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miércoles, 16 de mayo de 2012

Las Plazas de Toros de París

En mayo de 1889 se inauguraba en París la Exposición Universal que a la postre vendría a marcar para bien la historia de la arquitectura, dejando como legado en la capital del Sena la mítica Torre del ingeniero Eiffel. Pero aquella muestra de tintes universales estaba llamada a ser una de las ferias turísticas e industriales más grandes y cuidadas que hasta la fecha vio el hombre, invirtiendo para ello los franceses más de 42 millones de francos de la época en su puesta en funcionamiento, para que 61.722 expositores ofrecieran a los treinta y dos millones y medio de visitantes (una auténtica barbaridad para una fecha a 122 años vista) una selección de 35 países del mundo. Cifras que, un siglo y cuarto después, marean.

Conmemoraba la Francia de la época el centenario de la Toma de la Bastilla y cuanto aquella Revolución Francesa supuso para la Humanidad. Así que a lo largo de 96 hectáreas que recorrían el Campo de Marte, Trocadero, la Estación de Orsay, la explanada de los Inválidos y una buena lengua de tierra en torno al Sena, el Mundo fue excepcional testigo del nacimiento de la famosa Torre de hierro que es el reclamo primero de los parisinos, o del Pabellón París, que costeado por el Gobierno de Chile, es hoy el único de los que tuvo la Exposición que sigue en pie, pero felizmente luciendo su particular arquitectura a miles de kilómetros, en Santiago de Chile.

Lo que muchos desconocen es que España se sumó a la efeméride con toda la carga cultural y antropológica de la que supo hacer gala. Y así, en las arenas parisinas, en las orillas del Sena, junto al Muelle de Nueva York y cerca, muy cerca del Campo de Marte que ya estaba dominado entonces por los imponentes 300 metros de la Torre Eiffel, nació la primera Plaza de Toros de París, que inauguraron los diestros Antonio Carmona “el Gordito”, Fernando Gómez “el Gallo” y Juan Ruiz “Lagartija”. La plaza desapareció aquel mismo año y contó con la asistencia de la Reina de España, Isabel II.

Terminaba la Exposición Universal un 31 de octubre y los franceses acababan de ser sometidos a la estética cultural y artística de la tauromaquia. De modo que con capital español, ganaderos y empresarios españoles se lanzaron al unísono al proyecto de financiar los 3 millones de francos que costó una nueva Plaza de Toros en el Bosque de Bolonia, con el apoyo de la embajada española en Francia, para hacer realidad el sueño de un coso de 800 metros cuadrados, construido en ladrillo y viguería de hierro, sobre sólidos cimientos de piedra. Tenía 116 palcos. Y una capacidad para 22.000 personas. La corrida inaugural contó con el hierro del Marqués de Veragua y la lidia de “Currito”, Felipe García, Ángel Pastor y el torero granadino, Francisco Sánchez Povedano, “Frascuelo Chico”.

Tardes de gloria vivió el ruedo parisino, cuando las máximas figuras del momento, como los dos grandes rivales “Lagartijo”, y “Frascuelo” (este sí, el granadino Salvador Sánchez, el verdadero Frascuelo), o Mazzantini, “Cara-Ancha”, y Guerrita, firmaron sus verdades entre muletazos y tercios de banderillas mientras que los franceses no dejaron de llenar ni en una sola convocatoria, cada tarde de un París taurino que supo del arte de Paquiro y de Cúchares. Y así fue hasta un 6 de noviembre de 1892, cuando tras tres años de gloria, aquella plaza que inauguró un granadino y que vio a otro triunfar, cerró para siempre dejando en la historia de la tauromaquia y en la de la Capital de la Luz, el sabor incontestable de la hispánica tradición de la tauromaquia.

Ahora que asistimos a pasarelas de moda donde Chanel o Yves Saint Lauren se dejan seducir por nuestra fiesta patria para vestir a la mujer, ahora que el mundo del toro será Bien de Interés Cultural, ahora que hemos sabido que el toro recauda para nuestro Gobierno en crisis 4 veces más que el cine AQUÍ PARA LA NOTICIA  que un día París se rindió al hombre vestido de luces y al toro de la piel de Iberia, es un documento histórico impagable.