asombrosa para burlar la “supuestamente”, mayor protección de todo el Reino, los teatros de Londres lo quieren como estrella para números de habilidad, ofreciéndole las astronómicas cifras de 16 y 18 libras mensuales por participar en los números, que hoy día se acercarían a las 1.400 libras, o lo que es lo mismo, casi 1.700 euros. La fama que está cobrando un obseso, un perturbado de 16 años, no es consentido ni aplaudido por Palacio. Y desde los despachos y gabinetes de la Corona, se presiona a la Justicia para que Boy Jones sea alejado lo más posible de Buckingham Palace. Sólo faltó que lo descubrieran cerca del vallado real de Palacio para que, sin juicio previo, ni necesidad alguna, fuera enrolado en contra de su voluntad en la Marina Real, para remar en una galera. Pero Boy Jones era un peligro, un habilidoso personaje. Sólo así se entiende que lograra saltar y escapar del barco en los muelles de Portsmouth, para andar nada menos que los 120 kilómetros que lo separaban de Londres, obcecado casi de manera trastornada, en volverá Palacio. Esa vez fue detenido antes de lograr entrar.

Salón de baile de Buckingham Palace. ¿Se podrían quedar tranquilos?

A bordo de otra galera, Boy Jones marchaba rumbo a Australia, la colonia a la que mandaba Inglaterra lo peor de cada pueblo, delincuentes, ladrones y personas de dudosa reputación, que terminaron por pervertir a un Edward Jones que fue el más famoso ladrón de la mitad del siglo XIX australiano, con un alcoholismo crónico que lo llevó a la muerte, puesto que la borrachera habitual de todos los días fue la culpable que cayera de cabeza desde un puente, matándose.

Escena del atentado a Ronald Reagan en 1981

El primer acosador, el primer obseso. Quizás el primer persecutor de famosos y con un trastorno obsesivo-compulsivo que ya hemos visto, lo que ha supuesto: el asesinato de John Lennon, el disparo contra Reagan o el atentado a Versace, que acabó con la vida del diseñador. Desgraciadamente, paparazzi y obsesos, como veis, han existido siempre.