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domingo, 20 de marzo de 2011

¿Idealización o veracidad en el mundo cofrade? II



Y he aquí que siguiendo con el asunto que nos ocupaba en la entrada de ayer, planteo la ya manida discusión acerca de la vestimenta de las Imágenes Bendecidas… De un lado, como respuesta al anacronismo más absoluto, el aderezo de la dolorosa. Porque a nadie se le escapa que nuestro actual planteamiento estético bebe directamente del barroco y en uno de los ejercicios más evidentes de simbolismo, hacemos de la Dolorosa una figura áulica y aristócrata, encarnando una “real efigie” con el que le queremos dar a entender a los espectadores su condición de Escogida, de Reina de lo creado, de colmada de gracias… Bien, nada que objetar; el punto de partida, la corte hispana de Felipe II. He aquí la foto que tienen arriba para ilustrar lo dicho.

Pero desde luego lo que no terminaré jamás de entender es la vestimenta de hebrea. Sobre esto, habrá que hacer un estudio más pormenorizado; baste decir que hemos pervertido hasta extremos la vestimenta y encima, envuelta en un hálito de misticismo, de pureza y sencillez, que no tiene nada que ver con la realidad. Priostes y vestidores nos han venido a decir que en tiempos como los de Cuaresma, las dolorosas se ponen sencillas, austeras y en un intento por escenificar los ropajes y ademanes de hace veinte siglos en Palestina. ¡No! Explíquenme la sencillez de la Virgen del Carmen Doloroso de Sevilla, vestida de hebrea esta Cuaresma, y que ven en la foto de arriba.
Sobre la túnica que Cristo ha de llevar, muchas interpretaciones igualmente. Por todos conocido que en tiempos de Cristo, una túnica blanca era sinónimo de locura, y así revestían a los aquejados mentalmente, marcándolos y estigmatizándolos en la sociedad cruenta de la época. De ahí que la representación de la escena del Desprecio de Herodes, Cristo, muy correctamente, vaya de blanco; los puristas apuntan que no debe ser usado el color en otra ocasión. En las fuentes exclusivas que tenemos, los Evangelios, sabemos que Cristo fue revestido con una vieja tela de tono púrpura cuando Pilatos lo presentó al pueblo judío después del castigo de la flagelación. Los historiadores apuntan que con toda probabilidad, el camino que desde el palacio del Gobernador Pilatos al monte Gólgota hizo Jesús con la cruz (con el travesaño, realmente) a cuestas, lo cubrió en semidesnudez, y muy probablemente, la crucifixión, algo que sí está corroborado, aconteció estando Cristo desnudo. La Iglesia prefijó el tono morado, litúrgico, para la escena del Nazareno. Pudiera igualmente caberle la tonalidad roja, recordando que algo de aquella clámide púrpura le quedó a Cristo sobre sí mientras trasegaba con la Cruz. Y además, el tono, desde época romana, es signo de dignidad, usada por los mandatarios con mando militar y con cargo curial, como los cónsules y pretores.

Por tanto, y removiendo el asunto de la veracidad de la representación de las escenas pasionistas, habría que asimilar de repente a Cristo con vestimentas que iban a producir un verdadero revuelo en los fieles y especialmente entre los cofrades. Por supuesto, y a excepción de la escena del Desprecio de Herodes, considero que la más desafortunada de las vestimentas, es la túnica blanca. Por rigor histórico, por el sentido litúrgico y significación propia del color y por el componente de desprestigio que se le asociaba en aquellos tiempos a quien la vestía.


Pero hemos de ser no ya condescendientes, sino abiertos a lo iconológico con otros tonos y lo que ellos expresan. Veo con buenos ojos la incorporación del Señor de la Hermandad de la Milagrosa de Sevilla y el tono verde que sus hermanos le han querido dar a la túnica que lo cubre. Y entiendo otros colores y lo que ellos comportan, como el “cardenalicio” que observamos en la túnica persa del Señor del Rescate de Granada, o la gama de los rojos, que se asocia a la idea de dignificación regia, amén del morado que casa a la perfección con la liturgia del tiempo. Recuerden, de lunes a jueves santo, apunta la Iglesia el color morado para las celebraciones asociado a la cuaresma y a la penitencia en sí. E incluso a las celebraciones luctuosas, y no el negro como muchos creen.

Al fin, la nueva aportación del Misterio del Santo Traslado de Málaga, del que ya le dábamos cuenta en anteriores entradas sobre la obra escultórica que entregó con mucha autoridad Israel Cornejo, y que la Hermandad le ha procurado unas vestimentas propias de los periodos del humanismo artístico italiano. ¿Y por qué no? En honor a la verdad, hacer este esfuerzo que comporta revestir a los personajes de la escena a la moda que quince siglos después iba a estar en boga, no es más que subrayar que las dolorosas hispanas se visten como lo hicieran las damas de la corte española de finales del siglo XVI en adelante. Y no he de decirles qué de barroco tiene nuestra Semana Santa; mas bien es cierto que hay que poner freno a estas “innovaciones”. No ha mucho, y en relación a esta apuesta malagueña, hablábamos sobre nuevas “revoluciones estéticas” que podían darse lugar al albur de esta tónica historicista. ¿Se imaginan que en un intento por renovar la estética cofrade, alguien apueste por la contemporaneidad y presente personajes pasionistas con la moda actual? No se extrañen: si 1.500 años después de producirse el Traslado de Cristo al Sepulcro, la moda es vista en Misterios como el referido, ¿por qué no avanzar algo más en el tiempo y escenificar el conjunto 2.000 años después?

En la Palestina de hace veinte siglos, lo normal es que Cristo vistiera ropajes que pudieran tintarse con los elementos más accesibles del entorno, mediante la labor de las tenerías del lugar. Así, las arcillas darían gamas de color rojo, los vegetales el verde y no hay que dejar atrás colores marrones o terrosos y el empleo del blanco, estigmatizado en la sociedad judía pero necesario para los cargos del Gobierno de Roma, que emplearía el crudo/marfil/ blanco para sus togas. El color azul y el púrpura, sabemos que se importaba, y que lo hacía descomunalmente caro. En la sociedad hebraica, el púrpura, que provenía de la mezcla de una cochinilla para alcanzar el tono referido, lo hacía difícil de adquirir y de un elevado coste.

Los colores tienen una simbología, aportada desde la época moderna (1492 en adelante) y en boga hoy, y por supuesto, analizando el sentido que cada uno de estos tuviere hace 2.000 años. Muchas veces, el impacto estético prima más. El rigor en todo lo cofrade es, no ya harto complicado, sino quizás contraproducente. Aquí no hay que atenerse a la veracidad más rigorista, sino a que nadie quiera imponer “inventos” como el descubrimiento de la realidad. No, no veo con buenos ojos las vestimentas de hebrea de las dolorosas porque ni se asemejan a la realidad ni podemos creernos que hacemos una contribución a la historia, y mucho menos, que otorgamos a la Imagen mariana un sabor sencillo y austero en tiempos cuaresmales. Alguna hermandad deberá promover el morado y la sencillez real y entonces cambiarán muchas cosas. Tampoco apruebo el color blanco sino en el paso de Herodes. Hay que procurar un mínimo. Pero todo lo que dignifique, sirva para la estimulación y arrobamiento del fiel y deje claro el grado de importancia y trascendencia de Cristo y de María, será siempre bien acogido.