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miércoles, 16 de marzo de 2011

Costaleros


No me parece nada descarado decir que la situación actual de la costalería granadina pasa por uno de sus momentos más dulces y prósperos a tenor de las cifras y calidades que las cuadrillas vienen demostrando desde hace años y de los denodados intentos por dotar de técnica y empaque el trabajo de los costaleros de la ciudad. Un dato refrenda a la perfección el axioma: la celebración del Entierro Antológico de 2009, donde 22 pasos movilizaron a un millar de costaleros aproximadamente, dejando bien claro que hay cantidad y se viene apostando por la calidad. Atrás quedaron los tiempos en los que los crucificados andaban presos de un tiberio descontrolado y los Misterios avanzaban sin fijar los costeros. Y atrás los tiempos en los que las bambalinas de los palios coqueteaban con los balcones de cada lado de modo que los capataces usaban guantes para “no dejar huella del crimen” (Fenoll dixit).

Raro es el paso que no dispone de dos cuadrillas el día de su Estación de Penitencia. Los hay con listas cerradas, y los que se atreven a superar este número. También es cierto que muchas de estas, con recorridos que van de seis a siete horas de duración, provocan un sentimiento encontrado y nunca propicio. Hablaba con claridad meridiana Antonio Pontes el pasado viernes al respecto: dos cuadrillas y picos en palios que están seis horas en la calle ofrece más perjuicio que otra cosa. Y no le falta razón. Los ensayos de dos horas contadas suscitan escaso tiempo bajo la trabajadera y disputado lugar el día de la Salida. No todo se puede tener en la vida: el momento álgido del que gozamos apareja estas consecuencias. Y la costalería se abona a sacar más de un paso sin que ello suponga un menoscabo a su entereza durante el desempeño del trabajo físico.

Se cuidan más acciones y situaciones que no ha tanto se engrosaban en la lista de actitudes viriles y carpetovetónicas. Empezando porque los capataces han dejado de ser los hermanos costaleros que una lesión los retiraba de la parihuela. A Dios gracias los martillos están confiados a gente con sentido común y una pléyade extraordinaria y amplia de “segundos o auxiliares” empujan con fuerza y capacidad. La lista de estos es larga, concienzuda y preparada: Lolo Valenzuela, Eduardo Salamanca, Carlos Laraño, David Puche, Nacho Jiménez, David Gamero, Manuel Peregrina, Rafael Quesada o Miguel Roldán. Y titulares con una convicción y capacidad de mando que (fuera de dudas) han dignificado la labor del costalero: Agustín Ortega, Luís García Quintero, José Manuel R. Quesada, Dionisio Martínez, Joaquín Cross (mal que le pese a unos pocos), Alberto Ortega, Miguel Almagro, José Carvajal Linares, Manuel Lasala… Pintan y bien, Rafael Fandila. Y es difícil denominarlos primeros, auxiliares o qué sé yo a Paco Estarli, Antonio Valentín García o Rafael Alcalá. Con todo, desde aquí, mi más enérgica protesta hacia la figura del capataz general. Ni lo entiendo ni habla a favor de una hermandad… ¿Quién ordena y decide la manera de andar de un paso? Sobreentiendo que las directrices están escritas en el Régimen Interno. Comprendo que la Hermandad sabe a todas luces qué y qué no debe hacer su Misterio y su Palio. ¿Tiene sentido el cargo dicho? Y ojo que no critico la labor de los dos míos, Almagro y Quesada. Pero me cuesta entender el desempeño lógico del mismo.

Faltarán nombres que mi desgastado ejercicio mental ha obviado sin intención. Sé de vuestra benignidad. No se me escapa uno, el MAESTRO, tan discutido y tan admirado que no necesita presentación. Me enseñaron en la Carrera que los autores geniales no necesitan de apellido. Su nombre se vuelve santo y seña indiscutible; no necesito apostillar Buonarroti, o da Vinci, o Lorca, o Cano. Ellos son simplemente Miguel Ángel, Leonardo, Federico y don Alonso. Sin más. Y con la verdad en la mano y datos que lo corroboren, él, sin más, es Pepe. El maestro. El de todos o casi todos los que he citado y tienen un martillo entre las manos. El que renovó este universo costalero y el que trajo las formas que hoy son incontestables y precisan de cerviz y costal. Habrá quienes discutan y porfíen mi atrevimiento, que es un canto a la verdad más que otra cosa. Y el día que esta Granada nuestra deje de ser cainita y farisea, no será esta ciudad que nos parió. Pero no hay más que añadir ni tengo por qué hacerlo.

La costalería de Granada anda en unos momentos dulces y amables como antes nunca. Sólo le pido al costalero devoción. Choco con las ideas extremas de mi hermano Agustín, al que auguro las mayores suertes en estas lides. Su trayectoria, experiencia y conocimientos hacen de él uno de los capataces más solventes de Granada. Pero yerra en un planteamiento; debajo de un paso la afición es fundamental. Ahora bien, quien quiera negar la evidencia o es tonto de solemnidad o pretende hacernos comulgar con ruedas de molino a los demás. Porque un paso pasa factura. Más tarde o más temprano. En mayor o menor grado. Un paso, desde la óptica traumatológica, fisioterápica y médica, pasa factura. Aunque sea una acumulación de grasa evitable mediante operación. Aunque sea una protuberancia escueta y embebida en la nuca. Los pasos dejan sus huellas y no entiendo que nadie, corra estas suertes, pagando además, si no tiene una devoción.

Desde hace unos años admiro y me jacto de pregonar la figura de un costalero que levanta tantas pasiones como desaires. Habla claro, meridianamente claro, y eso disgusta. Es José Jiménez. O lo que es lo mismo, TIRILLAS. Su locura, su apego y su enfermedad costalera tendrán iguales, pero apostaría que no hay quién lo supere en estas lides. Sin embargo no duda en decir que debajo de un paso hay que arrojar devoción. Ni duda en vestir la túnica de nazareno de su hermandad, la que de verdad lleva tatuada en los tuétanos mismos. Ahí da lecciones que la mayoría de niñatos de tres al cuarto, no alcanzarán a entender. Los que de manera subrepticia se permiten el lujo de golpearse el pecho con su Reina de Roma (que quiero saber abandonaron en la Igualá del Viernes Santo de 2010) y por ende a su hermandad. ¿La túnica y el capillo de Escolapios producen urticaria? ¡Menos golpes Dios mío! Y conste que hay gente que se viste por los pies y por los que no va este comentario, como Lolo o el Abuelo. Pero otros son de teclado rápido en pseudo blogs propios atesorando verdaderas loas a la imbecilidad.

Les hablaba de José Jiménez. De Tirillas. De un costalero que entiende que meterse debajo de un paso sin fe, es del género tonto. Hacerse daño y pagar por ello, sin la concepción de hacer un trabajo enfocado al triunfo del fin de la Hermandad, de nuestra Iglesia y de nuestra fe, es simplemente, de minusválidos mentales. No digo que uno deba rezar con ahínco y vehemencia a todas y cada una de las Imágenes que porta o ha portado en algún momento. Pero sí reconocer la labor evangélica de cada una de ellas y saberse bajo una Obra de Arte que en ese momento de la Estación de Penitencia, encarna a Dios y a su Madre. Simplemente. No voy a entrar en que el costalero debería profesar la fe, porque no terminaríamos nunca esta entrada. Y no lo voy a hacer porque en el fondo, sé que la guerra está perdida. Suele el tipo casar con esta descripción: chaval de 18 a 25 años, de escasa formación cultural, pelo en una tonalidad semejante a una lasaña gratinada y amante de las posturas imposibles que se acompañan de estéticas llamativas. Las antípodas del grupo reflexivo y notorio que encarnan costaleros como Álvaro Barea, Ricardo Díaz, Eduardo Salamanca, Gonzalo Gallas, Curro Gámez, Alejandro G. Morón, Pepe Juncal, Santiago Delgado (el 90 % de la cuadrilla de la Esperanza, y así acabo antes) y… ¡Cuántos! Más que el costalero coleccionista de moda versionada en costales, escarpines y cintos patrios.

No me molesta un costal sacado de una tienda de telas de Chueca en Madrid. me es indiferente como quiera ir el costalero, las dobles, triples o múltiples viseras que quiera llevar o los adornos de color (simbólico, of course) que use e cenefas, nombres bordados y demás zarandajas. No niego que lo importante es que desempeñe el trabajo que le corresponde y no otra cosa. Pero no pueden negarme que bajo esa lógica aplastante, hay un factor de vanidad, de exhibición natural. Algunos resuelven el asunto con rapidez pasmosa: no provoco, ellos miran… Claro. Como si el quince de agosto me da por caminar por el Paseo de Motril con el abrigo de tres cuartos y una bufanda. Simplemente produzco una situación anacrónica y directamente conducida a la observación. Lo de los perniles que desaparecen entre los bullones de tela remangada a la altura de los cuádriceps, y porque no sube más, merece un estudio psicológico. Deben ser los únicos que se oxigenan y realzan manteniendo frescas las pantorrillas. Quizás hay un antepasado hortelano cuyo gen empuja a tal modismo. En ese caso, sugiero el ingreso en la Hermandad de las Eras, para su revitalización mediante los herederos directos de tan noble oficio.


Hay dos grupos, claros, evidentes y coexistentes. El primero tiene una edad. En ocasiones, ni peina cana, más quisiera. Es el costalero callado, servil, que sabe a qué atenerse, que trabaja y procura pasar desapercibido. Es “el hombre serio”, Manolo Ferrer, Migue Alcalá… Y el grupo de una edad más reducida, que está emparentado con John Galiano y tiene el mismo viso de llevarse un día una sorpresa descomunal como la del polémico diseñador. La “COSTALERO`S FASHION WEEK” no es irreverente. Es ridícula. Es producto de niñatos con acné. O lo que es peor, de los que les da igual que tengamos que jubilarnos a los 67 años, porque a esa edad llevarán toda una carrera de tragaldabas a costa de Papá Estado; me encanta cómo echan balones fuera, cómo intentan explicarte por qué en Sevilla persiste la herencia de las “cañas remangadas” sin dar ni una, sin acercarse a la verdad y que en aquella ciudad, tuvo su sentido. Y la explicación de la estrafalaria facha es mejor todavía. Y ojo, en parte llevan razón: han de ser juzgados por su capataz y sus compañeros en base a si cumplen o no bajo el paso. Pero toda vez resuelto esto, no dejan de ser un grupúsculo que se exhibe en la petulancia de su vanidad APROVECHÁNDOSE DE LOS QUE SÍ SOMOS COFRADES, QUE PONEMOS LA INFRAESTRUCTURA ECONÓMICA, DE MASAS Y DEVOCIONAL DE UNA HERMANDAD PARA QUE ELLOS LUZCAN TIPO. Y su tipo es más feo que el de la comparsa de Tino de 2010 “Volver a empezar”.

Tenemos grandísimos costaleros. Llevamos años firmando chicotás que quedan en el recuerdo. Capataces que saben qué y por qué hacer las cosas. Y pasos que no cogen el tambor ni con una batería entera de un Tercio de Legión y herencias del “Australopithecus martillerus” que da grima. La costalería y su universo han crecido, mejorado y depurado ademanes a la par que el resto de disciplinas estético-artísticas de nuestra Semana Santa. Por desgracia, el tallista no tiene por qué ser un pío autor que se santigüe a cada golpe de gubia. El costalero (y espero haber metido el dedo en la llaga) tendrá que plantearse un día que dejarse el resuello y la piel (y esto literalmente), y encima pagando, es más torpe que ser ministro socialista. La afición y fortaleza se sobreentiende. Falta añadir la devoción, la profesión católica y la adhesión eclesial. Porque si no, creo que hacen falta mulos de carga en Mercagranada.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Contigo en casi todo hermano. Sobre todo en lo de Pepe y lo de "ser más torpe que un ministro socialista"

Un abrazo

PEPE JUNCAL

costalero gruñón dijo...

Pues como tú mismo has dicho, "no hay nada más que decir, ni tengo por qué hacerlo"...

Un abrazo David, mañana más y mejor...

Anónimo dijo...

Discrepo levemente y es que por afición o amigos entras en el mundo de la trabajadera, sin más devoción que una actividad lúdico-cultural, y ahí, además de amistad, encuentras o te reencuentras con la fe.

El problema es que si no es el costalero el que llega a la fe por propio discernimiento, si entiende ésto por lúdico en exclusiva hay pocas herramientas útiles para hacerlo llegar en el seno de la Hermandad.
En nuestra ciudad el empuje juvenil está en los pasos y hace falta una Pastoral de la Trabajadera, que seguro que da más frutos que la Obrera (con un desfase de décadas sobre el mundo del trabajo). Cuenta que una Parroquia puede tener un grupo joven de 20 personas mientras que con una Cofradía de 2 Pasos, sin apuros, tienes un potencial de 120 personas; efectivamente, unos, guitarra en mano, van a Misa. Los otros, hay que levantarse la sotana o quitarse el clerygman (si se usa) e ir a buscarlos, no como catequésis, sino en charlas, asistiendo a ensayos, compartiendo el rato de antes o después. Es verdad que a las una de la mañana uno puede estar cansado... pero está perdiendo un potencial tremendo la Iglesia para acompañar a estos jóvenes, y no tanto, veteranos para que se aproximen más a la Iglesia. Porque es una pena que haya muchos que, desbordados por los medios de comunicación social, tengan al mismo nivel de credibilidad el Evangelio, la obra de Dan Brown o la teleserie de la Papisa Juana, por citar ejemplos.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Comparto una entrada, por si quieres enlazarla o copiarla literalmente y poner el enlace:

http://hal2.blogcindario.com/2011/03/00042-por-que-atacan-las-capillas-universitarias.html

No comparto la última frase, pues no entiendo que hicieran una protesta similar en otro lugar de culto por lo irrespetuoso.

Un abrazo.