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viernes, 30 de noviembre de 2012

Winston Churchill


Al cumplirse 138 años del nacimiento de Sir Winston Churchill (1874-1965) no se me ocurre nada mejor para recordar la incomparable figura del que fuera Primer Ministro Británico que recopilando algunas de sus anécdotas más divertidas, ingeniosas y recurrentes, en un intento por ofrecer una imagen distinta del que, sin lugar a dudas, fue de los más influyentes hombres del Mundo y que jugó un papel crucial para la Humanidad con sus posturas, decisiones y discursos a lo largo de la II Guerra Mundial.

Entenderíamos que, al ser considerado el más importante de los políticos de la II Guerra Mundial, el más firme defensor de la causa aliada frente al nazismo, militares y políticos de la talla del General Charles de Gaulle (1890-1970 buscaran en la Inglaterra de 1940, asilo para encabezar la lucha contra Hitler. Hasta las Islas Británicas se “autoexilió” el prestigioso general francés que luego fuera Presidente de su República, para desde allí encabezar la resistencia francesa al nazismo. Durante los dos años que vivió y actuó de manera muy activa desde suelo inglés para la libertad de Francia, tuvo ocasión Charles de Gaulle de tratar con asiduidad casi familiar a Churchill, aunque no siempre los debates que tuvieron, fueran relajados. Es el caso de uno de ellos, acaecido en 1942, cuando discutían sobre una operación militar que Churchiil consideraba costosísima. El francés  no compartía la opinión del inglés sobre la incursión miliar y que ésta no fuera financieramente rentable. Cansado en su exposición, el General Charles de Gaulle le dijo: “Ustedes los Ingleses solamente pelean por el dinero. Deberían aprender de nosotros los franceses, que luchamos por el honor y la dignidad”. Y  Sir Winston replicó, bastante calmado: “Bueno, cada quien pelea por lo que le hace falta”. (*)

Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Churchill fue nombrado Primer Lord del Almirantazgo, el máximo cargo al frente de la Armada Británica, la Royal Navy. Su principal misión consistía en proteger los puertos y bases escoceses e impedir a Alemania que sus navíos atravesaran el Atlántico Norte para atacar a los barcos mercantes de las colonias. Al poco, Rusia invadía Finlandia y se sabía que Alemania preparaba la invasión de Francia. La Armada debía actuar e Inglaterra era el único reducto libre de Europa, la única opción de libertad que le quedaba al Continente. Como máximo responsable, Churchill no dudó en fortalecer la potencia bélica británica y por ello, quiso presenciar con sus propios ojos la efectividad militar del país. Ese día se iban a probar los nuevos misiles haciendo explotar un carguero. En efecto, la artillería británica acertó y el carguero quedó hecho pedazos. Uno de estos trozos fue a parar no muy lejos del lugar desde el que, parapetado, se encontraba Churchill, protegido y pendiente del resultado de la prueba. De repente se dio cuenta que ese trozo de madera que había sido brutalmente arrancado de su lugar originario y había ido a parar cerca de él, era la puerta de uno de los servicios del barco empleado como diana, en la que seguía leyéndose claramente las iniciales WC. La puerta flotaba a los pies mismos de Churchill que tan agudo como siempre, soltó: “La Armada siempre tan gentil. No han dudado en marcar con mis iniciales los restos del buque”.

A principios de 1943 El Reino Unido homenajeaba encendidamente la actuación brillantísima que el General Bernard Law Montgomery había realizado al frente de las “Ratas del Desierto” (VIII Ejército Británico) en África frente a las tropas nazis de Erwin Johannes Eugen Rommel (1891-1944). Montgomery sufrió de megalomanía, de narcisismo pasajero al contemplar como todo Londres vitoreaba incesantemente su nombre y su heroica gesta desarrollada en 1942. Fue entonces que le tocara hablar, cuando a lo largo de su discurso, no olvidó puntualizar una breve semblanza de sí mismo: “No fumo, no bebo, no prevarico y soy un héroe”. Terminó su discurso de agradecimiento y despedía el acto el Primer Ministro. Sir Winston tomó entonces la palabra para decir con contundencia: “fumo, bebo, prevarico y soy el jefe de Montgomery”. Obviamente, no prevaricaba. Y obviamente, era mucho más héroe que el brillante militar británico. Y frases como esta lo dejan claro.

En la Cámara de los Comunes (la cámara baja del Parlamento Británico), Churchill tuvo dos poderosas enemigas, dos políticas que no dudaron en hacerle la vida imposible y reprender cualquier acto que el brillante primer ministro tuviera a bien llevar a cabo. La primera y más vehemente de las rivales fue Nancy Witcher Langhorne (1879-1964), la Vizcondesa Lady Astor que representaba al partido independentista Sinn Féin de Irlanda, en aquella época no tan virado a la izquierda. Con la dama tuvo sonados enfrentamientos que han quedado en fabulosas anécdotas, caso de la ocasión en la que, precedido de una fama de “bebedor”, Churchill comentaba en los pasillos del Palacio de Westminster qué disfraz llevar para una fiesta concreta de Carnaval. Lady Astor, que pasaba por el lugar, no dudó en hacer referencia a la capacidad alcohólica de Churchill diciéndole: "¿Y por qué no viene sobrio, Primer Ministro?". La paciencia de Churchill tocaba a su fin de forma que en uno de los debates en la Cámara, el hombre de Estado le dijo a Lady Astor: “tener una mujer en el Parlamento era tan molesto como tener una mujer en el baño”. Pero si el líder inglés creía que Nancy Astor iba a quedarse callada, no esperaba entonces la sagaz respuesta que la aristócrata irlandesa le espetó: “Usted no es tan atractivo como para tener que preocuparse por eso”.

Pero quizás, la más famosa disputa dialéctica, la más irónica y elegante, es la que viene a continuación. Al término de una de las sesiones parlamentarias, Lady Astor le dijo a Churchill: “Si usted fuese mi marido, le envenenaría el té”. A lo que Churchill respondió: “Señora, si usted fuera mi esposa, ¡me lo bebería!”.


La otra contrincante que se destacó por las puyas enviadas y recibidas, por los particulares enfrentamientos que tuvo con Churchill, fue Margaret Elizabeth Braddock (1899-1970), la más destacada figura socialista inglesa, que hja pasado a la historia como Bessie Braddock. En cierta ocasión, la político laborista le espetó a Churchill: "Winston, estás borracho”. A lo que Churchill respondió: “Y usted, señora, es fea. Pero yo, por la mañana, estaré sobrio”.

Los “amigos” no le llegaban al Primer Ministro precisamente a través de los debates políticos, puesto que sus enfrentamientos epistolares con el dramaturgo y novelista irlandés George Bernard Shaw (1856-1950), ganador del Premio Nobel en 1925 y del Óscar en 1938 fueron sonados. En una ocasión, hasta el 10 de Downing Street llegaba una carta de Shaw dirigida a Churchill en la que incluía dos entradas para su próximo estreno teatral. La nota decía: “Le mando dos entradas para mi estreno. Si quiere venga con un amigo (si es que tiene alguno”. Pero al Primer Ministro, en rapidez y fluidez verbal no le iban a ganar, contestándole con la cortesía irónica que le era habitual: “Me es imposible asistir a la primera representación. Procuraré llegar a la segunda (si es que tiene lugar)”.

Hasta su despacho llegaba a principios de mayo de 1945 que Hitler se había suicidado el 30 de abril en su búnker berlinés sin que las tropas aliadas consiguieran capturarlo con vida. En ello confiaba más de un dirigente político y por supuesto Churchill no iba a ser menos. En el momento en el que su ayudante confirmó que en efecto, Hitler se había suicidado, nuestro hombre no dudó en tirar del humor británico para decir: “Por lo menos ha hecho bien en morirse”.

En Septiembre de 1946, un joven Orson Wells estaba en Venecia, buscando financiación para rodar “La dama de Sanghai”. Una noche, al terminar una cena con un magnate ruso, se cruzaron con Winston Churchill y su mujer, que estaban sentados en una mesa del mismo hotel. Al ver a Welles, Churchill le saludó con la cabeza. El ruso quedó petrificado ante el gesto: Winston Churchill, el líder mundial más admirado, el mito de la guerra que acababa de concluir, reconocía al joven realizador. El magnate ruso decidió inmediatamente ofrecer a Welles todo el dinero que necesitase. A la mañana siguiente, Welles vio a Churchill nadando en la playa y se acercó para explicarle lo ocurrido: su silencioso saludo había resultado más valioso que semanas de negociaciones. Ese mediodía, Welles y el ruso volvieron a almorzar en el hotel. Esta vez, el hombre que lideró a Europa frente a los nazis, posó los cubiertos, se levantó y le hizo una reverencia a Orson Welles

Sir John Rupert Colville (1915-1987) fue el secretario privado de tres primeros ministros, empezando a las órdenes de Chamberlein (1939 a 1940), siguiendo fiel en el 10 de Downing Street hasta 1945, cuando decide dejar su cargo para seguir a la persona más carismática, influyente y hechizante que conoció, el Primer Ministro Winston Churchill, del que fue su secretario personal y asistente hasta 1955 pero con el que siguió tratando directa y familiarmente hasta su muerte en 1965. En una ocasión, el matrimonio Churchill, disfrutando de unas vacaciones en Montecarlo, decidió acudir al famoso Casino de la ciudad, siendo reprendido por Colville que hacía constante gala de la prudencia inglesa. El fiel Colville consiguió persuadir a Churchill de lo innecesario de su “noche de juego” teniendo en cuenta el revuelo que el Primer Ministro Británico iba a causar en el Casino. Entonces, la flema humorística del estadista salió a relucir y le dijo: “Hagamos una cosa: ve a jugar por mí y lo que ganes nos lo repartimos a medias”. Colville iba siempre por delante, y le dijo: “Señor, no entiendo lo suficiente de juego”. A lo que Churchill replicó: “Bueno, bueno, si pierdes, no te lo tendré en cuenta”. Y al regreso del Casino, en efecto, Churchill había perdido un buen puñado de billetes, sin haber probado suerte.

Fue un monárquico convencido, quizás el estadista más creyente en la Corona que haya conocido el Mundo. En unas declaraciones posteriores a su muerte, su viuda llegó a decir que era el único mortal que estaba convencido del derecho divino de la Monarquía. Pero sin embargo, Churchill no era especialmente religioso. De hecho, su juventud fue de un agnosticismo rotundo, rayano en el ateísmo, empezando a creer en “algo” a raíz de la Batalla de Inglaterra, en los meses de julio a octubre de 1940. Iba poco a la Iglesia y de las ceremonias religiosas sólo le gustaban los bautizos. Un día hablaba con su fiel Corville de la fe y de pronto le dijo: “No sé si existirá el gobierno de allí arriba, pero por si acaso, acudiré más a los oficios a ver si logran recomendarme para la Monarquía Constitucional del Todopoderoso”.

En el año 1954  seguía siendo Primer Ministro, en la segunda de las ocasiones en las que fue elegido para el menester y con una jovencísima Isabel II que desde 1952 era la Soberana Británica. Hasta la residencia oficial de los “presidentes” se acercó una hornada, una legión de fotógrafos con el objeto de felicitar personalmente al Primer Ministro por sus recién cumplidos 80 años y así poder ilustrar fotográficamente los rotativos ingleses que se iban a hacer eco del aniversario de Sir Winston. Uno de los fotógrafos trabajaba para The Daily Telegraph, afín al partido conservador y el trabajador debía ser un experto adulador. Tampoco podemos juzgarlo: tenía menos de 30 años y debía ser desde luego todo un acontecimiento estar al lado de un hombre de la talla intelectual y política de Churchill. Aquí, desde luego, nos importa ese dato: la veintena de años del fotógrafo. Así que tras la sesión y el pose institucional, el fotógrafo del tabloide no dudó en hacerle la rosca al Primer Ministro y le dijo: “Sir Winston, espero fotografiarlo nuevamente cuando usted cumpla 90 años”. El ingenio de Churchill saltó espontáneamente y le contestó diciéndole: “¿Por qué no? Tiene usted pinta de tener buena salud”. Lo curioso es que el anciano de 80 años, vivió hasta los 91.

Si se han dado cuenta, buena parte de las fotografías que ilustran esta entrada nos traen a Churchill junto a un perro. Amante de los animales, tenía un especial cariño por su caniche Rufus, con el que solía ver la tele relajadamente en casa. En una ocasión, el sagaz político se entretenía viendo la película que en 1948 produjo el Reino Unido bajo la dirección de David Lean y protagonizada por Robert Newton y Alec Guinness. Era, Oliver Twist, basada en la novela que Charles Dickens fue entregando de 1837 a 1839. En un momento del largometraje, uno de los chicos de la banda de Fagin, decide ahogar a su perro para que nadie le pueda seguir la pista, perseguido por la policía. En ese momento, Winston Churchill le tapó los ojos a Rufus para ahorrarle “el drama de la muerte de un semejante” diciéndole: “tranquilo Rufus, ahora te cuento lo que pase”.

(*) Esta anécdota recuerda la sagacidad del estadista inglés que aprovechó la ocasión para devolvérsela a los franceses, unos 125 años después. En concreto, se trata de la conversación que dos marineros, francés e inglés, mantuvieron acaloradamente en torno a 1820. En aquella ocasión los interlocutores fueron Robert Surcouf, marino al servicio de Napoleón y un oficial de la Real Armada Británica. En el encuentro, se hablaba sobre la batalla naval que enfrentó a ambas potencias hacia 1815, cuando los británicos bloquearon los accesos al Mar Índico. Fue entonces cuando Robert Surcouf, corsario con patente napoleónica, tomó las Islas Mauricio y Reunión. Capturó un total de 47 naves, abordando a la famosa fragata británica Kent. La discusión entre los viejos marinos, estaba llegando a un punto de máximo acaloramiento; fue entonces cuando el inglés dijo: “lo que nos distingue es que nosotros nos batimos por el honor y vosotros por el dinero”. A lo que contestó el corsario francés: “Pues sí. Cada uno lucha por lo que le hace falta”.

Ya no quedan políticos de esta talla.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Ángel Ganivet


Retrato de Ángel Ganivet por el granadino José Ruiz de Almodóvar Burgos

Precursor del noventayochismo, novelista, dramaturgo y diplomático; pero por encima de todo, el hombre que murió hace hoy 114 años, era GRANADINO. Hasta los tuétanos, arrebatadora e inequívocamente granadino. Aquí “lo nacieron”, en esa lengua de tierra debajo del Realejo por donde pasa la Acequia Gorda. Su casa natal se levantó sobre el viejo molino que aprovechó las conducciones de riego que la Casa Real granadina durante la dinastía zirí, levantó en el año 1073.

Imagen de Miguel de Unamuno

En Granada estudió Derecho y Filosofía y Letras, licenciándose por partida doble y con sobresaliente. En 1890 empieza un doctorado en Madrid, ciudad en la que prosigue su afición literaria y su pasión por las tertulias. Entabló profunda amistad con Miguel de Unamuno, que a la muerte del granadino, dijo que él había influido más en Ganivet que Ganivet en él. La disputa se producía a raíz de las averiguaciones por ver a quién le correspondía la paternidad real e innegable de la Generación del 98. Pero ya sabemos lo que ocurrió el día que a Unamuno le dieron un premio y lo recogía de manos de Alfonso XIII, que nada más recibirlo del Rey, soltó: “Gracias, Majestad, me la merezco". A Alfonso XIII, tanta sinceridad lo apabulló y le dijo: "Caramba, hasta ahora todos los premiados me habían dicho que no merecían este honor". Unamuno, que no quiero yo desacreditarlo ni mucho menos, le contestó: "Y tenían razón". Es decir, que viendo las ínfulas del vasco, y muerto Ganivet, la influencia de uno sobre otro pudo ser más grande de lo que intentó desmentir don Miguel.

Fuente del Avellano

Pero volvamos a nuestro Ángel y su Granada, en la que fundó la mítica  había “Cofradía del Avellano”, que desde el Paseo de los Tristes se reunía con ansias de tertulia, recitando poemas, discutiendo sobre actualidad y convirtiéndose en un oasis de intelectualidad sin igual en la ciudad de finales del siglo XIX. Los “cofrades” ascendían hasta la Fuente del Avellano por el Camino que bordea la Alhambra y se llama “Cuesta de los Chinos”: No era un grupo de eruditos beatos precisamente. Cada uno llevaba algo que beber y que alegraría las excursiones y discusiones literario-políticas. Ganivet se llevaba un par de garrafas de anís de Diezma y de la tertulia, formaron parte hombres geniales como Francisco Seco de Lucena, o los hermanos Ruiz de Almodóvar Burgos.

Casa Museo de Ángel Ganivet

Ganivet se adelantó a los noventayochistas. Su “Idearium español” es simplemente necesario. Decía que España debía volver a ser la “Grecia cristiana”. En Granada la Bella construye la ciudad ideal, oponiéndose a los intentos de racionalismo urbanístico que con el tiempo, le han terminado dando la razón. En “Cartas Finlandesas” bulle lo mejor de un novelista conspicuo. Desde 1892 cuando aprueba unas oposiciones al cuerpo consular y se convierte en diplomático español en Helsinki, Ganivet echa en falta la Granada que tiene tan lejos... Y su Casa, esa Casa-Molino que lo vio nacer y donde compartía con toda su familia materna el día a día de su vida.

El Río Daugava a su paso por Riga

Fue un 29 de noviembre de 1898. Llevaba tres meses en la ciudad letona de Riga, la que hoy es orgullosa capital de un Estado libre del yugo ruso-comunista. Ocupaba el consulado español en tan distante emplazamiento pero el granadino se sentía mal. El doctor local, Ottomar von Haken le había diagnosticado una manía persecutoria, una parálisis progresiva y reminiscencias de enfermedades anteriores que brotaban en la psique del novelista y ensayista. Ganivet se sentía solo, añoraba a Granada y hacía tiempo que se había extinguido la llama del amor único de su vida, Amelia Roldán, con la que tuvo dos hijos, la joven Natalia que había muerto con tres meses y Ángel Tristán, que entonces tenía 4 años.

Imagen de Riga, capital de Letonia

Ganivet tenía que usar un barco que cruzaba las aguas del río Daugava a diario. Era el trayecto habitual que lo llevaba desde su casa al consulado español. Caía la tarde fría en Riga; el autor granadino regresaba, pensando en las aguas calmadas del Darro, en los sonidos profundos e intestinos de la Acequia Gorda del Genil que pasaba bajo su casa familiar. El estad depresivo por el que pasaba hizo el resto y se lanzó a las gélidas aguas del Dauvaga. La tripulación del barco consiguió rescatarlo, subiéndolo a cubierta, extrañado de que el español de poblada barba tuviera la infeliz idea de quitarse de una manera tan poco apropiada la vida. Cuando se despistaron, Ángel volvió a saltar, esta vez más fuerte, esta vez más lejos. El frío, la corriente y su deseo de morir se aunaron. El más granadino de los granadinos del siglo XIX moría a miles de kilómetros de distancia de su casa, solo, triste y famélicamente suspirando por una Granada que soñó y ni fue ni sería.

Nos había dejado un complejo conjunto de ensayos, obras teatrales, novelas... Da igual; se murió un granadino cabal que quería a Granada como pocos. Hace de esto 114 años y de su espíritu, hace perfecto bosquejo este poema suyo:

Lleva el placer al dolor
y el dolor lleva al placer;
¡vivir no es más que correr
eternamente alrededor
de la esfinge del amor!

Esfinge de forma rara
que no deja ver la cara...;
más yo la he visto en secreto,
y es la esfinge un esqueleto
y el amor en muerte para.

Monumento a Ángel Ganivet en el Bosque de la Alhambra.

La Bella Granada soñada por Ganivet sigue esperando intelectuales de su talla. 
Llegada de los restos mortales de Ángel Ganivet a Granada. Año 1925

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Estornudo


La ciencia ha venido a explicarnos infinidad de cuestiones cotidianas que a nuestros antepasados (y no tan lejanos) les producía auténtico pavor. Algún día hablaremos del rey franco sucesor de Carlomagno que murió infartado al contemplar un eclipse lunar, sin ir más lejos. Y esto ocurriría desde el principio de la Humanidad con el saludable y normalísimo efecto de estornudar. A este acto reflejo de expulsar el aire de manera violenta lo conocemos como estornudo gracias a los griegos, que se fijaron en el ruido producido por este acto fisiológico y la apabullante presencia al producirse de los vocablos S, T y R. Los romanos fijaron semánticamente el término con el verbo sternuo, que evidentemente tiene su origen en el griego. Y de ahí, estornudar en este latín vulgar que hablan más de 500 millones de personas y se llama Español.

Los egipcios consideraban que el estornudo era un aviso, una advertencia de los dioses siempre que se cometía algún acto nada honroso. Podía darse el caso que se estornudara en una ocasión propicia, lo que venía a significar que el dios concreto aprobaba el acto; o todo lo contrario. No faltaron faraones que intentaron a través de sus “magos” predecir el futuro en torno a los estornudos y cuándo éstos tenían lugar.

En Grecia está presente incluso en la Odisea de Homero, hace por tanto más de 2.800 años. En la narración de la compleja obra, una de sus protagonistas, Penélope, ríe de emoción al ver cómo su hijo estornudaba justo en el momento en que le están comunicando que no saben si su marido sigue vivo o no. Y ella, siguiendo la fidelidad de la época, estuvo desde ese instante del estornudo, perfectamente convencida de que los dioses le querían comunicar el buen estado del esposo mediante el acto reflejo.

Desde el siglo V antes de Cristo, tras un estornudo, loso griegos popularizaron saludar tal acto con una expresión de júbilo. El estornudo era ya algo de buen agüero. Así sucede y así lo cuenta en el año -401 cuando en la Expedición de los Diez Mil Hombres al mando de Ciro, los griegos pretenden tomar Persia y en el momento en que aguardan para asaltar a las tropas de Artajerjes, un soldado estornudó. Alguien se adelantó diciendo: “¡Vivid!” en señal de alegría y de buena fortuna, pues los dioses estaban de su lado y la victoria sería griega. Puede que estemos ante el instante en que se originó la costumbre de decir algo tras el estornudo.

A Roma las tradiciones le importaban mucho. Las suyas eran mezcladas con la de los pueblos conquistados, haciendo una amalgama sincrética de ritos y modos que hizo grande al pueblo romano. Lo que absorbieron desde luego fue la cultura griega y la costumbre de decir “¡Vivid” tras el estornudo, en Roma fue “¡Júpiter te conserve!”. Con los años, lo normal fue acortar la expresión de buenos deseos, el saludo a un gesto asociado a la divinidad para decir simplemente, “¡Salve!”.

Así llegamos a la Edad Media y al cristianismo. En el año 590 subía al solio pontificio el conocido como Gregorio Magno. San Gregorio I, el Grande, fue Papa desde el año 590 al 604, aportando no ya sólo al cristianismo su erudita cultura, sino que dejó para la Humanidad importantes contribuciones como la música bautizada en su honor como “gregoriano”. Pero el nuevo Papa no empezó su trabajo como Vicario de Cristo con buen pie, y a los pocos meses de ocupar la Silla de Pedro se declaró una virulenta epidemia de peste en la ciudad de Roma. A decenas morían los habitantes sin que la medicina de la época pudiera hacer nada por evitarlo. Cada vez que se producía un estornudo, la población creía que el que lo había exhalado estaba contagiado, haciéndose popular una expresión justo al término del estornudo: “¡Jesús!”. Con la intención de invocar el nombre de Cristo, los romanos de hace 1422 años pretendían que Jesús detuviera el avance del contagio en aquel que acababa de estornudar.

Pero Gregorio Magno quiso ir más lejos. La epidemia era imparable. Así que propuso que desde el principio de detectarse cualquier signo evidente de enfermedad, como por ejemplo el estornudo, los ciudadanos lo tuvieran presente y dijeran en voz bien alta, “¡Salud!”, a manera de aviso para los demás, que acababan de estar informados de las precauciones necesarias a tomar para no acabar contagiado. El caso es que tras la epidemia, Roma aprendió que para bendecir el lugar y desear salud al que estornudara, fuera por motivos buenos o malos, contestaría el creyente con vehemencia e inmediatez diciendo el nombre de Dios Cristo: “¡Jesús!”.

En los países de tradición latina, se hizo popular. Entre los anglosajones, el término que más se empleó fue “Bless you”, es decir, “¡Dios te bendiga!”.En la España Moderna (1492-1789), la profunda huella católica de nuestra Nación fermentó en una letanía, una pequeña oración o jaculatoria que aún hoy sigue siendo frecuente escucharla según en qué regiones y poblaciones: “¡Jesús, María y José!”, por si al decir todos y cada uno de los miembros de la Sagrada Familia, el que estornuda sea triplemente protegido.

Las culturas de casi todos los rincones y países del Mundo siguen aún hoy concediendo una importancia grande al estornudo. No hace falta creer en ello, pero sin quererlo, el poso cultural es hoy imposible de borrar y se repiten frases a manera de bendiciones o se cree y asocia el estornudo a cosas concretas como algo que ha quedado grabado en el colectivo ciudadano. Así por ejemplo, países eslavos como Rusia y otros ortodoxos como Bulgaria, creen que los estornudos que ocurren después de hacer una afirmación, no son otra cosa que la confirmación por parte de Dios de que lo que se dice es cierto. Por su parte, India, Pakistán y Guatemala creen que cuando alguien estornuda es que recuerda o es recordado por alguien querido. En Japón son mal pensados, porque estornudar es señal de que alguien está hablando de la persona que estornuda. Y en México, si un hombre estornuda, su esposa le está siendo infiel.

Hoy en España, mucha gente no emplea el “¡Jesús” tradicional, por cuestiones de agnosticismo o ateísmo, algo muy respetable, aunque en cambio, sí que dicen, como los romanos de hace decenas de siglos, “¡Salud!”. Luego, una buena mayoría, no dice nada... No han de hacerlo, y si acaso, los católicos lo repetimos quizás como un gesto de cortesía, o tal vez porque 3.000 años en el colectivo cultural de toda la Humanidad, no son fáciles de eliminar de un plumazo. Pero a día de hoy, al menos en esta España nuestra donde los vecinos no se saludan y la educación es espejo empolvado, oír algo, aunque sea el “salud” profano, es casi una odisea. ¡Con lo poco que cuesta!

Así que señores, si están estornudando, a punto de hacerlo o ya lo han hecho, “¡Jesús!”... y “¡Salud!”.

martes, 27 de noviembre de 2012

Juan y medio

Juan Álvarez de Mendizábal (1790-1853), gaditano de Chiclana, Ministro de Estado, Ministro de Hacienda y Presidente del Consejo de Ministros, fue, es y será una de las figuras más polémicas de la historia española. Cambió su apellido materno (Méndez) por el conocido de Mendizábal que le ha dado toda suerte de fama, por el prestigio que un sobrenombre vasco daba en aquel primer tercio del siglo XIX a cualquier comerciante afincado en Cádiz. Pero todavía se especula si el controvertido Ministro se desentendió de la herencia materna para ocultar un pasado judío. Pero no crean que don Juan aborrecía el Méndez hebreo por sus creencias católicas, porque aunque bautizado en la fe, era un masón activo y afanoso.


Mendizábal era a los 29 años el responsable de intendencia del Ejército español en el sur. Será a raíz de sus negocios cuando radicalice su condición liberal, ganándose la vida con el comercio (o tráfico, vaya usted a saber) de carey para la elaboración de peines para la clase alta gaditana. En todo caso, la progresía de este país siempre ha sido proclive a desentenderse de sus principios cuando el “poderoso caballero don dinero” hacía acto de presencia. Y con un generoso rédito económico, se lanzó en 1820 a costear la conspiración militar de Rafael de Riego. Expulsado del país, Mendizábal huyó a Londres, que conoció todo lo bien que lo dejaron, puesto que pasó una generosa temporada en la cárcel por deudas, lo que le hizo cambiar de trabajo, dedicándose entonces a la exportación de vinos españoles.

En 1830, Juan Álvarez vuelve a enfrascarse en conspiraciones siendo uno de los que sufraga la Expedición de Vera, sin olvidarse de participar en la Guerra Civil portuguesa mandando a los liberales de un país que ni le iba ni le venía, cantidades de dinero suficientes como para mantener intactas sus oportunidades bélicas. De su pacifismo poco habremos de destacar, puesto que ese mismo año se embarca en otra aventura internacional intentando costear también la Revolución de Bélgica de 1830, con sumas de dinero enviadas a la causa liberal que pretendía el establecimiento de una República y que se mostraba oficialmente contraria a la Iglesia y al rey francés. Seguro que saben que de aquella Revolución, nació Bélgica tal y como la entendemos pero con la primera Monarquía Constitucional o Parlamentaria del Mundo, a la que sumó enteros la española Fabiola de Mora, Su Majestad la Reina Madre de los belgas.

Ilustración del Bolg Paseando la Historia.

Nadie puede discutir que Mendizábal era un hombre de fortuna, al menos económica, como sus “empresas revolucionarias” lo ponen de manifiesto. Así las cosas, en 1835 entra en los gobiernos interinos de España, tomando como primera medida la famosa ley que con su apellido (falso, pero por el que lo conocemos) procuró la confiscación de los bienes de la Iglesia Católica para redistribuir la riqueza del país y ayudar a los millones de ciudadanos que no tenían nada. Pero la gestión de Mendizábal, muy poética, muy lírica, fue un fracaso absoluto. La incautación de los bienes católicos no fue a parar a quienes lo necesitaban, sino a la oligarquía nacional, de forma que los pobres siguieron siendo pobres, las arcas de la Nación se quedaron igual (vacías), se robó al propietario legal un patrimonio extenso y con esta medida, cuadros, piezas litúrgicas, tierras y otros sirvieron para que los ricos se enriquecieran y buena parte del patrimonio español saliera de nuestras fronteras. La ruina de centenares de edificaciones, que hoy día formarían parte del catálogo patrimonial de cualquier ciudad, da muestras de una inusitada torpeza y un error de bulto en la ejecución de esta “desamortización”.

Otra de sus felices ideas fue la “redención de quintas”, es decir, la posibilidad de pagar para no hacer el servicio militar y en caso extremo, acudir a la guerra, de forma que los burgueses y adinerados de España salvaron a sus hijos de la contribución equitativa, dejando sin amparo a los pobres. Como ven, favoreció a las mismas clases poderosas que jamás representó y con las que no comulgaba, para hacer todo lo contrario de lo que se espera de un liberal, un progresista: acabar con la igualdad de los ciudadanos, que gracias a su decisión, fueron “más” si tenían, y nadie si eran pobres.

Pero si por algo nos ha de interesar este personaje en el día de hoy, es por el sobrenombre que le pusieron debido a su figura. Madrid, ya sabemos, ha hecho gala a lo largo de la historia de uno de los gracejos e ingenios más incontestables en el panorama nacional. Cuando Juan Álvarez Méndez, es decir, Mendizábal, fue nombrado alcalde de la Villa y Corte, los madrileños pudieron tratarlo con asiduidad y fijarse en su porte característico. Dicen de él que vestía las levitas más caras y mejor cortadas de toda España, algo muy propio de un progresista (¿no creen?), a lo que se sumaba su altura, que en aquella fecha era inusual y rotunda. Medía Mendizábal más de 190 centímetros, aunque como curiosidad, se dice de él que tenía unos pies muy pequeños en comparación a su envergadura. Lo que no cabía duda es que alguien como él, tan alto, tan distinguido en el vestir, sería pronto conocido de una manera muy castiza entre los madrileños: Juan... Y MEDIO.   

Con el tiempo, un almeriense tan alto como él y con gracia indiscutible, aprovechando que su nombre también es el de Juan, es conocido de igual forma, lo que nos recuerda que en una España milenaria, lo más seguro es que todo esté ya inventado...

lunes, 26 de noviembre de 2012

Casablanca


Película de culto, éxito de taquilla, triunfo del sistema de estrellas, clásico imperecedero. Casablanca se estrenaba tal día como hoy y ahora que cumple 70 años, el tiempo le ha sentado mejor incluso que aquella tarde-noche del 26 de noviembre de 1942 en la que se exhibió por vez primera en el Teatro Hollywood de Nueva York, haciéndola coincidir con la conquista de la costa atlántica africana por parte de las tropas aliadas y la toma de Casablanca (Marruecos) por la Francia Libre durante la II Guerra Mundial.

Pero la película, que retrata de una manera colosal la vida en esta ciudad marroquí a la que llegaban huyendo del nazismo europeos de todo tipo pero que, bajo el estricto control de la GESTAPO, les resultaba casi igual de peligrosa que su país de origen, es una obra maestra absoluta que consiguió desde el mismo montaje definitivo, convertirse en un icono de la historia del cine en base a guión plagado de diálogos insuperables y ágiles que salen de la boca de actores de la talla de Humphrey Bogart o Ingrid Bergman, a quienes se suma con acierto imperecedero un Max Steiner que nos dejó una de las bandas sonoras cinematográficas más sublimes. Difícilmente habrá alguien que no reconozca al escucharlos, los acordes de “as time goes bye”,( “a medida que el tiempo pasa”)... ¡Pero ojo, este tema no es de Steiner! Con esto, no es de extrañar que fuera nominada ocho veces al Premio Óscar, ganando 3 en las categorías de mejor película, mejor director y mejor guión. Pero el tiempo se encargaría de agrandar la estela de Casablanca, al punto que en 1989 fue preservada en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos por sus valores culturales, históricos y estéticos, en 1997 fue considerada la 2ª mejor película de la historia del cine y en 2006, los guionistas y empleados de cine, televisión y radio, dijeron que su guión era el mejor de todos los tiempos.

Con estos datos abrumadores, nadie pensaría que el rodaje comenzó de forma muy distinta. La película se grabó entre el 25 de mayo y el 3 de agosto de 1942, basándose en el guión de la obra teatral “Todos vienen al café de Rick” de Murray Burnett y Joan Alison. Cuando compró los derechos la Warner Brothers los especialistas literarios de la compañía, la calificaron como “una tontería sofisticada”. Fue grabada en las pistas de los aeropuertos de Los Ángeles, en el estudio californiano de la Warner y en un pueblecito de Arizona, Como curiosidad, los habitantes de Casablanca (Marruecos) intentaron tras el éxito internacional del largometraje, aprovechar el tirón turístico de cuantos acudían a la ciudad marroquí para conocer los enclaves del film y tomarse algo en el bar de Rick, que obviamente no existía. Ni cortos ni perezosos, la ciudad, aún bajo el protectorado francés, se lanzó a construir dos bares frente a la gran plaza donde se ambienta la escena principal, naciendo de manera ingeniosa y engañosa, el bar de Rick, y el "Blue Parrot", para que los turistas se fueran satisfechos tras su visita.

La dirección corrió a cargo de Michael Curtiz (1886-1962) un húngaro de ascendencia judía que antes de Casablanca había dirigido “Ángeles con caras sucias” (1938) y tras este largometraje impecable, aún tendría tiempo de regalarnos “Alma en suplicio” (1945). Antes de morir reconoció que el guión fue modificado con largueza respecto del original en el que se inspira. De hecho, cada día, el texto recibía cambios y cuando ya había comenzado el rodaje, no se había escrito nada del final, de forma que tanto Curtiz como Ingrid Bergman, desconocían en el momento de grabar la última secuencia, qué iba a suceder con el objeto de que actuaran con el mismo desconcierto que después transmiten al espectador. Pero Humphrey Bogart, que era ya una estrella imparable, sí que lo sabía por exigencias de su contrato, pues estaba autorizad a aprobar los guiones antes de rodar.

La mejor manera para describir al actor protagonista, es simplemente decir que era Bogart. Y la actriz protagonista, quizás una de las mujeres más hermosas de la industria universal e histórica del cine, la rubia por antonomasia junto a Grace Kelly y a Marilyn Monroe; pero en pantalla, el poco más de metro sesenta de Bogart y el mareante metro ochenta de Bergman se corregía con mil ingenios, desde las plantillas casi ortopédicas que tuvo que llevar, a otras soluciones que salían de plano y que servían para adecuar la altura de los protagonistas. Curiosamente, el otro gran actor del reparto, Paul Henreid no se llevó muy bien con sus compañeros actores. A Bogart lo consideraba un actor mediocre y a Bergman llegó a llamarla: “flor de un día”:

Pero es sin duda la mano de Woody Allen la que se cuela, 30 años después en la película, hasta el punto de provocar la más extendida de las curiosidades y errores de la historia del cine. Seguro que más de uno, recuerda como si hubiera vivido el rodaje, la famosa frase, inmortal, de “tócala otra vez, Sam”. Pues bien, deben volver a ver la película para descubrir que en ningún momento se dice eso. Woody Allen había escrito una obra de teatro que se lleva al cine en 1972, protagonizada por él mismo y por una de sus parejas fetiche en la gran pantalla: Diane Keaton. Se trata de “Sueños de un seductor” y el final es un homenaje a Casablanca con el toque irónico de Allen y la parodia en la que el genio neoyorquino, introduce la frase “tócala otra vez, Sam”, que se parece a la original, pero no es esa. En Casablanca, Ilsa (Ingrid Bergman) está en el café y reconoce a Sam, el pianista, al que le dice: Tócala una vez, Sam, en recuerdo de los viejos tiempos. Él finge ignorarla y ella le ordena «Tócala, Sam. Toca “A medida que el tiempo pasa”... Pero si algo pasa por la mano de Woody Allen, se convierte incluso en uno de los grandes errores que llega a confundir hasta el que ha visto la película mil veces. Por cierto que este tema fue compuesto por Herman Hupfeld para el musical de Broadway Everybody's Welcome, en 1931, 11 años antes de la película. En la canción es interpretada por Dooley Wilson.

A lo largo de los dos meses y dos semanas de rodaje, mientras la II Guerra Mundial sembraba de muerte y destrucción a Europa, dio lugar para todo. Como por ejemplo las súplicas del productor, Hal B. Wallis a Herman Hupfeld para que ceda la partitura y los derechos de reproducción de “as time goes by”. Su autor, la consideraba una obra menor, una vulgar melodía que no por ello, dejó impactado al productor. Es a él y su capricho a quien debemos una de las músicas de cine más recordadas, al igual que aquella que acompaña a Rita Hayworth en “Gilda” (“Put to blame of Mame”), o Moon River para Audrey en “Desayuno con diamantes”. Hal B. Wilis no dudó en ponerse de rodillas ante el autor que, conmovido, aceptó que Dolley Wilson la intrerpretara en la película.

Pero si el rodaje terminó oficialmente un 3 de agosto, será el día 21 de ese mes cuando en el afán por rizar el rizo y crear algo distinto, Michael Curtiz bajo presión de su director artístico Carl Jules Weyl (dicen que el verdadero protagonista del éxito de Casablanca), llaman a Bogart al estudio. Y le piden que en ese final que no conocía nadie, diga otra de las frases míticas no ya sólo de este film, sino de toda la historia del cine: “Louis, creo que este es el principio de una gran amistad”. De hecho, Casablanca ha conseguido colar 6 frases entre las cien más célebres de la historia del cine, siendo la única película capaz de tal logro. Por ejemplo, “El mago de OZ” o “Ciudadano Kane” , sólo tienen una en este prestigioso listado, que se conforma con frases como la de Clark Gable (“Sinceramente, cariño, me importa un bledo”), en la última frase de la película Lo que el viento se llevó(1939),  o “Le haré una oferta que no podrá rechazar” de Marlon Brando, en “El padrino” (1972), que ocupa el segundo puesto; el cuarto es para: “Toto, me parece que ya no estamos en Kansas”, de “El mago de Oz” (1939) y aparece ya en el quinto lugar nuestra obra, para que Bogart diga: “Aquí me tienes mirándote, chica”.  Ahora bien, para mí, siempre, Casablanca es Casablanca cuando oigo: “Siempre nos quedará París”.

Parafraseando al bolero, 70 años no son nada... Y sin embargo, no dejan de hacer mejor, que ya es difícil, una película inmortal que como homenaje a la efemérides, merece que volvamos a disfrutarla tantas veces como se pueda.