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jueves, 31 de enero de 2013

El Rey más breve de la historia


No sé si recordarán cuando les contaba que los Orleans habían granjeado innumerables problemas a España y su corona y que pesaba sobre ellos una especie de suerte que los “nigromantes” de lo monárquico han sido osados a la hora de llamarlo “la maldición de los Orleans”. Yo no voy tan lejos en ello, pero sí es cierto que de nuevo, tan regio apellido francés vuelve a tener protagonismo con la Iberia milenaria como testigo y con una muerte real. No me negarán que se le parece mucho a una telenovela lacrimosa.

Amelia de Orleans era la hija del pérfido Duque de Montpensier y de la hija pequeña de Fernando VII, naciendo desde su cuna con el infantado en las venas y en medio de las peligrosas, delictivas y asesinas conspiraciones de su padre. Sobrina de la Reina Isabel II, además era la tía de la madre de nuestro actual Rey. Todo queda en casa. El caso es que con 21 años se casó con el futuro rey de Portugal y en diez meses dio a luz a un varón, el que aunque no lo parezca, es protagonista de esta historia.

Nacía Alfonso llamado a ser rey de los lusos. Con 19 años ocupó circunstancialmente la corona y se convirtió en el primer miembro de la casa real portuguesa en visitar las colonias de Portugal, que fue considerado como un signo de cambio impensable hasta entonces. Pero si cabía esperanzas en él, a su padre el Rey Carlos I se le acababa el tiempo. El monarca había tenido que concederle grandes posesiones históricas a Gran Bretaña y tomaba decisiones políticas nefastas. Sus despilfarros clamaban al cielo y para colmo, no ocultaba sus infidelidades y no se escondía a la hora de pasear de la mano de sus “conquistas extramatrimoniales”. Y precisamente esto último, en un pueblo de principios como el portugués, fue suficiente.


Nuestro país vecino entró en bancarrota en 1902. Las revueltas sociales crecían al mismo ritmo que el descontento público; pero la gota que colmaría el vaso fue el apoyo al general Joao Franco que el Rey hizo, convirtiendo el territorio luso en una dictadura. El clima se recrudeció; un 1 de febrero de 1908, la familia real regresaba del palacio de Vila Viçosa a Lisboa para lo que cruzarían el Tajo. Ya en la capital lusa, camino de Palacio, un carruaje trasladaría a la Familia Real. Dentro del coche de caballos iban Carlos I, Amalia de Orleans y los infantes Luís Felipe y Manuel.

Mientras cruzaban la plaza, fueron disparados varios tiros desde la multitud por al menos dos hombres. El Rey murió inmediatamente, su heredero Luis Felipe fue mortalmente herido, y el príncipe Manuel fue alcanzado en un brazo. La reina trató en vano de evitar el ataque golpeando el brazo del asaltante con un ramo de flores, pero todo fue inútil; así, Luís Felipe se convertía en el rey de los portugueses. Pero estaba gravemente herido, tanto, que 20 minutos después del regicidio, muere, por lo que días más tarde su hermano menor, Manuel fue proclamado rey de Portugal, el último de la dinastía. Portugal desde entonces es una República con un pretendiente a la recuperación del trono, el Duque de Braganza.  

Aquel día de hace ahora 105 años, Luís Felipe, caprichos del destino, pasa a la historia... Pero lo hace por convertirse en el Rey que menos tiempo ha reinado en el Mundo: 20 minutos. 

miércoles, 30 de enero de 2013

Cádiz inventó la tanda de penaltis


Desde que en 1863 se establecieran las reglas del fútbol, el deporte arrasaba en todo del Reino Unido. William McCrum (hacia 1862-1932) tenía los mismos años que el “balompié” y en su Irlanda natal, tan enemiga y tan contraria a todo lo que sonara a inglés, el fútbol había hecho estragos y convencido a los más jóvenes de lo divertido y apasionante que era. William era hijo de un rico y afortunado industrial que se dedicaba a la fabricación y venta de lino, por lo que vivió holgada y despreocupadamente sus días, dedicándose a esa afición balompédica que lo hizo militar en las filas del Milford Football Club, jugando durante muchas temporadas como portero aunque los resultados no acompañaran al equipo de su pueblo natal, que se conocía como Milford Everton y que acabaría en la temporada de 1890 perdiendo los 14 partidos de la liga, con 62 goles en contra y 10 a favor.

Pero el fútbol era entonces un deporte de caballeros, como sigue siendo el rugby. En aquella época era inconcebible que un jugador diera una patada a otro intencionadamente para cortar una acción, aunque la pasión que empezaba a desatar se había trasladado al terreno de juego y los menos “gentleman” no dudaban en evitar un gol en la propia portería, por lo civil o por lo criminal, haciendo referencia a lo que dijo en su día un famoso entrenador. McCrum se desesperaba desde su portería, observando como el club de sus amores erraba en el tiro y le faltaba gol, y cuando estaba a punto de lograrlo, la defensa rival utilizaba las artimañas más rebuscadas para derribar a sus delanteros. Tras aquella maldita temporada de 1889/90, McCrum ideó una manera de castigar las acciones más violentas y consiguió que la Asociación de Fútbol aprobara su idea: lanzar un disparo, sin rivales de por medio, delantero-portero solos ante el peligro, si se había producido de manera improcedente el derribo de un contrario en la propia área en torno a la portería... Acababa de nacer el penalti, incorporado oficialmente a las reglas futbolísticas el 2 de junio de 1891.

Ahora bien, ¿y decidir el vencedor final de un partido que ha acabado en empate, con un tiempo de prórroga que también termine igualado en goles? Si leen las páginas de los organismos oficiales, les dirán que la primera vez que se introdujo la tanda de penaltis fue en la Eurocopa de 1976 disputada en Yugoslavia y que tanto la FIFA como la UEFA la habían aceptado tras la propuesta del árbitro alemán Karl Wald. Pero amigos, nada más lejos de la realidad. Porque el inventor fue el periodista gaditano Rafael Ballester, que, tras un reñido Trofeo Ramón de Carranza, escribió su columna para el Diario de Cádiz proponiendo que se resolvieran los empates de una manera más emocionante, deportiva y animosa que la de aquel 1957 en la que el Sevilla Fútbol Club ganó ante Athletic de Bilbao gracias a la diosa Fortuna, pues tras 90 minutos de igualdad y 30 de prórroga sin que ninguno se aventajara en el marcador, una moneda decantó la suerte para los sevillistas. La idea de Rafael Ballester fue puesta en marcha por vez primera en el Carranza de 1962, final jugada por el Barcelona y el Zaragoza, llevándose la copa el equipo barcelonista.  

Era un 2 de septiembre de 1962. Tras el partido, prórroga incluida, en el viejo estadio gaditano seguía luciendo Zaragoza1 Barcelona 1. Se pasó a la primera tanda de cinco penaltis, que terminó con empate a tres. El árbitro y los presidentes decidieron que se lanzaran otros cinco. El Barcelona coló los cinco y el Zaragoza falló el primero. Y acabó el trofeo histórico con tanda de penaltis. Así que Cádiz inventó la tanda de penaltis, oficial para la UEFA desde el 1 de agosto de 1971 y para la FIFA desde el Mundial de España de 1982. 

martes, 29 de enero de 2013

Hablando del Rey de Roma


A lo largo de los siglos nos hemos preguntado si la Iglesia de Cristo hubiera alguna vez conseguido la duración, firmeza y potestad (y entiéndase como valores perfectos para el bien) de la que puede presumir sin “abandonar” un poco el sentido espiritual y centrarse en el poder civil y terrenal meramente dicho. O si prefieren que se lo diga de manera llana, “si la Iglesia hoy día podría ser el instrumento más útil de caridad en el Mundo, sin la fuerza que en todos los órdenes sociales tiene. Bien, esto mismo se planteó un día San Gregorio VII, que se sentó en la Silla de Pedro desde 1073 a 1085 y fue el primero en otorgarle poder a Roma como centro desde el que dirigir a los cristianos. Hasta ese momento, el que se creía en posesión de dirigir y de organizar a la cristiandad era el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, un estamento que sobrevivió hasta el siglo XIX pero que realmente nunca tuvo fuerza, peso ni poder, excepción hecha de nuestro Carlos, que si fue “alguien” desde su dignidad imperial, sin duda fue gracias al poder de su herencia española.

El caso es que Federico Barbarroja (1122-1190) quiso arrebatarle al Papado la potestad de “dominar” a la cristiandad. El siglo X fue el final de la época más oscura para la intelectualidad y la sociedad del Mundo, con Europa como centro universal (de lo bueno y de lo malo) y que dio paso a una nueva centuria donde, el mero hecho de la convocatoria de las cruzadas, convirtió al Papa en el jefe supremo de los cristianos (léase como licencia para explicar el tema), de forma que los reyes de Inglaterra o de Francia, eran simples generales al frente de los ejércitos cristianos que luchaban bajo la orden directa de Su Santidad. Barbarroja puso en jaque el prestigio papal. El Emperador hasta entonces, había sido una especie de “heredero intelectual” del Imperio Romano de Occidente, pero realmente era un señor feudal, un reyezuelo con demasiados problemas en sus territorios como para aspirar a la unificación de todo el territorio cristiano bajo un mismo cetro y corona, algo que ya había logrado el Papa.

Cuando se atreve Federico a morder la mano que lo había legitimado (no olvidemos que los emperadores, desde Carlomagno, se coronaban/legitimaban como tales de manos del Papa) media Europa (y especialmente Italia) estalla en dos bandos irreconciliables y que entran en disputa de manera que el paso de los siglos no conseguirá volver a unirlos. A manera de guerra civil, los güelfos (a favor del Papa) y los gibelinos (a favor del Emperador) pasarán el siglo XII y el siglo XIII enfrentados, en combates que espantan a cualquier cristiano que se precie; de hecho, de esta guerra prolongada y dilatada, nacerá el concepto de la excomunión (el primero en recibir dicha sentencia eclesial fue Federico Barbarroja y por dos veces) y una cruzada que se organizó para acabar con las tropas gibelinas, para espanto del resto de cristianos, que creían que las cruzadas habían nacido para combatir a los infieles y no para asesinar a cristianos a manos de cristianos.

El siglo XIII fue simplemente una prolongación más de esa Edad Media que afortunadamente el Renacimiento consiguió hacernos olvidar. Hacía siglos que de los Monasterios no salía cultura y con todos mis respetos, salvo ciertos detalles artísticos del gótico, (ciertos, escasos, pocos) ni siquiera el arte se acercaba ni de lejos al esplendor de la Antigüedad ni mucho menos, a la cúspide que supondría el cuattrocento, cuando al fin triunfe de nuevo un arte auténtico. Pero eso no nos interesa; lo que sí nos vale es que a raíz de todos estos conflictos, ni hay heredero para el trono Imperial durante casi un siglo, el Papado queda debilitado (nadie entiende que el Vicario de Cristo patente guerras contra los propios cristianos) y si alguien siente cierta curiosidad, le invito a que descubra las fortunas que los castellanos tuvieron que poner sobre la mesa de media Europa para satisfacer los deseos de Alfonso X el Sabio de hacerse con la corona imperial. ¡Un desastre!

Es así como llegamos a la triste invasión de Francia, que toma por la espada las posesiones del papado y hace prisionero a Bonifacio VIII en el año 1303, de cuyo susto no se repone y muere a los tres días. Esto supone el sometimiento de Roma a los poderes seculares, pero más que eso, que la elección de un Papa desde esa fecha y hasta casi nuestros días, jamás volvió a ser libre sino coaccionada dependiendo de los intereses de ciertos países, y especialmente durante este periodo, de los beneficios que pudiera obtener Francia, que en 1305 consigue nombrar Papa a Clemente V, el mismo que no se corta en trasladar la sede pontifica a la ciudad francesa de Aviñón. Acababa de nacer una Iglesia sometida a un país que duraría hasta que regresara a Roma el poder eclesial en 1378, aunque con Florencia, Milán y otras ciudades italianas en contra, que sabían que si Roma volvía a ser sede papal, su prestigio decaería, de forma que organizaron una liga para luchar contra el Papa.

Era entonces Sumo Pontífice Gregorio XI, cometiendo la torpeza de aceptar los servicios de mercenarios bretones, entre los que sobresalió por su violencia John Hawkwood, que entre otras, asesinó a 3.500 ciudadanos de Cesena, prácticamente todos. Mucho le costaría al Papado recuperar el prestigio que había logrado Gregorio VII y mucho, retornar a la imagen de “líderes espirituales” de la cristiandad. De hecho los florentinos empezarían a llamar al Papa, el Ruin de Roma. La expresión corrió de boca en boca y los españoles del Reino de Aragón, que ya controlaban Sicilia y pronto Nápoles, escucharon la misma y se la trajeron a España, modificando (diferencia de lenguas aunque sonoramente parecidas) ruin por rey. A fin de cuentas, en efecto, los Sumos Pontífices no eran Papas ya, eran Reyes henchidos de orgullo y sedientos de poder.

Hoy día, cuando hablamos de alguien (especialmente si no es en tono adulatorio, positivo o respetuoso) y éste aparece en la reunión, espetamos aquello de “Hablando del Rey de Roma que por la puerta asoma”. Ya Bécquer, nuestro romántico poeta español, cita la frase en su obra “Maese Pedro”. A veces, no hace falta estar criticando a una tercera persona, sino simplemente hablando de ella cuando hace acto de aparición y acude a nuestros labios la misma expresión. Pero en efecto, aquel negro periodo histórico digno de olvidar en el que el Papa fue algo menos que Papa y las potencias (Francia, siempre díscola) europeas un nido de avaros, el Vicario de Cristo era ruin, Roma sede vacante, en Aviñón residieron los “antipapas” y Europa estaba necesitada de la luz de la ciencia y la cultura que nació con Dante, Giotto, de la Francesca, se inmortalizó con Brunelescchi, Bramante, Leonardo, Miguel Ángel y Rafael y desbordó hacia el resto de Occidente haciendo que el viejo continente fuera de nuevo la luz que iluminara al Mundo, y no un nido de bárbaros. 

domingo, 27 de enero de 2013

El nacimiento de la Plaza de Toros


Nacía un heredero al trono, la ciudad había recibido algún privilegio real o se acababa de conocer la noticia de una victoria militar española en el otro confín del Mundo. Daba igual, la fiesta estaba garantizada en la España barroca en la que SU MAJESTAD el toro ocupaba un espacio fundamental en las vidas de los descendientes de los iberos. Las plazas públicas, ese invento hispano que exportamos al Mundo bajo el nombre de “plaza mayor”, acogían barreras de madera levantadas con intención de acotar el espacio en el que los caballeros de la época se las verían con la “reencarnación” de Zeus, con esa especie de bisonte de Altamira ligado a nuestra Patria, que será siempre ya parte de su piel.  Lanzas y caballos, nobles y toros. A la fiesta le quedaban siglos aún para ser reglada y ajustada a normas que es como hoy la conocemos. Pero algo estaba seguro: se necesitaba un espacio más propio tanto para el arte de la tauromaquia como para el seguimiento de éste por parte del pueblo.

Fue así que tal día como hoy de hace 401 años, vio la luz un Real Privilegio otorgado por Felipe III que vendría a suponer el origen de las plazas de toros; en aquel 1612 se manifestaba la necesidad de ofrecer una mayor seguridad a los espectadores, garantizar maniobrabilidad y espacio a los intrépidos y pretéritos lidiadores y adecentar el lugar de la lidia. Poca repercusión tuvo esta orden regia y sus efectos, al menos inmediatos, hubo que esperarlos progresivamente. En Granada, la Plaza de Bibrambla y la del Paseo de los Tristes (nombre del siglo XIX, ya que en el seiscientos era la Plaza de la Puerta de Guadix) acogían los festejos taurinos aún sin ordenar y alejados de lo que hoy entendemos como la tauromaquia moderna.

Béjar, la Plaza más antigua del Mundo.

La primera plaza de toros de obra, permanente, fue la de Béjar en Salamanca. Data de 1667 y tenía forma rectangular, cobrando la apariencia que hoy día tienen todas (circular) en 1711. En 1730 nació la Maestranza sevillana, en 1754 el coso de Ronda y en 1768 la plaza de Granada; hay plazas de toros en 15 países y de no ser por la norma que tal día como hoy de hace 401 años promulgó el Rey de España, no hubieran ido por otros derroteros. 

sábado, 26 de enero de 2013

Tirar de la manta


La progresía patria lleva años muy empecinada, de manera enfermiza y mentirosa en demostrar que los españoles tenemos sangre musulmana en nuestras venas, aún sin entender los beneficios de esa mezcla genética ni qué provecho sacan con ello; es más, como si a la inmensa mayoría de españolitos de a pie nos importara un bledo tener la mitad del ADN encastado en lo alto del Rif o descender de un bereber trashumante del Atlas. Pero mentir es algo feo y hacerlo con descaro más. Incluso cuando lo intenta revestir de humor y en series de calado como “La que se avecina”, se dedican a colar frases dentro de sus capítulos del tipo: “después de ocho siglos, los españoles tienen sangre musulmana”. Sin embargo, llegan estudios de universidades como los que en esta Alacena hemos traído, colaboraciones científicas entre investigadores marroquíes, argelinos, franceses y españoles, y descubren que no, que en el sur de España hay menos sangre mora de la que se presupone. Entonces, ¿no es cierto lo de la convivencia de culturas? [Perdonen, es que me estoy meando de risa] ¿No es verdad que ochocientos años de Islam en la Península Ibérica no ha dejado racialmente hablando tanto como culturalmente sí? Pues en efecto, tengo que invitarles a un capítulo trascendental entre 1492 y 1812 dentro de la historia de España: LA LIMPIEZA DE SANGRE.

El decreto de expulsión de los judíos fue la primera piedra de toda una época patológicamente obsesionada por demostrar que no tenía antepasados judíos, musulmanes o gitanos en su árbol genealógico. El que quería ser algo y merecer un mínimo respeto en la España de los siglos XV, XVI, XVII y XVIII (me atrevería a alagarlo al menos unos 30 años del siglo XIX) debía demostrar que era cristiano viejo. Incluso un simple comerciante tendría asegurada la venta y la prosperidad del negocio si era cristiano viejo (sus padres y sus cuatro abuelos sin sangre judía ni musulmana) que si era cristiano nuevo (converso, morisco, judaizante...) Puede parecer una locura, pero entre los actos represivos de la Santa Inquisición y las exigencias para probar la limpieza de sangre que cualquier tribunal pedía, España se empeñó en cientos y cientos de años en demostrar que provenía de los godos y los romanos. Y lo cierto es que leyes como la prohibición de pisar el Nuevo Mundo a musulmanes y judíos, de ejercer profesiones, optar a puestos y licitaciones concretas o simplemente, sufrir el rechazo de toda la comunidad, dieron como fruto que la mezcla racial fuese prácticamente nula. Es más, no hicieron sino mantener aquello que practicaban ya los musulmanes, que prohibían con fiereza la unión entre un fiel (Islam) y un infiel. ¿O acaso creían lo contrario?

Pero la persecución al pueblo judío no ha conocido límites en el territorio español. No entro a valorar el por qué de este trastorno, ni las consecuencias (aunque adelanto que fueron funestas para los reinados de Carlos I en adelante) pero sí a contar que las matanzas y pogromos que tanto musulmanes en al-Andalus como cristianos en los reinos peninsulares (y luego en la unificada España) llevaron a cabo, empañan la moral y los ánimos de cualquiera. El judío o judaizante era acusado de devorar niños, se les responsabilizaba de la muerte de Cristo y se les achacaba el brote de una epidemia si no había respuesta al asunto (las más de las veces). Los hebreos eran juzgados por los tribunales eclesiásticos y tratados represivamente. Nacían expresiones del tipo “pagar el pato” y la ira popular descargaba contra ellos.

Expulsados por los Reyes Católicos, no todos se marcharon. Aquellos que burlaron las restrictivas leyes y aguantaron la tentación del exilio, sufrieron repetidas normas en su contra; durante el reinado de Felipe II se recrudeció su persecución, al tiempo que en un ejercicio de hipocresía, los prestamistas estatales eran precisamente banqueros judíos de Alemania o Italia. La crisis del siglo XVII no fue baladí. El oro y la plata de América servía para soportar las mil batallas que en medio Mundo tenían que librar los tercios españoles y los considerables gastos de un aparato administrativo destinado a controlar el Imperio más grande del Mundo tenía asfixiados a los españoles de la Península Ibérica. Como siempre, la histeria colectiva se encargó de buscar culpables más cerca y sin el atrevimiento de señalar a los ministros regios que buena culpa de la situación tenían. Empezaron a realizarse listas de ciudadanos que “presumiblemente” tenían sangre judía”. Artistas de primera categoría, al servicio (con su arte) de la Iglesia, tuvieron que cambiar sus apellidos para que no sonara a hebreo, caso de Pablo de Rojas, mientras que a Velázquez siempre le persiguió la fama de judío.

El Duque de Medina Sidonia mandó arrancar las losetas del suelo de la entrada al zaguán de su palacio, pisado por unos judíos que mendigaban algo para comer. El genial artista Alonso Cano era un antisemita convencido y se cuentan por miles los casos de arrestos, disciplinas, penas de prisión cuando no castigos de hoguera, a cuántos judíos pudieran caer en las manos del Santo Oficio. La histeria antisemita era irrefrenable; se empezaron a redactar listas de “sospechosos” de judíos, ciudadanos de a pie que no podían demostrar que todos sus antepasados eran cristianos viejos y al no constatar la limpieza de su sangre, acababan incluidos, (con consecuencias peores) en la lista local como hebreos. Si eran comerciantes, podían pensar en mudarse de sitio... Normalmente, estas listas se grababan sobre una tela que solía colgar de los muros de las Iglesias. La que nos ha llegado a nuestros días es la de Tudela, de 1610. Estos “trapos” de tela eran conocidos como “mantas” y reflejaron el oprobio y la vergüenza. Fueron instrumentos de coacción que en el antiguo Reino de Navarra como en otros rincones de España, aireaban el pasado de los ciudadanos bajo este lema: “para que con el tiempo no se obscurezca y extinga la memoria de los antepasados, y se sepa y pueda distinguir la calidad de los hombres nobles”.

Nació así una amenaza: tirar de la manta, o lo que es lo mismo, denunciar a los autoridades que uno de los vecinos tenía ascendencia judía y que debía figurar en ese lienzo. Con el tiempo, el que tira de la manta descubre algo importante e intimida con ello a un tercero. Este es el origen... bastante triste. 

viernes, 25 de enero de 2013

La marcha nupcial


Uno de los reinados más largos de la Historia fue el de la Reina Victoria de Inglaterra, que además supo organizar con estrategia renacentista los enlaces matrimoniales de sus vástagos, de forma que hoy día, la Casa de Hannover ha dejado su herencia familiar en las monarquías de Bélgica, Suecia, Noruega, Luxemburgo, y Dinamarca; y de manera muy lejana, con la española. El caso es que la primogénita de la longeva reina fue Victoria del Reino Unido, arrebatadoramente bella y que hasta el nacimiento de su hermano, estuvo llamada a heredar el trono de Albión y sus satélites territoriales, se prendó de un joven que la convertiría en la augusta emperatriz del Sacro Imperio Germano tras su casamiento con Federico de Prusia, el futuro Rey y Emperador de Alemania, que un maldito cáncer de laringe nos privó de sus ideas, renovadoras y muy avanzadas para su época, que entre otras estribaban en la unificación de Alemania pero especialmente, en la concepción de un estado europeo. Este visionario sólo pudo reinar 99 días y por desgracia, muchos pensamos que de no haber muerto, hubiera evitado la I Guerra Mundial y hubiera llevado a Alemania a una democracia que Bismarck y el clima bélico germano condujeron al lado opuesto tanto en la Gran Guerra como en el deleznable nazismo.

Bien, la historia no la podemos reescribir, ¿no creen? Así que contemos algo sobre el matrimonio... Se conocieron cuando la Revolución de 1848 cogió por sorpresa a los Hohenzollern y se refugiaron en la Inglaterra victoriana que les ofreció el Castillo de Balmoral hasta que las aguas revueltas alemanas fueran más propicias. Hubo amor. De hecho, la Reina Victoria no creía que una jovencita de metro cincuenta de altura y excesivamente delgada para los gustos de la época, pudiera a sus 15 años enamorar a un joven alto, apuesto y galante de 23. Pero la pareja había derribado los muros estéticos y querían vivir juntos. A los ingleses, la liberalidad de los Hohenzollern y su negativa a influir en cuestiones bélicas no caía bien. Desde que los prusianos se opusieron a diversas invasiones tácticas del Reino Unido, los rotativos ingleses llamaba a la familia real prusiana, “dinastía miserable”. Para colmo, la fortuna de éstos no era ni siquiera aceptable, de forma que Vicky, como cariñosamente la llamaban los suyos, costeó con su propio dinero gran parte de los gastos de la pareja, gracias en parte a la generosa dote concedida por el Parlamento inglés.

La ceremonia se había fijado para el 25 de enero de 1858. La pasión musical de la joven esposa era irrefrenable. Tenía entre sus músicos predilectos a Félix Mendelssohn (1809-1847) que con 16 años había apuntado ya la que se convertiría en grandiosa pieza, inspirada en la obra de Shakespeare, “El sueño de una noche de verano”. En 1842, el compositor revisa aquella obra primitiva, la readapta, mejora y amplía, añadiendo a la obertura una música incidental en la que figura el “Nocturno” y una pieza que bajo la influencia de la obra de Shakespeare, llama “Marcha Nupcial”. A la todavía princesa del Reino Unido, la composición le parece sublime, maravillosa y única y la sugirió para incluirla en la ceremonia nupcial que se llevaría a cabo en la Capilla Real del Palacio de St James de Londres. La real capilla de Palacio sugirió melodías, composiciones, apuntó la fama que precedía a Bach y a Händel, los autores a los que más se acudía para una ceremonia, y recibieron de la Princesa una contestación clara: la entrada del brazo de su padre el rey consorte Alberto, lo haría con esa pieza de su admirado Mendelssohn y saldría con la obertura de la ópera Lohengrin de Richard Wagner (1813-1883), obra escrita en 1850.


A oídos de Victoria había llegado que se trataba de una ópera romántica de indudable categoría, capaz de subyugar al rey bávaro Luís II y que había inspirado el Castillo de Neuschwanstein, en honor al libreto musical y sus protagonistas, con la idea de edificar un “castillo de hadas” en el que pudiera haber transcurrido la ópera wagneriana. Tras un aria final, suena el coro nupcial que deja sonidos que hoy día para nosotros nos son tan conocidos. El caso es que con este fragmento quería salir convertida ya en la futura reina prusiana y emperatriz de los alemanes y entre medias, sugirió la Obertura de la ópera “Las bodas de Fígaro” del más grande de los músicos de todos los tiempos: Wofgang Amadeus Mozart. Pues bien, hace 155 años, que estas tres piezas, constituyen el 97 %  de la música que escogen los contrayentes en sus ceremonias. La melomanía de Victoria del Reino Unido, sirve para que la inmensa mayoría de los mortales, reconozca tres obras de tres genios inmortales.  



Majestad, gracias por tan buen gusto.

La marcha nupcial de Mendelssohn:



La marcha nupcial de Wagner: 



La marcha nupcial de Mozart:

jueves, 24 de enero de 2013

La historia de la tapa


Si hay una tradición gastronómica más española posible esa es la del tapeo, toda una cultura que consiste en comer mediante pequeñas cantidades de alimentos que permite probar un amplio abanico de sabores y texturas, de formas y de maneras distintas mientras se experimenta el placer de la tertulia. El tapeo es español aunque puede que Roma tuviera algo que ver en su nacimiento, ya que antes de la cena, la comida principal de la cultura romana, se solía empezar con la llamada gustatio, o la ingesta de alimentos en pequeñas porciones que solían tomarse con el mulsum, un vino rebajado con miel que llevó a Roma desde Gades Columela, el escritor agrónomo nacido en la actual Cádiz hace 2.000 años.  De una u otra forma, resulta que el tapeo sí que nació en el sur de España.

Pero para encontrar el origen de esta costumbre tan nuestra hay que trasladarse al reinado de Alfonso X el Sabio. El monarca padecería una enfermedad ocular por la que los médicos le aconsejaron pequeñas ingestas de alcohol a manera de anestésico. Lo que no quería el Rey Sabio era emborracharse, así que acompañaba la bebida con pequeños bocados que le mantenían sobrio y lejos de los efectos del alcohol, lo que le llevó a ordenar que los mesones de Castilla sirvieran vino debidamente acompañado por alguna ración de comida, a fin de que los parroquianos disimularan los efluvios del alcohol.  

La siguiente ley que vendría a originar el tapeo se produce durante el reinado de los Reyes Católicos, que debido al aumento de los incidentes causados por los carreteros a la salida de las tabernas a causa de la gran cantidad de cerveza y vino ingeridos, mandaron servir algún alimento con cada copa. En el siglo XV, los alimentos no se conservaban con la facilidad de hoy ni la variedad era tan sustanciosa, de manera que se impuso la costumbre de acompañar el vino con jamón o queso, principalmente. Pero el definitivo empuje que recibiría la tapa vino en el año 1502, cuando Fernando e Isabel visitaron tierras gaditanas, haciendo noche en el actual San Fernando, llamada entonces la Isla de León. La sencilla fonda que los acogía carecía del refinamiento que los primeros Reyes de España merecían, con un ambiente viciado de moscas propias de la humedad costera. Como quiera que la ley que ordenaba servir alimento con la bebida estaba empezando a dar sus frutos, el propio Rey Fernando el Católico utilizó una loncha del embutido que acompañaba su copa para taparla, a fin de que no entraran los insectos en el interior. Desde entonces, el aperitivo empezó a tener un doble uso práctico y con toda probabilidad, el origen de su nombre que no tardaría en popularizarse.

Lo sabemos con certeza porque Miguel de Cervantes en su obra “El Quijote”, ya habla de tapas poniendo a Sancho como protagonista de su ingestión. Otras veces, el libro más leído del español utiliza el término, “llamativos”. Pero a lo largo del siglo XVI, España usa el término tapa como derivación del francés, para hacer referencia al aprovisionamiento de soldados a lo largo de su marcha. Por eso, no es raro leer que los soldados, tapeaban cuando se hacían con las provisiones necesarias, o bien montaban tapa, si es que llevaban a cabo la acción de preparar y planificar el aprovisionamiento. Las tabernas de Sevilla de aquellos años se arremolinaban en torno a la Calle Sierpes, donde vivían las familias más acomodadas y donde se establecieron los círculos y sociedades culturales de la época, que preferían pedir la bebida y que los mesoneros se encargaran de servirla. Para llevarla desde las tabernas a los lugares de reunión, los cantineros sevillanos idearon la manera de evitar que entrara polvo o algún insecto en las jarras y en las copas, tapando las bocas de los vasos con lonchas de jamón, queso u otro embutido, llegando a rivalizar unos con otros en la generosidad de sus “tapaderas” o tapas alimenticias.

El Lazarillo de Tormes fue editado en 1554 y ya cuenta en varias ocasiones a lo largo del texto cómo se tapan los vasos con algunos alimentos y cuando en 1620 Francisco de Quevedo termina su libro “La vida del Buscón”, en el primer capítulo explica la costumbre madrileña de servir pequeñas raciones cocinadas junto a la bebida a las que llama "aviso".

La siguiente vez que alguien nos explica la historia de la tapa ocurre en 1922, durante una visita que el Rey Alfonso XIII realiza a Jerez de la Frontera. Antes de llegar a la ciudad, a la que acudía por un acto religioso, se detuvo en el "Ventorrillo del Chato", sentándose en la terraza. Se levantó de repente un fuerte aire de levante que amenazaba con llenar de polvo su copa, adelantándose el mesonero que procedió a cubrirla con una loncha de jamón sobre una rebanada de pan, algo que fascinó al Rey, que no dudó en repetir su Jerez, si éste venía acompañado de tapa. Pero últimamente, algunos estudiosos afirman que la tapa pudo haber nacido en la Almería del siglo XVIII, lo que explicaría que esa ciudad y la nuestra por proximidad, sean capitales indiscutibles del tapeo generoso y gratuito. Al parecer, mediante una fina loncha de jamón serrano o una rodaja de lomo embuchado se evitaba que el vino perdiera su aroma y el cliente podía alternar y charlar con las amistades, tranquilo y sosegado.

Puede que a fin de cuentas, no sea tan descabellado, porque la primera vez que la palabra tapa aparece en nuestro diccionario, será en 1939, y éste dice que se trata de un andalucismo. Y es que en ese año, acabada la Guerra Civil y con una España que soportaba hambre y miseria por doquier, la única manera de alimentarse era mediante pequeños bocados. Afortunadamente, los años nos han tratado mejor y hoy el tapeo forma parte de la identidad española y Granada es una de las ciudades que puede presumir de su calidad y variedad. 

miércoles, 23 de enero de 2013

Dar cuartelillo


Antiguo Cuartel de Caballería de Granada

Dice el Diccionario de nuestra Lengua que la palabra cuartel significa “porción de un terreno acotado”, otra de sus definiciones sería, “Cada uno de los puestos o sitios en que se reparte y acuartela el ejército cuando está en campaña o en el sitio de una plaza, y se distribuye por regimientos” y la última de las muchas que registra el DRAE es “Buen (o mal) trato que los vencedores ofrecen a los vencidos, cuando estos se rinden”, origen de la expresión centenaria, “darle cuartel o no darle cuartel”.

Gonzalo Fernández de Córdoba ante el cadáver del duque de Nemours de José Casado del Alisal (1866)


Todo empezó en un mundo donde el honor y la caballerosidad eran propios hasta de aquellos enemigos que iban a empezar una batalla a muerte. Frente a frente los dos ejércitos antagónicos y rivales, antes de que diera comienzo el baño de sangre, pactaban un espacio de terreno en el que no entraría ningún soldado con ánimos lesivos, sino que allí se podrían retirar aquellos que acababan de ser heridos y se consideraban un estorbo para su ejército, los que fueran abandonados por el honor y en definitiva, quienes se acogieran a aquella protección por cualesquiera motivos que fuesen. Se pactaba también el grito por el que un soldado decidía abandonar la refriega; a la vos de ¡Cuartel, cuartel! si se desarmaban ellos mismos y alzaban los brazos dando a entender que no tenían ánimos de atacar a nadie, podían marchar hasta el lugar acotado, el lugar referido, donde quedarían hasta el final de la contienda.

Los fusilamientos del 3 de Mayo en Madrid (Goya, 1813/1814)

Pero no siempre sería así. Las tropas imperiales de don Carlos I de España no les dieron cuartel a los soldados franceses en Italia. No hubo cuartel para los españoles cuando los soldados napoleónicos arrasaron nuestro territorio y no lo hubo en la cruenta Guerra Civil. De todas estas connotaciones militares indudables, nace la expresión dar cuartel o cuartelillo; por ejemplo, la crisis no nos está dando cuartel ahora mismo, queda claro. O volviendo al tema bélico y militar, cuando un ejército anunciaba voz en grito “lucha sin cuartel” (sin tregua, sin conmiseración, sin reservas ni piedad alguna), recuerden, para que entiendan el ejemplo, que a ETA hay que combatirla sin cuartel, sin darle cuartelillo, a ella o a los partidos políticos que la representen. ¡Creo haberme explicado!

El Pilar no se rinde. Federico Jiménez Nicanor, 1886

Pues bien, una expresión con casi mil años de historia a sus espaldas, propia de los ejércitos medievales sin que haya que descartar su uso en tiempos de Roma, lo que le conferiría más de veinte siglos de historia, sigue usándose bajo connotaciones parecidas aunque en escenarios distintos por los españoles, que como pueden comprobar al cabo de tantas entradas, tenemos la más rica e histórica lengua que muchos para sí quisieran... Y es un placer investigarla y difundirla. 

martes, 22 de enero de 2013

Que te den morcilla


En pleno siglo XXI no somos tantos los que seguimos manifestando un profundo respeto por los animales; en lo políticamente correcto es cierto que todos se pronuncia defensores, amantes y respetuosos con la madre naturaleza, pero a fin de cuentas ganan los partidarios de respetar al animal pero considerarlo en efecto como un ser supeditado al humano. ¡Qué quieren que les diga! Tengo poca fe en un género, en una especie que es capaz de matar a sus propios hijos, que es capaz de sesgar la vida desde su concepción, que es capaz de abandonar a su prole en un contenedor de basuras o que culminó la carrera más atroz en 1945, experimentando con sus semejantes el potencial de una bomba de átomos. Si el ser humano representa la cúspide de la cadena evolutiva, me da vergüenza pertenecer a esa casta intocable que piensa (o se presupone) y gobierna a su antojo el Planeta, a costa de los propios y de otras especies.

No; la moda está en recordarte que tu perrita no deja de ser un animal de compañía, una mascota, un elemento más del mobiliario destinada a obedecer con ceguera indómita tus caprichos y a formar parte del mármol del suelo. Los hay que visitan tu casa y se sorprenden de hábitos familiares. Porque haces que tu perrita sea una más de la casa, con sus cabezonerías, sus caprichos y su independencia, bastaría más. Los hay que no son capaces de ejercer la empatía necesaria para entender que en el universo, en el microcosmos particular de ese cocker spaniel que es más que mi perrita desde hace 14 años, ella y yo no tenemos una especie distinta, no somos dos animales antagónicos en donde uno tiene que obedecer y ser castigado y el otro ejercer la predominancia del macho alfa de nuestra escueta y recogida camada.

¡Qué voy a esperar! Hoy mismo el humano desdeña y desprecia a otro humano con un color de piel distinto. ¡No pretendería que la nueva forma de xenofobia sea el especismo! Da igual; el cocker spaniel que me acompaña a diario dewde los últimos 14 años es mucho más que un animal de compañía. No se me ocurriría jamás hablar de un amigo, un primo, una pareja o una madre como “persona de compañía”. Sería el más redondo de los eufemismos para designar a un chico o chica que se le compra con dinero sus favores sexuales. Mi perrita me hace compañía y efectúa en mí acciones balsámicas, racionales e impulsivas que superan el burdo calificativo de “compañía”. De ahí que me revele contra cuanto pretenden explicarte que un animal es un animal... Claro, y un negro, un negro, ¿no? ¿Y un rico es mejor que un pobre? ¿Valeria Mazza es algo más que tu pareja, entonces?  No, no me contestes. Recuerda que los de nuestra especie hicieron la I y la II Guerra Mundial, colofón de todas las guerras de la historia. Recuerda que los cubanos se mueren de hambre y los Castro son una de las fortunas más grandes de Latinoamérica y recuerda que presuntamente, un cordobés fue capaz de acabar con la vida de sus hijos. Y cuando me des explicaciones a esto, me adjuntas lecciones sobre trato animal y humano.

Pues bien, si en pleno siglo XXI la sensibilidad animal en realidad es una hipocresía envuelta en lo políticamente correcto, siglos atrás la mejor manera para controlar el número de perros callejeros de las calles de la España de la época era decidiendo sobre su vida. O matándolos, para los menos suspicaces. Corrían tiempos en los que refugios de animales, perreras, centros de atención y otros no se estilaban. Los mismos tiempos en los que la esclavitud estaba bien vista y mi Santa Madre Iglesia bendecía la Inquisición. Y por supuesto, las a veces multitudinarias camadas de perros eran eliminadas mediante el envenenamiento. Para ello, se utilizaba el más barato de los embutidos, el más fácil de obtener y menos demandado por las clases altas. Con la españolísima morcilla, en cuyo interior se alojaba algún veneno eficaz, se acababa con los perros. A veces, la medida se revestía de cierta moralidad, de cierta ética, pues al igual que las pandemias de peste o de cólera diezmaban a los humanos, la rabia (contagiosa y mortal) se transmitía con velocidad entre los perros y se cobraba alguna vida humana.

Morcillas con veneno se dejaban estratégicamente dispuestas en las embarradas calles de ciudades y pueblos españoles de siglos atrás, suculentos, últimos y mortales bocados de famélicos perros que no averiguarían nunca que el manjar hallado era una mortaja de sangre de cerdo. La práctica fue habitual entre los siglos XV y XIX. Si acaso, algunas zonas de España, siguieron en el siglo XX envenenando perros y gatos callejeros para controlar su población. No es de extrañar, cuando hoy día, el galgo, sigue ahorcándose en las ramas de una encina porque ha dejado de ser útil. La otra España, que diría Machado.

Así, nacieron dos frases inmortales. La primera, que te den morcilla. Cuando la oigáis no olvidéis que la misma, que hoy viene a decir lo repetitivo, asfixiante, cansino y molesto que resulta uno, proviene de esa práctica envenenatoria. Pero literalmente, nos están deseando la muerte, al menos si acudimos a su origen histórico. Al fin, cuando oigáis “muerto el perro se acabó la rabia”, sabed que tiene el mismo origen. Hoy bien puede ser la frase con la que se nos indica que a veces, el fin de algo es el fin del problema. Pero como la frase primera, también  tiene su origen en una práctica afortunadamente olvidada pero innegablemente bárbara y sólo propia de esa especie que se dice a sí misma, la cúspide de la evolución natural.

Como católico, no creo en la reencarnación. Pero si existiera, en mi siguiente vida no pediría nunca ser humano. He visto que es algo deleznable.

P.D. A mis amigos con perro... Sé que compartís esta forma de entender a nuestros amigos caninos.